Mi mayor tesoro

Por Laura Aguilar Ramírez




Ayer el Evangelio que se nos leyó, habló de las bienaventuranzas. Esas lecturas son bien bonitas, porque como nos dijo el Padre, todos deseamos ser felices, todos buscamos la felicidad. Todos deseamos las bienaventuranzas que Cristo promete. De éso se trata la vida.

Y mientras lo escuchaba decir que la iglesia es una comunidad en la que convivimos los miembros, mientras lo escuchaba elogiar a los servidores que de una manera u otra trabajamos para que todo funcione bien y lo hacemos sin cobrar dinero, yo recordé a aquellos gracias a los cuales soy lo que soy.

Recordé a las personas que sostenían los internados en el que estuve y en los que fuí feliz. Recordé a Don Lupe, propietario de un rancho que cooperaba con el internado llevando frijol y verduras que cosechaba. A ése internado acudiamos niñas como yo, que nuestros padres no podían cuidarnos en casa.

Iban niñas de ranchos lejanos que no tenían manera de ir diario a la escuela.
El contaba con una camioneta en la cual transportaba a sus hijos y a los niños de los trabajadores de su rancho. Pero sabía que otros no contaban con éso y él cooperaba para que recibieran también educación.

Ese internado estaba al costado de la iglesia, atendido por religiosas a las que llamabamos madres. Ellas se encargaban de dar las clases de kinder, primaria y secundaria junto con profesores de la comunidad.
Otras, se encargaban de la cocina. Personas de buena voluntad, se encargaban de ello y del mantenimiento y limpieza de la escuela y del internado.
En la mañana, los niños y niñas acudíamos a clases normales. Las y los niños del internado acudiamos primero a la misa diaria. Salíamos los viernes para pasar el fin de semana en nuestras casas con nuestras familias. Mi tía, mi hermana y yo, pasábamos los fines de semana en el rancho de Don Lupe y Doña Anita, que eran compadres de mi abuelita, porque ella trabajaba en la CDMX.

En ése internado se cobraba una cuota pero era accesible a todos, no era pesada. Ahí estuve sólo un año de kinder. Mi abuelita me sacó por recomendación de la maestra. Empecé a orinarme en la cama porque mis compañeras de internado, me asustaban con cuentos de fantasmas, me volví muy callada.
En una ocasión, provoqué sin querer, una pelea.
La madre nos estaba enseñando un baile para festejar el día de las madres. Nos puso por parejas. A una compañerita le molestó que me pusieran de pareja con el niño con el que ella quería bailar y cuando la madre fué a atender un asunto y nos dejó practicando el baile, ella simplemente lo jaló. Yo me enojé por su abuso. Me gritó, le grité. Me pegó y yo le pegué. Se acercó su hermana mayor y me pegó. Entonces, mi hermana que tenía la mecha corta, le pegó. Mi hermana pegaba duro, a pesar de ser chaparrita siempre fué muy brava.

Total, que se armó el escándalo. Y mi hermana y yo, fuimos castigadas. Las otras niñas no, porque eran hijas de un dirigente de la presidencia municipal y eran consentidas por él. Así que todos les hacían la barba y ellas hacían lo que querían. Viéndolo a la distancia, es la clásica lucha entre rancheros y miembros del gobierno que muchas veces abusan de su puesto. Fuí expulsada, por supuesto.

Después, estuve en otro internado cercano de donde vivía mi familia. Era muy distinto, pero también era sostenido po miembro de la comunidad eclesial.
La señorita Delta lo dirigía, pero lo sostenía una Asociación formada por personas con recursos variados. Había quien tenía un poco más y había quien tenía un poco menos.
También se cobraba una cuota, pero era muy baja. Asistíamos niños y niñas. También salíamos los viernes para ir a nuestras casas, pero acudíamos a las escuelas cercanas. Esos año fueron los más felices de mi infancia. Marcaron mi vida. Conocí una forma distinta de vivir, de comer. Aprendía la impotancia de la disciplina, del estudio, de convivir con otras niñas distinaas, de varios colores, de varias clases sociales. Había desde hijas de sirvientas, de choferes, de obreros hasta hijas de licenciados. Había niñas hijas de madres solteras, de matrimonios, de viudas.

Eramos niñas desde los 6 años hasta los 18. Convíviamos como hermanas, ahora lo veo así. Ahí aprendí que había que esforzarse por tener lo que se deseaba. Lo aprendí de una manera bonita. Nos hacíamos cargo de nuestras labores que consistían en la limpiea del internado, nos hacíamos cargo de cuidar nuestras pertenencias (ropa y libros) Aprendí a ser responsable. Aprendí a ganarme los paseos de Guías de México que tienen un costo, pero que para nosotros eran gratuitos. Mejor dicho, ganados con nuestro esfuerzo, nuestra conducta, nuestras calificaciones, no sólo en la escuela sino también en las actividades que nos daban.

