El sol después de la lluvia

Por Laura Aguilar Ramírez

Hoy salió el sol después de una noche lluviosa.
De hecho, la lluvia empezó el día de ayer. Empezó después de un día ventoso.
A mí me gusta la lluvia por muchas razones. Crecí cerca del campo, por lo tanto, la temporada de lluvia es algo que alegra a los rancheros dedicados a la agricultura. También me gusta porque son días de asueto en ésos lugares.

Los días de lluvia los podía dedicar a leer después de hacer mis quehaceres. No había que salir a los lavaderos, tampoco debía salir a dar de comer a los animales. Podía descansar. En el rancho no había luz eléctrica. Se alumbraban con quinqués de petróleo y se usaba un generador para ver la tele una hora en las tardes. Nos reuníamos a la hora de los alimentos y a la hora de ver la tele.
El resto del día lo pasábamos cada uno en sus labores.

Mientras mi hermana jugaba con la hija de los dueños del rancho, yo hacía quehacer. Ellas eran de la misma edad y yo, más pequeña, no era buena compañera para la hija de los dueños.
Había otros niños en el rancho y aveces yo jugaba con ellos, pero también estaban ocupados. Uno, ayudaba a su papá a pastorear los borregos y los chivos. Los otros, hijos del caporal, también ayudaban en el campo a su papá. Así que estaba sóla casi siempre, sin tener con quien jugar.

La dueña del rancho contaba con la ayuda de mi tía y de la hija mayor del caporal. Así que los días de lluvia también me gustaban porque todos estaban en casa.
No podían salir a sembrar, ni a limpiar, ni a cuidar animales. Tenían que estar en la casa y si bien mi hermana y la hija de los dueños, no jugaban conmigo, yo podía entretenerme leyendo o haciendo manualidades con lo que me hallaba. A ellas no les gustaban ésos días, preferían corretear en el campo o subirse a los árboles.

En casa de la hermana de mi abuelita, los días de lluvia eran también días de descanso para mí. No salían a lavar la ropa en los lavaderos y por lo tanto, no tendían en los tendederos. Los pájaros de mi tía, permanecían dentro de la casa, al no poder sacar sus jaulas, cosa que hacía yo. Tampoco debía barrer el patio y destender la ropa de mi tía, de su nuera y de mi otra tía. Podía entonces dedicar mi tiempo a leer. Pero extrañaba por supuesto, salir a jugar con mi amiguita Beatriz. A ella le prohibían entrar en la casa de mi tía, por ser una "escuincla mocosa y cochina".

Una vez, tomé mis juguetes y me fuí a su casa que estaba pasando la calle, saliendo del callejón donde vivía la mayoría de la familia. Entré en la vecindad donde vivía y pasamos el rato jugando. Al regresar a la casa, me regañaron por supuesto. Me había ido sin permiso. Tenía yo 6 o 7 años. No tenía permiso para alejarme de la casa, jugábamos dentro del callejón, pero enfrente de la casa de la tía, donde ella pudiera escuchar nuestras voces.

Pero no era yo muy bien recibida por los niños. No era yo muy buena jugando al parecer, no me encontraban cuando jugábamos al escondite y no me alcanzaban en los juegos donde había que correr, era yo muy elástica y daba marometas una tras otra, trepaba fácilmente al árbol. Nada de ésto era bueno para ellos, así que cuando se formaban los equipos y se elegía a los jugadores, a mí no me elegían jeje. Terminaba casi siempre sentada en el rondel del arbol, viéndolos jugar y reir.

Fuí una niña solitaria. Mi hermana seguía en el internado y los fines de semana se quedaba en el rancho. A mí me habían regresado por haberme negado a dejar que un niño, hijo del caporal bailara con otra niña. Creo que ya comenté éso, estábamos en kinder y terminé junto con mi hermana castigada en un salón de clases hasta que anocheció. Sin comer y llena de espanto.

Como me orinaba en la cama por el miedo de levantarme al baño, terminaron por mandarme a mi casa. Y así, llegamos a casa de mi tía abuela donde no sabía jugar como los otros niños, sólo beatriz a quien conocí en la escuela, jugaba conmigo. Y como no la dejaban entrar a la casa y los niños de la familia, tampoco la aceptaban, no tenía con quien jugar.

Hasta que llegó mi hermana, no me aceptaron. Y tampoco me aceptaron después, pero me dejaban jugar por ella que era más sociable, menos "presumida" según me decían.

Así que si mi hermana no estaba o si ella me rechazaba, no tenía más amigos. Y mi hermana muchas veces prefería a otros niños que a mí.
Por lo tanto, los días de lluvia eran un descanso en muchos sentidos, para mí.

Por éstos lugares, la lluvia es necesaria, pero es escasa. Yo la agradezco, porque limpia el ambiente, aplaca la tierra, riega mis plantas y lava mis patios.
Pero no puedo evitar pensar en aquellos que la pasan mal cuando llueve.
Viví en un cerro donde no había pavimento y el terreno se deslava con la lluvia. O con los vientos muy fuertes. Trabajaba mucho ahí. Debía mantener limpios los cuatro terrenos de que consta la propiedad de mi prima, debía desyerbarla, cuidar de que no se cayeran las piedras de las escaleras que hice poco a poco para poder subir y bajar sin resbalarnos. También debía mantener el estacionamiento, poniendo piedras que evitara el deslave y volverlas a poner si se caían, debía mantener una zanjita frente a los terrenos, para desviar la lluvia y evitar cayera en el terreno.

