Ser sal y luz o Luzbel

Por Laura Aguilar Ramírez




En éste mes celebro el cumpleaños de mi abuelita, que fué mi madre porque es más madre quien cria que quien engendra.
También recordamos a la abuelita de mi esposo, quien falleció en éste mes.
Y a mi suegra que falleció también en éste mes.

Las tres son ejemplos para mí de mujeres valientes. El Padre el día de hoy nos leyó el Evangelio en que se habla de que somos sal y luz del mundo.

Nos pidió pensar en aquellas personas que han marcado nuestras vidas. Y yo pensé en ellas. Por el momento actual que vivo en mi vida. 
He pasado de la infancia en que mi ejemplo además de mi mamá era mi maestra de escuela y la directora del internado. Deseé ser como ellas.

Después conocí a una vecina que estaba casada, ví su retrato de bodas, ví su casa, ví a sus hijas, ví a su marido y la vida que llevaba y desee ser como ella. Era algo que yo podía alcanzar. No eran ricos, pero vivían cómodamente. El señor trabajaba. Salía temprano. Varias veces lo ví cuando salía a barrer la calle. Ella no trabajaba, se dedicaba a su casa y a cuidar de sus hijas. El llevaba a sus hijas a la escuela y ella iba en la tarde por ellas.
Al regresar de la escuela se sentaban a comer después de cambiarse. Salían a jugar con los chamacos en la privada donde vivíamos y después la señora salía a llamar a sus hijas a hacer tarea.

Ella era mi ejemplo a seguir en ése tiempo. Su vida era tranquila o por lo menos así se veía desde fuera. Era alegre y amable, aunque un poco escandalosa jeje. Era algo que yo podía lograr. No era la historia de la cenicienta o de la bella durmiente y menos la de María Isabel que era sirvienta y se casó con su patrón, quien la hizo una dama.

Era como yo y por lo tanto, podía yo aspirar a ser como ella.
Recuerdo dos momentos en que me auxilió. Uno cuando cumplí quince años. Nunca me celebraron un cumpleaños en mi casa. Yo creo que mi abuelita ni siquiera se acordaba del cumpleaños de ninguno de sus hijos. Era normal para nosotros no festejarlo.
Pero esperaba que llegara mi papá con un regalo. En ése entonces, mi hermana vivía con él y cuando cumplió quince años, le compró un trajecito. No sé porqué yo esperaba hiciera lo mismo conmigo. Pero nadie se acordó. A mí no me importabsa nadie por supuesto, sino él.
Mi desconcierto me llevó a esta enojada y contra mi costumbre, no obedecí a mi abuelita. Me regañó por supuesto.

Fuí a casa de la señora que notó mi tristeza. Le dije que mi abuelita me había regañado, pero no se había acordado de mi cumpleaños. La señora llegó en la tarde con un pan hecho por su hija que había estudiado economía doméstica en la secundaria. Y también iba otro vecinito quien me llevó un perfume en forma y con aroma de rosas.
Fueron muy bonitos detalles, pero por supuesto no era lo que yo esperaba.

En otra ocasión, siendo yo ya más grande, me dió un dolor de oído estando en el trabajo. Regresé a mi casa y me acosté. Me dolía terriblemente y como acostumbraba hacer cuando algo me dolía, lloré llamando a mi mamá. Yo creo que grité porque cuando menos lo esperaba, la vecina estaba a mi lado. Me preguntó qué me pasaba y al rato llegó mi abuelita, quien me llevó al doctor. Ella la había llamado al trabajo.

Otra vez me llené de verguenza. Sucede que el carnicero de la colonia, tenía dos hijos muy guapos. Y yo, estaba chiquilla pero no dejaba de notarlo. Todos los días mi abuelita nos mandaba por un bistec para Don Pedrito. Yo me ofrecía a ir, por supuesto. Me cambiaba y me arreglaba cada vez que salía de la casa. No me gustaba que me vieran fachosa en la calle o sin calcetas. Esa costumbre me costó un cucharazo de mi tía, jeje porque me tardaba en cambiarme cada vez que me mandaban a la tienda o a la carnicería o al mercado. Coqueta desde chiquita jeje. Y no es que coqueteara con los chamacos, nunca lo hice, pero sí me arreglaba.

Ese día ni siquiera me fijé en quienes estaban en la carnicería. Sólo tenía ojos para los chamacos del carnicero que le ayudaban después de la escuela. Era bien obvia,jeje. Yo creo que se notaba a leguas que me gustaban y no ví a mi vecina que estaba sentada en la banca, esperando ser atendida. De pronto, escuché su voz escandalosa haciendo un comentario que entendí muy bien aunque no me lo dijo directamente. Se me hizo tan vulgar que algo del oropel con que la había cubierto se descarapeló, como sucede cuando uno espera mucho de las personas.
Esa parte también le molestaba a sus hijas. Algunas veces le decía su hija mayor "ay, mamá...." quejándose de sus comentarios.

