Cuánto tienes, cuánto vales

Por Laura Aguilar Ramírez



Ayer, después de mucho tiempo regresamos mi esposo y yo a caminar en la playa.
Esta actividad la habíamos suspendido primero por la enfermedad que padecimos. A él le extirparon un tumor acuoso de la cabeza. Un día tratando de arreglar el techo, se cayó de la escalera y se fracturó la muñeca, le pusieron clavos y no podía moverse. Después a mí se me adelgazó tanto la piel por la pérdida de músculo en las manos que las venas me quedaron al descubierto y con cualquier roce me salía sangre a borbotones.
A raíz de éso, me dieron tanto medicamento que me provocó neuropatía.

Y si le agregamos las secuelas del Covid que debilitaron las defensas, pues agradecemos estar vivos. Mi esposo tuvo que vender la camioneta que teníamos y estuvimos restringidos en nuestras actividades.

Para poder hacer ejercicio al aire libre debemos trasladarnos a la playa o a la Cdad. deportiva, ya que en las cercanías no tenemos un deportivo o de perdis, un parquecito donde hacerlo.

Antes de todo ésto, recorriamos de 6 a 8 kms. diarios en la playa, cosa que me encanta. Caminar sobre la arena es muy cómodo porque no lastima las articulaciones. Me gusta ir temprano porque el sol y yo no congeniamos muy bien jeje. Con poco que me dé, me arde la cara y no por ser tan guapa como la canción, jojo, sino porque la tengo muy sensible.

Mi esposo pudo comprarse finalmente un auto y por fin pudimos regresar a la playa. Apenas hicimos un kilómetro pero para empezar está bien. Sentir el aire sobre mi cara es muy bonito, mis pies los siento menos pesados y me siento revitalizada.

Notamos algunos cambios. Un acceso que se había hecho, el mar se encargó de deshacerlo en poco tiempo (así estaría hecho de mal, jeje) Así que se cerró y se accede por donde se puede jojo.
Hay algunas casas y negocios a la orilla del mar. Cosa que como sabemos, en México no se debe hacer según las regulaciones, pero como todo se puede si se quiere, pues aquí se ha podido jeje. Cuando uno se brinca las trancas, sufre las consecuencias.

Algunas casas que no tienen mucho tiempo, las han sufrido. Los accesos a la playa de que disponían, el mar se los ha tumbado. Así como bardas que pusieron.
"No quieren perder ni un metro" pensé cuando ví dos construcciones que inteligentemente han construido inclinado la barda. Perdieron 3 o 4 metros de terreno, pero a cambio ganaron estabilidad porque el mar no golpea sobre la barrera que supone un muro que por muy grandes que sean las piedras, termina por ceder.

Me pareció tan increíble que a nadie se le hubiera ocurrido hacer algo así... Parece algo tan elemental... cuando se ve hecho, pero seguramente no se les había ocurrido. Tal vez lo habían visto en otros lugares y pensaron "que tontos... desperdician terreno" jeje.

Y por el lugar donde fuimos hay varias casa y negocios en ésas condiciones. Confian en que una simple barrera de piedras grandes puede detener el impetú del mar. Y no es así como lo han podido comprobar.
A alguien se le ocurrió entonces, construir una rampa perdiendo 3 o 4 metros de terreno, pero ganando seguridad.

Y éso me dió tema para el comentario de hoy: es preferible ceder a veces a resistir construyendo muros que pensamos inaccesibles y que terminan derrumbando el impetú del mar. Del mar de la amargura, del mar de la ira, del mar del resentimiento, del mar del hastio, del mar de la rutina.

Cuando piensa uno en los simples juncos que se mecen con el movimiento del aire, que por muy fuertes que sean, no logran tirarlo. Creo yo, que con ése principio se construyó la torre latinoamericana que aún permanece de pie, meciéndose con el movimiento de los temblores que desgraciadamente asolan a la CDMX. Temblores que se ven cada vez más, dado que el subsuelo va perdiendo agua al ser extraida para el uso de la misma CDMX.

Nos sentimos aveces tan valientes y nos llamamos a nosotros mismos "resilentes" como si fuéramos héroes. Y no somos más que necios por llamarnos de alguna manera al resistirnos a las circunstancias.

Esto me lleva a recordar nuestra salida de la CDMX. Como he comentado, mi esposo fué despedido del Banco, después de que las casas de cambio fueron compradas por ellos y el Gobierno se hizo cargo de los Bancos. Después de 3 años intentando sobrellevar la situación, de buscar trabajo y no encontrar o encontrar a medio sueldo, después de vender carnitas, dulces, snacks, de poner una tienda que terminamos perdiendo al tener que traspasar nuestra casita de interés social, después de intentar levantarnos en una ciudad cercana, tuvimos que venirnos hasta acá.

