"Haz florecer el desierto"

Por Laura Aguilar Ramírez


Leyendo la primera lectura de hoy del segundo libro de los Reyes 24, 8-17, tal vez podamos entender la historia de nuestro país.
Es del Antiguo Testamento.
Es después del Rey Salomón, quien construyó el Gran templo de Jerusalén. Salomón fué hijo del Rey David. Salomón pecó contra Dios al final de su vida tomando esposas que adoraban ídolos. O sea, hizo lo que desagrada a Dios.
Se dejó llevar por los placeres a diferencia de su padre, quien pecó también contra Dios, pero se arrepintió y vivió el resto de su vida adorando a Dios y haciendo lo que es bueno.

En la lectura de hoy, vemos a otro rey de Jerusalen, Joaquín, joven de 18 años quien pecó igual que su padre el rey anterior. En ése tiempo, Jerusalen fué asediada por Nabucodonosor durante 7 años después de los cuales, Joaquín se rindió ante Nabuconosor.
Nabucodonosor se llevó de allí todos los tesoros del templo del Señor y los del palacio real y deshizo todos los objetos de oro que había fabricado Salomón, rey de Israel, para el santuario del Señor, según la palabra del Señor.

Deportó a todo Jerusalén, todos los jefes y notables —diez mil deportados—; a todos los herreros y cerrajeros, no dejando más que a la gente pobre del país.

Deportó a Babilonia a Joaquín, a la madre del rey y a las mujeres del rey, a sus eunucos y a los notables del país; los hizo partir al destierro, de Jerusalén a Babilonia.

También llevó deportados a Babilonia a todos los hombres pudientes en número de siete mil; los herreros y cerrajeros, un millar; así como a todos los aptos para la guerra.
Y, en lugar de Joaquín, puso por rey a su tío Matanías, cambiando su nombre por el de Sedecías.
Se parece a nuestra historia, verdad? cuando después del enfrentamiento de hermanos contra hermanos, miles de mexicanos han salido hacia el país vecino, quedando los pobres y desvalidos.
Y después en el salmo se clama Por el honor de tu nombre, Señor, líbranos.

Finaliza con el Evangelio
«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
Aquel día muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”.
Entonces yo les declararé: “Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad”.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».
Alguna vez cuando empecé a leer la Lectio divina, se me dijo:
sustituye los nombres propios por el tuyo. Cuando escuches lo que Jesús dice, piensa que te lo dice a tí, no al vecino.
Haciendo ésto, puedo pensar que igual que Joaquín caí en el pecado en mi adolescencia, que luche en contra de un gran rey: mi conciencia, mi legado, lo que me enseñaron quienes me educaron. Y caí. Fuí deportada con mis estudios, mis cualidades, mis habilidades y todas las armas con que se me había dotado para enfrentar la vida. Deportada al país de la tristeza, la amargura, la depresión, la inconformidad. En lugar de todo lo bueno que aprendí, puse como rey de mi vida a quienes no lo merecían, buscando la aceptación de las personas.

Hasta que finalmente clamé a Dios: Líbrame, Señor

Y entonces empecé a escuchar la Palabra de Dios que me dice que debo ser prudente, que no construya sobre arena sino sobre la roca firme que es Jesucristo, que no tema los vientos del desanimos, ni los ríos de lágrimas de la culpa.

No es fácil. Muchas veces he sentido que me hundo cuando la tormenta ruge y yo en una frágil barca, que las olas son gigantes y amenazan con tragarme.

Entonces me pregunto: ¿Cómo es posible que haya quien diga que somos muchos en el mundo o por hablar de lo conocido, en México?
¿Cómo pueden decir que la comida no alcanza o que no vale la pena sembrar la tierra dura?
He contado varias veces lo que siento al sobrevolar sobre mi país. Desde las alturas se ve la inmensidad de tierra que poseemos, tierras que desde hace mucho no se labran. He visto los zurcos que dejan las aguas. He visto pequeños poblados e inmensas ciudades.

Recuerdo en mi infancia, hace 50 o 60 años, cuando veía el tapete tejido que son los campos sembrados, la seguridad que sentía cuando recorria con la vista kilómetros verdes por el maíz, el frijol sembrado. Y 30 años después, ésos mismos lugares los veo sembrados de casas, de asfalto. En lugar de ríos, se ven personas en carro. En lugar de árboles, postes de luz que sostienen cables llenos de zapatos colgando de ellos.

No me extraña entonces cuando escucho: se inundó tal o cual colonia. Colonia que en mis años de juventud ni existían, cayó una granizada en tal o cual lugar. Y me cuesta trabajo ubicarlo en mi mente. Cuando logro hacerlo, veo que era un lugar de sembradíos o era un lugar donde había un rio o un estanque donde se nadaba y pasé momentos muy bellos.

Cuando escucho que tembló en tal o cual lugar, pienso ¿cómo no, si los mantos acuiferos sobre los que se construyó ya no existen? En su lugar hay socavones que se abren con los movimientos naturales de la tierra.
He tenido la fortuna de visitar Francia y he visto los ríos correr libres y ser usados a favor de las personas. No entubados como en CDMX. En que sólo el nombre de una avenida, nos dice que ahí corría un río, al borde de los cuales había árboles.

Los árboles, ésos luchadores contra el smog, la contaminación fueron abatidos en aras de un progreso que yo no veo por ningún lado.

