Como las águilas

Por Laura Aguilar Ramírez


Hoy volví a escuchar la misa diaria. Es una costumbre que empecé ya hace algún tiempo.
Y me encontré con la grata sorpresa de ver la Basílica de Guadalupe llena. Eso no es raro, me podrás decir, pero sí lo es si sucede en martes o en un día een la semana. Los sábados o domingos normalmente está llena y no se diga los días cercanos al 12 de Diciembre, en que se celebra de manera particular a la Virgen de Guadalupe.

Hoy llegó una numerosa peregrinación llegada de Puebla. Es uno de los estados con mayor número de fieles. Y la cercanía a la capital permite que acudan muchos. Se hacen peregrinaciones en camión, pero en varias comunidades se hace la peregrinación a pie. O algunas llegan en camión a la entrada de ela capital y continúan a pie su recorrido. Y otras más, llegan al inicio de la Calzada de los misterios y continúan a pie hasta el atrio.

Son costumbres arraigadas en las comunidades. Es hermoso ver a niños, jóvenes y adolescentes comulgar al lado de sus padres y abuelos.
Mi familia y yo, vivimos un año en las cercanías de Puebla capital. Llegamos ahí cuando tuvimos que traspasar nuestra casita de infonavit. Elegimos Puebla para irnos a residir, tratando de reconstruir lo perdido. Lo elegimos por su cercanía y sobre todo porque había familiares de mi esposo viviendo ahí.

Deseábamos estar cerca de la familia. Nos aferramos a su cercanía. Eso es lo más difícil de vivir aquí. Estar lejos de aquellos con los que convivimos tanto y tan bueno.

Abrirnos a nuevas personas, a desconocidos, con costumbres tan diferentes a las de uno, es muy difícil. O por lo menos para mí loha sido.
Sufrí una gran pérdida. Después de andar como judio errante por la capital durante mi infancia y mi adolescencia y durante los primeros años de matrimonio, pensé que había encontrado mi casa, donde hacer mi hogar. Pero no fué así.

A los 7 años de vivir ahí, tuvimos que traspasarla. Supongo que perder una casa para todos es duro, pero para mí fué aún más.
Recuerdo también que rentamos un departamento que no era el apropiado. Quienes habían vivido ahí, debían un montón de años de luz. Así que cada vez que llegaba la persona que mide la luz, mi corazón temblaba. Nunca me ha gustado deber, no digo que no compre a crédito, pero mi abuelita me enseñó a no deber más de lo que puedo pagar, a pedir sólo cuando estoy segura de poder pagar.

Así que era algo que me angustiaba. Cuando me dí cuenta de que tenía un diablito en el medidor, fuí a la Compañia de Luz con la intención de pagar el atraso y poner al corriente. El departamentito me gustaba mucho, así como el lugar y me gustaba más el estar cerca de la familia.
Pero me llevé la sorpresa de que no era un mes ni dos los que se debían, sino años.

Por supuesto, me fué imposible pagar el atraso. Aunado a que no encontré trabajo ahí. O mejor dicho, sí lo haye en una fábrica de costura cercana. Pero tenía que dejar a mis hijos sólos y eran aún niños de 7 y 9 años. No había con quien dejarlos. Estuve sólo dos días en la fábrica y me salí. Intenté coser como en mi casita de infonavit, pero no había a quien. Sólo llegué a tener 3 clientas y con éso no era suficiente.

Mi esposo trabajaba, pero no era suficiente. Tenía que pedir en la tiendita y en el puesto de la esquina fiado. El sábado que mi esposo me daba mi gasto, era sólo para pagar. No alcanzaba.

Fué un verdadero dilema el que enfrenté entonces. Pero Dios aprieta pero no ahorca. Mi hermana llegó diciéndome que se iba a Estados Unidos. Su matrimonio ya no daba para más, sus esfuerzos por salvarlo fueron inútiles. Y me anoté para el viaje.
Convencí a mi esposo de irnos, vendimos todo y sacamos los pasaportes mío y de mis hijos, el de mi esposo no se pudo, porque no había hecho el Servicio Militar y era un requisito para el pasaporte. Decidimos que me iría yo con los niños y él nos alcanzaría cuando pudiéramos pagar un coyote.
Fuí a la Embajada a sacar la visa y oh, sorpresa. No nos la dieron.

Sentí que la tierra se abría para tragarme. Ya no teníamos mas que la ropa que traíamos puesta. No había marcha atrás. En casa de mi suegra no podíamos vivir, no tenía dónde quedarnos.
En casa de mi abuelita tampoco. En la casa grande vivía una sobrina y en la chica, mi abuelita con la familia de un tío hijo suyo. En el terrenito junto, vivía la viuda de mi papá y un terreno que mi abuelita había comprado se lo dejó a mi tío. Mi papá había fallecido y no podía recurrir a él.

