Cómo me duele que te saquen a bailar

Por Laura Aguilar Ramírez



Ay, Diosito santo. "Cómo me duele que te saquen a bailar" dice una canción. Cuando niña me encantaba una película que se llamaba "La sonrisa de la Virgen". Era una niña pequeña que vivía cerca de la Basílica de Guadalupe) cuando todavía se podía ver ranchos y pueblos cerca de ella, no como ahora que está ya enclavada en la ciudad.

Tenía como 5 años, pues empezó a ir al kinder. Vivía con su abuelita (como yo. Tal vez por éso me gustaba, jeje) Era muy buena. Y yo quería ser como ella, porque al igual que su abuelita, mi abuelita era muy buena.
Una vez se iba a caer de lo alto de las escaleras que llevan a la capilla de las rosas. Se subió al pretil para caminar por ahí, como había visto a otros hacer. Gracias a Dios, pasó un sacerdote y la bajó con cuidado, sin gritarle para que no se asustara con los gritos y se cayera.

Ella era inocente y sin embargo, hacía cosas que no debía hacer, pero nadie le había dicho que no lo hiciera. Es que es imposible que alguien pueda prevenir a un niño de cada situación en la que puede dañarse. O sea, muchas veces se hace algo mal, pero si nadie se lo dice a uno, sigue haciéndolo mal.

He platicado la vez que saqué cosas de la alacena de mi abuelita sin decirle. Nunca lo había hecho y nadie me había dicho que no lo hiciera, además no había visto que regañaran a nadie por hacerlo. Se me hizo natural.
En otra ocasión, cuando tenía yo 5 años, unos niños se metían abajo de la cama y tenían juegos indebidos. Nadie les dijo nada. No nos dejaron jugar a un niño y a mí, así que nos fuimos al baño a jugar. Y que nos cacha una tía abuela que estaba encargada de cuidarnos y nos regañó. Hasta ése momento, supe que no estaba bien. No volví a hacerlo, por supuesto. Pero los otros niños lo seguían haciendo. Les dije que no estaba bien y se rieron de mí.
Me alejé de ellos, triste porque no me hicieron caso.

Y me sentí peor cuando la mamá del niño me dijo "escuincla cochina, no quiero que vuelvas a acercarte a mis hijos". Eso dolió más, porque hasta ése momento, ésa señora me dejaba jugar con sus hijos, me dejaba entrar a su casa que estaba bien limpia. Ella planchaba hasta los choninos de sus hijos, los tenía bien almidonaditos.

Pero lo que me dolió hasta el alma, fué que yo había sido la que invité a su hijo de mi edad a jugar. El era igual de inocente que yo. Y lo regañaron por mi culpa.
Siempre fuí medio lidercilla. Me gustaba cuidar de los otros y me gustaba enseñarle a los otros niños lo que yo aprendía. No para que me siguieran, sino para que aprendieran. Así que varios niños me seguían.
Imitaba a mi abuelita a quien yo veía como el ser más bueno de la tierra

Me alejé de los hijos de ésa señora, no porque ella me lo dijera, sino porque me sentía mala. Le habia hecho daño sin querer a uno de los niños a los que yo había "adoptado". Es que a ellos, su mamá no los dejaba jugar con nadie, porque para ella, todos los chamacos eran mal portados.
Cuando llegué a ésa privada, me dejó juntar con sus hijos, lo cual no hacía con ningún otro chamaco. Me tenía por niña buena. Era con la única con la que los dejaba jugar. De hecho, casi todos los adultos me tenían en ése concepto.

Yo creo que así debieron sentirse Adán y Eva, cuando pecaron y fueron arrojados del Paraíso.

Yo me sentí triste porque desde ése día, ya no volví a jugar con mis amiguitos y no me dejaban entrar a su casa. Y una de ellas, cuando me veía me decía "escuincla cochina, no te me acerques".

Tal vez ése recuerdo, hizo que yo estuviera tan al pendiente de mis hijos. Los dejaba juntar con otros niños, a los que invitaba a mi casa. De hecho, varias veces, unos niños llegaban a acusar a mis hijos de portarse mal, sobre todo al mayor que es tan sociable y tan "vago" según algunos.
No es vago, ni nunca lo ha sido. Yo les permitía a mis hijos salir a jugar. Al menor no le gustaba mucho hacerlo, prefería jugar dentro de la casa y no lo obligaba a salir. Cuando él decidió que era momento de juntarse con otros niños, lo hizo.

Bueno.. cuando los niños llegaban a acusar a mi hijo de pegarles, regañaba a mi hijo. Porque yo sabía que al igual que yo, era medio lidercillo y sabía de qué pie cojeaba. Lo sabía porque estaba al pendiente de él y de los otros niños.
Al igual que sabía que aveces eran los otros niños los que empezaban. Pero él les seguía, a pesar de saber que le estaba prohibido pelear. Podía decirle a las mamás de los chamacos, como los chamacos hacían con él.

