Esta mañana me levanté tarde. Me está costando trabajo volver a la rutina después del tiempo de invierno en que hacía tanto frío en mi casa, tanto que parecía congelador. El invierno fué muy duro, con temperaturas muy bajas.
Eso me lleva a lo difícil que es remontar alguna circunstancia difícil en la vida. Lo más sencillo es culpar a otro, lo más fácil es tomar cualquier pretexto para seguir un camino equivocado.
He hablado poco de Don Pedrito. Esa persona fué muy difícil de tratar. No quiero juzgarlo porque sólo Dios conoce su corazón y yo no sé si se arrepintió o no, pero por lo pronto fué un gran obstáculo.
Alguna vez me pregunté porqué mi abuelita accedió a vivir con él.
He llegado a la conclusión de que se dejó engañar por él.
Recuerdo perfectamente el día en que lo ví por primera vez. Vivíamos en un cuarto que nos prestó una tía, hermana de mi abuelita. Otra tía se encargaba de darnos de comer y de echarnos un ojito de vez en vez.
Yo esperaba con ansías el momento de ver aparecer a mi abuelita por la calle. La ventana del cuarto daba exactamente a la calle, desde ahí se veía la entrada del callejón. Era mi sitio preferido.
Desde ahí podía ver cuando llegaba mi papá, cuando llegaba mi abuelita del trabajo. Veía llegar a mi tía de la escuela.
Ese día, ví venir a un señor corriendo, tenía los ojos desorbitados. Tocó en nuestra casa y salí a abrir porque nuestro cuarto estaba a dos pasos de la puerta de entrada y era algo que me tocaba hacer: abrir la puerta a quien tocaba. Debía fijarme antes de hacerlo y preguntar quien era, qué quería, etc. Tenía 8 años en ése entonces y me habían dado ésa responsabilidad.
Preguntó por mi abuelita, me dijo que era un compañero de trabajo. Mi abuelita estaba con mi tía. Era sábado y no trabajaba. Fuí a decirle quién era y lo dejó entrar.
El señor decía "me quieren matar, me quieren matar". Mi abuelita me mandó con mi tía y no supe qué más hablaron, pero al día siguiente me llevó mi abuelita a una casa en la colonia vecina. Eran 3 habitaciones grandes, una pequeña cocina y un patio chico. Se entraba por un pasillo.
Era oscura. Los pisos eran de madera y las paredes eran muy altas. No me gustó. Tenía cortinas de terciopelo guindas. Los muebles eran de buena calidad.
Mi abuelitia vendió entonces el terreno por el cual había tenido problemas con mi papá. Ese terreno se lo dejó su abuelo a mi papá. A mi abuelita no le había dejado nada porque ella no era muy obediente. Le perdonó que se hubiera ido con mi abuelito sin casarse, la aceptó cuando regresó con mi papá pequeño, le dió su apellido y cuidados al niño. Mi abuelita encontró a otro señor y se fué con él, tuvo dos hijos, pero no funcionó la cosa y regresó.
Después se fué con un hombre casado y ´pretendió que la recibieran de nuevo. Mi bisabuelo ya no la aceptó. Ella se dió la vuelta y se fué muy ofendida. No fué fácil su vida, pero nunca regresó a pedirle perdón a su papá. El murió y ella no regresó.
Mi papá había quedado con sus abuelos quienes lo criaron como a un hijo más. Al morir, su abuelo le dejó un terreno, pero como no había hecho testamento (en ésos tiempos, bastaba la palabra) sus hijas pusieron el terreno a nombre de mi abuelita. Y ella dejó a dos de ellas vivir en el terreno con viviendas que su padre había usado para rentar. Mientras, construían en sus respectivos terrenos que les había dejado su padre.
Mi papá no las hubiera dejado vivir ahí. Pensaba seguir rentando las viviendas. Aprovecharon que era marinero y tenía que ausentarse porque vivía en Acapulco.
Mi abuelita vendió ése terreno a otra de sus hermanas, cuya hija se iba a casar.
