Cuando la vida duele

Por Laura Aguilar Ramírez

Cuando la vida te duele. Así se llamó la tercera de las pláticas de que constó el Triduo cuaresmal.
Hoy de plano, lloré ante el Santísimo.
Pensaba que ya se me habían acabado las lágrimas, pero ésas no se acaban.

Primero en la misa con las lecturas, siguieron las pedradas, jeje. Después la plática con el Padre. Un hermoso padre al que le tengo un cariño especial. Fué el primer y único sacerdote del que he sido testigo en su ordenación. Me pareció tan bonita.
El fué diácono en nuestra Capilla ya hace 17 años de ello. Y yo tenía poco de ir regularmente. Así que prácticamente éramos nuevitos, jeje.

Recuerdo por ejemplo, su interés en dar lo mejor de sí. Era y es muy atento, muy cordial, tiene una risa muy bonita (como la de mi hijo mayor) canta muy bonito. Un sábado santo en que no se celebran misas, nos hizo la invitación para acudir a acompañar a la Virgen a la que le tiene especial cariño. Su ordenación fué el Día de la Virgen de Fátima. Pues bien, nadie acudió a la cita.
Como no habia misa, pues no fueron. El había preparado unas hoja y demás material.

Pero sólo llegué yo. Pues así y todo, me dió la plática, oramos, cantamos. Fué sólo para mí, los demás se lo perdieron.
Yo creo que los sacerdotes recién ordenados, son una fuente de agua viva. También todos los demás, por supuesto. Como el buen vino, con el tiempo se añejan y saben mejor, pero los recién ordenados son fresca agua.
Me encantó su charla y como siempre, su voz. Después de 17 años volví a escucharla. El momento de adoración fué bello. Como se habló de dolores, pues fué sanador ése momento. Recordé a mis hijos.

En el Evangelio se habla de la esposa de Zebedeo, madre de dos de los apóstoles. Ella pide que cuando esté en su Reino, siente a cada uno de sus hijos a su lado.
Jesús le contesta que éso sólo le corresponde hacer al Padre. Que el que quiera ser el primero que sea el que más sirva.

Esa parte del Evangelio, siempre me mueve. Como madre quiero lo mejor para mis hijos. Y además para los dos de forma igual, sin distinción. Recuerdo a mi suegra decirme varias veces en forma de broma: "ya te sientes Naborita con tu hijo: "lo hice yo solita" jeje o "mamá cuervo quiere tanto a sus hijos que les saca los ojos".

Nunca me dijo una reprimenda o me insultó mi suegra, pero tenía su manera de decirme las cosas bien peculiar, jeje. Me sentía tan orgullosa de ellos, los veía tan bellos, tan obedientes, tan buenos para tantas cosas. Eran de sus primos los de mejores calificaciones, los más talentosos en los deportes, los maestros los elegian para distintas actividades. Mis hijos no pasaban por un lugar sin que se notara su presencia.
Me sentía mamá pavoreal. No sólo en la familia, también en otros lugares brillaban con luz propia, por ellos mismos.

Para mí, mis hijos son lo mejor de mi vida. Son mi orgullo. Los deseé mucho antes de haberlos tenido, mucho antes de siquiera estar embarazada.Mis embarazos no fueron ni dolorosos, ni tuve anto jos, ni me sentía cansada. Me sentía hermosa, bendecida y plena.

Mi primer hija falleció a los 2 meses de nacida. Dejó un gran vacío en mí. Aún me duele su ausencia, aunque ya ni siquiera recuerdo sus facciones sin ver su fotografía. Cuando nació mi último hijo, el más pequeño, lloré. Pero no porque fuera niño y yo deseara niña, sino porque sería el último, ya no habría más. Yo deseaba tener más hijos. Si por mí fuera, hubiera tenido 6 de perdis.

Mi esposo y yo hablamos de tener hijos desde el noviazgo. Fué de las primeras cosas que me convencieron de que con él me casaría. Además, claro, de que fué el único que me lo pidió jeje.
El decía que quería 3 niñas, yo que fuera lo que fuera, pero que fueran.

Fuera de los miedos infantiles como pesadillas que me provocaba el miedo a la oscuridad, el miedo que más recuerdo fué cuando estaba embarazada de mi hija. Escuché en las noticias que había empezado una guerra, se hablaba de la tercera guerra mundial, de ataques terroristas. Y lloré pensando en mi bebé en mi vientre ante la sóla posibilidad de que algo tan terrible sucediera.
Cuando estuve en el hospital para que naciera, sólo pensaba en que naciera con bien, en cooperar en lo que el doctor dijera para que no hubiera problemas.

