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Cristina, la doncella

Por Laura Aguilar Ramírez


Cristina era sirvienta en la casa de un gran Señor. En ésa casa todo debía estar brillante, rechinando de limpio los cristales, los ventanales. Todo. El patrón de Cristina era especial.

Había tenido varias sirvientas, pero a unas las despidió por ser descuidadas. A otras las despidió por no ser muy diligentes y prestas a las órdenes que les daba.

Pero el Señor no era cruel, ni tampoco tenía malas maneras. Había dado a cada sirvienta oportunidades. Primero las había enseñado, las había preparado para hacer las labores como a él le gustaba.

Al principio, todas estaban atentas, todas deseaban agradarle, todas deseaban permanecer a su servicio porque pagaba bien, porque no era gritón ni tenía malas maneras. Muchas habían esperado la oportunidad de servirlo.

Pero a medida que pasaba el tiempo, cada una fué confiándose. Terminaban por pensar que ya dominaban a la perfección sus labores. Otras, pensaban que ya no había nada que limpiar, todos los días limpiaban. Así que empezaban a descuidar su trabajo y a distraerse en otras actividades.

Y tarde o temprano, el patrón las despedía. Lo hacía con tristeza, porque había puesto esmero en enseñarles, porque las había tratado bien y había pagado bien por sus servicios. Pero no podía permitirse el que su casa estuviera sucia.
Y no podía permitirselo porque era una casa muy visitada por distintas personalidades. Contínuamente entraban por su puerta comerciantes, artistas y personas que tenían tratos con él.

El encargado de la servidumbre era un hombre llamado Justino. El estaba encargado de que todo funcionara como al señor le gustaba.
Entre sus labores estaba el elegir a las personas que se encargaban de la limpieza, de la preparación de los alimentos, en fin, de cada actividad que se realizaba con el fin de que la casa estuviera limpia en todo momento.

Justino tenía mucho trabajo, pero amaba su trabajo, quería mucho a su patrón porque era bueno y porque había entrado a su servicio desde muy pequeño.

Su patrón confiaba en su criterio y en que hacía su trabajo bien. Pocas veces intervenía el patrón directamente.
Justino por supuesto, era el que más trabajaba, pues debía vigilar que la servidumbre hiciera su trabajo bien. Justino procuraba tratar a la servidumbre como su señor le había enseñado: con buenos modales y con paciencia.
Era el primero en levantarse y el último en acostarse. No se iba a dormir sin revisar que la cocina y las habitaciones estuvieran ordenadas, que no hubiera quedado olvidada una luz encendida, que las chimeneas estuvieran apagadas no se fuera a ocasionar un incendio por alguna chispa que saltara.
En la mañana, se encargaba de cuidar que hubiera suficiente leña para las chimeneas, que los sirvientes tuvieran lo necesario para hacer su labor.
Todo el día iba de un lado para otro. Aveces auxiliaba a algún sirviente que se atrasaba por alguna causa o cuando se enfermaba y no había de momento alguien que cubriera su puesto.

Así que Justino conocía a cada sirviente, sabía cuáles eran sus debilidades y cuales sus fortalezas. En base a ellas, determinaba qué función desempeñaría cada uno. Eso era motivo de disgusto por algunos sirvientes. El lacayo deseaba ser mayordomo, porque no debía permanecer todo el tiempo parado al pendiente del momento en que se vaciara una copa para volverla a llenar. La ayudante de cocina, deseaba ser doncella porque éstas no olían a cebolla ni a grasa, sino andaban todo el tiempo perfumadas.
La doncella deseaba ser ayudante de cocina porque podían darle una pellizcada a cada guiso que se preparaba.
El mayordomo a veces deseaba no estar como perchero, recibiendo las prendas de los visitantes y entregándoselas a la salida, ni tampoco le gustaba tener que llamarle la atención al lacayo cuando no estaba bien en sus labores.

Justino era el encargado de que cada uno estuviera consciente de la importancia de su labor, así de que no surgieran problemas entre ellos y si surgían, intervenía para ayudar a limar las asperezas.

