El país de las excusas

Por Laura Aguilar Ramírez

Había una vez una niña bonita como muchas, pero lista como pocas.
Su papá la quería mucho y la tenía como una niña buena porque era cariñosa con él. Sin embargo, su mamá no opinaba lo mismo.
Eso creaba problemas entre los padres y también entre los hermanos.

Muchas veces su mamá la sorprendía haciendo algo indebido, la reprendía por supuesto, pero al llegar el padre, la niña soltaba a llorar en lugar de abrazarlo como siempre. Al preguntarle el papá porqué lloraba, le decía con su carita compugnida "mi mamá me regañó, pero yo no hice nada".

Eso bastaba para que se iniciara una discusión entre los padres.
-"¿porqué la regañaste?"
-"porque no quiso lavar los trastes"
-"ésa es tu obligación, no de ella. Tú eres la mamá, no ella"
-"Pero necesito ayuda, la casa es grande, tengo que hacer la comida, llevar a los niños a la escuela, lavar la ropa. Sus hermanos siendo hombrecitos me ayudan, pero ella no quiere hacerlo"
-"¿Qué no puedes hacerlo sóla? Mi mamá se hacía cargo de todo, tuvo puros hijos y hacía todo y no nos ponía a hacerlo. Los hombres no hacen quehacer"
-"Entonces que me ayude ella, si no quieres que lo hagan los niños"
-"Ella es muy pequeña, no tiene porqué hacer nada"
-"A su edad yo ayudaba a mi mamá. En mi casa todos ayudábamos aunque fueran niños."
-"Ah, en tu casa. Aquí se hace como yo digo"

La pobre mujer se cansaba de tanto limpiar, lavar y cocinar. Se sentía desamparada, sin nadie que le ayudara. Ninguno de sus hijos le ayudaba, todos le pedían "mamá, la toalla" "mamá tengo hambre" "mamá plánchame la camisa" "ay, no quedó bien planchado mi vestido".

"Pon a tus hijos a que te ayuden" le decía su hermana cuando la veía batallar tanto. "No importa si son niños o si son niñas, todos deben ayudar en la casa. Mis hijos lo hacen" Ella veía que su hermana estaba siempre de buen humor, que le alcanzaba el tiempo para muchas cosas, que sus hijos estudiaban y no iban mal en la escuela a diferencia de los suyos.

Ella deseaba que sus hijos también fueran buenos en la escuela, que fueran los elegidos por los maestros para algunas tareas, que fueran conocidos por su buen comportamiento. Así que los ponía a limpiar, pero como se negaban, les daba un jalón de orejas o un manazo. Así conseguía su ayuda.
La niña siendo tan lista había encontrado la manera de librarse de los golpes y de tener que hacer quehacer. Sabía que su padre la prefería por ser mujercita. Ella procuraba ser muy femenina, no jugar toscamente porque a su papá no le gustaba. Sabía que le gustaba que fuera bonita, que se arreglara, que no fuera "marota" como otras niñas. Pero en cuanto no la veían, hacía todo lo que quería. Aprendió a ser hipócrita, es decir, a hacer su gusto, a no privarse de nada, el chiste era que no se dieran cuenta.

Así se comía los panes de sus hermanos y cuando su mamá preguntaba ella se hacía la disimulada con su cara de niña buena, la mamá buscaba al culpable, terminaba perdiendo el quicio y les daba unas buenas nalgadas. Entonces la niña al llegar su papá la acusaba Y empezaba la discusión.

Era un círculo que ella no se sentía capaz de romper.
Sus hijos hombres reaccionaban de maneras distintas. El mayor encontraba siempre la manera de no tener la culpa, cierto es que no la tenía, pero éso no bastaba a su madre, así que debía demostrarlo.

El hermano de enmedio procuraba estar cerca de su madre siempre para que no lo culparan sus otros hermanos. El problema era cuando por alguna razón, la mamá no estaba. El terminaba por ser culpable. Entre sus dos hermanos encontraban la manera de culparlo.

La cuestión llegó a tanto, que el padre buscó maneras de que su mujer no maltratara a sus hijos. Por sobre todas las cosas, deseaba que no sufrieran pobrezas como él lo había hecho, que no sufrieran penurias como él lo había hecho, que jugaran como él no había podido hacer, que estudiaran como él no había podido hacer. Y por ésa razón, les daba lo más que podía, no importaba cuánto tuviera que trabajar.