Cuando mi segundo hijo mi embarazo fué distinto. Era muy inquieto desde el vientre. Me daba cada patada que casi me doblaba aveces. Y es que pobrecito, casi todo mi embarazo lo pasé atendiendo un restaurancito que pusimos mi suegra y yo. Seguramente a mi bebé no le gustaba mucho cuando pasaba demasiado tiempo junto a la estufa. Era de las estufas grandes de restaurante con quemadores grandes y me quedaba casi a la altura del vientre. Era cuando más se movía, así que evitaba yo acercarme a la estufa. Pero por lo demás, me movía sin facilidad, limpiaba, ayudaba a la preparación de los alimentos, etc.
Cuando nació, era el único bebé que lloraba, jeje. Todos bien dormiditos y él llorando. Siempre fué bien comeloncito. Eso de 3 onzas no le llenaba. Desde el vientre pedía atención en todo momento.
Cuando salí del hospital 3 dias después, porque mis 3 partos fueron por cesárea, fué todo un show. Mi suegro parecía que le atinaba a todos los baches antes de que los taparan, jeje. Yo con la cesárea y mi hijo llorando a más no poder.
Y es que anhelaba yo usar de nuevo mi ropa. Parecía retrato con los 3 vestidos de maternidad que tuve durante todo el embarazo. Así que anhelaba usar mi ropa normal. Elegí un vestido que me gustaba mucho, pero.... no tenía manera de darle de mamar a mi hijo. No se me ocurrió de perdis uno con botones delanteros o una blusa con falda (en ése tiempo no usaba pantalón más que de vez en vez y éso pants)
Para colmo, el cierre lo tenía al costado bajo el brazo y no en la parte trasera

No había manera de darle de comer y la casa de mis suegros donde pasé 15 días, estaba retiradita, así que el pobre no paró de llorar todo el camino y yo con él casi, por los bachesotes que pasábamos.
Estuve 15 días con mis suegros, bajaron una cama a la sala y ahí estuve ayudada por mi suegra. Yo me sentía bien, podía pasarla en mi casa, pero entendí que no me lo permitieran. Con mi hija no estuve ni con mi mamá, ni con mi suegra, sino me sentía muy buena para cuidarla sóla. Mi suegra y mi mamá deseaban bañarla, arrullarla y yo no sentía que fuera necesaria su ayuda.

Así que con mi segundo hijo no volví a hacer lo mismo. Mi suegra lo bañaba con mucho cariño y con mucho cuidado lo vestía como si fuera de cristal. Yo era más brusca, para mí era mi hijo desde siempre, nunca lo vi bebé. Será que desde el vientre daba a entender lo que le gustaba y lo que no. Cuando bebé también. No era como los otros bebés. Se dormía a las 10 de la noche y no despertaba hasta las 5 de la mañana. Me habían dicho que cada 3 horas despertaban y que en la noche también, pues mi hijo no.

Me decía el pediatra que le diera 3 onzas de leche, pues mi hijo se tomaba 1 mamila pequeña entera de un jalón. A los 3 meses, me dijo el pediatra que le diera probaditas de huevo, de papillas, sólo la punta de una cuchara "para ir haciendo estómago". Mi hijo tenía estómago desde siempre, yo creo, porque las probaditas se convirtieron en "rifles" como le llamaba mi hermana a las mamilas grandes. Se tomaba media mamila de papilla y media de leche como desayuno, comida y cena y entre cada una, una de leche.

Mi hermana fué la que me orientó sobre cómo tratar a mi hijo mayor. No era como los demás bebés. Era muy independiente desde chiquitito.
Le hablaba y parecía entenderme. Le gustaba que le platicara y como ni me gusta, pues él me escuchaba atentamente.
Me encantaba su sonrisa. Siempre la ha tenido muy hermosa.

Con mi tercer hijo, fué distinto. Era el más pequeño, pero yo no lo consentía, él se consentía sólo, jeje. Era bien tranquilo, le gustaba jugar con sus manitas mientras le platicaba, cosa que hago con cuanta persona me encuentro jeje. Su sonrisa era y es distinta a la de mi hijo mayor. Tal vez más dulce.

Se quedaba a mi lado tranquilamente mientras cocinaba o hacía la limpieza. A diferencia de mi hijo mayor, que fué muy inquieto. No le gustaba estar en la cama, no usó la andadera. Tampoco le gustó gatear. Se movía cogiendose de los muebles de pocos meses. Le gustaba que lo cargara en la cangurera. Así lo podía ver a la cara y él a mí. Así hacía el quehacer. En cuanto lo ponia en la cama, lloraba. Le gustaba moverse.