Se enojaba mi hijo. Una vez me dijo: "los chamacos me pegan y no les dices nada". 
Le contesté "a mí no me importa lo que hagan ésos chamacos ni ningún otro, me importa lo que hagas tú. Ellos tienen su mamá que los cuida y los educa. Si su mamá no les dice nada, ¿que haces con ellos si te pegan?"
Al poco tiempo, mi hijo empezó a juntarse con otros niños. El mismo encontró la solución a su problema.

Es que cuando llegamos a la unidad, éramos los únicos vecinos. Eramos 2 los que vivíamos en la calle de afuera al principio. En la unidad había casas dentro de las privadas y casas afuera de los condominios. Así que nos juntábamos entre nosotros. Después llegó otra vecina a vivir junto a la vecina con la que me juntaba y empezaron a juntarse porque se veían hasta en la sopa jeje. La barda de atrás estaba baja y se podia platicar con la vecina desde ahí.

Sus hijos empezaron a juntarse entre ellos y mi hijo empezó a ser desplazado. Nuestra casa estaba separada de mi primer vecina por otras 8 casas, que pronto empezaron a habitarse.
En unas vivían sólo niñas, en otras, niños más grandes o más pequeños. No había modo de que mi hijo encontrara con quien jugar entre ellos. Y la vecina de mi primer vecina, tenía un hijo mayorcito que era el lider de sus hermanos y se convirtió en el lider de los hijos de la vecina. Y era medio abusivo con mi hijo que era menor, pero intentaba no dejarse.

Y ahí es donde la influencia de otros, también actúa. Mi suegra les decía a sus hijos que no se dejaran, que se defendieran. Y pronto, se convirtió en batalla campal porque los otros tampoco se dejaban.
Es más, en una ocasión en que sus hijos se estaban peleando, salió a querer separarlos porque su hijo iba perdiendo y le tocó un golpe sin querer, lo cual agravó la cosa.

Pero cuando sus hijos iban ganando, no decía nada. A mí éso no me agradó, por supuesto. Pero pues no me hizo caso cuando le dije que era mejor no meterse. Ya los había enseñado así.
Es ahí dónde estuve más al pendiente de mis hijos. Se debatían entre hacer lo que su abuelita decía y lo que les decía.

Mi hijo terminó por buscar a otros niños de su edad con quien jugar y que visitaban la casa y él era bien recibido en la de ellos.

No podía meter a mis hijos en un nicho como la mamá del chamaco al que sin querer, conduje a hacer algo indebido.
 Ella debió decirle a su hijo lo que estaba mal. Yo era niña recién llegada. Ella conocía a los chamacos que hacían cosas malas, yo no. 
O debió decirme a mí si quería amiguitos para sus hijos, decirme lo que estaba mal. Mi mamá trabajaba y no se daba cuenta de lo que hacíamos. La tía con la que me dejaba mi abuelita, me regaño al darse cuenta. Y entonces supe que había hecho mal. Mi tía me cuidaba y yo la obedecía porque mi abuelita me había dejado a su cuidado.
Mi tía me regañó principalmente a mí, me jaló las orejas- Al otro niño sólo le dijo que no lo hiciera, porque no estaba a su cuidado.

Así sucede muchas veces. No por ser los fundadores de algo, se está en lo cierto. A veces, los recién llegados tienen mejores formas de vida o mejores formas de hacer algo.

Yo he escuchado a varias denominaciones de hermanos separados, pero no me convencen. Unos casi lo hacen y sólo me confundí. Me enfermé.
Hasta que empecé a conocer nuestra fé y he remado mar adentro en ella y he visto que no sólo por tradición o porque así fuí educada se tiene razón, sino que hacen lo que dice la Palabra de Dios.

Es como Naamán, el sirio (como yo que era ignorante porque sólo fuí al kinder en la fé) que tenía lepra. Tuvo que ir varias veces al río a bañarse.
No basta con tener fé si no se conoce en lo que se confía.

Tener fé es confiar. No puedo confiar en cualquiera. Aunque no conosco a nadie, hasta que lo he tratado. Puedo dejarme guiar por alguien en quien confio, sí, pero no en alguien que no he tratado.

Pasó mucho tiempo antes de que me presentara ante el Santísimo Sacramento, a pesar de tener ya más de 55 años y haber estado aprendiendo de la fé por casi 15 años. Acercarme al Santísimo Sacramento me daba no sé qué. Mirarlo simplemente se me hacía difícil. Bajaba la vista. Al principio,se me hacía raro. Sentía miedo de creer en El. No entendía. Tal vez porque me asomé a doctrinas raras cuando no sabía bien de la mía. Sólo me asomé, por supuesto, no me caí como no se cayó Marita, la niña que visitaba a la Virgen en la Basílica en la película "La sonrisa de la Virgen". O como cuando de niña jugué a lo que no debía. Hubo quien me jaló para que no me cayera y lo hizo sin gritos para que no me cayera al asustarme.