Pero Justino necesitaba ayuda. Buscaba y rebuscaba entre la servidumbre alguien que hiciera ésa labor, pero no lo encontraba ni entre las doncellas ni entre los lacayos. Eso entristecía a Justino.

Un día, después de haber tenido que despedir a una doncella por no cuidar la limpieza de la cristalería y haber sido amonestado con suavidad, pero firmemente por el patrón, le fué recomendada una muchachita. Le fué recomendada por uno de los sirvientes de más confianza.

Justino la entrevistó y desde el mismo momento en que la vió entrar, vió en ella algo que no había visto en todas las otras doncellas que había entrevistado a lo largo de sus ya muchos años de servicio.
Pero no quiso lanzar las campanas al aire. Muchas veces había creido ver algo especial en el servicio y siempre terminaba por llevarse un buen chasco.

Así llegó Cristina a servir a la casa del buen patrón. Era atenta, ponía atención a las indicaciones que se le daban y diligentemente hacía las cosas. Procuraba hacer todo con cuidado, sin apresurarse. Sus compañeras corrían de un lado para otro, dándose prisa para todo.
Cristina observó que de ésa manera, se les caían las cucharas, se les olvidaban los vasos, se olvidaban de limpiar algún utensilio.
Así que ella procuraba hacer las cosas con calma, sin apresuramientos, pero sin detener nunca su labor.

Al final del día, sus compañeras se sentaban alrededor de la chimenea dispuesta para el servicio a comentar lo sucedido en el día. Muchos de los compañeros, aflojaban la corbata, las compañeras se aflojaban el mandil, estiraban los pies para calentarlos. No faltaba el que se quitara los zapatos. Cristina permanecía con su uniforme siempre, sin aflojar el mandil y sin descalzarse.

Algunas veces, el patrón llegaba a horas inesperadas después de algún viaje o salida a los alrededores. Así, mientras una doncella se ajustaba el mandil, otra se ponía la cofia, el lacayo se ponía los zapatos y se anudaba las agujetas y otro se acomodaba la corbata, Cristina salía presurosa con lo que Justino pedía: una toalla para que el patrón se secara si había llovido, sus pantunflas para que se cambiara el calzado y estuviera más descansado.

Nada de éso pasó desapercibido para el patrón por supuesto. Cada vez que regresaba de alguna salida, empezó a ver a Cristina al lado de Justino, presta y atenta a hacer lo que Justino ordenaba.

Los otros sirvientes se alegraban de que así fuera. Ellos aprovechaban para descansar otro ratito en el fuego, aprovechaban también para comentar sin interrupciones, cosa que les encantaba hacer.

Así, sin que Justino supiera cómo, terminó por tener un ayudante. Cristina se puso a su lado, sin apenas darse cuenta él. Así era ella, se movía con suavidad, sin apresuramientos.

Parecía adivinar lo que Justino deseaba. Ella se había dado cuenta de cómo trabajaba, de cómo se esforzaba por realizar sus labores. Había escuchado su trajinar en la mañana y en la noche, cuando todos dormían.

De alguna manera, Cristina fué la respuesta de Dios a las oraciones de Justino, quien no se quejaba con su patrón, no comentaba con la servidumbre sus penurias, pues no deseaba cargarles con sus dolencias lo que ya de por sí era pesado. Sabía que cada uno, tenía un trabajo que realizar y todos terminaban el día cansados. Así que cada noche, en sus oraciones, pedía a Dios le enviara alguien que le ayudara a realizar su labor lo mejor que se pudiera.

Todos tenemos la capacidad de aprender, todos deseamos tener un buen trabajo y una buena paga. Pero podemos llegar a ser descuidados, podemos confiarnos en que ya nos la sabemos de todas, todas.
Todos tenemos oportunidades, cada quien distintas de acuerdo a nuestras circunstancias. Y muchos las desaprovechamos, otros pensamos que el trabajo del otro es mejor o más importante que el que realizamos.

