De sueños a sueños

Por Laura Aguilar Ramírez



"Maldito el hombre que confía en el hombre". Fueron las primeras palabras con que amanecí hoy.

Siempre he sido confiada. He confiado en muchas personas y TODAS me han decepcionado. No puede uno vivir así. Sin poder confiar ni en su sombra. Y yo también seguramente he decepcionado a muchos.

Estoy adelantando entradas en mi blog para compartirlo a partir de la Semana santa. Por algún lado hay que empezar.
Estoy haciendo una entrada de cada parte que he decidido compartir: Virgen, santo, Reflexión diaria y el Especial que se esté celebrando.
Nacido de ahí surgen otros: imágenes, barras separadoras, portadas para redes sociales, tablas para poesias, etc.

Pues bien, me salté la advocación del primer día y hoy la puse. La primer pedrada.
Después me tocó el Viernes santo (día de la pasión y muerte del Señor) La segunda pedrada
Me tocó compartir sobre un santo de ésos que desde bebé lo era: compasivo, generoso en el servicio a los pobres. Tercera pedrada

Y terminé con la misa donde las lecturas me cayeron como pedradas.
Y es que si uno pone atención, no son para el vecino, las palabras que salen de la boca del Señor. Son para mí y son para cada uno personalmente.

Así es como me doy cuenta que voy bien o no.
Es que si me atrevo a compartir sobre la fé, es necesario hacerlo bien. Para no confundir a otros.

No es cosa de ponerme a copiar lo que hay en sitios y sitios para poder cobrar algo por ello, tampoco es la finalidad compartir lo que a mí se me dé la gana.

Eso es de lo primero que entendí al iniciar en ésto. Me sentí llamada y fuí conducida a aprender. Llevo casi 20 años y aún así, todos los días le pido a Dios no servir de piedra de confusión para otros.

Dios prepara a quienes llama
Dios toma de lo que uno es: tierra y agua moldeados por sus manos. Es decir, Dios no me quita el carácter que tengo, lo moldea.
No me quita el deseo de ayudar a otros, lo moldea. 
Porque como bien he aprendido, "el camino del infierno está lleno de buenas intenciones".
No puedo confiar en cualquiera y menos en mí misma.

Recordé a muchas personas que me ayudaron cuando pasé por mi intento de suicidio. Personas generosas que estuvieron ahí, que me brindaron una mano. Personas a las que amo desde entonces, "porque me amaron primero". Se acercaron cuando llegué. No esperaron a que me cayera para hacerlo.

Recuerdo los primeros días aquí. Llegué con mi hermana, sus dos hijas, mi abuelita y mis dos hijos. Mi tía abuela se asustó al vernos llegar a tantos. Me había dic,ho hacía dos años que me viniera, que aquí me iría bien. Pero vió llegar a tantos jeje. Me imagino que pensó "¿dónde los meto?". Le dijo a mi abuelita "¿para qué los traes, Cata?"
Mi abuelita le dijo "No te preocupes. Laurita se queda aquí y su hermana se va conmigo al otro lado".
De seguro mi tía respiró tranquila, jeje.

Mi tía abuela tenía unas maneras que sonaban duras, pero era buena como el pan. Yo la ví transformarse en el tiempo que Dios me permitió estar cerca de ella. Me ayudó hasta el final. Pude estar en sus últimas horas. Ya no podía ni abrir los ojos, pero cuando me acerqué a saludarla y a hacerle una broma, me apretó la mano. Era alegre.
De ésa mano regresé a la iglesia. Ella me pidió la acompañara a las misas de domingo. Ella estaba un tiempo aquí y otro tiempo en el otro lado, porque tenía hijos a los que ayudaba en ambos lados. Así regresé a la iglesia, de su mano.

Llegamos un jueves. Estaba por acá el esposo de una prima, hija de mi tía abuela. El se ofreció a llevar a mi abuelita y a mi hermana si esperaban al sábado. Así que todavía tuvimos tiempo mi hermana y yo con nuestros respectivos hijos, de pasear un poco por éste lugar. Después ví a mi hermana subir al carro del primo e irse. Desde entonces, sólo nos hemos visto por teléfono, gracias a Dios.