De hecho, por ése internado pasaron varias muchachas que hacían su servicio comunitario de la universidad. Nos enseñaban inglés, nos leían libros y nos cuestionaban lo que leíamos. No enseñaban mecanografía. Me gané también el derecho a ir a un viaje a Estados Unidos a Disneyworld. Había un cuadro de honor en el que estuve los cuatro años que viví ahí.

Me gané cada paseo, cada bienaventuranza que se nos brindaba. Siempre he estado agradecida a ésas personas anónimas, porque sólo conocí a una, cuando le hicimos una visita. Hacían el bien sin exigir siquiera recibir alabanzas y admiración de nuestra parte.

Estoy viendo una serie situada en la época de fines de 1800 y principios del siglo pasado en Inglaterra, la vida de la clase alta, duches, condes y demás. Llena de bailes, fiestas presididas por la reina. Bailes llenos de comida, de decoraciones. Su preocupación eran qué vestido ponerse y tener el favor real. Más o menos, como las niñas del primer internado en el pueblo mexicanense en el que estuve.

Y no puedo evitar comparar la clase de vida de ésas personas con las de la Asociación que sostenía los internados, además del asilo para huérfanos cerca de mi casa. Personas con mayores o menores recursos económicos, con familias que llaman en la actualidad, adineradas.
Personas que comparten con otros, los bienes que tienen. No porque les sobren, porque a nadie nos sobra nada, a todos nos hace falta siempre el dinero. A unos, tal vez para comer cosas que se les antojan y no pueden comprar y a otros, para mandar a sus hijos a la escuela. A todos nos hace falta y pocos estamos dispuestos a dar de lo nuestro a otras personas y menos, si no son de nuestra familia.

Esa Asociación hizo mucho bien. Y ésa creo yo, es su mayor satisfacción. Saber que gracias a ésa mucha o pequeña aportación, muchas niñas y niños fuimos felices, aprendimos a ser personas de bien.

Muchas veces he pensado en lo que hubiera sido mi vida sin personas como ellos. Muchas muchachas y muchachos cercanos a mí, cayeron en las drogas, en el alcoholismo. Otras terminaron en burdeles o siendo amantes de personas con recursos, deseosas de tener lo que no tenían.

Creci en un lugar que fué rural y al que llegó el cine para bien y para mal. Para bien, porque la colonia se llenó de parques, de casas grandes y bonitas, se tenía pavimento y era un lugar bello.
Para mal, porque también llegaron personas que vivían bailando, bebiendo y llevando una vida no muy buena. Ví a un primo morir por una sobredósis, ví a una muchachita drogada. Había llegado del rancho y se dejó llevar por la vida disipada de algunos, confundiendo los placeres por vivir bien.

Era como un cuchillo caliente en una barra de mantequilla que la derrite. La vida rural, donde se vivía trabajando en el rancho o cuidando cerdos, vacas o sembrando maíz y frijol, se convirtió en una colonia muy bonita. Mi familia era de los que tenían terrenos, sembradíos y huertos. Vecinos suyos tenían vacas o cerdos
La vida era tranquila, con festejos d la iglesia. A mí todavía me tocó ver las tardeadas donde los muchachos bailaban, sin alcohol. Me tocó disfrutar de las ferias para celebrar a los patrones de cada Parroquia. Me imagino que la vida de mi abuelita y de mi padre, fué todavía más tranquila que la mía.

Pero se dió un choque entre ésa vida tranquila, basada en la comunidad eclesial y la vida de placeres y lujos que vivían muchos de la comunidad del cine. En el parque en el que jugamos muchas veces, empezaron a acercarse personas vendiendo droga y varios cayeron en ello.

Gracias a la Asociación, muchas vidas se salvaron de caer en cosas así. Ese es el resultado de su labor. Dios siempre las bendiga por ello.

Eso son las bienaventuranzas de las que Jesús habla. No tiene que ver con tener poco o mucho dinero, como dijo bien el Padre en su sermón, sino con la pobreza de espíritu, con dar no de lo que nos sobra, sino de lo que tenemos a otros para gloria de Dios y de todos.

Recuerdo que había cerca un convento al que las niñas acudían a recibir la doctrina para la Primera comunión. Era bonito. Yo ya la había hecho, así que no asistí a ésas clases, pero mis compañeras llegaban cantando y nosotras las acompañábamos. El internado se llenó de canciones en las que se habla de Dios. Cuando fué su primera comunión, fuimos a la iglesia del convento. Fué hermosa la misa.

