"Doña Margarita, ¿podemos hablar por teléfono"?- Era una de las preguntas que le haciamos aveces a la cocinera del Internado. Ella era la encargada de la cocina y de la despensa. Y en la despensa estaba el teléfono que podíamos usar o al que podían llamarnos de nuestras casas. Esto sólo en caso de alguna verdadera emergencia.
Era el adulto que estaba, cuando la directora se encontraba en su trabajo. A ella podíamos recurrir en caso de alguna emergencia. Pocas veces fué requerida la verdad. Pero no era suficiente para cuidar de 54 chamacas entre niñas y adolescentes. Ella no podía estar en la cocina y además ver lo que hacíamos.
Después de estar 3 años en el internado, hubo un revuelo entre nosotras. Se había ido Doña Margarita.
A mí me dió pena porque era costumbre al finalizar el año que escribiéramos una carta en donde pusiéramos lo que nos había gustado, lo que no, si deseábamos regresar o no.
A mí Doña Margarita me simpatizaba, me gustaba su manera tan sencilla, callada, pero firme. Me gustaba su comida. Pero como había que poner lo que no nos había gustado, pues no faltó quien dijera que le ponía mucho ajo a la comida. Y de ahí nos fuimos como hilo muchas.
Yo no abrí mi boca para defenderla. En realidad se me hacía cosa tonta quejarse de algo tan bobo. Pero me uní a la bola y al año siguiente, Doña Margarita se había ido.
Llegó entonces otra cocinera, pero ésta venía acompañada de su hija, su yerno y dos hijos, un niño y una niña. El niño entró al internado de varones y la niña al nuestro. La cocinera en la cocina y su hija nos cuidaba en todo (más bien se metía en todo), el esposo se iba a trabajar.
Para empezar, la comida no era tan sabrosa como la de Doña Margarita, su hija al no tener otra cosa mejor que hacer se dedicaba a estar al pendiente de todo lo que hacíamos. AL principio no estaba mal, porque era amable. Pero intervenía en cosas que no debía hacer.
En el internado aprendimos a ser responsables de nosotras mismas y de nuestras compañeras. No había necesidad de un policia. En la mañana estaba la directora. Ella se iba despuecito de nosotras al trabajo. Llegaba cuando estábamos comiendo. Se hacía cargo de revisar que hiciéramos la tarea bien. Estaba siempre disponible. Así que sólo estábamos sólas 1 hora prácticamente, mientras llegábamos de la escuela, nos cambiábamos y, subíamos al comedor.
Tampoco era muy recomendabe que su hija estuviera en el internado al mismo tiempo que ella. La señora estaba acostumbrada a tener su casa, vivir en ella, salir al mercado, etc. como una ama de casa.
La Asociación que sostenía el internado, aceptó a ésta familia pensando en nuestro bien, pero iba en contra del espíritu con que fué formado el internado y la manera en que se había hasta entonces manejado, pero sobre todo, basado en lo que nosotras escuinclas sopencas habíamos escrito, llevadas más bien del hecho de quejarnos de algo que de otra cosa. Tal vez a alguna le molestó que no nos diera dulces de los que había en la despensa o que no nos diera de lo que había en el refrigerador. Aveces había pastel, otras veces algunas frutas que nosotras no podíamos comer.
Pero éso no era culpa de la cocinera ni de nadie. La directora vivía ahi y tenía a su mamá con ella. Esos dulces, pasteles y frutas eran de ellas, compradas con su dinero y no con el dinero de la Asociación. Su familia le llevaba dulces, galletas, pasteles o ella los compraba para cuando iban sus familiares el fin de semana.
Yo lo sabía porque conocía a la mamá de la directora, cosa que no todas porque la directora trataba de que su familia no interfiriera en su labor. Y me quedé callada. No sólo yo, también otra compañera que conocía aún más a la mamá de la directora.
No fué un cambio conveniente para nadie. El matrimonio no se sentía agusto porque no estaban en su casa. Habían aceptado para ahorrarse la renta. De hecho, no deseaban vivir con su mamá que fungió como cocinera. La necesidad los hizo aceptar.
Si el matrimonio quería a su hija y la dejaba ser, la cocinera abuela de la niña, no lo hacía así.
Eso me enseñó otra lección dolorosa: no puedo quedarme callada ante lo que no es justo, sólo por mantener un status con alguien o por conservar el aprecio de alguien. Y menos cuando soy privilegiada al tener la confianza de una persona.
A toda acción corresponde una reacción. Y al quedarnos calladas, todas salimos perdiendo.