Contado así, mi abuelita aparece como la mala del cuento, lo cierto es que pretendía evitar problemas entre sus hijos. Mi papá no era muy querido por sus hermanos.
Uno de ellos, se había casado y vivía en otros cuartos junto a nosotros y deseaba el terreno. Hubo una discusión entre ellos a causa de éso.
Total. Que mi abuelita vió una oportunidad de tener por fin casa. El señor le propuso irse a vivir con él. Era soltero, su mamá había fallecido hacía poco.
Trabajaba en la misma fábrica y parecía un buen hombre. Trabajador y responsable.
Así llegamos a su casa. Con el dinero de la venta del terreno, mi abuelita hizo en el patio la cocina, con láminas transparentes para que entra luz y calor. Mandó poner cemento a los cuartos, excepto el de don Pedro porque él no quiso.
Ese piso debió salir bien caro, porque tenía como medio metro de espesor. Mandó arreglar el techo que era de mampostería, puso castillos para reforzar las paredes que eran de adobe recubierto con cemento. En fin. La casa ya no se veía tan mal. Hasta bonita se veía. Entraba el sol por las dos ventanas, por un tragaluz del cuarto donde dormíamos y por el techo de la cocina.
En el pasillo, había una breva que siempre estaba verde y daba higos verdes que no servían para comer como fruta, sino para hacer higos en almibar, había botes con azucenas que la mamá de Don Pedrito sembró y cuidó y que después cuidé yo.
El terreno lo habían comprado a medias con un vecino. En el frente vivíamos nosotros y en la parte de atrás el vecino con su familia. A mí me caían bien las vecinitas. Eran varias hermanas y varios hermanos. La señora era muy amable, al señor lo conocí poco. Casi no salía de su casa.
Pues bien. Según decía Don Pedrito, aprovechando que él trabajaba y que su mamá también lo hacía, el vecino agarró un metro del terreno de él. Ese fué el pleito durante todo el tiempo que vivió ahí.
Don Pedrito era homosexual. Su mamá tenía problemas con él por ésa causa. Además era medio maniático.
Me contaron mis vecinitas que una vez la señora salió corriendo y Don Pedrito la corretió por el pasillo. Como le gustaba aparentar lo que no era, no la siguió más allá de la puerta.
Me dijeron también que seguido oían a la señora llorar o los escuchaban discutir. Como niñas fantasiosas, me dijeron que él la había matado. Eso no lo sé, ni me atrevo a asegurarlo.
Lo cierto es que no era buena persona. Recuerdo muchas ocasiones en que vimos ésto.
Por ejemplo, en una ocasión en que mi abuelita había ido al rancho a ver a su comadre, nos quedamos con él. El señor acostumbraba ir los sábados al baño. En la casa no teníamos regadera y él se iba al vapor, no se bañaba en la semana.
Ese día llevó a un hombre, lo sentó a la mesa y le servimos de comer.
Don Pedrito lo trataba muy mal. Tenía el salero a su alcanse, pero le pedía al señor que se lo diera. También que le sirviera su pulque que tomaba todos los días y lo hacía con malos modos.
Al llegar la noche, lo acostó en su cama. En nuestra recámara se oía cómo tenían relaciones pero don Pedrito lo maltrataba. Fué una noche terrible.
Mi mamá llegó al otro día y al enterarse de lo sucedido, tomó un cirio gigante, lo llevó a la recámara de don Pedrito, lo encendió mientras rezaba. Don Pedro se enfureció y discutieron muy feo. Nos corrió de la casa.
Nos fuimos con mi tío, hijo de mi abuelita que vivía cerca. Ahí estuvimos algunos días. Don Pedro fué, le rogó a mi abuelita, le prometió no volver a llevar a ningún hombre a la casa. Regresamos. El cumplió, pero creo que nunca nos perdonó.