Conozco a un muchacho que mientras sus compañeros estudiaban, él se dedicaba a pasear y a disfrutar. Todos los días iba a la escuela, sus papás lo veían entrar, sus maestros lo veían estar en el salón, a la salida todos lo veían irse a su casa, pero no estudiaba.
Cuando dejaban de verlo, tomaba camino para otro lado. Sus papás pensaban que estaba con la abuelita. La abuelita pensaba que estaba con sus papás.
Y él, mientras se iba de pachanga con el primero que se encontrara.
Cuando llegó el fin de curso, sus padres se sorprendieron de que dejara la escuela. "Para ayudarte a trabajar" les dijo. La verdad es que había reprobado 7 de las 8 materias que debió haber estudiado.

"Qué bueno es mi hijo" -pensaron sus papás- Deja la escuela para ayudarnos con los gastos. Nunca se enteraron de que había reprobado y ésa había sido la verdadera causa de abandonar la escuela. Así como nunca se enteraron de que se iba de pachanga. Como vivía en las dos casas: en la de su abuelita y en la de sus papás, cada uno pensaba que estaba en la casa del otro.

Así somos muchos: hacemos chapuza, nos alegramos de que piensen que somos buenos, pero hacemos las cosas malas mientras no nos ven. Pero al final de cuentas, la verdad sale a la luz: el muchacho reprobó por no estudiar, no por falta de oportunidades.
Pero si los padres no somos como Justino, fácilmente nos podemos dejar engañar.

"Ser cuchillito de palo" no es agradable. Pero es necesario si deseamos que nuestros hijos no se desvíen, pero tampoco deseamos que salgan lastimados.

O en Cuaresma, que se nos manda abstenernos de carne los viernes, no nos faltan pretextos para evitarlo. "Es viernes y el cuerpo lo sabe" dicen unos.

Conozco otra muchacha que siempre se portaba bien, que veía que las demás muchachas se iban de antro y ella haciendo quehacer. Un día se cansó de ver que a las chamacas no las regañaban en sus casas y a ella, sus papás la regañaban siempre. Así que se vistió como sus amiguitas, se pintó como ellas y se fué de antro. Se tomó unos tragos "para divertirse" como le dijeron sus cuatas.

Y después de un mes, supo que estaba embarazada. Ni cuenta se dió con quién perdió.
Pero ahora tiene un niño que tiene que cuidar y trabajar para mantenerlo, mientras otras muchachas estudian y se divierten sanamente.

Lectura del libro del profeta Ezequiel 18, 21-28
Esto dice el Señor Dios:

«Si el malvado se convierte de todos los pecados cometidos y observa todos mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se tendrán en cuenta los delitos cometidos; por la justicia que ha practicado, vivirá. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado —oráculo del Señor Dios—, y no que se convierta de su conducta y viva?

Si el inocente se aparta de su inocencia y comete maldades, como las acciones detestables del malvado, ¿acaso podrá vivir? No se tendrán en cuenta sus obras justas. Por el mal que hizo y por el pecado cometido, morirá.

Insistís: No es justo el proceder del Señor. Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto?

Cuando el inocente se aparta de su inocencia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá».

Salmo de hoy
Salmo 129, 1b-2. 3-4. 5-7ab. 7cd-8

R/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?
Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.
R/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes temor.
R/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora.
R/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?

Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y Él redimirá a Israel
de todos sus delitos.
R/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?

Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 20-26

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.

Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil” tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehena” del fuego.

Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.

Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo».


El país de las excusas

Por Laura Aguilar Ramírez

Había una vez una niña bonita como muchas, pero lista como pocas.
Su papá la quería mucho y la tenía como una niña buena porque era cariñosa con él. Sin embargo, su mamá no opinaba lo mismo.
Eso creaba problemas entre los padres y también entre los hermanos.

Muchas veces su mamá la sorprendía haciendo algo indebido, la reprendía por supuesto, pero al llegar el padre, la niña soltaba a llorar en lugar de abrazarlo como siempre. Al preguntarle el papá porqué lloraba, le decía con su carita compugnida "mi mamá me regañó, pero yo no hice nada".

