Píntame un cordero

por Laura Aguilar Ramírez


En éstos días he estado recordando a mi papá. El falleció joven, 54 años, lleno de proyectos. Tenía un pequeño hijo de 4 años, una niña de 9, una mujer a su lado por los cuales luchar. Un día lo encontraron asesinado, atado de manos y pies, con un calcetín en la boca.

Pareciera que ahí acabó todo. Sin embargo, yo tuve una visión de él 3 meses después, lo ví con su sonrisa, lo ví tranquilo y sentí paz.

Mi padre jamás dejó de ser niño. No es que no madurara, no. Era un hombre trabajador, era un hombre muy inteligente a pesar de no haber estudiado. Era muy práctico, pero nunca dejó de ser niño. Recuerdo una fota de él montado en un cerdo, reía como niño feliz.
El creció en un ambiente distinto al mío. Creció entre árboles y sembradíos. Su abuelo que se hizo cargo de él, criaba cerdos. Unos tios tenían huertos y otros sembraban maíz, frijol, etc. Mi papá siempre fué muy vital, alegraba donde se encontraba. Yo creo que era porque nunca dejó de ser niño.

Yo tampoco. Me niego a dejar de serlo.
A mí me gustaba de niña dar marometas por todos lados, me gustaba subirme a los columpios, meterme a las fuentes del parque . Mis primeros años fueron en un pueblo donde aún había sembradíos, había caballos, se veían vacas, borregos y gallinas.
Después estuve en un internado en un pueblo, pero los fines de semana y vacaciones los pasábamos en un rancho donde corríamos, alimentábamos gallinas, cargábamos botes con agua, no había luz sino candiles. Y era feliz recogiendo las frutas que mi hermana me echaba. Ella se trepaba a los árboles y a los caballos. Eramos felices.

Al crecer, obviamente no podía ir por la vida dando maromas, pero en cuanto tenía oportunidad lo hacía. Cuando mis hijos fueron niños, los llevaba al parque y mientras ellos descansaban, yo me subía a los aparatos de ejercicio, me subía a los columpios como cuando niña. Recuerdo que en el Parque hundido mis hijos y yo nos deslizabamos por la pendiente dando vueltas. Me metía a la alberca con ellos. Me gustaba hacer manualidades con ellos. Como cuando era niña.

Recuerdo el primer libro que me dejó huella: "El principito".
"Píntame un cordero" le dijo una vocecita a un hombre preocupado porque su avioneta se había descompuesto y había tenido que descender enmedio de un desierto. Sus problemas eran graves.

Cuando de pronto escucha ésa voz, con ésa petición. Después de pintar algunas cosas, ante la insistencia de la vocecita de un hermoso niño vestido de príncipe. termina por decirle que él no sabe dibujar. Cuando niño, los adultos le bloquearon ésa facultad. Hizo un elefante dentro de una boa impresionado por una historia que había leido y los adultos pensaron que era un sombrero.

Yo me prometí no dejar de ser niña.

Ahora veo jóvenes que han "madurado" que han dejado de disfrutar. Recuerdo a una persona que decía a sus hijos: "disfruta porque cuando crezcas, no podrás hacerlo" y los dejaba hacer lo que quisieran, que comieran lo que se les antojara. "Porque después habrían crecido"

Eso es triste. Mi padre me ponía límites, pero me dejaba disfrutar. Mi abuelita también lo hacía. No me dijeron "Comamos y bebamos, porque después moriremos" como a ésos niños de los que hablo que ahora son unos adultos maduros.

Tampoco me refiero a los "Peter pan" que nunca maduran, que pretenden ser niños siempre, irresponsables y que un día descubren que su vida se les ha ido, así como las personas que aman. No.

Conocí a un hombre que pintaba hermosos cuadritos, que escribía bellos poemas cuando niño y después se convirtió en un hombre responsable pero infeliz. 
Conocí a un hombre que tenía un piano en su casa, que sólo servía para poner una carpeta encima y un jarrón con flores, como si fuera un ataud. ¿Dónde quedó el niño que tocaba el piano aquél? "Cuando mis hijos crezcan, van a aprender a tocar el piano como yo" y '¿porqué no lo tocaba junto a sus hijos? me preguntaba yo.