Esa fué una de las razones por la que su mamá discutía con él. También a ella le llevaba hombres a la casa. Debió sufrir mucho doña Goyita con su hijo. A ella no la conocí obviamente. Pude vislumbrar su vida através de sus pertenencias. Tenía buen gusto en vestir. Tal vez fué de una clase superior por los vestidos que ví de ella y por los muebles y objetos que llegué a ver alguna vez hurgando en sus roperos.
Supe que en una guerra, ella salía a buscar alimento para su hijo entre las balas. Sólo conseguía frijoles con gorgojos aveces. En la casa había dos grandes cántaros donde cultivaba vinagre que vendía. También cultivaba búlgaros y los vendía. Era una mujer emprendedora y de buen carácter según nos decían.
No sé más de la señora. Supongo que era creyente, porque tenía varios cuadros de santos que Don Pedrito puso en las paredes del comedor-sala. Antes estaban en la recámara que compartían los dos.
Según supe, él estuvo en un Seminario durante algún tiempo por deseos de su mamá. Pero obviamente, no duró mucho por ser homosexual, cosa que escondía.
Al principio que llegamos, él iba por su pulque después de salir del trabajo. Pero después, nosotras fuímos las encargadas de ir por su pulque. Recuerdo que mi hermana era la que iba o alguno de mis tíos, pero también me tocó hacerlo. Me paraba afuera y me lo despachaban por la ventanilla.
Odiaba los momentos de comida. El señor se tomaba sus pulques y empezaba a decir groserías e improperios a los vecinos. De su boca salían verdaderas víboras. Yo nunca había escuchado tantas cosas, acusaba a la señora de acostarse con su hermano, de ser una... y al señor también.
Mi abuelita le prohibió hiciera tales cosas estando nosotras en la mesa. Entonces tomó la costumbre de salir al pasillo y gritarle lo mismo a los vecinos. Era horrible escucharlo.
En las mañanas había que sacar su basinica para volcarla en la coladera del pasillo y había que enjuagarla. Olía a pulque. Era repugnante. Durante años culpé a un tío de sacarle las monedas de una alcancía a mi otro tío. Ahora dudo si no fué Don Pedrito quien lo hacía.
Cuando tuve 11 años, me gané un viaje a Estados Unidos. Ahí hicimos intercambio de regalos con los grupos. Reresé con perfumes, cremitas, escudos, en fin, cosas así que me regalaron.
Todas desaparecieron. También desapareció un Biblia ilustrada que mi tío le compró a mi abuelita, muy bella. Y unos libros de cuentos que nos compró a mi hermana y a mí.
El tenía un mueble grande al lado de su cama y lo conservaba siempre cerrado con llave. Un día, mi hermana cansada de que la culpara de robarse todo lo que se desaparecía, encontró la manera de abrir el mueble y ahí había varias cosas desaparecidas.
Terminó la discusión con la ida de mi hermana a casa de mi papá y su esposa. Don Pedro se enfureció tanto que la corrió.
Sinceramente, yo no batallé tanto con él como mi hermana. Yo estuve en el internado desde los 8 años hasta los 12. Cuando mi hermana se fué a vivir con mi papá y yo regresé del internado, él todavía trabajaba y yo evitaba en lo posible, toparmelo.
En las vacaciones escolares era cuando había que soportarlo.
Debido a su obsesión de que el vecino le había robado un metro de terreno, se llevó años con un licenciado que le iba a arreglar su asuntito. Acompañé varias veces a mi abuelita con el dichoso licenciado. Mi abuelita le daba por su lado.
En otra ocasión, se encontró con una de las hijas de la vecina, golpeó con la garrafa de pulque porque ella le contestó cuando empezó a insultarla. Se resbaló y se cayó al piso. Pero alcanzó a darle con la garrafa en la cabeza a la muchachita.
Un vecino llamó a la policia porque a la muchachita se la tuvieron que llevar al hospital para coserle la herida. Se lo llevaron a la cárcel, le pusieron una multa y le prohibieron acercarse a los vecinos con pena de volverlo a encarcelar.