Se cayó de la cama una vez estando todavía bien chico. Según yo, había leido y leía libros sobre bebés y el mío hacía cosas antes que lo que decía el libro. Así que lo dejaba en la cama con dos almohadas alrededor, pues se brincó la almohada y cuando lo oí, ya había dado el azotón.

Pero también fué mi hijo más cooperador, obediente y atento. Empezó a hablar muy pequeño. Al año, su vocabulario era más extenso que la mayoría.

Mi hijo menor se consentía sólo. Yo no lo consentía, simplemente lo dejaba ser. Y era tranquilo. Se conformaba con jugar con lo que le diera. Pero éso sí. En las noches se tomaba 3 "rifles"

No sé ni cómo dormía yo. Mi hijo mayor siempre se despertó a las 5 de la mañana como relojito. Y se dormía temprano. Bien curioso. Como si se le acabara la pila de repente. Se le caía la cabeza y se dormía sin siquiera dar aviso

Mi hijo menor era más tardado para dormir, pero se despertaba más tarde. Lo que no me daba lata de día, me la daba de noche. Cada 3 horas pedía leche. Esa fué su primer palabra de hecho "eche". Habló bien hasta los 4 años, pero sí se le entendía "eche". Nadie le entendía lo que decía, solo yo. Y no le gustaba mucho hablar. Señalaba las cosas. Los demás, se desvivían intentndo adivinar qué quería, yo ya lo conocía y sabía qué era.

Así que de noche uno y de día otro. Mi hijo mayor no dormía en el día como todos los niños pequeños. Ni de bebé dormía tanto.

Fueron y son muy distintos. Me traían finta todo el día entre los dos. Nunca me aburría con ellos. Nos gustaba cantar o por lo menos al mayor le gustaba hacerlo. Pero lo hacía a sólas. Si le pedía que me cantara lo que en la escuela, no quería. Ni le gustaba platicarme lo que hacía en ella. Su maestra me daba el informe a la salida de la escuela cada día. Tenía mucha comunicación con las maestras de mis hijos.

El primer día de escuela en el kinder de mi hijo mayor, fué también distinta. Muchos niños lloraban, se agarraban de sus mamás, el mío no. Estaba nervioso, pero se dejó conducir dócilmente de la mano de la maestra hacia adentro.
Mi segundo hijo, pensé que le costaría alejarse de mí, pues siempre estaba pegado a mis faldas, pero no... en cuanto vió la puerta abierta corrió y ni adiós me dijo. Iba feliz de ir a la misma escuela que su hermano.

En fin. Todo ésto me vino a la mente. El padre nos dijo que les escribiéramos a nuestros hijos.
Así que ésto es para ellos. No. No me siento mamá cuerva, me siento mamá pavorreal. Asi de esponjada me he sentido siempre de mis hijos.

Y también siempre viví angustiada por ellos. Guardé mis miedos bajo sonrisas, pero se me estrujaba el corazón cada vez que se subían a los juegos infantiles (un primo mío se cayó de uno y se le quedó el bracito chueco)
Me daban miedo los puentes porque pasaban carros abajo. Tomaba a mis hijos bien fuerte, no se me fueran a caer por los barrotes.
Me daba miedo que me los robaran. Había una ola de robachicos cuando eran niños.
Me daba miedo que me los aplastaran en el metro tan lleno. Tomaba taxi o peseros, aunque salieran más caros.
Me daba miedo que se quedaran sólos en la casa, ya que eran bien inquietos. El grandecito le encantaba salir a jugar y al chiquito, se le ocurría cada idea que un día prendieron una toalla
Iba al mercado corriendo y regresaba super rápido. Unos niños se quedaron atrapados en el piso superior de su casa cuando provocaron un incendio al meter un objeto en el apagador

Después me daba miedo que se perdieran en los vicios o se casaran muy chamacos.
Ahora mi miedo es distinto, como la esposa de Zebedeo, quiero que vayan al cielo. No quiero que se pierdan y menos que se vayan al infierno.
Ese fué el motivo por el que pelee siempre: mis hijos. Las veces en que peleé con mi esposo no fué ni por dinero, ni por comodidades no me importaba si mi casa era chica o grande, peleé por mis hijos, pero no lo hacía con gritos y sombrerazos. Eso no funciona, yo lo ví con tías que se casaron antes y con mi hermana que se casó antes.
Y no peleaba por dinero, porque siempre salimos adelante de un modo u otro. Mi abuelita nos ayudó varias veces. No era rica, pero confiaba en la Divina Providencia. A ella le pedía siempre. No es que me cruzara de brazos, ni esperara que me cayera del cielo la comida o lo necesario, pero siempre encontré la manera de que no nos faltara nada. Los consejos y el ejemplo de mi abuelita fué fundamental para ello y también que fuí la más chica, ví muchas cosas en los que me rodeaban. Actitudes que no les dejabaan nada bueno. Era pequeña y no me hacían caso por ello, pero yo veía y escuchaba y juzgaba. Juzgar no es condenar, juzgar es valorar lo bueno y lo malo, ver a qué conduce cada acto. Cuando oimos que Cristo es el juez, porque vendrá a juzgar a vivos y muertos, no significa que condene, éso sólo le corresponde a Dios Padre como se lo dijo Jesús a la esposa de Zebedeo.
Juzgar puede ser sinónimo de discernir entre lo bueno y lo malo.