Así que cuando se enteraba de algún maltrato (así llamaba él a la manera en que la mamá trataba de educar a sus hijos) él le cortaba el suministro de dinero. Después de haber buscado muchas maneras de doblegar a su mujer, había terminado por darse cuenta que ni los golpes, ni los gritos, ni nada hacían que su mujer obedeciera a ciegas lo que él decía. Siempre le cuestionaba.

Así, llegó el momento en que él llegaba con lo que se necesitaba, le daba el gasto, pero debía su mujer darle cuentas de cada centavo que gastaba. Ella terminó por ceder, porque no podía dejar que sus hijos pasaran hambres. Al padre no le importó un día dejarla sin dinero, ella pidió tortillas a una vecina y a otra le pidió si podía prestarle dinero, la vecina le ofreció plátanos porque no tenía otra cosa. Ese día comieron tacos de plátano con lo que había pedido prestado.

Al enterarse por su hija de lo que habían comido, él montó en cólera contra su mujer. No le gustaba que anduviera pidiendo prestado, él se sobaba el lomo trabajando según sus propias palabras, para no andar en boca de nadie, para que nadie dijera que no era hombre que pudiera mantener a su familia.

Era una lucha entre un hombre autoritario disfrazado de buena gente, en la que la mujer o cedía o cedía.
En su casa se hacía lo que él decía. Su mujer o lo aceptaba por las buenas o lo aceptaba por las malas.
Sus hijos tomaban sus propias providencias, buscando la manera de no salir tan mal librados en ésa lucha.

Llegaran más hijos y los problemas aumentaron. Ella era incapaz de encontrar una solución. El era tan autoritario que terminó por doblegarse.
Aprendió a hablar bien de él a los demás, ocultando sus faltas. De lo contrario, debía atenerse a las consecuencias.

A pesar de ello, un día se armó de valor para hacer algo que sabía le iba a acarrear problemas. Se operó para o tener más hijos.
Cuando su esposo se enteró, fué un escándalo. Ella callaba mientras él despotricaba.

A raíz de éso, él dejó de frecuentar su cama y terminó por encontrar otra mujer. Se las ingenió para que su mujer se enterara. Debía pagar la grave afrenta que le había hecho. Empezó a no pasar los domingos con su familia, para pasarlos con la otra mujer.

Ese fué el gran pretexto que encontró para hacer lo que quería finalmente. Los sábados se iba al vapor, porque lo merecía según él. Encontró trabajo para su hijo mayor, porque debía ayudar con los gastos de la familia.
Pero la verdad es que al empezar a entrar el aporte de su hijo mayor, él se sintió liberado de sus cargas y empezó a cargarlas en su hijo.

Juzgaba a su mujer por pedir la ayuda de sus hijos, pero él mismo no se aplicaba la misma receta. Lo que era malo en su mujer, en él no lo era por el simple hecho de ser hombre.

La cosa no hubiera sido tan mala, si no existieran sus hijos. Cada uno de ellos aprendió maneras de evitar cumplir con sus obligaciones. Se volvieron maestros en el arte de encontrar excusas para todo.

Al igual que su padre, sabían darle vueltas a las personas, sabían juzgar a los demás y aplicarles penas que ellos mismos no se aplicaban.

Su pobre mujer llegó al fin de sus penas, cansada de tanta carga. El encontró otra excusa para librar su conciencia. Había sido tonta por no obedecerlo desde el principio como era su obligación.

Así se vive en el país de las excusas, cada uno de sus hijos creó su propio hogar a imitación del suyo. Un país donde una excusa lleva a otra y donde todo queda tan enredado que es difícil salir de él. Es como la telaraña de una araña, tan fina que no se percibe fácilmente, pero tan resistente como para atrapar moscas en ella.

Tal vez por ello, las telarañas son uno de los símbolos de suciedad, de embustes, de ardides y uno de los más relacionados con las brujas que cocinan en sus grandes calderos fórmulas para engañar a los incautos.

La niña del cuento llegó a ser una famosa bruja, conocida por su gran caldero del que saca males, tan famosa como su hermano que sintiéndose mago, saca conejos de la chistera y la gente no acierta a saber de dónde salen.