Llegamos con 500 pesos, dos maletas y nadamás. Fué un volver a empezar en todos aspectos. Perdimos mucho, mucho pero finalmente ganamos paz y seguridad.
Después de 30 años por acá, tenemos nuestra casa con 2 patios, con portón, con piso, tenemos 4 árboles y un pequeño jardincito de metro y medio por dos. (Aún nos falta cambiar el techo de dos cuartos y encementar las paredes de los patios)
Tenemos terminados de lujo: plantas que nos dan oxígeno, embellecen y dan frescor.
Pero sobre todo, tenemos la seguridad de una casa.
Hemos visto partir a un hijo a otro país, en lugar de aferrarse a permanecer en donde no conseguía una pareja.

Mi hijo para ir a trabajar, se desplaza al otro extremo de la ciudad. Pero a cambio del tiempo de traslado, disfruta de la vista del mar todos los días. No es fácil y llega a ser cansado, pero qué trabajo no lo es?
No somos "resilentes", prefiero pensar que somos como los juncos que se dejan mecer por el viento.

Claro que luchamos mucho antes de salir, no queríamos hacerlo. Nunca pensé que me iría a otro lugar que no fuera en el que nací y crecí, donde nacieron y crecieron mis padres y abuelos.
Nunca pensé que extrañaría tanto y a tantos.
La tempestad que nos arrojó a éstas playas, fué muy fuerte. Amenazó con hundirnos en el mar de la desgracia.

Pero no todo es miel sobre hojuelas. La gente juzga por lo que ve y cuando ve la humildad de mi casa, no da un quinto por nosotros. "Cuánto tienes, cuánto vales"- Y a los ojos de muchos, valemos muy poco jeje.

Para mí, el tener mi casa, que mis hijos tengan trabajo, que mi esposo pueda disfrutar de una pensión es un lujo, una bendición. Nadie que haya perdido tanto, valora tanto lo poco.
Aveces me da coraje con las personas que no valoran o que desprecian mi casa por humilde. No saben todo lo que nos ha costado el tenerla, no saben todo lo que hemos dejado atrás. Es como un salvavidas arrojado en ésa tempestad.

Lo primero que se ve o que por lo menos yo ví al entrar a ésta ciudad fué un hotelito que se llama "el último refugio" y es lo que realmente significa ésta cudad para mí: El último refugio antes de hundirnos.

Aveces oigo a personas criticarla, verla con desprecio, maldecir por la falta de pavimento o por lo lejos que tienen que ir para trabajar y pienso para mis adentros: "no saben lo que dicen" "no han perdido nunca nada".
Y deseo de corazón que nunca lo aprendan de la manera en que nosotros lo aprendimos.
Existen dos maneras de aprender decía mi abuelita: "por la buena o por la mala" o "en cabeza propia y en cabeza ajena".
La Palabra de Dios dice "dichosa tú que has creido porque se cumplirán en tí las promesas del Señor". Para otros, la cosa no es así.

Cuando me siento triste o decepcionada, no hay como ir a la playa y ver cómo las olas vienen y van.

Ayer pensaba en las personas que ponen sus bardotas de piedra y las ven caer después y vuelven a poner otra vez la barda, es porque no conocen algo mejor, no por tontas, sino ignorantes de las nuevas técnicas de construcción. Cuando ví la rampa que pusieron unos, me dije "qué persona más sabia. El mar sube por la rampa hasta donde debe y después se desliza suavemente hacia su lugar en lugar de chocar con el muro. Perdió 3 o 4 metros, pero ganó un amigo: el mar. Porque en lugar de resistirsele lo hace parte de su terreno, lo invita a su casa". Y entonces recuerdo a Jesucristo con sus primeros discípulos Felipe y Juan, que se acercaron a él, después de que el bautista les indicara que era el elegido. Le preguntaron si él era y les dijo: "ven a mi casa y verás". No les soltó un sermón, ni les dió una clase, los invitó a su casa.

Recuerdo a mi tía abuela, la que me invitó a su casa dos años antes de venirnos, cuando mi abuelita estuvo encamada después de un síncope cardiaco. Recuerdo que se enojaba con las personas de aquí porque ella quería enseñarles su manera de vivir, pero se negaban a hacerlo, gritaba y echaba maldiciones por todos lados. Estaba herida porque ella compró la casa y una hija se vino a vivir con su familia y hubo gente que no los dejó quedarse, que les ponía muros de piedrotas. Mi tía era como el mar que si le pones barreras, retumba y retumba hasta que derriba el muro.