Y éso nos lleva a otra cuestión: ¿qué es lo bueno? ¿qué es lo malo? ¿Cómo una persona sabe que está haciendo algo malo aún cuando nadie le diga que lo es?

Eso es cierto. No siempre te leen los Diez mandamientos, pero sabes que algo no está bien. Yo me entristecía cuando hacía algo malo. Sabía que no era bueno, porque dañaba a alguien. "No hagas a otros lo que no quieras que te hagan a tí" parece ser una ley escrita en el corazón. Mi abuelita (mi mamá de hecho) Me decía lo que no debía hacer, pero antes de que me lo dijera yo ya sabía que era malo. Ahora sé que Dios al crearme, me insufló su aliento divino, me hizo buena.

Mi abuelita no hizo más que reforzar con sus palabras y su ejemplo lo que yo de algún modo, ya sabía. Así como mi hijo mayor era independiente desde bebé y muy dado a convivir con los otros y a compartir con otros lo mismo que él tenía, y mi hijo menor era más apegado a mí, porque él así lo quería y era más dado a jugar sólo porque él así lo deseaba, también yo fuí así. Convivía con la gente y me gustaba ayudarla, pero no me gustaba que hicieran cosas malas porque dañaban a otros a quienes yo veía también.

Por ejemplo, en una ocasión unos amiguitos y yo, regresábamos de la escuela y un camión repartidor de refrescos estaba parado en la calle con sus productos al alcance. Uno iba a una tienda a surtir y el otro, a otra. Era difícil acceder en camión a ellas, se podía pero había que hacer varias maniobras porque era la calle angosta, así que se las ingeniaban para surtir
Pues mis amiguitos agarraron cada uno una chaparrita (así se llamaba el refresco). Yo no quise. Pensé en que a los repartidores no les gustaría, pensé en que a mi abuelita tampoco le gustaría saber que lo había robado.

Y es que yo había visto a mi abuelita tronarse los dedos por falta de dinero, pero siempre encontraba la manera de solventarlo. Ella no robaba. Ví a un tío con la nariz checa al ser arrastrado por un auto cuando trabajó en una taquería que como estaba en la Avenida, se daba serviciio en los carros si la gente lo deseaba. Tenía mucha clientela y un carro se arrancó sin pagar. Mi tío intentó detenerlo, agarrándose de la salpicadera y lo arrastraron media cuadra. Era jovencito aún y trabajaba para ayudarnos.

Me asustaba el que nos descubrieran y nos acusaran. Pero no había con quien acusarnos. Si no les decíamos donde vivíamos, no había manera o sería complicado para ellos, más bien pensé en que ellos trabajaban para ayudar a su familia como mi tío. Eso sólo Dios lo puso en mi corazón. Desde pequeña me dió el don del discernimiento. Eso me hacía ser buena, no hacer el mal. Pero no siempre hice el bien. Eso es distinto.Y entonces se pone uno triste.

Desde el día que mis amiguitos hicieron éso y lo hacían cada vez que veían al camión, empecé a alejarme de ellos. No me escuchaban cuando les decia que no lo hicieran.
Hacían otras cosas que tampoco estaban bien, porque se escondían para hacerlas. Pero también las hice, siguiendo a mi hermana. Podía prescindir de mis amiguitos, pero no de ella. Aún cuando supiera que era malo, lo hacía si ella lo hacía. Y éso me hizo ser una niña triste y aislada de los demás. Nadie me aislaba, yo sóla me alejaba de ellos. No me gustaba lo que hacían.

Pero además parecía que tenía un chip pegado. A ellos no los descubrían, pero en cuanto yo hacía algo malo, me cachaban y sufría el castigo correspondiente. Aveces seguía a mis amiguitos porque soy sociable, pero volvía a alejarme al ver que no hacían el bien.
Terminé por alejarme definitivamente. Encontré algo mejor: los libros. Ellos fueron durante casi toda mi vida, mis compañeros.