Al igual que Marita, yo deseaba desclavar a Jesús de la cruz, limpiarle la sangre de su cuerpo y su cabeza. Veía las imágenes y podía tocarlas, podía ver su figura humana, podía ver a los santos, a la Virgen, a Jesús como humanos, pero verlo en el Santísimo Sacramento no lo entendía. Lo hacía, pero no lo entendía. Por lo tanto, se me hacía hipócrita de mi parte el decir que lo adoraba si no podía siquiera verlo.
El Párroco que tenemos, nos invitó a ir al Santísimo Sacramento en silencio. 
He pasado dos horas ante El. Cuando supe que eran dos horas, me llevé mi libro de Adoración Nocturna y la Biblia porque me es imposible estar dos horas sólo sentada frente a El. No sé orar sin una guía. Y el libro de la Adoración nocturna me ayuda a estar con El y a adorarlo.

Como he dicho antes, a la Virgen me era más fácil acercarme. Pero tardé mucho en acercarme a Jesús. Aprendí a quererla a ella cuando niña le llevaba flores o cuando me llevaban a la Basílica o cuando rezábamos en el internado frente a una imágen de Ella.
Pero a Jesús me costó acercarme.

A la Virgen como con mi abuelita, deseaba no hacer lo que a ella no le gustaba y era obediente. Y sin embargo, llegué a desobedecerla alguna vez.

Eso duele más que todos los cinturonazos que mi abuelita me pudo dar cuando me porté mal. Sólo con verla triste o verla enojada, bastaba para sentirme mal.
Pero seguía haciendo cosas malas por seguir a personas simpáticas, aunque mi abuelita me hubiera dicho que no era bueno lo que hacían. Total, que ni me divertía de verdad al juntarme con ellas, porque sabía que hacían mal, pero no podía dejar de juntarme con ellas.
Me hubiera quedado sóla y sin amigos. 

Trataba entonces, de enseñarles a ser distintos, mostrándoles que lo que hacían, estaba mal y les decía porqué era más conveniente otra manera de hacer las cosas. O simplemente estaba con ellas, pero no hacía lo que ellas. Terminaban por darse cuenta que a ellas les iba mal tarde o temprano y a mí no.

Trataba de enseñarles que cuando me caí, fué por mi culpa o por distraída, no porque no me hubieran enseñado o hubiera aprendido por la mala. 
 Dice un dicho "nadie experimenta en cabeza ajena" Pero puedo ver lo que les sucede a otros para no caer en el mismo agujero que ellos. 
No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oir.
No se nace sabiendo, se va aprendiendo.

Como ya es costumbre, amanezco pensando en algo y cuando escucho las lecturas y el sermón del día, veo porqué pensaba en éso.
Es como cuando pone uno el despertador a una hora. Así yo veo que voy bien. Coincide lo que pienso con lo que dice Dios.
 Es que llegué a ser muy confiada. Demasiado.
Y tan malo es desconfiar de todo y de todos, porque es como vivir en el nicho en que Don Pedrito ponía al Niño Dios que tenía, como confiar en todo y en todos.

Recuerdo que el Niño Dios de Don Pedrito era muy bonito, pero lo tenía en  una especie de burbuja de cristal con base de madera. Sólo podíamos verlo, pero no tocarlo. No podíamos limpiarlo, ni cambiarle sus vestiditos. Decía que no era juguete. 

Pero yo veía otros Niños Dios a los que les cambiaban sus vestidos o se los lavaban. Al suyo no. Mi mamá limpiaba la burbuja de cristal con un paño húmedo, pero no le estaba permitido destapar al Niño Dios.
No recuerdo que nunca lo hubieran sacado de su nicho.Se me hacía triste hasta mirarlo. Pero no era a mí a quien le tocaba limpiarlo. Como niña, podía romper no sólo el nichito, sino hasta al Niño Dios.

Tengo uno yo misma que se me cayó y quedó sin la punta de un dedito. Así lo tengo hasta ahora. Si a mí siendo adulta, se me cayó. Mucho más fácil se me hubiera caido cuando era niña.