Mi tía abuela me ofreció un cuartito donde estuve con mis hijos un mes y medio. 
Después, mi abuelita me ayudó a instalarme en una vivienda que me rentaron. Ella pagó dos meses de renta y compró una minita de gas. 
La vivienda tenía una cama y una mesa medio destartalada. Había vivido ahí un señor que hacía piñatas y que había fallecido. Esa cama y ésa mesa le habían pertenecido. 
Una amiga nos regaló un colchón. Mi abuelita trajo trastes, cobijas, sábanas, toallas de parte de sus dos hijos que vivían en el otro lado.

Esos fueron los 3 meses que estuve por acá sóla con mis dos hijos. Mi esposo se había quedado a trabajar como habíamos quedado. Para poderme enviar dinero mientras conseguía pasarme al otro lado, después él nos alcanzaría. Decidí quedarme. Encontré lo necesario: trabajo para mí y escuela para mis hijos.

El día de Año nuevo llegó mi esposo. Empezó a trabajar, nos cambiamos a otra vivienda mejor. Y al año, entraron mi prima y su esposo, el que había llevado a i hermana al otro lado, a la vivienda que rentábamos. Nos ofrecieron cudar de su terreno y así ahorrarnos la renta.

Fué así como llegamos a su terreno, que en realidad eran cuatro terenos. Tenía una casa a la que le faltaba todavía unas habitaciones. Y un cuarto de 4 por 5 en donde vivimos por 7 años. Mis primos trajeron sus cosas a su casa y nosotros cuidábamos tanto de mantener limpio el terreno como de su casa.

Es un lugar hermoso. Con una vista increíble. Nos gustaba a mi esposo y a mí, recostarnos en el patiecito de mi prima a mirar el mar. Desde ahí se ve la Isla de todos santos. Veíamos las regatas que cada año se hacen, con los veleros llenando el mar desde San Diego hasta Ensenada. Veíamos llegar e irse al Crucero que viene de San Diego. Ahora son dos.

Me encantó vivir ahí. Por la vista del mar, por tener la dicha de pasar por la Carretera transpeninsular todos los días, rumbo al trabajo. Pero sobre todo, por las personas que conocí. Estaba cerca de la casa de mi tía abuela que venía de vez en vez. Conocí a la familia de mi prima, a sus hijos, nietos. Tan lindos ellos. Conocí a la que después fué mi comadre y a sus hijos. Conocí a la hermana del esposo de mi prima que vivían aquí con su familia. Y con los que convivía más que con mis primos que venían del otro lado de vez en vez.

Todos de la capital como nosotros, excepto mi comadre.
Y es ahí donde las lecturas de hoy me dan la pedrada.

"A quien más se le da, más se le pide".

He visto pasar a personas llegadas de la capital. Ya sea que nacieron ahí o que llegaron ahí y siguieron camino al norte. Las he visto llegar tanto directamente de la capital como de regreso del otro lado.

Y he visto la manera en que actúan. Muchos de ellos se han hecho protestantes, después de ser como yo, católicos sólo de nombre o por tradición. Es decir, ignorantes de su fé y de la fé de sus padres.
Los he oido quejarse de "las malas personas" que nos rodean aquí.
 
Siendo capitalina, ví a muchas personas llegadas de provincia. Se les trataba bien, se les ayudaba en lo que se podía. Simplemente la capital ya no era y ahora mucho menos, capaz de recibir un alma más. 
No sé si alguien recuerda el "ya no vengan para acá, quédense mejor allá". Y es que hace 40 años ya no daba para más.
Y sin embargo, siguen llegando y llegando. Se establecen en lugares no adecuados, padecen inundaciones porque se asientan en sitios que no deben, etc.

Muchos de ellos toman camino hacia el norte. Donde claro, no hay lo mismo que en la capital. En algunos sitios hay que hacerlo uno mismo o acrecentar y cuidar lo que ya existe.