Siempre he pedido a Dios los aleje de los vicios, los haga hombres responsables. Sé que el mundo está lleno de tentaciones y peligros y ellos se mueven en él. Sé que como yo, también se debaten entre el bien y el mal. Y ya no son niños para que yo ande tras ellos todo el tiempo, ya no los tengo al alcance de mis ojos y de mis oídos como cuando niños que aunque jugaran en la calle, siempre los escuchaba
Tal vez por éso me gustaba mi casa chiquita, jeje. Mi hijo menor jugaba en el cuarto arriba de donde yo trabajaba y lo escuchaba. Mi hijo mayor era bien escandaloso y su voz se escuchaba hasta mi casa. Cuando dejaba de escucharlos hacer ruido, iba a ver qué sucedía.

Procuraba llevarme bien con mis vecinas para que le echaran un ojo cuando jugaba en la calle con sus amiguitos
Procuraba colaborar en la escuela cuando había eventos para poder verlos cómo se desenvolvían con sus compañeros y su maestra
Procuraba ir por ellos a la escuela y preguntar cómo iban
Procuraba ir a las juntas que se hacían en la escuela para estar enterada de lo que sucedía ahí y me ofrecía para las actividades que se realizaban.
Pasé a ser la mamá de Paco (como se le dice a mi hijo mayor, el escandaloso jeje) y de Paquito (la réplica de su hermano, sólo que no hacía tanto ruido) Así me conocían en el rumbo. Porque me veían en la escuela siempre. A la entrada, a la salida y en los eventos.

Yo no sé qué modo tenga Dios para ellos, pero a mí me gustaría que fueran a la iglesia. Ya estan grandes y no lo acostumbran, pero por lo menos quiero que vayan cuando sea mi cumpleaños, el día de mi aniversario de muerta, el 2 de noviembre, el día de las madres, de perdis.

No pierdo la esperanza de que estemos juntos en misa aunque sea yo allá y ellos acá, unidos en el Sacramento de Cristo.
Ya me daría de santa con que fueran ésas 4 fechas, más las de su papá, ya sería 7 al año. Algo es algo.

Ya no la quiero con trenzas, mientras tenga pelo, jeje.

Y quiero que vayan pero no a calentar banca, sino a escuchar la Palabra de Dios, a que disciernan lo que dice, a que no se dejen llevar por las apariencias, que no juzguen a Dios, por lo que las personas hacemos o no hacemos. Porque aún dentro de la Iglesia, aún cuando seamos fieles y de misa dominical o diaria, somos pecadores. Sólo Cristo no pecó.

Aveces no somos pecadores porque hagamos el mal, sino porque pecamos de ingenuos. Aveces no somos pecadores porque hagamos el mal, sino porque los otros también cuentan y aveces cada uno hace lo que cree y no siempre coincide con lo que el otro cree que es la manera de hacer las cosas.

Acercarse a Dios en el Santo Sacramento, escuchar su palabra y a aquellos por los cuales se nos explica, nos ayuda a mantenernos fieles y a soportar tantas cosas. Es por éso que deseo tanto que mis hijos vayan a la iglesia a pesar de que los que asistimos no seamos el mejor ejemplo y ésto lo digo por mí.

Yo llegué muy enojada al templo. Me peleaba con todos, no de palabra claro, pero me cerraba a escucharlos. El don de discernimiento es bueno, pero cuando se sale de control, me hace ser inflexible.
Los acusaba de no hacer más por evangelizar. Los acusaba de que la palabra de Dios no hubiera llegado a mis hijos. Deseaba que salieran más personas porque yo ya no podía tener a mis hijos a mi alcance. Deseaba y sigo deseando que no haya mal, que las personas no hagan el mal. Pero tal vez por un motivo egoísta: que mis hijos no se encuentren con el mal. Quisiera despejarles el camino por donde andan.

Quisiera que tuvieran fé en Dios y supieran que El escucha. Me gustaría que fueran ante el Santísimo a adorarlo, pero yo misma no lo hice de corazón durante mucho tiempo. Apenas desde hace 5 años más o menos, empiezo a gustar realmente de El. Y tengo 23 años de haber regresado a la Iglesia, o mejor dicho, a las prácticas de la Iglesia: misas, rosarios, viacrucis, etc. Y tengo 65 años. Ahora procuro escuchar la misa a diario. Como San Agustín digo hoy "tarde te amé, hermosura tan antigua y nueva y estabas dentro de mí"

Bueno... ya hice mi tarea.
Es mi ejercicio de sanación.