Anoté en mi cuaderno mental lo que debia evitar hacer. Todos tenemos algo que no es agradable y si a mí se me notaba que me gustaba algún chamaco, a ella lo vulgar le salía de vez en vez.

Me sucedió con ella lo mismo que con otras mujeres que brillaban por su forma de ser, pero que al conocerlas mejor se disolvia su luz. Sólo mi abuelita era luz que calentaba.

El Padre nos dijo que ser sal era dar sazón a la vida de los demás y conservar ésa vida, pues ésas dos son las funciones que tiene la sal en la comida.
Mi abuelita era luz y sal en mi vida.

Al casarme, conocí a la abuelita de mi esposo y a mi suegra, además de a sus hermanas. Ellas también fueron luz y sal.

La abuelita de mi esposo era sencilla. Sus hijos la pasaban a saludar pues vivían cerca. Vivía sóla pues se había separado de su esposo, porque era borracho y mujeriego. Cuando ella se fué, el la buscó y como no quiso regresarse, sacó una pistola para obligarla y al pelear por la pistola, se disparó y le dió una bala en el pie de la señora.

Así que siguió su vida junto a sus hijos, quienes trabajaban. Los mayores le ayudaban a sostener a los menores.
Cada año en su cumpleaños, sus hijos organizaban una excursión a una piscina. Y cuando falleció, le hacían una misa y después una reunión en su honor. Ella fué tan buena que aún despué de muerta, seguía reuniéndolos.

Mi suegra fué la menor de las mujeres. Y la más alegre. Pero la que tenía el carácter de la abuelita de mi esposo era la hermana mayor. Pero mi suegra era la que lograba juntarlos en su casa. Por su alegría era muy sociable y su casa nuna estuvo vacía.

Algo tenían en común mi abuelita, la abuelita de mi esposo y mi suegra: fueron buenas suegras. Pero cada una, de forma diferente. Y éso en mi vida actual, me interesa, puesto que soy suegra ya, No es sencillo serlo

Mi abuelita era proveedora. Nunca llegaba a casa de nadie conn las manos vacías. Ella no podía ver a alguien necesitado sin que le ofreciera su apoyo. La ví ayudar a sus nueras con su propio esfuerzo.

Para empezar, nosotras las hijas de su hijo mayor y por lo tanto, sus nietas mayores fuímos recibidas por ella. Mis papás eran como polvorines cuando vivieron juntos. Explotaban sólo de verse. Se juntaron muy jóvenes. A los veinte años ya tenían dos hijas y ambas bien latosas. Mi hermana parecía Taz y yo la llorona loca.
No podían con nosotras. Sacábamos de quicio a los más pintados. Así, cuando se separaron y mi mamá llegó con mi abuela, su madre, no nos aguntó. Y su hermana quien se ofreció a ayudarla, menos.

Terminó por darnos a mi abuelita. Ella tenía la paciencia para tratarnos. Y nos quería mucho además. Cuidó de nosotras del mismo modo que con sus hijos, sin ninguna distinción, a diferencia de mi abuela materna, quien daba preferencia a quien más dinero aportara.

Mi abuelita acostumbraba levantarse a las 4 de la mañana cuando pusieron una Conasupo cerca. A veces a las tres y mi hermana y yo íbamos también, porque había sacado tarjeta para mis dos tías. Asi que mientras ellas dormían tranquilamente en sus camas, nosotras nos levantábamos de madrugada para ir por cuatro litros cada una. Cuatro eran para mi tía, esposa de mi tío y sus hijos. Cuatro eran para la entonces mujer de mi papá y sus hijos y cuatro para nosotros: mi abueita, la hija de mi abuelita, sus hijos, mi tío soltero y mi hermana y yo.

También nos mandaba a dejarles la leche y algunas veces, fruta para los niños. 

A otra de mis tías, nos mandaba a ayudarla yendo por sus hijos a la guardería y a mí a ayudarle a hacer el quehacer cuando ella iba a trabajar.

Y todas ellas tuvieron algo en común: fueron muy desagradecidas con mi abuelita. Mi mamá nos dejó con ella, mi tía hablaba mal de ella, la mujer de mi papá llegó a insultarla en su casa después de un pleito con mi papá y la otra, le dejó a la sirvienta que había contratado cuando la pobre se accidentó al ir por sus hijos a la guardería. No se fijó y al dar la vuelta en una esquina, un carro la atropelló. En ésa esquina habían atropellado a varias personas.