Ese fué el fin de los gritos a los vecinos. No volvió a salir al pasillo a insultarlos. Pero no dejó de hacerlo, se metía al baño y ahí los insultaba.
Cuando se jubiló finalmente, nos dijo: "yo me jubilé para descansar". Y realmente lo hizo. De por sí nunca hacía nada, sólo sabía mandar, se le tenía que dar casi casi todo en la mano, le tenía que quitar las cejas blancas cuando se le daba la gana.
Primero se levantaba para sentarse a la mesa y ver la tele. Poco a poco, hubo que llevarle las comidas a la cama junto con su pulque.
Terminó por no querer levantarse, se le tenía que dar de comer en la cama y levantarle la basinica porque ya ni al baño se levantaba.
En ése tiempo, regresé a casa de mi abuelita con mi esposo y mi hijo. Me hice cargo de él. Ya no se podía levantar de la cama sin ayuda y había que bañarlo en una silla. Yo lo bañaba. Mi abuelita ya no le daba el pulque, se lo revolvía con agua.
Mi abuelita acondicionó la vivienda en un terreno que había comprado y se llevó a Don Pedro con ella.
Cuando mi mamá vendió la casa para irse al terreno, se la vendió a la vecina. Para ése entonces, su esposo se la pasaba acostado igual que don Pedro.
Mi abuelita se había casado con Don Pedrito por lo civil. Lo hicieron después de la vez que le prendió un cirio pascual y nos corrió y depués volvimos por sus ruegos. Lo hizo por la casa. Porque para ése entonces, sabía que de otra manera, la dejaría en la calle.
Así que ella se hacía cargo de cobrar la jubilación de Don Pedrito y vendió la casa. El ya ni rechistaba.
Mi abuelita se hizo cargo de él hasta su muerte. No debió ser fácil hacerlo en el terreno. Ella no podía cargarlo para bañarlo, le ponía la basinica, pero él se orinaba y hacía del baño sin avisarle. Mi abuelita tenía que lavar las sábanas y las cobijas a mano porque no había luz ni agua corriente, sino había que sacarla de una cisterna.
Recuerdo que mi abuelita llamaba al sacerdote que iba a confesarlo y a darle la comunión. Aveces iba la Ministra de la Eucaristía. En el terreno, mi abuelita le leía la Biblia y se ponía a orar con él. El le seguía la corriente seguramente y rezaba con ella, pero no cambiaba.
Se seguía orinando y haciendo del baño en las sábanas para que mi abuelita las lavara.
Al final, sólo movía la mano con la que se llevaba la comida a la boca. Lo demás no se movía.
Yo recuerdo una noche en que mi abuelita no estaba, una mano peluda me despertó. Recuerdo que desperté y la agarré para evitar tocara mi cuerpo.
Mi abuelita puso una tabla tapando la entrada que comunicaba nuestras dos recámaras y también la puso en un arco que había entre ellas. Empecé a dormir con un cuchillo bajo la almohada por si volvía la mano peluda. Dudo que tuviera fuerzas para usarlo sin que me temblara la mano.
Otra noche entró por la recámara al baño. Yo dormía con mi abuelita en la litera de abajo. Ese día no estaba ella y dormí sóla. Entró don Pedrito y se me quedó mirando con una mirada tan burlona y malvada que me dió miedo.
Otro día en que estábamos sólos, yo me fuí a la cocina para no estar con él en el comedor donde siempre estaba. Me puse a lavar unos trastes cuando de pronto, lo sentí a mi lado, volteé y volví a ver ésa mirada burlona.
Salí corriendo y él sólo se reía.
No era bueno Don Pedrito. Dudo que cambiara. Podía avisar para que le pusieran la basinica, pero no lo hacía.
En fin. Si he conocido a alguien no bueno fué a él.
Pero Dios toma hasta de lo malo, para sacar algo bueno. Nunca he sido floja. Cuando me da flojera levantarme, recuerdo a Don Pedrito y se me quitan. Recuerdo que pasó años acostado en una cama donde se llagó.
