Continuando con las reflexiones de Cuaresma, llevándolas a mi vida diaria.
Ya ni me quejo cuando veo cosas que no me gustan de ella. Ya no me quejo si veo mi casa no tan bonita como me gustaría, Ya no me quejo de mis dolencias.
Es que como nos dice la Primera lectura, Dios es leal con los que lo aman y CUMPLEN sus mandamientos.
¿Con qué cara voy y le digo a mi abuelita que me crió con tantos esfuerzos, que me envió a un internado para que me cuidaran porque ella tenía que trabajar y para que no me quedara sóla en la casa expuesta a tantos peligros?
¿Con qué cara voy y le digo a mi papá que fué un mal padre y lo culpo de todos mis problemas por separarse de mi mamá?
Alguna vez lo hice. Viví unos meses con él en el departamento que tenía. Su mujer se había ido en una de las tantas veces que se iba a su tierra a ver a sus familiares. Mi hermana se había casado, ella había vivido con mi papá y su mujer durante un tiempo, cuando mi abuelita no podía controlarla por no saber tratarla.
Sarita le tuvo paciencia, le ayudó en los momentos más difíciles en su adolescencia y lo siguió haciendo cuando se casó.
Cuando me salí del internado, mi papá me llevó a su departamento. Estaba yo en tercero de secundaria.
Para mí fué hermoso llegar a su lado. El departamento era bonito y amplio, lleno de luz. Me dejaron una recámara para mí solita. Pequeña, pero ahí podía tener mi ropa acomodada. Pegué posters de artistas en la pared, más porque era moda que porque realmente me gustaran ésos artistas. A algunos ni siquiera sabía quienes eran. En ése tiempo, compraba una revista que hablaba de artistas y ponía acordes y letras de canciones. Intenté aprender guitarra y así empecé a comprar ésa revista. En el centro, venía un poster de algún artista.
Eran vacaciones en la escuela y yo dedicaba mi tiempo a limpiar el departamento y a cocinar. Mi papá me dejaba hacerlo. Ahí hice mis pininos como cocinera. Mi papá me dejaba decidir qué cocinar y me daba dinero para comprar lo necesario. Ahí aprendí a manejar el dinero que se me daba.
Mi papá me recomendó que saliera, que hiciera amigos entre los vecinitos de la unidad habitacional en que vivía. Era muy bonita ésa unidad de infonavit, tenía hasta un lago donde remábamos los domingos en lanchitas que rentaban.
Así empecé a hacer amistad con algunos jovencitos. Empecé a salir con ellos.
Recuerdo con mucho cariño una excursión que organizaron a los Dinamos de Contreras. Mi papá me dió permiso para ir, me dió un poco de dinero por si necesitaba. Me compró lo que me tocó llevar para la excursión.
Fué un paseo muy bonito. Cantamos, nos metimos al río que corría abajo. Caminamos entre árboles por veredas para poder bajar a una explanada. Muy bonito. A mí me gustan muchos las excursiones de ése tipo. Fuí a varias en el internado con las Guías de México. Jugamos y reimos sanamente.
Era una reunión de amigos, no era para buscar novio ni nada parecido como sucedía en otros lados. Algunos jovencitos de la misma unidad, andaban ya de novios besuqueándose por los lugares más escondidos. Nosotros tratábamos de jugar voli en el estacionamiento. De ir al lago a remar o cuando no se alquilaban lanchas, simplemente para caminar y jugar en los jardines de la unidad.
Pero... nunca falta un pero. Un día mi papá llegó y preguntó por uno de los libritos que leía sobre vaqueros. A mí me gusta mucho leer, yo creo que porque veía a mi papá hacerlo. En sus tiempos en el mar, adquirió ése hábito.
Leía yo cuanto papel, libro o revista caía en mis manos.
Así que empecé a agarrar sus libritos y a leerlos.
Cuando me preguntó por su librito, se lo entregué. Me dijo que no volviera a agarrarlos sin su permiso. Yo me enojé y le contesté que era un mal padre, que nunca me había cuidado, etc. etc.