No había más que un camino y hacia él fuimos. Así llegamos a Ensenada, a casa de mi tía abuela, quien me recibió con mis hijos, gracias a Dios.
Llegamos con 500 pesos. Mi tía nos rentó un cuartito, que pagué con mi primer sueldo en la pesquera donde conseguí trabajo. Estaba cerca de la casa, me iba caminando para no gastar pasaje.

Me levantaba temprano para lavar la ropa y dejarles a mis hijos su desayuno. La comida se las daba la esposa de mi primo. Los sábados iba al super a comprar mandado para darle a la esposa de mi primo. Ella se portó muy bien, con cuidar de ellos mientras yo regresaba del trabajo, era suficiente.
Empecé a coser también. Lo hacía en una máquina que mi abuelita me compró. Ella nos acompañó a mi hermana y a mí hasta Ensenada donde yo me quedé y acompañó a mi hermana hasta el otro lado. Mi hermana y sus hijas tenían pasaporte y visa.

Así que me levantaba a las cuatro de la mañana a preparar la ropa y el desayuno, a regar los jardines de mi tí, me iba al trabajo donde entraba a las siete y me regresaba corriendo para estar con mis hijos. En la tarde cosía. Me tocó llegar a hacer disfraces para el desfile del 20 de Noviembre. Esos fueron mis primeras hechuras por acá.

Mi esposo se había quedado en Puebla trabajando. Mi familia trató de pasarme al otro lado, pero no con visa sino por debajo del agua. No quise. Había visto y sabido de muchos que no les había ido bien al hacerlo. La otra era dejar a mis hijos aquí y esperar a que los pasaran después. Menos quise.

Así que "a mal tiempo, buena cara", busqué la mejor manera de quedarme, instalé a mis hijos en la escuela aunque fuera en el turno vespertino. Lo cual era lo mejor, pues la esposa de mi primo entraba a su trabajo a media mañana, dejaba a sus hijos y a los míos en la escuela y a la salida estaban poco tiempo sólos, pues salíamos a la misma hora.

Mi esposo nos alcanzó a los tres meses, para entonces ya estábamos instalados. El consiguió trabajo en el mismo lugar que yo, pero en la tarde noche, lo cual era lo mejor porque nos cambiamos a un departamentito y él estaba en la mañana y yo en la tarde con los niños.

Ese fué el inicio de nuestra vida aquí. No fué tan difícil si se ve por encima, pero yo venía herida, con mi pérdida tan grande. Había dejado atrás, no sólo mi casa querida, sino me trabajo. Durante 7 años fuí costurera, tenía buenos ingresos porque tenía muchas clientas. Trabajaba sin descuidar a mis hijos que para mí era lo más importante.

Al vivir sólos, también mis hijos se quedaban sólos. Y ahí empezaron los problemas. Eran ya adolescentes y las maripositas rondaban mi casa. Eso me asustó. Varias chamaquitas salían embarazadas a edades tempranas, apenas salían de la primaria y ya buscaban pretentontos.

Ese fué el motivo principal para no trabajar. Duraba poco en los trabajos, tan poco que no les daba tiempo a mis hijos de hacer amistades tan "cercanas" sin que yo me diera cuenta. Trabajé por metas. Cuando veía que algo urgía en la casa, trabajaba hasta conseguirlo. No quería dejar a mis hijos sueltos a sus inquietudes de adolescentes.

Mi abuelita había aceptado quedarse con nosotros para ayudarme con mis hijos, por lo menos para que no estuvieran sólos. Pero no se entendió con mi esposo y se regresó a su casa. La ví irse con gran dolor de su parte y de la mía. Nos queríamos mucho y ella siempre estuvo dispuesta a ayudarme.

Me ayudó a comprar la máquina con la que ayudé al gasto familiar, me ayudó pagando los dos primeros meses de renta de la vivienda donde nos cambiamos, me ayudó comprando una minita de gas para poder cocinar, me ayudó sobre todo con su cariño. No me sentía sóla y desprotegida si ella estaba cerca.

Verla irse, fué el último dolor que pasé antes de desplomarme. Me quedé sin apoyo moral y sin ayuda para cuidar de mis hijos y por lo tanto, sin poder moverme para trabajar.
Cosía ropa, pants, pero no era igual que en la capital por supuesto. Ahí vivía en una gran unidad habitacional y tenía muchas clientas.

