Sabores que reviven

Por Laura Aguilar Ramírez

Hoy estoy con gripa. Y por lo tanto, enclaustrada en la recámara. Cada vez que me enfermo de gripa me aplico el remedio que he encontrado más eficaz: descansar tres días, evitar corrientes de aire, bañarme y no salir de la cama, no tomar bebidas frías, tomar tés y el medicamento. Remedio que nos aplicaba mi abuelita

Mi esposo se está encargando desde ayer de traerme comida. Tengo la costumbre de congelar alimentos, costumbre que tomé de mi tía abuela. Ella me enseñó a congelar los alimentos para aprovecharlos mejor y evitar desperdicios. Hay alimentos que debo preparar en mayor cantidad de la que necesito. Como somos dos personas, éso de cocinar habas para dos platos, por ejemplo, no me parece buena idea. Así que cocino de medio a 1 kilo y congelo lo que no uso de momento. Guardo porciones para dos personas.

Hago lo mismo con la sopa de verduras y algunos guisos. Como los sopes me lleva tiempo prepararlos, cuando preparo, hago para dos o más días y los congelo. Antes hacía tamales en cantidad y los congelaba igualmente. Ahora he visto que puedo preparar 10 y cocinarlos en el microondas en 10 minutos, jeje.

Congelo soya, salsas variadas para aprovechar el jitomate, el tomate, algunas verduras, frijoles cocidos, espaguetti, etc.

En fin. Mi esposo sólo tuvo que descongelar y calentar ahora que estoy enferma. 
Pero las atenciones que me tiene, el lavar los trastes (cosa que evito para no tocar nada frío), el limpiar, el regar mis plantas, son siempre cosas que se agradecen.

 Esto me recordó a mi abuelita cuando sufrió un síncope por éstos rumbos. Ella era de las que hacía muchas cosas sin que yo supiera. Hablaba por teléfono con mi hermana, que era la única que contaba con éste servicio. Comunicarnos por teléfono era difícil pues ni ella ni yo teníamos éste aparato en casa.

 Para vernos, íbamos a nuestras respectivas casas. Varias veces al llegar a su casa, iba de vecina en vecina a ver quién me daba informes sobre ella, jeje. No es que fuera metiche, pero ayudaba a mucha gente, los inyectaba cuando necesitaban, les llevaba leche de la Conasupo cuando no podían ir ellas, les llevaba remedios con hierbas o medicinas que le dábamos, las visitaba cuando estaban enfermas o simplemente para platicar.

Como yo me comunicaba con mi hermana cada semana, me enteraba de lo que sucedía en mi familia. Ella también tenía carro y podía ir a ver a casi todos. En ése tiempo, estábamos disgustadas y dejamos de hablarnos. Entre que andaba yo con mis demostraciones de productos, entre que mis hijos estaban en la escuela y no podía salir tanto, dejé de saber los tejemanejes en la familia.

No me enteré que mi abuelita andaba por acá. Un día, sin embargo, sentí la necesidad de ir a casa de una tía a visitarla. Si yo estaba alejada de la familia, ella más. Sin embargo, mi mamá la visitaba como hacía con todos sus hijos. Al llegar a su casa, me enteré de que había sufrido un síncope cardiaco aquí.

No lo pensé nadita, compré un boleto de avión, fuí con una hermana suya a preguntar cómo llegar, mi esposo pidió unos días para poder quedarse a cuidar de mis hijos y me vine.
Así fué como conocí Ensenada. A mi tía, hermana de mi abuelita y a sus hijos los conocía sólo por lo que ella me platicaba. Tenía mucho tiempo que se habían ido a Estados Unidos.

Encontré a mi abuelita bien cuidada. Un sobrino, hijo de mi tía andaba por acá, su hermana se había pasado al otro lado dizque a trabajar. El estaba esperando lo pudieran pasar como a su hermana. Mi abuelita pasó a su nieta y venía de regreso a casa de su hermana, cuando le dió el infarto. Todo parecía como acomodado. En ésa zona, las ambulancias tardan en llegar. Ese día, había una en la clínica, había llevado a un enfermo y estaba el chofer platicando cuando llegó mi primo, hijo de mi tía a pedir auxilio.

