Abriendo el gran libro que doña Carmelita le había prestado, Blanquita se adentró en otro mundo. Ella aún no sabía leer, pero le gustaba escuchar las lecciones que su hermana recibía. Procuraba estar siempre cerca de su hermana. Sólo con ella se sentía segura. Hacía poco tiempo habían llegado a ése barrio tan distinto a donde habían crecido.
Estaba acostumbrada a corretear a las gallinas y a juguetear y correr libremente por el camino que conducía a la casa del rancho. Había pasado sus primeros años entre el rancho que visitaban de vez en vez y la casa situada en un pueblo donde vivían. Siempre jugaban juntas y su hermana la tomaba de la mano y la llevaba a todos lados.
Le gustaba caminar de la mano de su mamá por el camino del pueblo. A su lado pasaban muchachos a caballo que piropeaban a su tía, pasaban mujeres con sus hijos, cargando sus morrales con sus libros. Le gustaba ver a los señores que trabajaban en el campo y ver pasar a otros con vacas o borregos. Su hermana no le permitía acercarse a los animales, aunque ella sí lo hacía.
Blanquita admiraba a su hermana, tan valiente, no le tenía miedo a las gallinas ni a las vacas con cuernos. Su hermana corría saludando a cuanta persona pasaba, coonocía a todos y si no los conocía, de todos modos los saludaba. Su hermana era muy alegre y juguetona.
Pero su hermana se había quedado en el rancho y ella había tenido que acompañar a su mamá a ésa nueva casa. Como era aún pequeña, su mamá la llevaba antes de ir al trabajo a una guardería cercana.
Las personas de la guardería eran muy amables. Era un señor y una señora que cuidaban de varios niños y niñas. habían acondicionado su casa para que sirviera para tal fin.
Habían puesto mesitas con sillitas donde los niños pintaban y jugaban con plastilina y otros materiales. También servían las mesitas para tomar los alimentos. En las tardes, después de la comida, tomaban una siesta hasta que empezaban a llegar los padres por ellos.
a Blanquita le gustaba la guarderia, pero sobre todo, los días en que salían formados de dos en dos al jardín enfrente de la casa. Ahí podía correr entre el pasto, esconderse tras los árboles, escuchar los pájaros y ver a las mariposas volar. Ese era su día preferido. Jugaba con sus compañeritos- Le gustaba dar marometas. También le gustaba las canciones que les enseñaban los señores. Eran muy buenos.
Un día fué al baño sin ningún compañerito. Era una norma ir acompañados al baño. Pero ése día tuvo que ir sóla. Y así, tuvo tiempo de echar un vistazo a lugares de la casa que no había visto, porque no les era permitido hacerlo.
Vió a la cocinera ufanada en sus guisos, movía un guiso e iba a otro sitio a picar verduras. Le parecio un mundo fascinante en el que se movía la cocinera, lleno de platos, cacerolas, ollas. Y ella se movía con diligencia por él. Nunca había visto una cocina tan grande.
Tuvo tiempo de quedarse a observar el patio de la casa. Nunca había tenido oportunidad de hacerlo. En él vió a un jovencito sentado en una silla, tomando el sol. Le pareció algo raro. No jugaba, ni parecía hacer nada, simplemente estaba.
Tan distraída se encontraba, que no se percató de la presencia de la señora. Ella no acostumbraba platicar con ningún niño en particular y por supuesto, no lo hacía con ella que era tan seria.
Asustada, se alejó rumbo al baño. Al regresar a la guardería, no dejaba de pensar en lo bonito que eran los jardines del patio. Ella nunca había visto un patio con jardines tan bonitos, lleno de rosas y flores hermosas, con árboles a su alrededor y una fuente en el centro. A un lado había unos columpios. El patio estaba lleno de luz.
Cuando su mamá llegó por ella y al ir de regreso a su casa, Blanquita le contó lo que había visto y también le platicó del jovencito en la silla.
Su mamá le explicó que ése niño estaba enfermo, que era hijo de los señores que cuidaban a los niños de la guardería. Era su hijo menor. Sus hermanos mayores iban a la escuela, pero él no podía hacerlo. Lo cuidaban sus papás ayudados por una sirvienta y por los papás de los señores o sea, los abuelitos del jovencito.
A Blanquita le había parecido que el jovencito estaba muy solo al no tener con quien jugar. Por lo menos ella echaba de menos a su hermana siempre.
Al otro día, hizo una mariposa con plastilina y un dibujo que iluminó con mucho cuidado. Los señores les daban dibujos para que ellos los colorearan. Ese día, Blanquita eligió un dibujo de unas flores y al terminar de iluminarlo, pegó la mariposa de plastilina sobre una flor.
Antes de ir a dormir, se acercó a la señora y le entregó el dibujo, diciéndole que era para el niño que había visto. Lo había hecho para que se alegrara al verlo. La señora se conmovió mucho con el dibujo y se lo agradeció mucho. Le preguntó si le gustaría dárselo ella misma al niño.
-Por supuesto que sí-contestó
Fué de ésta manera que Blanquita entró al hermoso jardín y al niño que tomaba el sol en él. El niño se alegró mucho con el dibujo, no hablaba bien, pero sus ojos se iluminaron. No podía caminar bien, se tropezaba muchas veces al hacerlo, pero se alegró mucho de recibir una visita.
