Sólo Dios basta

Por Laura Aguilar Ramírez

Siempre son bonitas las lecturas del día. Nos orientan, nos reprenden o nos consuelan, pero todas nos van moldeando, como nos dice la Primera lectura de hoy, tan consoladora para aquellos que decidimos creer en Dios y creerle a Dios.
Pero también nos llama a pensar en que el alfarero moldea el barro con sus manos, apretando firmemente y por ésas manos, va cayendo el barro que sobra.
Jeremías 18, 1-6
Palabra que el Señor dirigió a Jeremías: «Anda, baja al taller del alfarero, que allí te comunicaré mi palabra».
Bajé al taller del alfarero, que en aquel momento estaba trabajando en el torno. Cuando le salía mal una vasija de barro que estaba torneando (como suele ocurrir al alfarero que trabaja con barro), volvía a hacer otra vasija, tal como a él le parecía.
Entonces el Señor me dirigió la palabra en estos términos: «¿No puedo yo trataros como este alfarero, casa de Israel?—oráculo del Señor—. Pues lo mismo que está el barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano, casa de Israel»
Estamos leyendo a Jeremías, un profeta que como todos ellos, fué llamado a hablar de Dios, a llevar la palabra de Dios a su pueblo, quien los escuchaba, pero por una u otra razón, terminaba por desobedecer. Eso sucedió también en los tiempos de Jeremías. El pueblo dirigido por sus reyes, no quiso entender y fueron conquistados por Nabuconosor.

Jeremías fué tratado injustamente, entendido por el Rey Josías, pero no por otros reyes como Joaquín y Sedecías del pueblo del sur o Judá. Anunció el castigo de Yahvé por la violencia y corrupción soial. Fué uno de los profetas mayores junto con Isaías, Ezequiel y Daniel. Fué posterior a Isaías, contemporáneo de Ezequiel y antecesor de Daniel.

En su tiempo, se cumplió lo profetizado: el pueblo judio fué conquistado y llevado a Babilonia preso, el templo de Jerusalem fué destruido, sólo los pobres fueron respetados. Nabucodonosor protegió a Jeremías y fué llamado traidor y espía por ello. Muchos judios huyeron a Egipto. Todo sucedió como fué profetizado por él.

Suena a algo que sucede en la actualidad, por lo menos en mi país. Suena a algo doloroso para nuestro país que ha perdido el rumbo de la fé, que se hace ídolos falsos, que adora a dioses antiguos y a la santa muerte. Un país donde la violencia y corrupción campean sin ninguna máscara ni control. Donde la Iglesia sigue en su misión evangelizadora, pero muchas veces sufriendo por ello: los asesinatos de sacerdotes no cesan, las pintas de iglesias tampoco, la persecusión encubierta de fieles se ha ido incrementando de varias maneras.

En fin. Vivimos como en el tiempo de Jeremías según mi ver. Y enmedio de todo ello, escuchamos que estamos en las manos de Dios, como en las manos del alfarero.

En el Evangelio se nos dice:
san Mateo 13, 47-53
En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: «El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?».

Ellos le responden: «Sí».
Él les dijo: «Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».
Cuando Jesús acabó estas parábolas, partió de allí.
Y así Dios, como Padre que es, va sacando de nosotros (que somos su tesoro) lo nuevo y lo antiguo. Eso es reconfortante. Nosotros, como el escriba que se hace discípulo del reino de los cielos, somos también como un padre y debemos sacar lo nuevo y lo antiguo en nuestros hijos. Debe notársenos que somos discípulos de Jesús, miembros de su iglesia, seguidores de Jesús quien nos da Su Cuerpo y Su Sangre para fortalecernos.

El es la paz enmedio de la tormenta.

Como escribió Santa Teresa de Avila:
Nada te turbe, nada te espante todo se pasa,
Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza,
quien a Dios tiene nada le falta sólo Dios basta.