El había salido a trabajar y le pareció ver a lo lejos a alguien conocido. Mientras miraba, vió cómo se caía. Corrió y vió que era mi mamá. Unos vecinos que pasaban, cosa rara en ésa calle que está siempre vacía porque todos trabajan a ésa hora, le ayudaron a llevarla a la clínica cercana y encontraron la ambulancia. Todo como cosa increíble.

Total, que llegué. Ya sabían que venía para acá, porque mi tía hermana de mi abuelita, llamó para avisar.
Al verme llegar, me dijo alegremente: "a tí te estaba esperando" jeje. Ella siempre nos estaba esperando.

Después de abrazarla y ver que estaba bien, me explicó lo sucedido. Su nieto le daba su medicina puntualmente, mi tía que casualmente andaba por éstos rumbos (ella sólo venía de vez en vez) se hizo cargo de su cuidado y alimentación.

Mi abuelita se quejó como ella acostumbraba hacer, amablemente jeje. No le gustaba estar encamada y menos le gustaba que le dieran de comer si ella no guisaba, tampoco le gustaba dar molestias. Pero lo agradecía. Sólo suspiraba.

Mi tía la traataba como a niña, insistía en que estuviera acostada, no quería que se levantara ni para ir al baño, bla bla bla. Así era mi abuelita. Se callaba muchas cosas, pero a mí me tenía confianza.

Esa noche me acosté con ella como cuando era niña.

En la mañana temprano me dijo como en secreto: "tu tía me da sólo caldo de pollo y ya sabes que no me gusta. Tengo ganas de un caldo de pescado". Ya no aguantaba las ganas de comer su caldito revividor, jeje

Sucede que a mi abuelita le gustaban mucho los camarones con ostiones. Pero sobre todo, el caldo de mariscos. Era lo que más le gustaba. Pero cuffriosamente, no cocinaba pescado en casa. Le gustaba comerlo en ciertos lugares. Varias veces la acompañé a un puestecito en Portales a comer pescaditos fritos, como se servían entonces: en un papel de estraza, acompañados con limón y salsa Valentina.

También la acompañé en Portales a un restaurancito chino a comer bisquets y el café con leche que le gustaba. La acompañé a comer caldo de mariscos al mercado de Coyoacán. También le gustaba tomar café en Coyoacán donde había (no sé si todavía) un local donde se vendía café de grano traido de Veracruz.

A ésos lugares fué con mi abuelito cuando vivieron juntos hasta que él falleció, dejándola viuda joven con mi papá en brazos. 
Cuando vivieron en Veracruz seguramente comían mariscos y caldo, así como café veracruzano.
Cuando estaba triste o enferma, un buen caldo de mariscos la revivía.

Por supuesto que fuí a comprarle pescado, mi tía lo preparó y mi abuelita revivió. Por lo menos, se sintió mucho mejor. Estuve tres días sólamente, pues deía regresar con mis hijos y mi esposo a su trabajo. Le ayudé a mi tía con sus plantas y a recoserle una ropa averiada mientras estuve por acá.

A mí se me antoja la Barbacoa. Me encanta. Es mi platillo preferido.

La primera vez que la comí o que recuerdo haberla comido, fué durante las más maravillosas vacaciones que pasé en mi infancia: al lado de mi padre, de su mujer y de mis hermanos. En Apan, Hidalgo.
El viaje fué bellísimo. Yo iba muy emocionada. Veía todo como si fuera algo especial: los volcanes a lo lejos, el campo, la carretera, las pirámides de Teotihuacán. El pueblo de Apan me gustó mucho, aunque no salimos más que a una tienda cercana.

