Cristina era sirvienta en la casa de un gran Señor. En ésa casa todo debía estar brillante, rechinando de limpio los cristales, los ventanales. Todo. El patrón de Cristina era especial.
Había tenido varias sirvientas, pero a unas las despidió por ser descuidadas. A otras las despidió por no ser muy diligentes y prestas a las órdenes que les daba.
Pero el Señor no era cruel, ni tampoco tenía malas maneras. Había dado a cada sirvienta oportunidades. Primero las había enseñado, las había preparado para hacer las labores como a él le gustaba.
Al principio, todas estaban atentas, todas deseaban agradarle, todas deseaban permanecer a su servicio porque pagaba bien, porque no era gritón ni tenía malas maneras. Muchas habían esperado la oportunidad de servirlo.
Pero a medida que pasaba el tiempo, cada una fué confiándose. Terminaban por pensar que ya dominaban a la perfección sus labores. Otras, pensaban que ya no había nada que limpiar, todos los días limpiaban. Así que empezaban a descuidar su trabajo y a distraerse en otras actividades.
Y tarde o temprano, el patrón las despedía. Lo hacía con tristeza, porque había puesto esmero en enseñarles, porque las había tratado bien y había pagado bien por sus servicios. Pero no podía permitirse el que su casa estuviera sucia.
Y no podía permitirselo porque era una casa muy visitada por distintas personalidades. Contínuamente entraban por su puerta comerciantes, artistas y personas que tenían tratos con él.
El encargado de la servidumbre era un hombre llamado Justino. El estaba encargado de que todo funcionara como al señor le gustaba.
Entre sus labores estaba el elegir a las personas que se encargaban de la limpieza, de la preparación de los alimentos, en fin, de cada actividad que se realizaba con el fin de que la casa estuviera limpia en todo momento.
Justino tenía mucho trabajo, pero amaba su trabajo, quería mucho a su patrón porque era bueno y porque había entrado a su servicio desde muy pequeño.
Su patrón confiaba en su criterio y en que hacía su trabajo bien. Pocas veces intervenía el patrón directamente.
Justino por supuesto, era el que más trabajaba, pues debía vigilar que la servidumbre hiciera su trabajo bien. Justino procuraba tratar a la servidumbre como su señor le había enseñado: con buenos modales y con paciencia.
Era el primero en levantarse y el último en acostarse. No se iba a dormir sin revisar que la cocina y las habitaciones estuvieran ordenadas, que no hubiera quedado olvidada una luz encendida, que las chimeneas estuvieran apagadas no se fuera a ocasionar un incendio por alguna chispa que saltara.
En la mañana, se encargaba de cuidar que hubiera suficiente leña para las chimeneas, que los sirvientes tuvieran lo necesario para hacer su labor.
Todo el día iba de un lado para otro. Aveces auxiliaba a algún sirviente que se atrasaba por alguna causa o cuando se enfermaba y no había de momento alguien que cubriera su puesto.
Así que Justino conocía a cada sirviente, sabía cuáles eran sus debilidades y cuales sus fortalezas. En base a ellas, determinaba qué función desempeñaría cada uno. Eso era motivo de disgusto por algunos sirvientes. El lacayo deseaba ser mayordomo, porque no debía permanecer todo el tiempo parado al pendiente del momento en que se vaciara una copa para volverla a llenar. La ayudante de cocina, deseaba ser doncella porque éstas no olían a cebolla ni a grasa, sino andaban todo el tiempo perfumadas.
La doncella deseaba ser ayudante de cocina porque podían darle una pellizcada a cada guiso que se preparaba.
El mayordomo a veces deseaba no estar como perchero, recibiendo las prendas de los visitantes y entregándoselas a la salida, ni tampoco le gustaba tener que llamarle la atención al lacayo cuando no estaba bien en sus labores.
Justino era el encargado de que cada uno estuviera consciente de la importancia de su labor, así de que no surgieran problemas entre ellos y si surgían, intervenía para ayudar a limar las asperezas.
Pero Justino necesitaba ayuda. Buscaba y rebuscaba entre la servidumbre alguien que hiciera ésa labor, pero no lo encontraba ni entre las doncellas ni entre los lacayos. Eso entristecía a Justino.
Un día, después de haber tenido que despedir a una doncella por no cuidar la limpieza de la cristalería y haber sido amonestado con suavidad, pero firmemente por el patrón, le fué recomendada una muchachita. Le fué recomendada por uno de los sirvientes de más confianza.
Justino la entrevistó y desde el mismo momento en que la vió entrar, vió en ella algo que no había visto en todas las otras doncellas que había entrevistado a lo largo de sus ya muchos años de servicio.
Pero no quiso lanzar las campanas al aire. Muchas veces había creido ver algo especial en el servicio y siempre terminaba por llevarse un buen chasco.
Así llegó Cristina a servir a la casa del buen patrón. Era atenta, ponía atención a las indicaciones que se le daban y diligentemente hacía las cosas. Procuraba hacer todo con cuidado, sin apresurarse. Sus compañeras corrían de un lado para otro, dándose prisa para todo.
Cristina observó que de ésa manera, se les caían las cucharas, se les olvidaban los vasos, se olvidaban de limpiar algún utensilio.
Así que ella procuraba hacer las cosas con calma, sin apresuramientos, pero sin detener nunca su labor.
Al final del día, sus compañeras se sentaban alrededor de la chimenea dispuesta para el servicio a comentar lo sucedido en el día. Muchos de los compañeros, aflojaban la corbata, las compañeras se aflojaban el mandil, estiraban los pies para calentarlos. No faltaba el que se quitara los zapatos. Cristina permanecía con su uniforme siempre, sin aflojar el mandil y sin descalzarse.