Aprendí a utilizar una pala, tan necesaria en ése lugar. Aveces, el suelo se ponía tan resbaladizo, que debía uno cuidar sus pasos para no resbalar. En una ocasión, el carro donde íbamos, estuvo a punto de derrapar con el lodo.
No es fácil cuando llueve. Es cierto que en la CDMX la lluvia causa también estragos debido a la pavimentación que evita que el agua sea absorbida por el suelo, también es cierto que se cuenta con drenaje fluvial, por acá sí puede ocasionar dolores de cabeza.

Así que si bien le pido a Dios por lluvia, le ruego para que no cause daños. Sin embargo, la lluvia sigue gustándome. Puedo imaginar los campos verdes, veo los cerros embellecerse con plantas que brotan rápidamente.

Esto me lleva al motivo que me hizo pensar en la lluvia. Aveces me quejo de tener a mi nietecito lejos y me entristece no poder ser parte de su vida. Pienso también que no seré tempoco parte de la vida de mi segundo nietecito, debido a la distancia y a que no hablamos el mismo idioma.

Pero hoy pensé en otras personas de mi edad, con hijos de la edad de mis hijos que ni siquiera tienen un nieto.

Y tal vez sean mejores personas que yo y más merecedoras de una bendición tan grande. Eso me hace pensar en que no tengo derecho para quejarme, al contrario, debo agradecer la dicha de ver a mi hijo feliz con su familia, aunque estén lejos de mí.

Y también pienso en cuántas personas tienen hijos y nietos y puedo pensar que sin merecerlos tampoco.
Es como la lluvia, escasa en muchos lugares y tan necesaria como dañina en otros, porque causa inundaciones tan grandes que se mete el agua a las casas y negocios.

Aveces no puedo evitar pensar que la vida es injusta y dolorosa. Que unos nos quejamos de una cosa y otros de otra, pero siempre hay motivos de queja.
Y llegó a la conclusión que quejarse no sirve de nada.

Estaba pensando en ésto antes de empezar la misa de hoy y traté de escuchar la respuesta a mis preguntas no hechas.
Y llegué a la conclusión de que aveces no pedimos y cuando pedimos, lo hacemos mal. Y aún más, cuando recibimos respuesta, no estamos dispuestos a entender, porque implica algo: seguir a Jesús. Y seguir a Jesús no siempre es fácil

Esto me lleva también a pensar en las influencias que recibimos y que pueden cambiar nuestras vidas. Es más fácil seguir los ejemplos de personas que creemos exitosas, bellas o ricas, que seguir a aquellas esforzadas. Es más fácil seguir a las personas divertidas, que a aquellas que no lo son tanto y llevan una vida más sosegada.

Buscamos placer, dinero y poder. Y éso no siempre nos hace felices. Lo malo es cuando se retrasa el momento de abrir los ojos. A veces es tarde.

Primera lectura
Santiago 1, 12-18

Hermanos: Dichoso el hombre que sufre la tentación, porque después de superarla, recibirá en premio la corona de la vida, que Dios ha prometido a los que lo aman.

Que nadie diga, cuando sufre una tentación, que es Dios el que lo tienta, porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni pone él mismo a nadie en tentación. Más bien, cuando alguno es tentado, es su propia concupiscencia la que lo arrastra y lo seduce. La concupiscencia concibe y da a luz al pecado; y el pecado, cuando madura, engendra la muerte.

No se equivoquen, queridos hermanos: Todo beneficio y todo don perfecto viene de lo alto, del creador de la luz, en quien no hay ni cambios ni sombras. Por su propia voluntad nos engendró mediante la palabra de la verdad, para que fuéramos, en cierto modo, primicias de sus creaturas.

Salmo Responsorial
Salmo 93, 12-13a 14-15. 18-19
R. (12a) Señor, dichoso aquel a quien tú educas.
Señor, dichoso aquel a quien tú educas,
y enseñas a cumplir tus mandamientos;
cuando lleguen las horas de desgracia,
no perderá el sosiego.
R. Señor, dichoso aquel a quien tú educas.
Jamás rechazará Dios a su pueblo
ni dejará a los suyos sin amparo.
Hará justicia al justo
y dará un porvenir al hombre honrado.
R. Señor, dichoso aquel a quien tú educas.
Cuando me hallaba al borde del sepulcro,
tu amor, Señor, me conservó la vida;
cuando se multiplican mis problemas,
en tus consuelos halla mi delicia.
R. Señor, dichoso aquel a quien tú educas.

Aclamación antes del Evangelio
Juan 14, 23
R. Aleluya, aleluya.
El que me ama cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará
y haremos en él nuestra morada, dice el Señor.
R. Aleluya.

Evangelio
Marcos 8, 14-21
En aquel tiempo, cuando los discípulos iban con Jesús en la barca, se dieron cuenta de que se les había olvidado llevar pan; sólo tenían uno. Jesús les hizo esta advertencia: "Fíjense bien y cuídense de la levadura de los fariseos y de la de Herodes". Entonces ellos comentaban entre sí: "Es que no tenemos panes".

Dándose cuenta de ello, Jesús les dijo: "¿Por qué están comentando que no trajeron panes? ¿Todavía no entienden ni acaban de comprender? ¿Tan embotada está su mente? ¿Para qué tienen ustedes ojos, si no ven, y oídos, si no oyen? ¿No recuerdan cuántos canastos de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil hombres?" Ellos le contestaron: "Doce". Y añadió: "¿Y cuántos canastos de sobras recogieron cuando repartí siete panes entre cuatro mil?" Le respondieron: "Siete". Entonces él dijo: "¿Y todavía no acaban de comprender?"