En el pueblo (ahora colonia) en el que crecí, había otro internado enfrente de la iglesia. También era sostenido por personas de buena voluntad.

Este es mi tributo y mi agradeciento a personas de las que no conozco ni su nombre, pero que hicieron de mi vida, una vida digna.
Creo yo que el dinero es para hacer el bien, como todo que Dios nos ha permitido tener.

El internado ya no existe en la actualidad. Aunque sigue sirviendo el edificio para atender necesidades de niños y niñas.
El edificio fué construido por Miguel Angel de Quevedo ingeniero nacido en Jalisco, conocido como el apóstol del árbol, porque dedicó gran parte de su vida a fomentar el cuidado forestal, fundando la Sociedad Forestal mexicana en los tiempos de Don Porfirio Díaz- Don Miguel Angel de Quevedo estudió en Francia y quiso al regresar a México, aplicar lo aprendido allá. Cedió su rancho Panzacola para tal efecto. Fundó los Viveros de Coyoacán. Nació el27 de septiembre de 1872 y falleció el 15 de julio de 1946.

Ambos internados fueron puestos en casas de su propiedad. Uno al inicio de la calle Francisco Sosa y el otro, al final de ella.
Gracias a él tenemos ése bello rincón de la Ciudad de México, tan arbolado y tan bello.

Gracias a personas como él, que cedió su propiedad para bien de muchos, gracias a personas que se asociaron para hacer de nuestra vida algo mejor.

Gracias por su testimonio de que el dinero no es sólo para placer propio, sino como dice la Palabra de Dios en Mateo 6, 19 para "atesorar bienes en el cielo".

Y siguiendo con el sermón del Padre en la Capilla, que es finalmente lo que dió lugar a ésta entrada, las cosas no deben quedar ahí.

El sermón de las bienaventuranzas no es sólo para ser escuchado, recordado y guardado en un rincón. Es para vivirlo.

El Padre nos preguntó qué estamos haciendo para hacer posible ésas bienaventuranzas en nuestra vida. Cristo no sólo predica, sino dice "Sígueme". El que deja todo: padres, hijos, amigos para seguirlo, encuentra ésas bienaventuranzas.

¿Y cómo yo, casada, con hijos, con familia puedo seguirlo?  ¿Debo dejarlo todo para hacerme religiosa? Esas fueron preguntas que yo también me hice. Y no.

No se trata de hacer algo así, sino de dejar las dependencias que tengo hacia ésas personas a las que amo tanto.
Yo amé y amo a mis padres y hermanos, pero cuando encontré a la persona con la cual casarme, dejé todo para formar mi propia familia.

En muchas ocasiones, la vida me puso en encrucijadas entre ésos mis grandes amores.

Para mí, la escuela era muy importante. Tuvo el privilegio de ser un poco más inteligente que otras personas, tengo un IQ ligeramente mayor que otros. Eso me dió la capacidad de aprender más fácilmente que otros. Eso no quiere decir que no pusiera yo mi esfuerzo en aprender, sino que lo podía hacer con mayor facilidad que otros. 

Y Dios puso en m vida a alguien como la señorita Delta, la directora del internado. Cada tarde se nos convocaba al estudio donde haciamos tarea o repasábamos lo aprendido. Ella, se sentaba en un escritorio y revisaba las tareas, resolvia dudas de nosotras. Y yo sin darme cuenta, empecé a imitarla. Empecé a hacer lo mismo que ella. La admiraba. Admiraba su paciencia, su dedicación con niñas que no eran ni de su familia. Iba más allá de lo que un sueldo pagaba. 

Empecé a ayudar a mis compañeras en sus estudios. Yo por ejemplo, acababa un exámen más rápido que todas. Captaba las clases de manera casi inmediata. Estuve siempre en el cuadro de honor del internado, en la escuela estuve siempre en las primeras bancas que era donde ponían a los alumnos más aplicados. Pero nada de lo que Dios nos da sirve si no se pone al servicio de los demás.

Y a mí me dió una capacidad especial para aprender. Y la puse al servicio de mis compañeras siguiendo el ejemplo de ella, de la señorita Delta. Aprendí de ella a dar un poco más de lo que mi sueldo o mi paga o mi trabajo requiere. Eso que el dinero no paga.

Toda mi vida he tratado de hacer lo que ella hacía. Eduqué a mis hijos siguiendo su ejemplo. Ella no se casó, porque su dedicación y amor a su labor no le dejó tiempo para hacerlo. Amaba a los niños más que el tener una familia propia. Así como algunos cínicos dicen "para qué casarse con una si puedo hacer felices a muchas", ella no se casó para darse a  niñas como yo.