Ese año salí del internado. Otra decisión que tomé llevada por el deseo de amistad. A los doce años se vive en una confusión, en un caos si no se tiene confianza para hablar con las personas. Nunca me acerqué a la directora para decirle mis inquietudes. Ella estaba siempre dispuesta a escucharnos, pero había que hacerlo. Muchas veces me acerqué, pero siempre terminaba por alejarme.
He descubierto que cuando uno está más alto, también se está más solo.
Lecciones de vida que aprendí cuando niña y que me han servido en la vida. No es que no me importaran los demás, es que no siempre debo hacer lo que los demás digan, como digan o cuando digan.
Aprendí que se puede hacer mucho más por alguien desde arriba que a su altura. Las águilas vuelan alto y tienen una visión más amplia de lo que sucede. Pude haber intercedido por mis compañeras, pude haber pedido por ellas a la cocinera, a la directora pues yo podía acercarme a ellas más fácilmente que otras. Pude y no lo hice. Las ayudaba es cierto, pero no como debía hacerlo. ¿De qué les servía que les hiciera un dibujo o les regalara una muñeca de trapo hecha por mí? Y es que una cosa es ser chismosa y otra interceder por alguien.
Esas lecciones de vida que aprendí en los 4 años de internado me han sido más útiles que los cintarazos de mi abuelita.
Así puedo ver en la primera lectura, a Abram y la alianza que Dios hizo con El. Abram tuvo que dejar el lugar donde vivía, tuvo una prueba de fé grandísima cuando Dios le pidió el sacrificio de su único hijo.
Yo no tuve el valor de Abram para seguir a quien me pidió hacerlo.
Dios siempre nos lleva a su camino, aunque como yo le dé muchas vueltas al caminito jeje
Primera lectura
Génesis 17, 3-9
Cuando Dios se le apareció, Abram se postró con el rostro en el suelo y Dios le dijo:
“Aquí estoy. Ésta es la alianza que hago contigo: Serás padre de una multitud de pueblos. Ya no te llamarás Abram, sino Abraham, porque te he constituido como padre de muchas naciones.
Te haré fecundo sobremanera; de ti surgirán naciones y de ti nacerán reyes. Contigo y con tus descendientes, de generación en generación, establezco una alianza perpetua para ser el Dios tuyo y de tus descendientes. A ti y a tus descendientes les daré en posesión perpetua toda la tierra de Canaán, en la que ahora vives como extranjero; y yo seré el Dios de ustedes’’.
Después le dijo Dios a Abraham: “Cumple, pues, mi alianza, tú y tu posteridad, de generación en generación”.
Salmo Responsorial
Salmo 104, 4-5. 6-7. 8-9
R. (8a) El Señor nunca olvida sus promesas.
Recurran al Señor y a su poder,
búsquenlo sin descanso.
Recuerdan los prodigios que él ha hecho,
sus portentos y oráculos.
R. El Señor nunca olvida sus promesas.
Descendientes de Abrahán, su servidor,
estirpe de Jacob, su predilecto,
escuchen: el Señor es nuestro Dios,
y gobiernan la tierra sus decretos.
R. El Señor nunca olvida sus promesas.
Ni aunque transcurran mil generaciones,
se olvidará el Señor de sus promesas,
de la alianza pactada con Abraham,
del juramento a Isaac, que un día le hiciera.
R. El Señor nunca olvida sus promesas.
Aclamación antes del Evangelio
Cfr Salmo 94, 8
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Hagámosle caso al Señor, que nos dice:
“No endurezcan su corazón”.
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Evangelio
Juan 8, 51-59
En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo les aseguro: el que es fiel a mis palabras no morirá para siempre”.
Los judíos le dijeron: “Ahora ya no nos cabe duda de que estás endemoniado. Porque Abraham murió y los profetas también murieron, y tú dices: ‘El que es fiel a mis palabras no morirá para siempre’. ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Abraham, el cual murió? Los profetas también murieron. ¿Quién pretendes ser tú?”
Contestó Jesús: “Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, aquel de quien ustedes dicen: ‘Es nuestro Dios’, aunque no lo conocen. Yo, en cambio, sí lo conozco; y si dijera que no lo conozco, sería tan mentiroso como ustedes. Pero yo lo conozco y soy fiel a su palabra. Abraham, el padre de ustedes, se regocijaba con el pensamiento de verme; me vio y se alegró por ello”.
Los judíos le replicaron: “No tienes ni cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?” Les respondió Jesús: “Yo les aseguro que desde antes que naciera Abraham, Yo Soy”.
Entonces recogieron piedras para arrojárselas, pero Jesús se ocultó y salió del templo.

