El mañana es hoy

Por Laura Aguilar Ramírez


Este es el título de la segunda charla del Triduo cuaresmal (así se llama, nos dijo el padre lo que yo llamé Miniretiro cuaresmal)
Cada plática o charla de éste tiempo son bellísimas. Bueno... a mí me gustan todos los encuentros con Jesús, me gusta oir de El y de su Palabra.

Primero fué la misa y las lecturas de hoy, aunque ya las había leido en la mañana, en la misa me parecieron puestas en un sobre con mi nombre escrito en el frente, entregado por boca de Isaías. Realmente sonaron bien duras.
No había ni forma de decir "ole" como aveces me sucede. Empiezo a ponerle a otros las palabras que escucho. Pero la primera lecura no daba espacio para hacerse a un lado jeje.

No pude evitar recordar momentos vergonzosos. De ésos que no quisiera recordar, pero que sucedieron.
Como he comentado, fuí niña de 10 de calificación casi siempre, excepto por las matemáticas y educación física en la secundaria, las demás materias se me daban bien. Tenía fama de obediente y buena niña. Pero si recuerdo bien, cometía también cosas indebidas, sólo que no lo decía a nadie, obviamente. No se daba cuenta nadie. Como por ejemplo, alguna vez tomé 5 centavos del monedero de mi abuelita. Deseaba mucho ver la tele en casa de unas vecinitas

Ellas tenian tele, cosa que pocos tenían. Sobre todo, una de ellas era super linda, alegre, vivaracha y yo la admiraba. Cómo no? si le gustaba peinarme como si fuera una muñequita jeje. Era ocurrente y lista como pocas. Recuerdo las "clases de baile" que nos daba. Ahí podían ver los que pasaban, a varios niños bailando vals que ella nos enseñaba
Tal vez porque había visto los XV años de una prima suya. No lo sé a ciencia cierta, pero le dió por enseñarnos a balsear. Yo tengo dos pies izquierdos para éso del baile, no me dejo guiar, me pongo tiesa. Si bailo sola, sale mejor la cosa, pero era divertidas sus clases.

También nos dejaban ver la tele acompañadas de palomitas y agua de sabor por 5 centavos. En ése tiempo pasaban "los cuentos de Cachirulo" y no nos lo podíamos perder. Así que como mi abuelita no nos quiso dar los 5 centavos para la función, aprovechando un descuido, tomé los 5 centavos de su monedero.

No era excusa el ser niña de 6 años. Los tomé y sabía que no debía hacerlo.
Después me arrepentí por supuesto, cuando mi abuelita preguntó quién había sido. 5 centavos era mucho dinero. Se podía comprar 1 sopa y 1 cubo de consomé de pollo con éso. Pero no dije nada. Culparon a no recuerdo quien, que tenía fama de niño travieso.

Cuando escuché en el Evangeliio donde se dice que los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés, otra pedrada. Cuántas veces se toma uno, atribuciones que no le corresponden, sobre todo en la adolescencia. Por lo menos yo, que alguna vez tomé despensa de mi abuelita para llevar a una persona que no tenía para guisar ése día.

Yo veía que mi abuelita guardaba alimentos en su despensa y se me hizo natural tomar de ahí para llevarle a ésa persona. No se me ocurrió pedirle a mi abuelita, dí por sentado que no me daría nada

Me sentía muy buena ayudando a alguien, pero no lo era en realidad, porque no daba de lo mío sino que lo robé. No era disculpa la necesidad de la otra persona ni mis pocos años. Tenía 10.
Yo creí que mi abuelita no se daría cuenta porque tenía bastantes cosas y creí que no echaría de menos un poco. Pero se la dió y le echó la culpa a otra persona. Me sentí mal por ésa persona y no volví a hacer algo parecido, pero tampoco dije que había sido yo. No quería dejar de ser buena a los ojos de ella. Me tenía en un pedestal y no lo merecía.