Algunas veces, el patrón llegaba a horas inesperadas después de algún viaje o salida a los alrededores. Así, mientras una doncella se ajustaba el mandil, otra se ponía la cofia, el lacayo se ponía los zapatos y se anudaba las agujetas y otro se acomodaba la corbata, Cristina salía presurosa con lo que Justino pedía: una toalla para que el patrón se secara si había llovido, sus pantunflas para que se cambiara el calzado y estuviera más descansado.
Nada de éso pasó desapercibido para el patrón por supuesto. Cada vez que regresaba de alguna salida, empezó a ver a Cristina al lado de Justino, presta y atenta a hacer lo que Justino ordenaba.
Los otros sirvientes se alegraban de que así fuera. Ellos aprovechaban para descansar otro ratito en el fuego, aprovechaban también para comentar sin interrupciones, cosa que les encantaba hacer.
Así, sin que Justino supiera cómo, terminó por tener un ayudante. Cristina se puso a su lado, sin apenas darse cuenta él. Así era ella, se movía con suavidad, sin apresuramientos.
Parecía adivinar lo que Justino deseaba. Ella se había dado cuenta de cómo trabajaba, de cómo se esforzaba por realizar sus labores. Había escuchado su trajinar en la mañana y en la noche, cuando todos dormían.
De alguna manera, Cristina fué la respuesta de Dios a las oraciones de Justino, quien no se quejaba con su patrón, no comentaba con la servidumbre sus penurias, pues no deseaba cargarles con sus dolencias lo que ya de por sí era pesado. Sabía que cada uno, tenía un trabajo que realizar y todos terminaban el día cansados. Así que cada noche, en sus oraciones, pedía a Dios le enviara alguien que le ayudara a realizar su labor lo mejor que se pudiera.
Todos tenemos la capacidad de aprender, todos deseamos tener un buen trabajo y una buena paga. Pero podemos llegar a ser descuidados, podemos confiarnos en que ya nos la sabemos de todas, todas.
Todos tenemos oportunidades, cada quien distintas de acuerdo a nuestras circunstancias. Y muchos las desaprovechamos, otros pensamos que el trabajo del otro es mejor o más importante que el que realizamos.
Conozco a un muchacho que mientras sus compañeros estudiaban, él se dedicaba a pasear y a disfrutar. Todos los días iba a la escuela, sus papás lo veían entrar, sus maestros lo veían estar en el salón, a la salida todos lo veían irse a su casa, pero no estudiaba.
Cuando dejaban de verlo, tomaba camino para otro lado. Sus papás pensaban que estaba con la abuelita. La abuelita pensaba que estaba con sus papás.
Y él, mientras se iba de pachanga con el primero que se encontrara.
Cuando llegó el fin de curso, sus padres se sorprendieron de que dejara la escuela. "Para ayudarte a trabajar" les dijo. La verdad es que había reprobado 7 de las 8 materias que debió haber estudiado.
"Qué bueno es mi hijo" -pensaron sus papás- Deja la escuela para ayudarnos con los gastos. Nunca se enteraron de que había reprobado y ésa había sido la verdadera causa de abandonar la escuela. Así como nunca se enteraron de que se iba de pachanga. Como vivía en las dos casas: en la de su abuelita y en la de sus papás, cada uno pensaba que estaba en la casa del otro.
Así somos muchos: hacemos chapuza, nos alegramos de que piensen que somos buenos, pero hacemos las cosas malas mientras no nos ven. Pero al final de cuentas, la verdad sale a la luz: el muchacho reprobó por no estudiar, no por falta de oportunidades.
Pero si los padres no somos como Justino, fácilmente nos podemos dejar engañar.
"Ser cuchillito de palo" no es agradable. Pero es necesario si deseamos que nuestros hijos no se desvíen, pero tampoco deseamos que salgan lastimados.
O en Cuaresma, que se nos manda abstenernos de carne los viernes, no nos faltan pretextos para evitarlo. "Es viernes y el cuerpo lo sabe" dicen unos.
Conozco otra muchacha que siempre se portaba bien, que veía que las demás muchachas se iban de antro y ella haciendo quehacer. Un día se cansó de ver que a las chamacas no las regañaban en sus casas y a ella, sus papás la regañaban siempre. Así que se vistió como sus amiguitas, se pintó como ellas y se fué de antro. Se tomó unos tragos "para divertirse" como le dijeron sus cuatas.
Y después de un mes, supo que estaba embarazada. Ni cuenta se dió con quién perdió.
Pero ahora tiene un niño que tiene que cuidar y trabajar para mantenerlo, mientras otras muchachas estudian y se divierten sanamente.
Lectura del libro del profeta Ezequiel 18, 21-28
Esto dice el Señor Dios:
«Si el malvado se convierte de todos los pecados cometidos y observa todos mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se tendrán en cuenta los delitos cometidos; por la justicia que ha practicado, vivirá. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado —oráculo del Señor Dios—, y no que se convierta de su conducta y viva?
Si el inocente se aparta de su inocencia y comete maldades, como las acciones detestables del malvado, ¿acaso podrá vivir? No se tendrán en cuenta sus obras justas. Por el mal que hizo y por el pecado cometido, morirá.
Insistís: No es justo el proceder del Señor. Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto?
Cuando el inocente se aparta de su inocencia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá».
Salmo de hoy
Salmo 129, 1b-2. 3-4. 5-7ab. 7cd-8
R/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?
Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.
R/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?
Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes temor.
R/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?
Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora.
R/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?
Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y Él redimirá a Israel
de todos sus delitos.
R/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?
Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 20-26
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil” tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehena” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo».
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