Ella fué mi gran ejemplo, mi luz a seguir en mi infancia. Pero hubo una lucha en mi interior. Ella  me ofreció una carrera universitaria. Para ello debía seguir en el internado y al terminar, irme a vivir a una casa de señoritas. Ella me ayudaría a lograr ser una profesionista. Veía mi potencial y consideraba que sería muy bueno para mí.

Pero dentro de mí, deseaba algo más que el éxito profesional. Deseaba una familia. Y dejé el internado para regresar a mi casa, con mi familia, con mi abuelita. Me dediqué a ser para ms sobrinos lo que había sido para mis compañeras, una ayuda.

En mi adolescencia, tuve otra gran influencia: mis tías, esposas de los hijos de mi abuelita. Me acerqué primero a una tía, le ayudé con sus hijos, le ayudaba a hacer su quehacer mientras ella trabajaba. Llegué a apreciarla mucho, pero tuvo problemas con mi tío y se fueron a vivir a otro estado.
Me sucedió con ella, lo que con todas las mujeres importantes de mi vida: se fué sin volver la mirada hacia mí. 
Me llevaba con su familia, me invitaba al circo, a fiestas infantiles. Abrió un mundo nuevo para mí... y me dejó sin volver la mirada.

Después me acerqué a otra tía, esposa de mi tío menor. Era alegre y era sociable. Ella me enseño a cocinar. Viví con ella, le ayudé con sus hijos que era lo mejor que sabía yo hacer. La seguí con su familia, escuchaba sus consejos. Y me dejó como las otras.
Cuando se cambió de casa ni siquiera hizo el intento de volver a verme.

Pero también de ellas aprendí. Aprendí a no encender luces en la vida de nadie para después dejarlas apagarse sólas. Cada una de ésas despedidas dejó dolor en mi corazón. Entregaba mucho y no recibía nada a cambio.

Finalmente, llegó a mi vida mi suegra.  Ella supo acompañarme. Era más que mi suegra. Me llegó a tratar como a su hija. Con ella encontré lo que buscaba: una familia. Y por ésa familia luché. Luché por mejorarla, luché por qyudarla. Luché con todas mis armas. Porque son también la familia de mis hijos.

Gracias a ellos, mis hijos tuvieron lo que yo no tuve y lo que deseé más que todo. 
Cuando uno encuentra lo que busca, entonces lucha por no perderlo. Y ésa finalmente es la lucha más importante. A veces se deja atrás mucho y muy querido. Como dice la Palabra de Dios: "quien encuentra un tesoro,  va y vende lo que tiene para comprarlo"
Yo "vendí" mis padres, mis hermanos, mis tíos y sobrinos tan queridos por aquello que sentí era mejor. Y ya son 45 años de haber formado mi propia familia.

Mi suegra me llevó con su familia y yo hice lo que siempre: ayudarla. Ella me llevó con sus amigos y yo la ayudaba. Ella me enseño a querer a quienes quería. 
Pero cuando llegaron los problemas tan fuertes que pasamos mi esposo y yo, me dejó sóla. Me dejó venir tan lejos, me vió perder todo. Acudí a pedir su ayuda y no pudo ayudarme. No quiero pensar que no quiso, porque éso no lo sé. Lo cierto es que llegamos aquí sin un quinto. 

Mi tía abuela me ayudó entonces a rehacer mi vida. Y todos los demás se quedaron atrás. Aquí encontré otras personas que han sido importantes para mí y para mis hijos: la esposa de un primo, una amiga que sostuvo a mis hijos cuando me perdí, cuando estuve a punto de perder la razón, unos primos que me brindaron un cuarto dónde vivir. Un profesor de mis hijos. Un doctor que ha sido un faro en la luz de uno de mis hijos.

Es muy fácil estar en la vida de las personas, cuando están en la cima, cuando te dan, pero las más valiosas son las que están cuando te caes. Aquellas que te ayudan a levantarte, aquellas que no te preguntan de dónde vienes y no esperan que les des, aquellas que están dispuestas a sostener tu mano y enjugar tus lágrimas.

Y éso solmente lo encontré aquí. Entre personas que conocen lo que es no tener nada.

Eso para mí, es la respuesta a la pregunta que el Padre nos hizo en el sermón.
No basta con escuchar, no basta con sentarse en una silla y hacer como que no oí. Otro sacerdote muy querido por mí, nos decía como despedida: "vayamos a vivir lo que aquí hemos aprendido".

En mi vida actual, oigo la voz de aquellos que predican la palabra de Dios, que nos brindan los sacramentos en su nombre. Y hago lo que siempre: ayudarlos, ponerme al servicio de Dios., lo cual es el mayor tesoro.

Finalmente, encontré el tesoro por el cual vale la pena luchar. El tesoro que reúne todos los demás, cumpliéndose aquello de "busca el Reino de Dios y lo demás te será dado por añadidura"