Después vino la charla que nos dió nuestro párroco. Me gusta la manera en que habla. Entremezcla anécdotas, pequeñas historias con la palabra de Dios y con dinámicas de preguntas de un modo muy ameno. Aunque se trate de cuestiones difíciles, las hace fáciles de entender.
Nos hizo participar si queríamos, dando algún testimonio.

Habló de que los niños y ancianos tenemos miedos, que los adolescentes sufren ansiedad, los adultos pueden tener resignación, pero si se tiene esperanza en Cristo, todo pasa.

Y la manera en que hace la Adoración al Santísimo me gusta mucho. Aunado al acompañamiento musical por parte de un hermano de la comunidad, pues fué una noche muy bonita.
Una noche redonda. Donde si ayer sentí un trapo húmedo desenpolvando, hoy sentí como baño, jeje

Salió en la charla lo que nos inquietaba cuando niños. Yo viví una infancia feliz y cuidada. Con mi papá que por circunstancias vivía en otro lado, pero me visitaba y me amaba. Con mi abuelita que no pudiendo cuidarme por trabajar, me llevó a un internado que aunque salía los viernes y entraba los domingos, sabía que era por amor de mis padres, porque a mi abuelita siempre le dije mamá.

Viví en un mundo donde no conocía el miedo. Sí. Tuve una pesadilla recurrente: un ojo gigante me veía por la ventana y empecé a no levantarme para ir al baño antes de dormir, porque estaba oscuro. Empecé a orinarme en la cama desde entonces, pero con amor me cuidaron, me llevaron con un doctor, me calmaron, no me hicieron sentir verguenza, escucharon que tenía miedo de ir a oscuras al baño y empezaron a dejar la luz del baño encendida y la puerta abierta para que el pasillo tuviera luz.

Me sentía y sabía amada y cuidada no sólo por mis papás. Mis vecinos eran amables, respondían a mi saludo. Mi abuelita me enseñó a saludar a todos, sobre todo a mis vecinos. Jugaba con mis vecinitos, aunque aveces los adultos estaban enojados entre ellos, pero no impedían que nosotros jugáramos. Nos dejaron vivir sin enemistades entre nosotros y no permitían que sus problemas nos afectaran.

¿Cómo sentir miedo si aún los adultos que yo veía, tenían problemas entre ellos, no dejaban que nos afectaran a nosotros, niños? Eso me hacía sentir confianza en ellos.
No viví en una burbuja, donde no se ve nada. Veía problemas, escuché a mi abuelita llorar aveces porque no le alcanzaba el dinero o ví alguna vez que a un tío lo golpearon, ví a personas bailando en la calle y pedir unas monedas por hacerlo, un merenguero pasaba por mi calle y aveces nos hacía el clásico tirar la moneda y si salía sol, comprábamos otro merengue y si águila, no pagábamos nada. Era amable.

Ví al cartero en su bicicleta, que llevaba la correspondencia sin temor de que le saliera un perro a morderlo. La gente tenía a sus perros dentro de su casa. Yo no conocía a los perros callejeros, todos estaban en sus casas, yo los escuchaba solamente cuando pasaba frente a su casa.

Pasaba en las noches el velador, lo escuchaba con su silbato aveces cuando hacía su rondín por mi calle. El cuidaba toda la manzana que era muy grande, porque mi colonia era de pocas calles, pero muchas casas.
En fin. Viví sin miedo en mi infancia. No es que no lo conociera, sino que me calmaban los adultos ése miedo con paciencia y con amor.

Sin embargo, a los 38 años tuve un miedo que me desarticuló, me aterrorizó y me llevó al límite de la locura. Ví olas gigantescas venidas del mar que inundaban calles enteras, ví gente subiendo hacia los cerros, unos caían, las madres trataban de correr cargando a sus hijos.
Unos pasaban encima de otros, no se detenían a levantar a nadie. Fué una visión terrorífica la que tuve hace ya 28 años. Supongo que porque estuve al borde de perder la chaveta por el ya no miedo, sino pánico.