Eso bastaba para que se iniciara una discusión entre los padres.
-"¿porqué la regañaste?"
-"porque no quiso lavar los trastes"
-"ésa es tu obligación, no de ella. Tú eres la mamá, no ella"
-"Pero necesito ayuda, la casa es grande, tengo que hacer la comida, llevar a los niños a la escuela, lavar la ropa. Sus hermanos siendo hombrecitos me ayudan, pero ella no quiere hacerlo"
-"¿Qué no puedes hacerlo sóla? Mi mamá se hacía cargo de todo, tuvo puros hijos y hacía todo y no nos ponía a hacerlo. Los hombres no hacen quehacer"
-"Entonces que me ayude ella, si no quieres que lo hagan los niños"
-"Ella es muy pequeña, no tiene porqué hacer nada"
-"A su edad yo ayudaba a mi mamá. En mi casa todos ayudábamos aunque fueran niños."
-"Ah, en tu casa. Aquí se hace como yo digo"

La pobre mujer se cansaba de tanto limpiar, lavar y cocinar. Se sentía desamparada, sin nadie que le ayudara. Ninguno de sus hijos le ayudaba, todos le pedían "mamá, la toalla" "mamá tengo hambre" "mamá plánchame la camisa" "ay, no quedó bien planchado mi vestido".

"Pon a tus hijos a que te ayuden" le decía su hermana cuando la veía batallar tanto. "No importa si son niños o si son niñas, todos deben ayudar en la casa. Mis hijos lo hacen" Ella veía que su hermana estaba siempre de buen humor, que le alcanzaba el tiempo para muchas cosas, que sus hijos estudiaban y no iban mal en la escuela a diferencia de los suyos.

Ella deseaba que sus hijos también fueran buenos en la escuela, que fueran los elegidos por los maestros para algunas tareas, que fueran conocidos por su buen comportamiento. Así que los ponía a limpiar, pero como se negaban, les daba un jalón de orejas o un manazo. Así conseguía su ayuda.
La niña siendo tan lista había encontrado la manera de librarse de los golpes y de tener que hacer quehacer. Sabía que su padre la prefería por ser mujercita. Ella procuraba ser muy femenina, no jugar toscamente porque a su papá no le gustaba. Sabía que le gustaba que fuera bonita, que se arreglara, que no fuera "marota" como otras niñas. Pero en cuanto no la veían, hacía todo lo que quería. Aprendió a ser hipócrita, es decir, a hacer su gusto, a no privarse de nada, el chiste era que no se dieran cuenta.

Así se comía los panes de sus hermanos y cuando su mamá preguntaba ella se hacía la disimulada con su cara de niña buena, la mamá buscaba al culpable, terminaba perdiendo el quicio y les daba unas buenas nalgadas. Entonces la niña al llegar su papá la acusaba Y empezaba la discusión.

Era un círculo que ella no se sentía capaz de romper.
Sus hijos hombres reaccionaban de maneras distintas. El mayor encontraba siempre la manera de no tener la culpa, cierto es que no la tenía, pero éso no bastaba a su madre, así que debía demostrarlo.

El hermano de enmedio procuraba estar cerca de su madre siempre para que no lo culparan sus otros hermanos. El problema era cuando por alguna razón, la mamá no estaba. El terminaba por ser culpable. Entre sus dos hermanos encontraban la manera de culparlo.

La cuestión llegó a tanto, que el padre buscó maneras de que su mujer no maltratara a sus hijos. Por sobre todas las cosas, deseaba que no sufrieran pobrezas como él lo había hecho, que no sufrieran penurias como él lo había hecho, que jugaran como él no había podido hacer, que estudiaran como él no había podido hacer. Y por ésa razón, les daba lo más que podía, no importaba cuánto tuviera que trabajar.