Mi Niño Dios no tiene nichito, ni sillita como otros. Se le ensucian sus vestiditos y se empolva. Debo limpiarlo y dejarlo sin vestir cuando lavo su vestido, porque sólo tiene un vestidito que le hice hace ya algunos años.
Lo tengo en el altar enmedio de la casa, junto a un cuadro de la Virgen que compré a una mujer cuyo esposo estaba en la cárcel y al que de vez en vez le doy su barnizada. Y junto a un cuadro de la Divina Misericordia que me regaló una persona devota. Está junto a San José dormido que mi esposo quiso le regalara. Junto a la imágen de la Virgen que mi abuelita tenía y ante la que oraba y que me regalaron cuando ella falleció.Y junto a otros santos que me han ido regalando.
Se empolvan y hay que limpiarlos. Es ahí cuando entendí porqué Don Pedrito tenía a su Niño Dios en un nicho.
PRIMERA LECTURA
Muchos leprosos había en Israel, pero ninguno fue curado, sino Naamán, el sirio.
Del segundo libro de los Reyes 5, 1-15a

En aquellos días, Naamán, general del ejército de Siria, gozaba de la estima y del favor de su rey, pues por su medio había dado el Señor la victoria a Siria. Pero este gran guerrero era leproso.

Sucedió que una banda de sirios, en una de sus correrías, trajo cautiva a una jovencita, que pasó luego al servicio de la mujer de Naamán. Ella le dijo a su señora: “Si mi señor fuera a ver al profeta que hay en Samaría, ciertamente él lo curaría de su lepra”.

Entonces fue Naamán a contarle al rey, su señor: “Esto y esto dice la muchacha israelita”. El rey de Siria le respondió: “Anda, pues, que yo te daré una carta para el rey de Israel”. Naamán se puso en camino, llevando de regalo diez barras de plata, seis mil monedas de oro, diez vestidos nuevos y una carta para el rey de Israel que decía: “Al recibir ésta, sabrás que te envío a mi siervo Naamán, para que lo cures de la lepra”. Cuando el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras exclamando: “¿Soy yo acaso Dios, capaz de dar vida o muerte, para que éste me pida que cure a un hombre de su lepra? Es evidente que lo que anda buscando es un pretexto para hacerme la guerra”.

Cuando Eliseo, el hombre de Dios, se enteró de que el rey había rasgado sus vestiduras, le envió este recado: “¿Por qué rasgaste tus vestiduras? Envíamelo y sabrá que hay un profeta en Israel”. Llegó, pues, Naamán con sus caballos y su carroza, y se detuvo a la puerta de la casa de Eliseo. Este le mandó decir con un mensajero: “Ve y báñate siete veces en el río Jordán, y tu carne quedará limpia”. Naamán se alejó enojado, diciendo: “Yo había pensado que saldría en persona a mi encuentro y que, invocando el nombre del Señor, su Dios, pasaría la mano sobre la parte enferma y me curaría de la lepra. ¿Acaso los ríos de Damasco, como el Abaná y el Farfar, no valen más que todas las aguas de Israel? ¿No podría bañarme en ellos y quedar limpio?” Dio media vuelta y ya se marchaba, furioso, cuando sus criados se acercaron a él y le dijeron: “Padre mío, si el profeta te hubiera mandado una cosa muy difícil, ciertamente la habrías hecho; cuanto más, si sólo te dijo que te bañaras y quedarías sano”.

Entonces Naamán bajó, se bañó siete veces en el Jordán, como le había dicho el hombre de Dios, y su carne quedará limpia como la de un niño. Volvió con su comitiva a donde estaba el hombre de Dios y se le presentó, diciendo: “Ahora sé que no hay más Dios que el de Israel”.
Palabra de Dios.

SALMO
Del salmo 41
R/. Estoy sediento del Dios que da la vida.

Como el venado busca el agua de los ríos, así,
cansada, mi alma te busca a ti, Dios mío.
R/. Estoy sediento del Dios que da la vida.

Del Dios que da la vida está mi ser sediento.
¿Cuándo será posible ver de nuevo su templo?
R/. Estoy sediento del Dios que da la vida.

Envíame, Señor, tu luz y tu verdad;
que ellas se conviertan en mi guía
y hasta tu monte santo me conduzcan,
allí donde tú habitas.
R/. Estoy sediento del Dios que da la vida.

Al altar del Señor me acercaré,
al Dios que es mi alegría,
y a mi Dios, el Señor,
le daré gracias al compás de la cítara.
R/. Estoy sediento del Dios que da la vida.

ACLAMACIÓN
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.

Confío en el Señor y en sus palabras, porque del Señor viene la misericordia y la redención.
R/.Honor y gloria a ti, Señor Jesús.

EVANGELIO
Como Elías y Eliseo, Jesús no ha sido enviado sólo a los judíos.
Del santo Evangelio según san Lucas 4, 24-30


En aquel tiempo, Jesús llegó a Nazaret, entró a la sinagoga y dijo al pueblo: “Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra. Había ciertamente en Israel muchas viudas en los tiempos de Elías, cuando faltó la lluvia durante tres años y medio, y hubo un hambre terrible en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda que vivía en Sarepta, ciudad de Sidón. Había muchos leprosos en Israel, en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, que era de Siria”.

Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta una barranca del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de allí.
Palabra del Señor.