Cada vez está más cercana la Navidad. Y uno se da cuenta en las lecturas de misa. A partir del domingo de Gaudete (domingo de la alegría) el tono de las lecturas ha cambiado. Son más esperanzadoras. Ya pasamos el día 16 en que hubo confesiones para recibir limpios al Salvador.
Cuando escribo ésto, pienso en aquellos que me conocieron antes de mi regreso a la Iglesia y creo que no me reconocerían, jeje.
Mi vida ha cambiado. Cristo la ha cambiado. Ahora volteo a ver la manera en que celebraba las fiestas navideñas y pienso en lo afortunada que soy al poder gozarlas de manera distinta, de manera sencilla. El padre nos decía ésto mismo hoy. Nos invitó a meditar sobre cómo nos comprometemos con Dios en éstas fechas.
Vivimos sólo para convivir en familia, comer y beber juntos o realmente nos comprometemos a dar más de nosotros?
Este año he reflexionada mucho más que otros en aquello que queremos, en aquello que la sociedad actual busca, en cómo ha cambiado el México que amo.
Recuerdo con cierta nostalgia los paseos por la Alameda, donde nos tomábamos la foto con los Reyes Magos.
Esta costumbre la tomamos cuando nacieron nuestros hijos. Yo había visto una foto en donde la familia de mi suegra estaba en ése paseo. Y me pareció tan bonito que mi esposo y yo fuímos con nuestro hijo pequeño. Y a partir de ahí, cada año repetíamos la experiencia. No sé porqué sólo fueron una vez.
Ahora ha cambiado. Ahora se toman la foto con Santa Claus.
Recuerdo la belleza de los adornos navideños que se ponían en el Centro de la CDMX: nacimientos, esferas, árboles navideños, frases. Cada año íbamos a verlos porque cada año variaban. También se adornaban las Delegaciones políticas. Y muchas casas ponían su árbol navideño y su nacimiento.
Ahora ha cambiado. Ya no se adorna igual. Muchas familias han abandonado la costumbre de poner Nacimiento. Y muchas incluso, el de poner árbol de Navidad.
Recuerdo de mi infancia, las posadas. En la familia de mi abuelita se celebraban todas. Cada familia hacía una. Se oraban las letanías, se pedía posada, se rompían piñatas y se comía algún pequeño refrigerio. Eran muy bonitas.
Muchas calles se adornaban: los vecinos colgaban cuerdas con luces o con cajas de regalos o con banderines de papel picado.
La Navidad era realmente algo bello, algo inolvidable. Pero ya no es así. Cada vez es menos importante, por desgracia.
Cuando mi adolescencia, como he comentado, empecé a pasar la Navidad con la familia de una tía y era comer y beber con falsa alegrá. Se comía, se fumaba, se bailaba y se tomaba hasta quedar más que mareadas.
Ya no había posadas y si se hacía alguna, era lo mismo: borrachera.
Cuando nos cambiamos a lo que creíamos sería nuestra casa, en una unidad, volvímos a vivir las posadas. Encontré personas de pueblo que todavía las celebraban y mis hijos pudieron también gozar con ellas. Adornábamos la calle, nos organizábamos para entre varias familias hacer una posada. Ahi entendí lo que mi familia y vecinos hicieron por mí, mis primos y mis amigos. Ya no las disfrutaba igual. Me llegaban a cansar nueve días de lo mismo, pero cuando veía las caras de los chamacos, su alegría rompiendo piñatas, comiendo frutas (en ése tiempo, todavía se llenaban de frutas) se me olvidaba el cansancio.
Hacíamos las piñatas casi siempre. Juntábamos a los chiquillos para que las hicieran. Eso también los divertía.
Se ponía el árbol y los adornos en familia, con los chamacos participando.
Y después la cena navideña. Muchos vecinos la celebraban juntos, al tener a sus familias lejos en la provincia. Nosotros íbamos a casa de mi abuelita "a dar el abrazo", comíamos romeritos y bacalao con ella. Y después nos íbamos con mi suegra a cenar, a bailar.
Pero poco a poco fué cambiando el ambiente. Después de la cena y la apertura de regalos, empezaba a decaer hasta terminar en borrachera. Nos agarraba la madrugada. Yo de plano, no dormía. Mis hijos se despertaban temprano.
Ya no era la misma celebración, ni el mismo gozo. Hasta la cena, todo era bonito, después ya no. Muchas veces hubo algunos roces porque unos ponían más que otros y cosas así. También hubo algunos incidentes en los que se querían salir a pelear.
Empecé a celebrar el Año Nuevo sólo con mi esposo y mis hijos, tratando de huir de las borracheras. Intenté celebrar el Año Nuevo con mi familia, pero terminó también en borrachera.
Cuando llegamos a Ensenada, pasamos Navidades sólo mi esposo, mis dos hijos y yo. Empecé a invitar a familiares y vecinos. Pero por acá no se hacen posadas y ni quisieron participar en organizar unas cuando los invité. Y hacerla yo sóla, ya no era posible. Pero bueno... mis hijos se divertían.
Mientras escribo, veo claramente la diferencia entre mi infancia y las celebraciones posteriores y veo porqué me parecían tan bonitas: se vivían en Cristo. La familia de mi abuelita aún iba a misa dominical.