Pánico que pasé, cuando cerca de mí, en un lugar al que llegamos y en el que teníamos poco tiempo de vivir, sucedió una masacre: toda una familia, niños, mujeres y hombres fueron asesinados en una madrugada. Tenía a mis hijos aún niños de 10 y 12 años. Perdí toda esperanza. Si se mataba a niños inocentes, ¿qué podía yo esperar para mis hijos?

Hoy veo que mi visión nacida del pánico y casi locura, es una terrible realidad. No se puede ver noticias sin ver inundaciones, terremotos y sequías. Pero al mismo tiempo, violencia. Muerte por todos lados: hombres matando hombres. Mujeres desgreñándose, mujeres pateadas por hombres en manifestaciones.
Ya no es un sueño, ni una visión, sino una realidad. Una realidad terrible.

Yo soñé o quería, un mundo en donde mis hijos vivieran como yo viví: cuidados y amados. Sin miedo, no en un mundo idealizado, un mundo de fantasía, sino un mundo real donde se sintieran amados y cuidados.

Ahora, al conocer un poco más de la Palabra de Dios medio entiendo: crecí con gente que no sólo creía en Dios, sino le creía a Dios y hacía lo que Dios decía: amar al prójimo como a uno mismo.

Si yo, siendo niña tuve pesadillas que me llevaron a orinarme por años en la cama y fuí cuidada con paciencia ¿qué será de los niños de hoy, en  que sus padres los encierran para que no vean nada, donde no se les permite saludar ni al vecino, donde no se les permite tener amigos que los visiten o a los que visitar?
¿qué será de los niños que tienen por cuidador la televisión, una televisión donde ven noticias tan feas, una televisión donde en las novelas o películas ven violencia y sexo sin ton ni son, llevados ahí por directores, actores, guionistas pseudorealistas, que llevan la realidad a lugares donde no deberían llevarla: a la intimidad de cada pareja, donde sin ánimo de ser moralista y sonar a timorato, ven lo que no deben ver: sexualidad llevada casi al interior de las partes íntimas de las personas, y que no están preparados para manejar aún?.

Televisión donde ven hasta en las caricaturas, machetazos, golpes, karaketazos y demás? Y ésa televisión es su cuidadora.

¿Cómo será el miedo de los niños de hoy cuando en lugar de jugar con sus amiguitos en un parque o en el patio de su casa o en la calle de su unidad a las escondidas o a la reata, juegan juegos donde la violencia impera, juegos que sus padres les compran para que no salgan a las calles violentas que ellos les quieren evitar? Yo creo que éso es como llevarle a casa el fuego para que se quemen, tratando de evitar que se quemen en un rémoto incendio que suceda en una remota posibilidad en el parque, incendio que a la mejor ni sucede nunca.

Es triste ver a mis vecinos que ni siquiera aceptaron mi saludo hace 23 años. Hoy no conozco ni a sus hijos, porque no salen ni a la esquina. De su casa a su carro. O ni éso.

La charla fué ""Si el futuro te inquieta". Yo no soy optimista, de ésos que creen que todo está bien. Eso es resignarse a ver lo que sucede. A mí me da por salir a evangelizar, por trabajar, por salir a saludar a la gente como me enseñaron. Me da por ofrecerme a auxiliar a alguien si se cae o la veo en problemas.
Soy realista, pero no de las que van por el mundo diciendo: "comamos y bebamos, porque mañana moriremos", es decir, sin esperanza.

No soy moralista ni me espanto de la sexualidad, pero creo que es algo tan íntimo que debe tratarse con respeto a uno mismo y a los demás. No tengo miedo a morir, porque sé que iré al cielo. E iré no por mis méritos, sino porque Dios es misericordioso. Y no miente. Es fiel.

Y ésto no lo digo yo en éste tiempo, ni siquiera en los tiempos en que Cristo vivió como hombre en el mundo, ni siquiera en el tiempo de los profetas, lo dijo Dios al inicio de los tiempos. Cuando infundó con su aliento en el hombre después de formarlo del barro, la vida. Infundó su Amor en el hombre. De ése Amor nace el bien que el hombre es capaz de hacer.