Mi mamá hacía collares y llevaba trabajo a la casa. Me ponía a ayudarle a ensartar cuentas. Para mí eran momentos hermosos pasados a su lado. Me encantan los collares y los aretes porque me recuerdan ésos momentos. Como cuando era niña.

Yo sigo haciendo pequeños poemas y escribiendo pequeños cuentos como cuando era niña. Me gusta hacer dibujos como cuando era niña y me gusta sembrar árboles, flores como cuando era niña. Me niego a madurar si por madurez se entiende meterme a un ataúd antes de tiempo.

Recuerdo a u hombre que dejó de ser niño. Cantaba "y ahora soy un hombre que les causa admiración, porque tengo mis millones y chamacas de a montón. Soy un hombre respetable y el mundo está a mis pies"
Se volvió un hombre respetable, con mujeres a escondidas de su esposa y trabajador que acumula bienes porque éso es lo que el mundo respeta.

Mi abuelita dejó una casa para irse a vivir a un terreno sin luz, sin agua cuando se jubiló. Andaba toda entierrada, jeje. Pero era feliz. Feliz cuidando cerdos y sembrando calabazas y una higuera. Comió de sus higos y hacía quesadillas de calabaza (quesadillas sin queso jeje) y tenía gallinas y guajolotes y patos como cuando era niña. Fué feliz. Se negó a ser respetable.

Ella seguía riendo por chistes tontos. La recuerdo riéndose por cosas insulsas que la divertían. Nunca la ví hacerse vieja. Murió a los 84 años y todavía me parece increíble. Porque no la ví envejecer. Si. Tenía su cabello cano, usaba dientes postizos, pero no envejeció.
Ella no tuvo nunca regadera en su casa. Y éso no la hacía infeliz.

Ni mi tía abuela, hermana suya lo hizo. Ella falleció a los 98 años, pero disfrutaba sembrando árboles y flores y dando de comer a sus perros. Mientras pudo, se compró unos borregos y los llevaba a pastar a los terrenos cercanos como cuando era niña. A los 75 años se trepaba a los árboles a podarlos y a cortar frutas como cuando era niña.

Ella se negó también a envejecer, a madurar y a ser persona respetable como entiende el mundo.

"Píntame un cordero"
Ayer hice por primera vez en mis 65 años barbacoa. A mí me gusta la barbacoa, me recuerda a mi padre como cuando niña nos llevó a un pueblo hidalguense y en el mercado la comimos. Es la comida más deliciosa que he comido. A mi lado estaban mi papá, su mujer y mis hermanos comiendo como familia.

Definitivamente la barbacoa es mi comida favorita.

No me quedó como yo hubiera querido. Por acá no hay pencas de maguey y éso le da un saber distinto. La hice con hojas de plátano y cambia el sabor, pero es barbacoa. Y consomé con tacos dorados. Como ése día que atesoré en mi corazón cuando conocí lo que es tener familia.

Cuando mis hijos eran niños, acostumbraba llevarlos al mercado cercano, mercado sobre ruedas que se ponía por la casa a comer barbacoa con consomé. Juntos mi esposo, mis hijos y yo comiendo cmmo cuando era niña junto a mi entonces familia. Familia que terminó con separación, porque mi padre nunca encontró a alguien que siguiera siendo niño, sino mujeres que habían madurado y dejado de lado la alegría de vivir, de disfrutar de un paseo por el campo, sentarse a comer elotes asados sencillamente en unas piedras con un comal encima. Y viendo a sus hijos correr libres por el campo o mojándose los pies en un arroyuelo cercano. Ellas insistían en encerrarlos en su casa capitalina, comiendo lo que ellas creían manjares, cuando la vida es vivir con quienes aman, de forma sencilla.

Mi padre disfrutó la vida porque nunca dejó que el niño dentro de él muriera. Se negó a ser una persona seria y respetable.

A mí me gusta la playa, subir cerros como cuando era niña. Y sigo haciéndolo.