Me dió una cachetada. Me enfurecí, me volteé a mi cuarto, tomé mis pertenencias y me fuí. Así era yo por ése entonces.
Creía que era muy buena porque hacía cosas buenas, pero no me gustaba que me dijeran mis defectos.
No tenía yo derecho a tomar lo que no era mío sin permiso de su dueño. Y lo hice. Y cuando me llamó la atennción, me ofendí. Limpiaba yo muy bien, me esmeraba haciendo la comida, me portaba bien y no andaba de jilguerillo en las calles. Creía que me merecía todo. Pero se me olvidó lo más importante: respetar lo que no era mío.
Pedía respeto con mis cosas. O por lo menos, mi padre nunca entró sin mi permiso a mi cuarto, nunca tocó mis pertenencias, nunca lo hizo. Y yo, con el pretexto de limpiar su cuarto, ví sus revistas y las empecé a leer.
El hecho de limpiar, no me daba derecho a agarrar lo que no era mío.
En vez de reconocer mi error, me enojé. Me creía yo perfecta, me creía distinta a las demás muchachitas que hacían cosas indebidas y eran desobedientes. Y por ése hecho, creía que podía tomar lo que no era mío. Si no lo usaba para mal. Si mi papá leía sus revistas, también eran buenas para mí. El no leía nada malo, ni nunca llevo a la casa libros o revistas que sus hijas o su esposa no pudieran leer.
Sarita las tomaba y no le avisaba. Yo también podía hacerlo, según mi manera de pensar. Equivocada.
Porque yo no era su esposa, ni tenía los mismos derechos que ella. Yo era su hija y mis derechos eran distintos. Estaba sujeta a él, no al revés.
Ahora veo que quería ser como su esposa, tomar el lugar de su esposa, en la casa de su esposa. Así como alguna vez pretendí tomar el lugar de mi abuelita, en la casa de mi abuelita. Ella me dijo: "cuando tengas tu casa, haces lo que quieras. En la mía, haces lo que yo digo".
Mi papá no me dijo nada de éso, simplemente me dijo que no tomara sus cosas. Era una órden, sin derecho a réplica, sin opción a explicar nada. Así de simple.
Estaba yo acostumbrada a que mi abuelita me deja explicarle, me tenía muchas consideraciones, bastaba que le pusiera mi carita y le hiciera mis pucheros para que bajara la guardia. Era yo obediente, limpiaba, sacudía, la acompañaba al mercado, etc. etc.
Pero mi ganancia estaba ya en el mismo servicio. Cuando la acompañaba, era la primera en probar lo que compraba. Además, muchas veces me compraba chocolates o dulces o galletas que no le daba a los otros porque no le alcanzaba para todos.
Y sin embargo, le movía las cosas de lugar a mi gusto, alguna vez tiré algo que según mi ver, ya no servía. Ponía flores donde ella no me decía. Mi abuelita me dejaba hacer porque le ayudaba y porque era su consentida, pues la obedecía. Pero tampoco tenía yo derecho a hacer nada de lo que ella no me decía. Cuando llegaba, ya había hecho yo el quehacer y había tirado lo que no me parecía. Ni siquiera se lo consultaba.
Mi papá era diferente. Eso lo ví bien claro el día de la cachetada. Me dejó ir, no me lo impidió. "Si te quieres ir, pues vete. Nadie te corre aquí!. Sabía perfectamente adonde me iría. Si no era con él, era con mi abuelita. No era yo tan tonta para irme a otro lado, y menos a la calle.
Era yo voluntariosa y me dejaba mi abuelita serlo. Mi papá me lo quitó con ésa cachetada. Perdí lo más por lo menos. Perdí la oportunidad de vivir en un departamento bonito, luminoso, donde se me respetaba.
Me quejaba yo de que en casa de mi abuelita, Don Pedrito o no sabía yo quien, tomaba mis cosas, tomaba mis ropas y se me desaparecían mis perfumes o cositas que yo guardaba.