A partir de entonces, cada vez que Blanquita iba al baño, cosa que empezó a hacer con más frecuencia, llevaba un dibujo para el niño, lo dejaba en la bardita que separaba el jardín de la guardería. El niño sonreía y con pasos vacilantes, se acercaba para que se lo entregara.
Pasado el tiempo, dejó la guardería para ir a la primaria, pero siempre que pasaba por el lugar, no dejaba de pensar que tras ésa puerta se encontraba un niño que esperaba siempre la visita de alguien.
Supo después que el niño había fallecido. Sus papás cerraron despues la guardería. A su hijo le gustaba salir al patio y escuchar los cantos y las voces de los niños. Con su vocecita, tarareaba las canciones. Mantuvieron la guardería mientras pudieron hacerse cargo de ella, pero después les costaba hacerlo con la misma agilidad y diligencia. Dejaron de hacerlo cuando ya eran mayores.
Les gustaba cuidar de otros niños, sabían que de ésa manera ayudaban a muchas mujeres.
Blanquita entendía en el fondo de su corazón a ése niño. Ella misma tenía un primo enfermo. Ray casi nunca salía de su casa. Sólo una vez lo vió en la calle, iba feliz al lado de su hermano que lo llevaba de la mao. Al preguntarle a dónde iba, le dijo que al parque, que su hermano lo llevaría porque se había portado muy bien.
También su primo falleció tiempo después. Pero al igual que el otro niño, había sido feliz porque tenía a su hermano que lo quería y cuidaba tanto.
Este no es un cuento, es la historia de dos niños que conocí en mi infancia, que eran felices a pesar de su enfermedad, que tuvieron familias que los querían y cuidaban con gran amor. Y que tenían una hermosa sonrisa para todo el que se acercaba.
Sonrisa que iluminaba no sólo el rostro, sino la vida de sus padres.
Dedicado a ellos, los niños de hermosa sonrisa. Y a sus padres que cuidaron de ellos, pero también de otros nilños.
Blanquita entendía en el fondo de su corazón a ése niño. Ella misma tenía un primo enfermo. Ray casi nunca salía de su casa. Sólo una vez lo vió en la calle, iba feliz al lado de su hermano que lo llevaba de la mao. Al preguntarle a dónde iba, le dijo que al parque, que su hermano lo llevaría porque se había portado muy bien.
También su primo falleció tiempo después. Pero al igual que el otro niño, había sido feliz porque tenía a su hermano que lo quería y cuidaba tanto.
Este no es un cuento, es la historia de dos niños que conocí en mi infancia, que eran felices a pesar de su enfermedad, que tuvieron familias que los querían y cuidaban con gran amor. Y que tenían una hermosa sonrisa para todo el que se acercaba.
Sonrisa que iluminaba no sólo el rostro, sino la vida de sus padres.
Dedicado a ellos, los niños de hermosa sonrisa. Y a sus padres que cuidaron de ellos, pero también de otros nilños.
Primera lectura
Isaías 58, 9-14
Esto dice el Señor: “Cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva; cuando compartas tu pan con el hambriento y sacies la necesidad del humillado, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía.
El Señor te dará reposo permanente; en el desierto saciará tu hambre y dará vigor a tu cuerpo; serás como un huerto bien regado, como un manantial cuyas aguas no se agotan.
Construirás sobre tus viejas ruinas y edificarás sobre cimientos muy antiguos; te llamarán reparador de brechas y restaurador de hogares derruidos.
Si detienes tus pasos para no violar el sábado y no tratas tus negocios en mi día santo, si llamas al sábado tu delicia y lo consagras a la gloria del Señor, si lo honras absteniéndote de viajes, de buscar tu interés, de tratar tus asuntos, entonces el Señor será tu delicia.
Te asentaré sobre mis montañas, te haré gustar la herencia de tu padre Jacob”.
Salmo Responsorial
Salmo 85, 1-2. 3-4. 5-6
R. (11a) Señor, enséñame a seguir fielmente tus caminos.
Presta, Señor, oídos a mi súplica,
pues soy un pobre, lleno de desdichas.
Protégeme, Señor, porque te amo;
salva a tu servidor, que en ti confía.
R. Señor, enséñame a seguir fielmente tus caminos.
Ten compasión de mí,
pues clamo a ti, Dios mío, todo el día,
y ya que a ti, Señor, levanto el alma,
llena a este siervo tuyo de alegría.
R. Señor, enséñame a seguir fielmente tus caminos.
Puesto que eres, Señor, bueno y clemente,
y todo amor con quien tu nombre invoca,
escucha mi oración
y a mi súplica da repuesta pronta.
R. Señor, enséñame a seguir fielmente tus caminos.
Aclamación antes del Evangelio
Ezequiel 33, 11
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
No quiero la muerte del pecador,
sino que se arrepienta y viva, dice el Señor.
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Evangelio
Lucas 5, 27-32
En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano, llamado Leví (Mateo), sentado en su despacho de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.
Leví ofreció en su casa un gran banquete en honor de Jesús, y estaban a la mesa, con ellos, un gran número de publicanos y otras personas. Los fariseos y los escribas criticaban por eso a los discípulos, diciéndoles: “¿Por qué comen y beben con publicanos y pecadores?” Jesús les respondió: “No son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan



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