Cuando yo llegué mi tía se transformó en un mar apacible, cálido. Me enseño todo lo que quiso enseñarle a otros: a cuidar las plantas, a plantar y cuidar árboles. Nos sentábamos a comer después de mezclar tierra, de platicar mientras regábamos plantas y cortábamos limones para hacer agua y duraznos para hacer mermelada.

Yo me abrí a ella como ésa rampa, permitiendo que subiera y bajara deslizándose tranquila.

Mi tía abuela se enojaba porque al contrario de mí, las personas creían que era rica jeje. Ella fué a Estados unidos, trabajó como mula (así decía ella) en los campos de fresa, primero como recolectora, después la pusieron como cocinera en una casa de alquiler de camas, se les alquilaba la cama, un lugar para su ropa y se les daba desayuno, comida y cena.
Juntó dinero, y con su pareja (el mismo que la contrató como cocinera y del que se enamoró después) compró una casa, la arregló y mejoró. Puso patio, sembró árboles, en fin.
Ella venía cada tanto, soñaba con venirse a descansar, pero ayudaba a una hija a cuidar de sus hijos. Cuando finalmente pudo venirse, se enojaba porque aquellos a quienes encargó su casa no la cuidaban, pero le cobraban jeje.

Dejaban que la hierba creciera, que las frutas se pudrieran en el árbol porque no las cortaban a tiempo. Ella trataba de enseñarles a guardar en la nevera para cuando no hubiera, pero ellos tiraban a los perros la carne y verdura. No estaban acostumbrados más que a lo recién hecho y lo demás les parecía feo. Tiraban a los perros carne que mi tía congelaba, etc. Mi tía hacia semejantes corajes, y daba semejantes gritos que se escuchaban a un kilómetro jeje.

Ese es aveces el choque que se da por éstos lugares. Llega gente acostumbrada a cortar el nopal en la mañana y comerlo por la tarde. A mí por ejemplo me sucedía. Yo compraba jitomate para hace la sopa, no comía enlatado nada. Pero aprendí pronto que hay que hacerlo así, porque aveces falta algo. No hay de todo como en la CDMX y menos como en el campo.

Y por otro lado, mi tía se enojaba porque no barrían el patio, pero no se daba cuenta que la gente venía del campo en donde el camión de basura ni lo conocían.
Había que enseñarles y ella no tenía tiempo para hacerlo por su ir y venir. Venía cada dos o tres meses y se quedaba 2 o 3 días. Y quería que entendieran a la primera jeje.

Si. Por acá llega gente que tiene que caminar dos o tres kilómetros para tomar un camión y llega gente que en su vida se ha subido a un camión porque tienen carro desde que nacieron.

Es ése tipo de choques los que se dan por acá.
Mi tía también fué de la CDMX, pero se fué a Estados unidos casi cuando yo nací, así que su visión era distinta a la mía. Ella dejó una CDMX casi provincial cuando se fué. Por lo menos por nuestro barrio. Yo todavía conocí vacas y burros, ví el Río Churubusco corriendo. Pues ella creció entre plantíos de maíz y árboles frutales.

No vió llegar a tantos después, como a mí me tocó ver. Ni vió a personas vivir apeñuscadas en cañadas como a mí me tocó ver. En fin. la CDMX que ella conoció no fué la misma que yo viví, ni es la misma hoy en donde yo misma me asusto al ver todo lo que se ha extendido la mancha urbana.

Ella no salió por una depresión económica como nosotros, sino por problemas con su esposo. Sus circunstancias no eran las mismas que las mías, como no lo son las de las demás personas. Cada persona tiene su propia historia.

Mi tía se quejaba de que la querían ver como rica y no lo era. Y yo me quejo de que me pobretean sin saber lo que me ha costado tener lo que tengo.
Mi tía no tuvo estudios, ganó lo que tuvo trabajando de sol a sol. Pero a cambio, perdió esposo e hijos. Es cierto que después la alcanzaron con todo y familia, pero por mucho tiempo no estuvo con ellos. Por irse a Estados unidos.

Nosotros tenemos mucho menos, pero hemos luchado por conservar nuestra familia, por ver que nuestros hijos estudien y formen sus propias familias.

Cada quien cosecha lo que siembra. Y sin embargo, de ella aprendí mucho. Sobre todo a quererla y a valorar su esfuerzo y su entereza.

Un beso al cielo donde seguramente descansa en paz.