Dios no nos abandona

Por Laura Aguilar Ramírez


Aveces las lecturas parecen repetirse. Escuchamos en la semana sobre los discípulos de Emaús en el Evangelio. Los evangelistas escribieron sobre lo que vieron y escucharon. Así que relatan lo mismo.
Sin embargo sí varían. Las primeras lecturas dan la pauta.

Personalmente he escuchado pocas veces los Hechos de los apóstoles a las cartas de Pedro y Santiago, no les he puesto atención. Y sin embargo, es a Pedro y a los apóstoles a quienes dió la misión de evangelizar. A Pedro le dió las llaves del Reino "lo que ates en la tierra, será atado en el Cielo; lo que desates en la tierra, será desatado en el Cielo.

Leyendo la Primera carta de hoy, me parece ver a Pedro y alzar la voz potente y hablar de lo que vió:
Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte, ya que no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio. En efecto, David dice, refiriéndose a él: Yo veía constantemente al Señor delante de mí, puesto que él está a mi lado para que yo no tropiece. Por eso se alegra mi corazón y mi lengua se alboroza; por eso también mi cuerpo vivirá en la esperanza, porque tú, Señor, no me abandonarás a la muerte, ni dejarás que tu santo sufra la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida y me saciarás de gozo en tu presencia.

Hermanos, que me sea permitido hablarles con toda claridad: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento que un descendiente suyo ocuparía su trono, con visión profética habló de la resurrección de Cristo, el cual no fue abandonado a la muerte ni sufrió la corrupción.

Pues bien, a este Jesús Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos. Llevado a los cielos por el poder de Dios, recibió del Padre el Espíritu Santo prometido a él y lo ha comunicado, como ustedes lo están viendo y oyendo

Le fué dado el conocer sobre su descendiente y que no sufriría la corrupción y que gozaría de su presencia.
Y después leemos en el Evangelio cómo Jesús se aparece a dos discípulos en Emáus y les pregunta '¿De qué hablan con tanta tristeza?, los acompaña, se queda con ellos y lo reconocieron al partir el pan.

Dios no nos abandona como a los discípulos en  Emaús, ni nos deja sin esperanza como a David.
Es ésa misma esperanza la que motivó que San Expedito a quien recordamos hoy y que es llamado el santo de los imposibles, a convertirse al cristianismo en tiempos de la persecusión de cristianos. El, siendo soldado romano se dedicó a auxiliarlos y a ayudarlos a escapar del circo romano. Fué azotado y decapitado por ello. Pero lo hizo gozoso de saber adónde iba.

También quien sostiene en las dificultades llenando de paz enmedio de las tormentas.

Pero lo hace conforme a las circunstancias de cada quien, en la época que a cada quien le tocó vivir.
Está tan vivo hoy como lo estuvo en el tiempo de David o en el tiempo de Pedro o de San Expedito o de San Pio de Pieltrecina.

Y ésa es nuestra esperanza, nuestra alegría, nuestro sostén y nuestra fortaleza.
 Recordaba hoy mis primeros meses de vida. Recordaba las razones por las cuales peleábamos mi hermana y yo desde pequeñas, después de que nuestros padres se separaron. Peleábamos por lo que creíamos justo, porque nos quitaban nuestras cosas o lo que nos llevaba nuestra abuelita. Pero en realidad peleábamos por dolor, por el dolor de la separación.
Eso marcó nuestro carácter ya de por sí heredado de quien sabe quien jeje.

Parece ser que a las personas que los demás ven débiles, abusan de ellos. Como el dicho "al perro más flaco, se le cargan las pulgas". Por lo menos así sucedía con nosotras. Nos convertimos en las arrimadas en la casa de... cuando habíamos tenido nuestra casa con nuestros padres.
Nos quitaban la comida que se nos llevaba, aunque se llevara también para ellos. Me refiero a otros niños como nosotras. Y éso enfurecía a mi hermana. Yo lloraba, las mamás peleaban. Y mi mamá terminaba perdiendo porque era sóla y no tenía esposo.

Eso quedó grabado más en mi corazón que en mi mente.
Sin embargo, mi abuelita nos llevó y cuidó y  nos dió amor. Y éso cambió todo. Yo seguía sus consejos, la escuchaba, la ayudaba. Le preguntaba sin miedo y me contestaba Acepté cuando mis desobediencias me acarrearon cintarazos. Y traté de cambiar. Ella fué mi guía, reconocía sus defectos, pero sus virtudes eran mucho mayores que ellos.

Ella nunca nos instó a pelear, más bien nos aconsejaba ser prudentes, ser acomedidas, ser amigables y serviciales con los demás. Pero no sólo nos aconsejaba, nos daba ejemplo de ello con su propio actuar.

Las pasó duras y maduras con sus hijos y después con nosotras, pero siempre tuvo fortaleza. Nunca la ví discutir ni pelear con nadie. Tenía paciencia y era buena con todos.

Mi forma de ser no es como la de ella, por supuesto. A mí me sale de repente lo bronco. Siento de nuevo las ganas de regresar a mi "Emaús" como los discípulos que no lo reconocieron a la primera, porque llevaban los ojos velados por la tristeza. A mí se me velan con el coraje. Coraje casi siempre justificado ante las injusticias y ante los abusos.

Pero pelear no me dió nunca buenos resultados. No me los dió cuando bebé y les sonaba con la mamila a los abusivos, no me los dió cuando después me defendía de las chamacas abusivas. Sólo junto a ella me sentía tranquila y en paz. Bastaba llamarla en voz alta para sentirla cerca o para darme valor o paciencia.

Pelear no es el camino, por supuesto. Por muchos que sean los abusos de los demás. Eso lo he aprendido a lo largo de la vida.
No hagas a otros lo que no quieras que te hagan. Es la regla que mi madre seguía.
Y que a mí me cuesta seguir. Porque no tengo su carácter y porque no tengo su paciencia.

Mamá, siempre te necesito. Siempre.