También aprendí a ser más paciente, a soportar a otras personas y sus defectos. Nadie como él.
Empecé diciendo lo difícil que es remontar los obstáculos, fácilmente encontramos excusas para hacer lo indebido. Don Pedrito encontraba ésa excusa fácilmente. Culpaba al vecino de algo que tal vez hizo, pero él lo tomaba para disculpar su mal proceder
Tenía imágenes de santos, pero no vivía santamente.
Oraba con mi abuelita, seguramente para que lo dejara en paz, pero no cambiaba
Se confesaba porque le llevaban al sacerdote, pero ignoro si lo hacía con el corazón, porque no ví cambio en él
Recuerdo que le gustaba perfumarse. Usaba colonia muy conocida que no es barata.
Usaba jabones olorosos, tampoco baratos. Nosotros nos bañabamos con jabón de ropa o con detergente para ropa.
También había que darle sus gustos.
Aveces le decía a mi abuelita que se le antojaba comer hongos o barbacoa o cosas así. Pero le gustaba que fuera de lugares lejanos. Había que levantarse de madrugada para ir a donde él decía se comprara.
Mi abuelita decía que Don Pedrito me quería mucho, yo lo dudaba. Mi abuelita siempre encontró motivos para disculparlo. Seguramente nunca vió sus miradas ni su sonrisa burlona
Recuerdo que íbamos al panteón a llevarle flores a la tumba de su mamá. Era una fosa de perpetuidad como eran antes. Pasábamos todo el día en el panteón, ahí comíamos y jugábamos. Fuimos mientras éramos niñas, después se dejó de ir. El ya no lo pedía. Sólo como dos años lo hizo.
Nunca lo ví ir a misa, ni siquiera lo vía persignarse ante el Divino niño que tenía en su casa. Le gustaba tenerlo cubierto con un capelo transparente y que se le pusieran flores y se le encendieran velas, pero no oraba ante él ni se persignaba siquiera.
Y sin embargo, insistía en que fuéramos a la misa.
Eran desconcertantes ésas maneras. Yo pienso que era "para tapar el ojo al macho" sólamente.
Pero para mí la pregunta era: ¿porqué mi abuelita aceptó vivir con él?
Ahora creo entenderlo.
Cuando mi mamá nos dejó con ella, vivía en una casa grande, la señora era su amiga. Estaba enferma de cáncer. Mi abuelita la cuidó y a sus hijas que la querían mucho.
Antes de morir, le dijo que se casara con su esposo. Ella había dejado de ser su mujer hacía mucho. Era bueno y sus hijas la querían. Mi abuelita junto con nosotras vivía bien ahí. Nos querían.
Nunca le pregunté porqué nos fuimos de ahí.
Don Angel fué muchas veces a vernos, a verla a ella, con la esperanza de que regresara. Todavía al principio de que nos cambiamos con Don Pedro iba. Mi abuelita se empecinó en quedarse con Don Pedrito. El todavía no se quitaba la máscara.
Don Angel dejó finalmente de ir por ella. Cuando Don Pedrito empezó con sus cosas, ella regresó a su casa a ver a las niñas, pero él se había casado con una mujer más jóven que él y sus hijas la aceptaron.
No queriendo juzgar a mi abuelita, pienso que le hizo a la torera muchas veces en su vida. Dios le envió varias veces a personas que le ayudaran, puso en su camino distintas oportunidades, pero ella hacía "ole" y se las pasaba a sus amigas.
Conoció a un señor dueño de un rancho que la vió y se acercó, pero ella hizo "ole" y se lo dejó a su amiga.
Conoció a otro señor, separado de su mujer que se acercó a ella, pero terminó por decirle "ole" y dejarselo a otra.
Conoció a un español que le hizo la corte, pero ella le hizo "ole" y se lo dejó a una amiga.
Una vez, le ofrecieron un terreno cerca de una fábrica en Nanacamilpa. Bonito, tranquilo lugar y le hizo "ole" y se lo dejó a su hermana.