Es cierto que como capitalina, tuve muchas ventajas que a otros les faltan. 
Eso no es para llegar a algún lado "a comerme gusanitos" como dice la canción. Tuve escuela cerca, tuve pavimento y agua que sale con sólo abrir la llave. Pude disfrutar de paseos, cines, teatros, etc.
Pero éso en lugar de ser algo de qué presumir, se vuelve una responsabilidad para con aquellos que no lo conocen o no lo han disfrutado.

Y lo mismo sucede con aquellos que regresan del otro lado. Si en la capital se vive diferente, en el otro lado, mucho más.
Muchos llegamos con la actitud de "perdona vidas" o de "no sabes hacer nada" o "yo soy mejor que tú. Hazte a un lado".

Y ésa no debe ser la actitud de aquellos que recibimos algo sin merecerlo. ¿Qué mérito tengo de haber nacido en la capital, o de haberlo hecho en una colonia tan bonita? Ninguno. Yo no elegí nacer ahí. Si Dios me puso en un lugar, es por algo. Y si después me lleva a otro lado, es por algo.

Por si tenía dudas, antes de empezar la misa, me recetó Dios un reel del Padre Martín de Franciscanos de María donde habla de ésto.

Y es cierto. Por ejemplo yo. 
Si. estudié para secretaria, pero tenía años sin trabajar en ello, necesitaba actualizarme.
Si. Sabía limpiar mi casa, pero no basta para limpiar hoteles.
Si. Sabía lavar trastes, pero no es igual que lavar trastes en un restaurante.

"Lo cortés no quita lo valiente"
El hecho de aceptar que no lo sé todo, que me falta preparación para hacer algunas cosas, no es motivo de sentir verguenza, sino motivo para querer prepararme mejor.

Yo del campo no sé ni papa. He aprendido a sembrar árboles y sólo tres se me han dado después de haber sembrado como 10. Apenas voy cosechando jitomatitos (Así, jitomatitos por lo chiquitos) y no por ello me voy a autonombrar "experta en jitomates"

No por el hecho de haber vivido mucho tiempo con lobos y haber aprendido a aullar, me da el derecho de sentirme jefe de una manada.

Eso es lo que sucede desgraciadamente con muchas personas que llegamos de la capital o del otro lado. Fuimos siervos inútiles, cosechábamos fresa como mi tía abuela o ayudantes de albañil. Pero al llegar por éstos lados, nos ponemos plumas de pavoreal cuando no somos más que gallinitas en otro lado.

He visto a personas que en su vida trabajaron en algo más que una méndiga tiendita y se llaman a sí mismos "super dependiente de un supermercado". No es lo mismo.

Es cierto que se tiene mucha necesidad al llegar por acá. Llegamos sin nada la mayoría. Y queremos recobrar lo que teníamos o tener lo que siempre soñamos y no tuvimos. Y lo queremos hacer rápidamente.

Pensé en José el soñador, aquél que sus hermanos vendieron por unas monedas en lugar de matarlo como era su plan original. Y en los muchos "soñadores" que vamos tras un sueño que puede convertirse en pesadilla.

Como digo, se sienten las pedradas cuando uno piensa en que nada de lo que me dieron, lo merecí. ¿porqué entonces le exijo a alguien que no tuvo nada que haga lo mismo que yo?
Y lo peor es que muchos los siguen como si fueran Dios resucitado

Una cosa es el amor y otra la devoción
Amo a mis coterráneos porque conocen la tierra en que nacimos. Los amo porque pueden entender lo que digo, pero el amor no basta para decir que lo que hacen, está bien.

Yo misma, estuve a punto de perderme por la confusión que me provocó el amor que les tengo, el agradecimiento que siento y la fé a la que quisieron conducirme.

Juzgamos a otros según lo que vemos
Y ésa es una responsabilidad mayor, como decía el Padre Martín. Porque todos tenemos ojos y vemos. San Francisco salió un día a evangelizar. Anduvo por el pueblo, bendijo a unos, aceptó un pan que le brindaron, oró a la hora acostumbrada. Y llegó el momento de regresar. San Bernardo que lo acompañaba y era aún un jovencito, le preguntó: ¿y cuándo vamos a evangelizar?  Ya lo hicimos-contestó San Francisco- hicimos lo que debíamos hacer.