Así que cuando se enteraba de algún maltrato (así llamaba él a la manera en que la mamá trataba de educar a sus hijos) él le cortaba el suministro de dinero. Después de haber buscado muchas maneras de doblegar a su mujer, había terminado por darse cuenta que ni los golpes, ni los gritos, ni nada hacían que su mujer obedeciera a ciegas lo que él decía. Siempre le cuestionaba.

Así, llegó el momento en que él llegaba con lo que se necesitaba, le daba el gasto, pero debía su mujer darle cuentas de cada centavo que gastaba. Ella terminó por ceder, porque no podía dejar que sus hijos pasaran hambres. Al padre no le importó un día dejarla sin dinero, ella pidió tortillas a una vecina y a otra le pidió si podía prestarle dinero, la vecina le ofreció plátanos porque no tenía otra cosa. Ese día comieron tacos de plátano con lo que había pedido prestado.

Al enterarse por su hija de lo que habían comido, él montó en cólera contra su mujer. No le gustaba que anduviera pidiendo prestado, él se sobaba el lomo trabajando según sus propias palabras, para no andar en boca de nadie, para que nadie dijera que no era hombre que pudiera mantener a su familia.

Era una lucha entre un hombre autoritario disfrazado de buena gente, en la que la mujer o cedía o cedía.
En su casa se hacía lo que él decía. Su mujer o lo aceptaba por las buenas o lo aceptaba por las malas.
Sus hijos tomaban sus propias providencias, buscando la manera de no salir tan mal librados en ésa lucha.

Llegaran más hijos y los problemas aumentaron. Ella era incapaz de encontrar una solución. El era tan autoritario que terminó por doblegarse.
Aprendió a hablar bien de él a los demás, ocultando sus faltas. De lo contrario, debía atenerse a las consecuencias.

A pesar de ello, un día se armó de valor para hacer algo que sabía le iba a acarrear problemas. Se operó para o tener más hijos.
Cuando su esposo se enteró, fué un escándalo. Ella callaba mientras él despotricaba.

A raíz de éso, él dejó de frecuentar su cama y terminó por encontrar otra mujer. Se las ingenió para que su mujer se enterara. Debía pagar la grave afrenta que le había hecho. Empezó a no pasar los domingos con su familia, para pasarlos con la otra mujer.

Ese fué el gran pretexto que encontró para hacer lo que quería finalmente. Los sábados se iba al vapor, porque lo merecía según él. Encontró trabajo para su hijo mayor, porque debía ayudar con los gastos de la familia.
Pero la verdad es que al empezar a entrar el aporte de su hijo mayor, él se sintió liberado de sus cargas y empezó a cargarlas en su hijo.

Juzgaba a su mujer por pedir la ayuda de sus hijos, pero él mismo no se aplicaba la misma receta. Lo que era malo en su mujer, en él no lo era por el simple hecho de ser hombre.

La cosa no hubiera sido tan mala, si no existieran sus hijos. Cada uno de ellos aprendió maneras de evitar cumplir con sus obligaciones. Se volvieron maestros en el arte de encontrar excusas para todo.

Al igual que su padre, sabían darle vueltas a las personas, sabían juzgar a los demás y aplicarles penas que ellos mismos no se aplicaban.

Su pobre mujer llegó al fin de sus penas, cansada de tanta carga. El encontró otra excusa para librar su conciencia. Había sido tonta por no obedecerlo desde el principio como era su obligación.

Así se vive en el país de las excusas, cada uno de sus hijos creó su propio hogar a imitación del suyo. Un país donde una excusa lleva a otra y donde todo queda tan enredado que es difícil salir de él. Es como la telaraña de una araña, tan fina que no se percibe fácilmente, pero tan resistente como para atrapar moscas en ella.

Tal vez por ello, las telarañas son uno de los símbolos de suciedad, de embustes, de ardides y uno de los más relacionados con las brujas que cocinan en sus grandes calderos fórmulas para engañar a los incautos.

La niña del cuento llegó a ser una famosa bruja, conocida por su gran caldero del que saca males, tan famosa como su hermano que sintiéndose mago, saca conejos de la chistera y la gente no acierta a saber de dónde salen.