La casa era amplia y soleada. Mis hermanos y yo dormimos en el mismo cuarto. El domingo mi papá nos levantó para llevarnos a comer al mercado donde comimos muy rico. Una tarde nos llevó a pasear a un lugar cercano, una hacienda. Prendió fuego con ramas que buscamos los niños, cosa que nos divirtió mucho y comimos elotes asados en un comal.

En otra ocasión, asamos el día junto a un río donde nos metimos y nos divertimos mucho. A mi papá le gustaban mucho los ríos, las albercas, el mar, en fin, los lugares con agua. Creció cerca del Rio Churubusco cuando aún era rio de agua corriente y seguramente pasó muchos buenos momentos ahí.

Otro día, nos llevó a un tinacal donde vendían pulque, pero pulque recién sacado del maguey. Mi papá conocía el señor, una persona algo vieja, de ésos viejos con arrugas de sol y trabajo, recios, fuertes como eran la gente de rancho.

Pasamos a comer al salón familiar del tinacal. Nos sirvieron barbacoa de hoyo. Me supo a gloria. Mi papá nos pidió unos curados de guayaba y de fresa. A su mujer le gustaba el de mamey. A mí me supo a esquimo. No he vuelto a tomar pulque ni siquiera curado. No saben igual que ahí. Nos prepararon los curados con aguamiel.

La barbacoa de hoyo, hecha durante toda la noche en un cazo colocado sobre lumbre de leña de un árbol cercano, con piedras encima para conservar el calor, envuelta en pencas de maguey y servido con el consomé que es el resumido que escurre de la carne cocido con arroz y garbanzos, es delicioso.

Será que se mezclan el sabor de la penca de maguey, el humo del árbol, el olor de la tierra que aunque nunca toca la carne sí le da un sabor especial. No sé, pero me supo super rica.
He comido después barbacoa en otros lugares, pero nunca como ahí.

En México, en algunos lugares se acostumbra aún hacer la barbacoa en hoyo, cada vez menos, desgraciadamente. Pero bueno, de todas maneras, es deliciosa. Mi parte favorita es la pancita que se cose con la misma carne de borrego y se prepara de manera especial. Es lo primero que se acaba jeje. pues es muy pequeño. Así que hay que llegar temprano o ser muy buen amigo del que la prepara, jeje.

Será tal vez que ése es el recuerdo más bonito de mi infancia: estar con mi papá, con su mujer y con mis hermanos. Todo era bonito entonces.

Tal vez por éso, es mi comida preferida. Me sabe a familia. A mis hijos cuando niños, también los llevábamos a comer barbacoa, a ellos les gustaban los tacos dorados de barbacoa junto con su consomé. Comíamos mi esposo, mis hijos y yo en familia.

También era el desayuno cuando íbamos a casa de unos primos queridos. Después de pasar el día y la noche juntos, jugando o viendo la tele, platicando, al otro día era de rigor la barbacoa. En un lugar cercano, la preparaban de hoyo.

Escribo todo ésto, con la boca hecha jugo, jeje. Como estoy agripada, se me antoja algo caldoso y caliente. Nada mejor que una barbacoa, pero será para la próxima, jeje porque por acá no venden.

Cuando voy a CDMX procuro comerla. En el mercado sobre ruedas cercano a la casa de mis suegros, venden los sábados. Mi excuñado nos llevaba al mercado de Jamaica a comerla. En fin. Espero poder disfrutarla cuando vayamos por allá.

Mientras tanto, tendré que conformarme con una preparada por mí, que no tiene nada que ver, pero "peor es chile y agua lejos" como decía mi abuelita, jeje
Estamos planeando hacer una barbacoa para celebrar nuestros 45 años de casados en Abril.

Por acá, llaman barbacoa al asado sobre las brasas, preparado con una salsa llamada así, pero nada que ver con la barbacoa de por allá.

Con la saliva en la boca, termino para desayunar las carnitas que mi esposo compró. "A falta de pan, tortillas son buenas"

Hasta la próxima.