Primera lectura
Ezequiel 47, 1-9. 12

En aquellos tiempos, un hombre me llevó a la entrada del templo. Por debajo del umbral manaba agua hacia el oriente, pues el templo miraba hacia el oriente, y el agua bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar.

Luego me hizo salir por el pórtico del norte y dar la vuelta hasta el pórtico que mira hacia el oriente, y el agua corría por el lado derecho. Aquel hombre salió hacia el oriente, y con la cuerda que tenía en la mano, midió quinientos metros y me hizo atravesar por el agua, que me daba a los tobillos. Midió otros quinientos metros y me hizo pasar; el agua me daba a las rodillas. Midió quinientos más y me hizo cruzar; el agua me daba a la cintura. Era ya un torrente que yo no podía vadear, pues habían crecido las aguas y no se tocaba el fondo. Entonces me dijo: "¿Has visto, hijo de hombre?"

Después me hizo volver a la orilla del torrente, y al mirar hacia atrás, vi una gran cantidad de árboles en una y otra orilla. Aquel hombre me dijo: "Estas aguas van hacia la región oriental; bajarán hasta el Arabá, entrarán en el mar de aguas saladas y lo sanearán. Todo ser viviente que se mueva por donde pasa el torrente, vivirá; habrá peces en abundancia, porque los lugares a donde lleguen estas aguas quedarán saneados y por dondequiera que el torrente pase, prosperará la vida. En ambas márgenes del torrente crecerán árboles frutales de toda especie, de follaje perenne e inagotables frutos. Darán frutos nuevos cada mes, porque los riegan las aguas que manan del santuario. Sus frutos servirán de alimento y sus hojas, de medicina".

Salmo Responsorial
Salmo 45, 2-3. 5-6. 8-9
R. (8) Con nosotros está Dios, el Señor.


Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
quien en todo peligro nos socorre.
Por eso no tememos, aunque tiemble,
y aunque al fondo del mar caigan los montes.
R. Con nosotros está Dios, el Señor.

Un río alegra a la ciudad de Dios,
su morada el Altísimo hace santa.
Teniendo a Dios, Jerusalén no teme,
porque Dios la protege desde el alba.
R. Con nosotros está Dios, el Señor.

Con nosotros está Dios, el Señor;
es el Dios de Israel nuestra defensa.
Vengan a ver las cosas sorprendentes
que ha hecho el Señor sobre la tierra.
R. Con nosotros está Dios, el Señor.

Aclamación antes del Evangelio
Salmo 50, 12. 14

R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Crea en mí, Señor, un corazón puro
y devuélveme tu salvación, que regocija.
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.

Evangelio
Juan 5, 1-16

Era un día de fiesta para los judíos, cuando Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las Ovejas, una piscina llamada Betesdá, en hebreo, con cinco pórticos, bajo los cuales yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. Entre ellos estaba un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.

Al verlo ahí tendido y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo en tal estado, Jesús le dijo: "¿Quieres curarte?" Le respondió el enfermo: "Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua. Cuando logro llegar, ya otro ha bajado antes que yo". Jesús le dijo: "Levántate, toma tu camilla y anda". Al momento el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar.

Aquel día era sábado. Por eso los judíos le dijeron al que había sido curado: "No te es lícito cargar tu camilla". Pero él contestó: "El que me curó me dijo: 'Toma tu camilla y anda' ". Ellos le preguntaron: "¿Quién es el que te dijo: 'Toma tu camilla y anda'?" Pero el que había sido curado no lo sabía, porque Jesús había desaparecido entre la muchedumbre. Más tarde lo encontró Jesús en el templo y le dijo: "Mira, ya quedaste sano. No peques más, no sea que te vaya a suceder algo peor". Aquel hombre fue y les contó a los judíos que el que lo había curado era Jesús. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.