Y cuando fuí a casa de mi papá, hice lo mismo de lo que me quejaba.
El hecho de ser tan jovencita. Tenía para ése entonces, 11 años, no era excusa para no respetar a otros. No hagas a otros lo que no quieras te hagan a tí. Yo me quejaba de algo. De algo que yo misma hice en cuanto tuve chance de hacerlo.
Después, dejé de hablarle a mi papá. Durante dos años no le dirigí la palabra. El siguió yendo a casa de mi abuelita, saludaba y yo hacía como que no oía. Esperaba una disculpa de su parte. Disculpa que yo no le dí a él. Si exigía respeto, debía dar respeto a mi vez.
Así, perdí la oportunidad de vivir como me gustaba y que mi papá podía ofrecerme.
La vida me enseñó mi error. Anduve de casa en casa. Con mi abuelita no podía vivir sin sobresaltos. Don Pedrito me alteraba los nervios. Muchas veces vomité bilis.
Me fuí a casa de una tía, pero tampoco era muy bonito dormir en la misma cama de sus hijos. También le ayudaba a limpiar y a cuidar a sus hijos con mucho cariño lo hacía, pero no era como la casa de mi papá.
Viví en un grupo un año. pero no era como la casa de mi papá.
Finalmente, un día fuí a su casa. Yo fumaba desde los 13 años. Ese día le pedí permiso para fumar. Me dijo que si ya había aprendido a fumar, seguramente ya sabía yo si era bueno para mí o no lo era. Cedí finalmente ante él. Pedí su permiso para hacer algo.
Fué mi manera de reconocer su autoridad en mi vida. Había sufrido mucho lejos de él. El sólo deseó siempre cuidar de mí y de mi hermana. Trató de llevarnos con la mujer que vivió con él, después de mi mamá. Me llevó a vivir con la segunda mujer a un lugar bonito que yo merecía, pero no supe valorarlo.
A los 15 años, después de dos años de mi rabieta y después de darme varios cabezasos, reconocí mi error. Mi papá esperó pacientemente ése momento. Se daba sus vueltas, no me dejó sin su protección, pero fué firme, no cedió a mis rabietas. Por muy buena que yo me creyera. En el fondo, era y soy muy orgullosa. Soy muy buena en muchas cosas, pero nada de éso vale si no lo pongo al servicio de los demás y no sólo en provecho propio.
Esa fué la lección que tardé mucho en aprender, que mi abuelita quiso enseñarme durante mucho tiempo, que mi papá me había dicho varias veces y que me llevó a recibir una cachetada de su parte. A nadie le había dado una, a ninguno de mis hermanos le dió nunca ni un pellizco. A ninguna de sus mujeres las tocó ni con el pétalo de una rosa, sólo a mí me dió una cachetada. Tenía derecho por ser mi padre, porque tenía razon, porque muchas veces antes, me había enseñado que no era bueno ser tan voluntariosa.
Como por ejemplo, en una ocasión fuimos de paseo a un lugar con mi abuelita. Mi abuelita pidió una campechana como siempre, mi hermana camarones. Yo quise saber a qué sabían los ostiones que mi papá pidió. Me dió uno y me supo bien. Entonces pedí lo que mi abuelita pidió: una campechana. Y no me la acabé. Era mucho para mí, pero yo la pedí. Mi abuelita nos daba un poco de lo que ella comía o nos compraba lo que ella podía.
Ese día, yo pensé en aprovechar como los puercos "revuélcate puerco, ora que hay lodo" jeje. Y pedí una campechana grande, ni siquiera mediana. Grande.
Mi hermana se comió lo que mi papá pidió para ella. Simplemente le dijo que no sabía. El le pidió un coctel chico de camarones.
Pues no me acabé la dichosa campechana. Me cupo sólo la mitad. Mi abuelita como siempre hacía, dijo que ella se comería lo que yo había dejado. Mi papá con voz firme, me dijo "si lo pides, te lo comes".