El terreno de mi papá se lo peleaban sus hermanas a mi padre y ella aceptó que lo pusieran a su nombre y terminó vendiéndoselo a otra hermana.
Mi abuelita tenía fé ciertamente, nos enseñó a pedirle a Dios, confiaba en su Providencia, pero cuando Dios le enviaba, se lo pasaba a otros.
Finalmente se quedó con Don Pedro alguien que era bueno, porque mi abuelita era muy noble y caritativa, pero pecaba según yo veo.
En el peor pecado a mi entender: en no agradecer lo que Dios nos envía y dejárselo a otros.
Recuerdo aquí cuando Pedro le preguntó a Cristo qué sucedería con Juan (Juan trabajaba con él y seguramente lo apreciaba) Cristo le contestó que lo siguiera y no se preocupara por Juan.
Dios tiene una respuesta para cada uno de nosotros, pero hay que abrir los ojos para no ponernos a dar pases si no sabemos torear. Hay que creer en Dios, pero sobre todo, creerle a Dios.
Mi abuelita se había enojado con Dios cuando mi abuelito falleció, se enojó con la familia de mi abuelito también. Terminó por no regresar con su padre ni para pedirle perdón.
Tuve la dicha de verla regresar a la Iglesia. Al final, ya no hallaba la manera de enderezar el camino.
Empezó a ir a misa los domingos, a leer la Palabra de Dios, a rezar con nosotros, a hacer que la oyéramos cuando rezaba y leía la Biblia. Veía a sus hijos empezar a tomar malos pasos algunos y desde que encontró el camino, no lo abandonó.
Ni sus gritos, ni sus golpes, ni todo lo que nos regalaba, hicieron que sus hijos se enderezaran.
Cuando dejó de hacer todo éso y empezó a pedirle a Dios como Dios manda, empezó a cambiar su vida y la nuestra.
Ese es para mí lo importante de éstos recuerdos.
Y viendo las lecturas de hoy, en donde Jesús enseña el Padrenuestro, no veo otro ejemplo más bello que el de mi abuelita, una mujer que amaba mucho, pero no siempre hacía lo que Dios deseaba para ella.
Creo que sufrió mucho más de lo que debía, por necia. Perdón, pero no encuentro otra palabra mejor. Gracias a Dios volvió al camino.
Primera lectura
Isaías 55, 10-11
Esto dice el Señor: “Como bajan del cielo la lluvia y la nieve y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, a fin de que dé semilla para sembrar y pan para comer, así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión”.
Salmo Responsorial
Salmo 33, 4-5. 6-7. 16-17. 18-19
R. (18b) El Señor libra al justo de todas sus angustias.
Proclamemos la grandeza del Señor,
y alabemos todos juntos su poder.
Cuando acudí al Señor, me hizo caso
y me libró de todos mis temores.
R. El Señor libra al justo de todas sus angustias.
Confía en el Señor y saltarás de gusto,
jamás te sentirás decepcionado,
porque el Señor escucha el clamor de los pobres,
y los libra de todas sus angustias.
R. El Señor libra al justo de todas sus angustias.
Los ojos del Señor cuidan al justo
y a su clamor están atentos sus oídos.
Contra el malvado, en cambio, está el Señor,
para borrar de la tierra su recuerdo.
R. El Señor libra al justo de todas sus angustias.
Escucha el Señor al hombre justo
y lo libra de todas sus congojas.
El Señor no está lejos de sus fieles,
Y levanta a las almas abatidas.
R. El Señor libra al justo de todas sus angustias.
Aclamación antes del Evangelio
Mateo 4, 4
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
No sólo de pan vive el hombre,
sino también de toda palabra
que sale de la boca de Dios.
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Evangelio
Mateo 6, 7-15
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando ustedes hagan oración no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar, serán escuchados. No los imiten, porque el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes, pues, oren así:
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga tu Reino,
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en tentación
y líbranos del mal.
Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas”.