Al pecar, dijo que la tierra está maldita por la culpa del pecado del hombre. Es decir, al hacer al hombre le dió la misión de cuidar de la creación de Dios. Si el hombre peca, la tierra se maldice es decir no produce frutos buenos, sino malos. Lo maldito es lo que es malo o hace el mal.

La tierra por sí misma no puede hacer el mal. Dios puso al hombre a cargo de su cuidado. No infundó Dios su aliento a la tierra, ni a los animales, ni a ningún otro elemento, sino al hombre.
Entonces, si del hombre nace el bien porque Dios infundó en él su Amor y si el hombre al pecar, hace que la tierra no dé fruto bueno, lo que estamos viendo y viviendo, nace del corazón de los hombres.

¿Qué hay en el corazón de los hombres actuales que la tierra da frutos tan malos? Cuando uno piensa en éso, piensa en hacer el bien, en poner mi granito de arena para aliviar los dolores que pueda provocar el pecado.

Sin pecar de optimista, creo que si cada uno ponemos nuestro granito de arena para aliviar el dolor de los hombres y nuestro granito de arena para ayudar con la carga de los demás, estamos también curando a la creación: tierra, montes, ríos, mares y animales.

Y no es que los hombres podamos levantar la mano y decirle a la tierra que se calme o no tiemble. O al viento que no ruja, porque el hombre peca. Pero si le pedimos a Cristo, que es el VERBO o PALABRA DE DIOS le hable a su creación, El lo hará.

Pero ¿cómo pedirselo a Cristo si no creemos en El, si no le creemos a El' Y no le creemos, porque no hacemos lo que dice: Aménse los unos a los otros, como yo los he amado. Porque quien me ve a mí, ve al Padre. Y quienes vieron a Cristo y han dado testimonio desde entonces de El, dan testimonio de su Amor a los hombres a lo largo de los tiempos.

Si no le pedimos nos infunda de nuevo su Amor, ¿de dónde lo sacaremos?
Cristo sigue presente en Espíritu y en los Sacramentos que dejó como medios visibles para permanecer en su Amor.
Sólo no nace el amor, sino que viene de Dios y hay que pedirlo para nosotros y los que nos rodean, no sólo para los que amamos.

Cristo vive!!! Y si creemos en El y le creemos a El, también viviremos.
El mañana es hoy.

Y éso lo digo con esperanza, no con pesimismo o resignación. Resignación es decir: "ya no se puede hacer nada, ya ni modo, ¿ya qué?"
Aveces oigo cuando alguien fallece: "resignación, hermano, resignación". Y yo misma lo he dicho, pero cuando se conoce un poco más de Cristo, se sabe que la muerte no tiene la última palabra y resignación no cabe. Puedo orar por mis difuntos, para que sean dignos de entrar a su Gloria.

Siempre puede hacerse algo: clamar a Dios, no como último recurso, después de que como hombre ya no se puede hacer nada, sino antes de hacer algo, para que ése algo salga bien y no haya después que arreglarlo.

Se necesita humildad para reconocer que no soy nada sin Dios, sólo polvo.
Es como cuando me pongo a arreglar la tubería de la casa y no sé nada de plomería. Si sale bien, qué suave, si no, pues llamo al plomero ya cuando la calle está inundada.

Y entonces entiendo que la Cuaresma es hacer el camino de Cristo en el desierto: preparación para una misión. Es retirarse a orar, con ayunos o abstinencias, pero no sin sentido o sólo por tradición o costumbre, sino para fortalecernos, tomar un respiro y salir con más ánimo a hacer lo que debemos hacer.

Cristo no fué al desierto a ser tentado. Fué a prepararse para su misión. Fué a fortalecerse estando más cerca de Dios. Las tentaciones vinieron porque el enemigo no quiere por supuesto, que el mal deje de existir o deje de reinar, pero Cristo no fué a ser tentado como alguna vez pensé, sino a fortalecerse, a pedir al Padre ésa fortaleza.