Ni mi abuelita lo convenció de lo contrario. Hice todo mi drama, ya sabes, lágrimas que conmovían a mi abuelita, caritas de enojo, miradas que fulminan. Todo mi arsenal. Pero él se mantuvo firme.
Finalmente empecé a comerme la méndiga campechana. Mi papá le dijo a la camarera que hiciera el favor de ponérmelo en un vaso desechable para llevar. Mi abuelita se tragó sus palabras, me miraba con ojos de compasión, casi chillaba junto conmigo, pero ya ni rechistó.
Se comió la campechana más tarde en la casa jeje.
Varias veces, también me dijo que "el orgullo era de pen...sarse". Que no era bueno. Pero a mí me parecía que lo decía por otros, no por mí. Le hacía al torero "ole".
Así que sobre advertencia no hay engaño. Para cuando viví con él, no podía decir yo que no sabía lo que no le gustaba.
Las lecturas de hoy, trajeron a mi padre a mis recuerdos. Y mis enfrentamientos con él. No es ningún orgullo decir que fuí a la única mujer a la que le puso la mano encima. A sus mujeres no, porque él no las educó. A mis hermanas tampoco, porque no eran como yo, que me levantaba y me erguía a la primera que no me gustaba. Y era su hija y me amaba, no quería que mi orgullo me hiciera sufrir lo que otras mujeres habían sufrido.
El se crió con sus abuelos como hijo adoptivo. Al lado de 7 mujeres de varias edades. Ahora sí que sabía de qué hablaba.
Mis tías iban desde el blanco hasta el negro, había de todo como en botica. Y a él le tocó ver sus batallas.
Años después, ya casada, platicando con una vecina de mi papá, me dijo que el día de la cachetada, mi papá se puso como loco, lloraba y quitó todos mis posters de la pared. Le dolió la cachetada más que a mí seguramente. Pero se mantuvo firme
Mi padre fué educado por su abuelo Vicente. De él aprendió seguramente muchas cosas, entre ellas a respetar a las mujeres.
Como digo, creció con 7 hijas del abuelo. Una de ellas de su misma edad. Como niños, ella era bien especialita y se lo sonajeaba de vez en vez sin que la vieran o le culpaba de lo que él no hacía. Una vez le sonó y su abuelo lo puso como campeón. "A las mujeres ni con el pétalo de una rosa".
Mi papá fué acusado alguna vez por una de sus mujeres de golpearla. Yo nunca lo ví pegarle a nadie, menos a sus mujeres. Cuando se iban, él las buscó varias veces... pero cuando finalmente ya no regresaban, "a la fuerza, ni los zapatos".
Lectura de la profecía de Daniel 9, 4b-10
¡Ay, mi Señor, Dios grande y terrible, que guarda la alianza y es leal con los que lo aman y cumplen sus mandamientos!
Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra.
Tú, mi Señor, tienes razón y a nosotros nos abruma la vergüenza, tal como sucede hoy a los hombres de Judá, a los habitantes de Jerusalén y a todo Israel, a los de cerca y a los de lejos, en todos los países por donde los dispersaste a causa de los delitos que cometieron contra ti.
Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti.
Pero, mi Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona, aunque nos hemos rebelado contra él. No obedecimos la voz del Señor, nuestro Dios, siguiendo las normas que nos daba por medio de sus siervos, los profetas.
Sal
mo de hoy
Salmo 78, 8. 9. 11. 13
R/. Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados
No recuerdes contra nosotros las culpas de nuestros padres;
que tu compasión nos alcance pronto,
pues estamos agotados.
R/. Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados
Socórrenos, Dios, Salvador nuestro,
por el honor de tu nombre;
líbranos y perdona nuestros pecados
a causa de tu nombre.
R/. Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados
Llegue a tu presencia el gemido del cautivo:
con tu brazo poderoso, salva a los condenados a muerte.
R/. Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados
Nosotros, pueblo, ovejas de tu rebaño,
te daremos gracias siempre,
cantaremos tus alabanzas de generación en generación.
R/. Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados
Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 36-38
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».
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