Con la familia de mi tía era sólo borrachera y comida. Con la familia de mi suegra era bonito al principio, pero también degeneró en borrachera.
Ellos no iban a misa y yo anhelaba en el fondo algo más. Cuando mis hijos fueron a la Doctrina para prepararse a la Primera comunón quise volver a la Iglesia, mi alma lo anhelaba, pero era pelear con mi esposo, que estaba super alejado de la misa y la Iglesia.
Empecé a sentirme muy mal. Recuerdo claramente el día en que entré a la Iglesia, me hinqué y le dije a Dios: "me siento mal, no sé porqué, pero ayúdame" Y desde ahí, todo empezó a cambiar.
Aunque el cambio fué doloroso: fué como si me tomaran desde adentro y me dieran vuelta. Así lo sentí literal. Como cuando uno lava la ropa y la voltea antes de meterla a la lavadora. Tal vez era lo que necesitaba para sacar de mí tanta porquería.
Estuve casi 5 años en el limbo, por decirlo de alguna manera. Necesité pasar por ése periodo, para volver a vivir la Navidad con la alegría de mi infancia. Con la alegría sencilla de un niño.
Para volver a gozar viendo el Nacimiento con sus figuras: primero, la Virgen y San José con los animalitos. Al llegar Navidad, se agregan los pastores y el Niño Dios. Y el 6 de Enero, los Reyes Magos.
Eso es lo que el Padre nos dijo en el sermón: trascender la cena y los regalos para encontrar el sentido real de la Navidad: el Nacimiento de Cristo en nuestros corazones.
Creo que éso necesita México: volver a vivir la navidad, volver a sentir el amor de Cristo niño con toda la alegría y ternura que conlleva.
Como he comentado, la Primera Navidad en casa de mi suegra fué muy bonita. No volví a verla igual, sino hasta un año en la Iglesia.
Aunque ya íbamos a misa dominical, mi esposo aún se negaba a ir en Navidad, porque era aburrido.
Ese año, había yo comprado una botella de vino para el Padre y le dije a mi esposo que quería llevársela de regalo. Me llevó a regañadientes y se quedó en el carro para que no me tardara.
Al entrar en la Iglesia, sentí y ví la hermosura de la Navidad.
Todos vestidos de blanco, por lo menos, los servidores y los acólitos. El sacerdote, por supuesto. Me pareció ver ángeles y escuchar ángeles.
Entregué la botella a un servidor cercano y salí. Pero ésa impresión de ésa celebración aún la recuerdo.
El siguiente año y los siguientes a partir de ahí, no faltamos a la misa de gallo el día 24 y a la de Navidad el día 25. Mi esposo ya me acompaña, aunque mis hijos no, desgraciadamente.
Aunque ya íbamos a misa dominical, mi esposo aún se negaba a ir en Navidad, porque era aburrido.
Ese año, había yo comprado una botella de vino para el Padre y le dije a mi esposo que quería llevársela de regalo. Me llevó a regañadientes y se quedó en el carro para que no me tardara.
Al entrar en la Iglesia, sentí y ví la hermosura de la Navidad.
Todos vestidos de blanco, por lo menos, los servidores y los acólitos. El sacerdote, por supuesto. Me pareció ver ángeles y escuchar ángeles.
Entregué la botella a un servidor cercano y salí. Pero ésa impresión de ésa celebración aún la recuerdo.
El siguiente año y los siguientes a partir de ahí, no faltamos a la misa de gallo el día 24 y a la de Navidad el día 25. Mi esposo ya me acompaña, aunque mis hijos no, desgraciadamente.
Por éstos rumbos es muy difícil. A pesar de que aquí encontré el regreso a casa, mis hijos ya no me acompañaron. Ya estaban grandes. Vivieron los 5 años de mi enfermedad (que como he dicho, no es enfermedad, sino limpieza de tanta cochinada) en su adolescencia, lejos de la familia en la que crecieron.
Nunca los llevamos a la Iglesia a misa, sólo a los primeros Sacramentos, así que no asocian a Cristo con la Iglesia. La Navidad la asocian con familia. Y es más que éso.
Vivir la Navidad en familia es un fruto de vivirla en Cristo.
Sin El, todo es borrachera y tragadera. mis hijos no lo recuerdan así, porque eran niños cuando las navidades en casa de mi suegra y no recuerdan las borracheras que sucedían cuando ellos dormían, ni los enojos de las mujeres tratando de meter a sus maridos para que no salieran a pelear, ni los chismes, ni las confusiones de pareja que llegaron a darse.
No. La Navidad no es éso. Sin Cristo y su bendición, se termina así.
Mis hijos, desgraciadamente no lo recuerdan. Traté de evitarles ver ésa parte y creo que me equivoqué al hacerlo. Tal vez ahora entenderían mi gozo ante las cosas sencillas: mi gozo al ver un simple Nacimiento, un simple árbol navideño.
Escuchar a los chamacos rompiendo piñata, comer un tamal con champurrado y "calientito" en las posadas, como en mi infancia.
Sigo rogando a Dios que lo encuentren en donde deben encontrarlo: en su Iglesia.
Escuchar a los chamacos rompiendo piñata, comer un tamal con champurrado y "calientito" en las posadas, como en mi infancia.
Sigo rogando a Dios que lo encuentren en donde deben encontrarlo: en su Iglesia.