Tuve la dicha de pasar parte de mi infancia en lugares arbolados y correr al lado de ríos y estanques. Y no sentía el calorón que se siente ahora. En Diciembre se sentía fríito, en Verano, llovía, en la primavera se sentía el calorcito rico. En fin, las estaciones eran marcadas como Dios quiso hacerlo.
Poco a poco, fuí notando los cambios. En mi infancia nunca llovía en mi cumpleaños que es en Septiempre por ejemplo. Ahora ya ni se sabe.

Cuando el hombre no respeta la creación de Dios y la utiliza como El manda, como El la hizo: a favor de la humanidad, sufrimos lo que ahora estamos sufriendo: calorones, lluvias ciclónicas, sequías interminables.

Todos sabemos del cambio climático. Pero pocos hacemos algo.
Somos como aquellos que dicen: "bebamos y comamos que mañana moriremos".

Recuerdo que hace 50 años se nos decía "ya no vengan para acá, quédense mejor allá", pero nadie hacía caso. Seguían llegando personas a triunfar en la ciudad "como su primo o como su hermana".
Decían: "ciérrale" o sea, cuida el agua.

Ahora vivo en un lugar semidesértico. Y he visto la misma historia repetirse. Se construyeron unidades habitacionales pero en mejores condiciones que allá, con calles más anchas, con casas en lugar de departamentitos. Como se dice "de los errores se aprende" En cada casita se sembró un árbol enfrente.

La gente empezó a llegar. Lo primero que hicieron fué tirar el arbolito para tener más espacio.
Las unidades contaban con pavimento que la gente no cuidaba, ¿para qué? Lo importante es trabajar y trabajar.
Los camiones de basura pasan a cada casa a recoger el tambo, no como en mi infancia en donde hacíamos colas para tirar la basura en el camión que se paraba en una esquina. Y a pesar de ello, las calles lucen sucias, llenas de desechos que la gente tira sin pensar.

Seguramente aquellos que soñaron con dar a las personas la oportunidad de vivir en mejores condiciones, estarán retorciéndose en sus tumbas o preguntándose porqué no valoran lo que tienen?

Lo mismo me pregunté yo cuando llegué finalmente a una unidad habitacional, a mi casita, con el kinder y la primaria cerca. Me prometí cuidarla. Todos los días salía a barrer la calle, a cuidar el arbolito enfrente de mi casa, a sembrar plantitas en el metro por metro que tenía de jardincito. Si antes lo había hecho en casas que no eran mías, casas rentadas, con mucho mayor razón en la que pensé sería mi casa.

 A lo largo de mi vida he vivido en chorrocientas casas. Finalmente desde hace 23 años, vivo en la mía. Y sigo esforzándome por cuidarla, por sembrar plantas y flores, por tener árboles. Sigo esforzándome por cuidar el agua porque por éstos lugares no hay mucha, ni llueve seguido.

Si antes creía cuidar el agua, usando sólo una cubeta para trapear. Ahora lo hago con sólo una botella de spray. Mi abuelita decía que el agua no lava, que hay que tallar.
Si antes creía cuidar el agua, regando mis plantas con una cubeta por las mañanas o las tardes. Ahora lo sigo haciendo, pero con el agua en que enjuago las verduras o lavo los frijoles.
Si antes creía cuidar el agua, cerrando la llave del agua mientras me enjabonaba el cuerpo o me lavaba el cabello, ahora pongo una tina abajo, en la que pongo mi ropa interior, la lavo y enjuago con la misma agua que mi cuerpo. Y lleno una o dos cubetas para echar al excusado.

Si antes creía cuidar mis muebles poniéndoles fundas, ahora sigo haciéndolo, pero abro y cierro cortinas dependiendo de la hora en que el sol da en las ventanas. Abro las de un lado, cierro las del otro. Y al atardecer, hago lo contrario.

Si antes encendía ventiladores sólo cuando hacía mucho calor, ahora abro y cierro ventanas. Abro todas al mismo tiempo, pero evito sentarme en donde hace remolino el aire para no enfermarme.

En fin. He aprendido a utilizar los elementos que Dios pone a mi alcance: viento, agua, sol y tierra a mi favor y no en mi contra.

Recuerdo que mi familia tenía puercos, pero no sucios como tienen fama. Se lavaban con poca agua y se tallaban con una escoba especial para ellos, se recogían las heces para que no se fueran al drenaje. Yo tengo perros y gatos y hago lo mismo.

La ociosidad es la madre de todos los vicios. Así que procuro no estar ociosa. Tiene más de 28 años que dejé el cigarro, el exceso de soda y el exceso de café. Para mí eran vicios. Así como la comida

He vuelto a vivir como vivía en mi infancia, gracias a Dios. Aunque ahora con panza jeje.

He visto florecer 4 árboles, dos palmas en mi pequeño espacio y aumentar el número de plantas que cuido. Ellas me dan vida.

Porque son muy útiles: dan oxígeno, sirven para templar la temperatura, se ven bellos. Claro que dan trabajo, pero el trabajo es movimiento. Tener que quitar las hojas secas, abonarlas, regarlas, cuidar que no tengan plagas, barrer el patio para levantar las hojas que se caen, etc. etc. me hacen moverme para no estar inactiva

"A Dios rogando y con el mazo dando" me decía mi mamá y procuro hacer lo que ella me decía y lo que dice la Palabra de Dios: "siembra y Dios hará el resto" o como decía San Martín de Porres "yo limpio, pero Dios bendice" "yo pongo el remedio, pero Dios sana".

Tener fé en El, sabiendo que no nos deja nunca sólos.