La sirvienta quedó un poco coja por el accidente y tuvieron que ponerle yeso. Cuando mi tía la vió así, la despidió, le dijo que no podía hacerse cargo de ella, que no podía pagarle y que así no le servía. La pobre llegó a casa de mi abuelita quien la atendió, la cuidó mientras se recuperaba, pagó un doctor para que la atendiera, ya que no tenía seguro, le compró las medicinas.
Cuando se recuperó, ella insistía en quedarse con nosotros aunque no le pagaran, quería mucho a mi abuelita. Pero como también necesitaba dinero para ayudar a su familia, mi abuelita le consiguió trabajo en una casa.

A otra tía, más adelante, le puso una tiendita para que se ayudara con los gastos. Era un puestecito de dulces, refrescos y cosas indispensables como sopas, aceite y cosas así. Pues el puestecito se acabó más pronto que como se puso. Los hijos de la tía se comían los dulces, se tomaban los refrescos y ella usaba lo demás. Se sintió ofendida de que le pusieran un negocito que ella no había pedido. Tan ofendida como cuando mi abuelita le llevaba ropa usada, en buen estado, pero usada.

Cuando su hija se fué a Estados Unidos a trabajar porque su marido era tan borracho que no trabajaba, pero la maltrataba. Se había ido de la casa, pero regresaba cuando mi abuelita no estaba y le metía sus pellizcos y le sacaba dinero. Así que la llevó a Estados Unidos para que ya no fuera. Entonces empezaron los viajes a ése país para verla, a ella y a otro hijo que vivía también por allá. De ésos viajes regresaba cargando ropa que le regalaban. Nos daba a todos. Mi tía se ofendía de lo que le llevaba.

Cuando mi tío soltero se casó ya siendo mayor, lo hizo con una chamaquita que le dió cuatro hijos y muchos dolores de cabeza por los cuernos que le puso. Terminó por andar con otro hombre. En el proceso de divorcio que mi abuelita promovió, mi tío se salió de la junta y no se divorciaron. El le daba dinero para sus hijos.

Después conoció a otra mujer con la que vivió hasta que la muerte los separó. Era buena mujer. Vivió con mi abuelita y con mi tío en su casa. Para ése entonces, todos estábamos casados y ellos la ayudaron. Pero no siempre la convivencia fué tan buena como se quisiera. Sin embargo, fué duradera. Ella era buena. Los problemas empezaron cuando quiso quedarse con los dos terrenos de mi abuelita. Ella le había regalado uno para que vivieran pero no le bastaba, quería también los otros dos que eran para su hija.

Eso hizo sufrir mucho a mi abuelita.

Y todas la llamaron mala suegra, jeje. Sólo la última mujer de mi papá la ayudó. Cuando quedó viudaa al morir mi papá, mi abuelita la llevó a su casa porque no tenía dónde ir. Ella era buena y mi abuelita le dió un pedacito de terreno a su lado.
Ella nunca habló mal de mi abuelita, le agradecía lo que había hecho por ella y sus hijos.

Y después mi suegra. Fué una buena suegra. Ella me escuchaba y a sus otras  nueras también. Nos ayudaba, no nos peleaba. Nos trataba con cariño o por lo menos, con respeto. Evitaba meterse en nuestras vidas si no era para bien. Nos daba consejos, pero siempre con buen humor. 
A mí me decía que era su mejor mula, y que me le estaba echando jeje.

Cuando ella se fué, todo cambió. Se le extraña aún. Se extraña su carácter, su paciencia, su sociabilidad.

Todas tuvieron sus cositas no tan agradables, por supuesto, pero no como para opacar la luz que llevaban a nuestras vidas.

Esos son mis ejemplos de suegra. Y estoy muy lejos de ser como ellas.
Cualquiera de ellas es mejor que yo. Y a todas las extraño. Si estuvieran, la vida sería distinta. Nadie puede llenar sus zapatos.

Y es así que cuando pensando en ser luz del mundo, pienso que podemos caer en ser Luzbel. El fué un ángel, el ángel más bello de todos, tanto que pretendió ser como Dios y tomar su lugar.

Porque cuando Cristo dijo que somos sal y luz del mundo, antes había dicho que El es la verdad, el camino y la vida. Que lo que se pidiera en su Nombre, el Padre lo daría. Que tomáramos nuesta cruz y lo siguéramos. No que se tomara su lugar.

Eso me lleva a pensar que no soy como mi suegra, ni como mi abuelita, ni como la abuelita de mi marido. Soy distinta, no tengo la sabiduría de mi abuelita, ni la alegría de mi suegra, ni la valentía de la abuelita de mi marido.
¿Cómo puedo ser entonces luz en la vida que me tocó vivir? Esa es la pregunta que me hago.

Sólo con Cristo puedo encontrar la respuesta.

Y éso me recuerda una cancioncita que cantábamos en el Movimiento Guía y que es la base para una canción escrita por Martín Calvo