Tuve que elegir entre lanzarme a lograr dinero o cuidar de mis hijos. La elección fué difícil. Elegir cuidar a mis hijos implicó no trabajar en un lugar fijo, no aspirar a tener una pensión después de la jubilación, no tener las prestaciones que un trabajo fijo da, pero sobre todo, no tener un buen puesto.
Cuando trabajé en un hotel, me echaron ojo para ser supervisora. Encontré la manera de eludir el puesto.
Cuando trabajé en la pesquera me pusieron en la oficina al mes por supuesto, había estudiado y trabajado como secretaria auxiliar contable en la capital. Pero hallé la manera de darle la vuelta. Me propusieron estudiar computación para aprender a usar los programas en la computadora, pero gracias a Dios no pude hacerlo, mis hijos necesitaban el dinero que me costaba el irme a estudiar.

Dicen que lo que está de Dios, se logra. Y yo no pude trabajar fuera de casa por mucho tiempo. Es por éso que aveces veo a personas que llegaron después que yo, tener su casa, su carro, paseos y demás mientras que a mi esposo le ha costado el doble lograrlo. Pero a cambio, he visto a mis hijos progresar, he visto a mis hijos ser hombres de bien.

Recuerdo que cuando estaban muy pequeños, oraba a Dios para que no cayeran en los vicios. Ese era mi mayor temor. Había visto a muchos perderse en ellos. Primos queridos habían caído en la adolescencia mientras sus mamás trabajaban y se quedaban sólos.

Yo misma había pasado momentos difíciles mientras estudié la secundaria. Primero, estudiaba en una lejos de mi casa pues entré ahí cuando estaba en el internado. Al salir del internado, mi abuelita me dejó en la misma secundaria en lugar de cambiarme a la de mi barrio.
Eso evitó que hiciera amistades sólidas. Llegaba a mi casa sóla, la encontraba sucia pues mi abuelita trabajaba, comía sóla. No tenía amigos con quienes hacer la tarea o comentar lo vivido en el día en la escuela.
Empezaron a bajar mis calificaciones, pues no tenía con quien compartir mis dudas o inquietudes y hacer mis tareas. Después de hacer mi quehacer, buscaba a un familiar cercano, pero me necesitaba para cuidar a sus hijos y éso impedía que estudiara. No podía hacerlo en las tardes, porque llegaba mi abuelita y su esposo a ver la tele. Hacerlo en la madrugada era muy difícil, pues algunas de mis tareas necesitaba hacerlas a máquina y el ruido de ésta no dejaba dormir a los demás.

Eso para mí era difícil. Cuando dejé el internado, dejé también un lugar ideal para mi desarrollo escolar. Esa también fué una decisión difícil que tomé. Elegir entre mi desarrollo escolar y llegar a una carrera universitaria que me alejara de la manera en que mi familia vivía y por lo tanto, de ella o vivir con ellos.
Elegí lo segundo. Porque mi abuelita era lo más importante para mí y con ella, mis tíos, mi hermana, mi papá.

Renunciar al éxito fué muy difícil. A diferencia de lo que se nos dice comunmente.

He conocido mujeres muy bonitas y de buen cuerpo, de quienes se podría decir "qué tonta, con ése cuerpecito podía tener una buena casa y un buen carro", pero ellas han preferido tener un hogar a ser amantes de.... o bailar quiensabe dónde.

Renunciar al éxito o a la fama personal para pasar a ser "la mamá de" o "la esposa de" no es sencillo. Por lo menos, para mí no lo ha sido.

Ser llamada "la sufrida" en tono de burla no es sencillo. "Mírala, ella tan inteligente, tan presumida ahora lava pañales.... y tanto que presumía"

Regresar a casa con la cola entre las patas es muy difícil. Yo me tardé 20 años en regresar a la Iglesia en regresar a un confesionario, por ejemplo.

Aveces cuando volteó a ver cómo era en mi adolescencia, me veo altiva y orgullosa. Dejé de hablarle a muchas personas importantes para mí por orgullo, para que no me dijeran "pobrecita, tanto que presumía"

Recuerdo que una amiga de la escuela de Trabajo Social (donde estuve un año y no me gustó) llegó un día a la casa de mi abuelita donde vivía con mi esposo e hijos. Había acabado la escuela y era trabajadora social en un lugar cercano. Me dijo que se había divorciado, buscaba a una persona cercana a las dos, que se había cambiado de casa. Yo no sabía dónde vivía, porque ni de mí se había despedido dejándome su nueva dirección.
Se fué sin siquiera preguntarme çómo estaba. Me alegré de que fuera trabajadora social, pero me entristeció saberla divorciada.

Otra amiga del internado llegó un día a invitarme a visitar a una excompañera. Fuimos a su casa, la misma donde vivía de niña con su papá. La encontramos con sus hijos. Trabajaba de enfermera. Me alegré de que hubiera hecho su sueño realidad o por lo menos, una parte. Ella decía de niña que quería ser doctora. No era doctora pero sí enfermera. Cuidaba de su papá que cuidó de ella y de sus otros tres hermanos, cuando pequeña cuando su mamá los dejó. 
Como yo, estuvo en el internado y como yo, tuvo armas para enfrentarse a la vida. Estaba casada y con hijos. Su vida no era fácil, pero tenía el apoyo de su papá.

Mi otra amiga, la que me  invitó a visitar a la enfermera, estudió también en el internado con nosotras. Ella no estudió, se casó, tuvo su esposo y sus hijos y él adquirió una casita de infonavit en donde estuviera su familia. Ella no trabajó, pero supo sacar a su familia adelante.

Mis dos amigas y yo, vivíamos en casa de nuestros padres. Pero no en iguales condiciones: mi amiga trabajadora social vivía junta y revuelta, es decir, en una habitación y su mamá se hacía cargo de la casa, la comida, los hijos y ella seguía viviendo como soltera.
Mi otra amiga, la enfermera. Vivía en la misma casa de su infancia, junto a su papá. Pero el señor se había cambiado a un cuarto donde él se atendía sólo y ella se hacía cargo de su hogar, su esposo y sus hijos. Juntos, pero no revueltos.
Y yo, vivía en casa de mi abuelita pero no con ella. Ella vivía en unos terrenos que compraron su esposo y ella y a mí me dejaron vivir en la casa de mi infancia hasta que conseguí la mía, después la vendieron.

Eso me lleva al meollo del asunto. Se vuela en parvada cuando se es ave. A excepción de algunas, que lo hacen sólas como las águilas que alcanzan alturas elevadas.
Cuando se es una pequeña ave, se vuela en parvada, si no, se desploma una en la adolescencia, pero al casarse se vuela sóla, es decir, no se casa uno con una familia, sino que se dedica uno a su casa, su hogar, sus hijos, su esposo..

Toda ésta reflexión nace de la Palabra escuchada el día de hoy, acerca de la Casa de Dios. Hoy se celebra la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán. Cuando uno dedica su casa a Dios, Dios bendice.
Es por éso que uno bendice su hogar y su matrimonio. Pero no lo hace uno sóla, sino que lo hacen las personas consagradas para ello. Aveces pide uno agua bendita para bendecir el hogar y lo que hay ahí.

Es El, Cristo quien le fortalece a uno las alas para remontar las alturas. Y el matrimonio es una gran altura. Para alcanzarlas, hay que fortalecer las alas con los sacramentos, con Cristo.

Eso en la actualidad no ocurre mucho. ¿Será la razón principal para tanto divorcio?

He visto mujeres regresar a la Iglesia: mi suegra, mi abuelita. LLevadas por el amor a sus hijos, pidiendo a gritos por ellos porque los ven en malas situaciones. Yo misma regresé por ellos. Para pedir a Dios ayuda.

"Un hijo de tantas lágrimas, no puede perderse" le dijo San Ambrosio cuando era Obispo a Santa Mónica, madre de San Agustín cuando éste andaba en malos pasos.

Consagrar la casa de uno, la familia de uno a Dios es lo mejor que uno puede hacer.

Las águilas vuelan solas principalmente por su naturaleza depredadora, prefiriendo cazar y volar individualmente o en parejas para maximizar la eficiencia sin compartir presas, alcanzando grandes alturas (hasta 3000 metros) por encima de las nubes. Esta conducta refleja su alto nivel de independencia y enfoque en el territorio.
Comportamiento natural: A diferencia de aves que van en bandadas, las águilas son territoriales y solitarias, agrupándose raramente, por ejemplo, al alimentarse. Eficiencia en el vuelo: Prefieren volar a grandes altitudes, a menudo por encima de las nubes para evitar condiciones climáticas adversas, lo que les da una ventaja estratégica.
Símbolo de independencia: Metafóricamente, se dice que "el águila vuela sola y el cuervo en bandadas", asociando la soledad con la sabiduría, el liderazgo y la autosuficiencia frente a la necesidad de compañía.
Supervivencia: Esta forma de vida les permite concentrarse en la caza y la protección de su territorio, manteniendo una posición de autoridad en su hábitat.