Sandy

Por Laura Aguilar Ramírez

Aquí en su bambinete tomando el sol. Y Memita en la casa donde la cuidaba. 

Hoy cumpliría 44 años nuestra hija Sandra Ivette, Sandy.
Nació un viernes a las 6 de la mañana, después de haber hecho rondin por varios hospitales.
Yo, con la imprudencia de mis 21 años, me puse a bailar una canción que estaba de moda entonces que se saltaba y saltaba, no recuerdo ni el nombre. Sucede que era el cumpleaños de una sobrinita y mi tía acostumbraba hacernos nuestro cumple con pinguinos como pastel, le ponia una vela y se armaba el mitote.

A mí me gustaba ver a mis sobrinos contentos, así que pusimos música y nos pusimos a bailar. Era domingo.
Estaba embarazada, pero éso no me impedía hacer mi vida normal, así que me puse a bailar y a brincar junto a mis sobrinitos.

Al día siguiente, me empezaron algunas molestias, pero no les dí importancia. El martes, me dolía más. Mi cuñada estaba conmigo porque mi suegra la mandó para que me ayudara y no estuviera sola. Jajaja

Me río nomás de acordarme que en lugar de ser ayuda, era como una hija más. La levantaba temprano, le hacia su desayuno. Mientras ella desayunaba o se bañaba, yo hacía el quehacer.
Más tarde, nos ibamos a casa de mi mamá y mientras yo hacía el quehacer, ella se entretenía con la tele. Así que éso de que me ayudaba era un decir. Pero bueno.... de compañia sí me servía.

Me escuchó que me dolía y me preguntó si le llamaba a mi esposo. Ese día tenía exámen de matemáticas y no podía faltar. Así que le dije que no, pero seguía sintiéndome mal. Más por su insistencia que porque realmente me sientiera muuuy mal, accedí a que le llamara.
Como es más preocupón que yo, no fué a hacer el exámen que era el exámen final, lo que le costó tener que irse a extraordinario, cosa que nunca hizo.

Llegó y fuimos al hospital de los venados, bueno... no era de venados, sino que así era conocido por estar enfrente del Parque de los venados. Me correspondía ésa clínica por ser la más cercana a la casa de mi tía en donde vivíamos. Después de revisarme, el doctor me mandó a mi casa porque aún me faltaba tiempo.

Las molestías seguían y mi esposo me llevó al hospital de la Colonia del Valle que también estaba cerca. Me llevó en la noche. Lo mismo. Ya era martes en la madrugada.

El miércoles, nos fuimos a casa de su abuelita para que ella con más experiencia, me ayudara.

Las molestías seguían. Fuimos al Hospital de Troncoso. Me regresaron. Era jueves.
Pero como un primo de él estaba haciendo su residencia como doctor, me aceptaron ahí, aunque no me correspondía.
Estuve encamada todo el jueves, me revisaban y revisaban y nada. Yo bien tranquila.
Ahi fuí testigo de cómo una muchachita como de 16 años, sufrió un percance. Ella gritaba y gritaba por los dolores de parto. Los doctores la revisaban, pero aún no era tiempo. Trataban de calmarla, pero no lo lograban.

Así que la dejaron. Ella empezó a pujar. Una enfermera se dió cuenta y le dio que no lo hiciera. La chamaca repondía que su mamá le había dicho que cuando le doliera mucho, pujara.

La efermera se alejó, diciéndole con mucho cariño que no lo hiciera.

Pero en cuanto se alejó, ella siguió pujando. Yo le decía que no lo hiciera, que atendiera a la enfermera, pero no escuchaba. De repente, empezó a convulsionar. Yo empecé a gritar. Y la enfermera regresó. Al verla, salió a llamar al doctor. Llegaron varios. Se la llevaron de emergencia.

Le hicieron cesárea porque no salía del coma que le vino por pujar y pujar. Yo estuve 3 días en el hospital y ella no salía del coma. Su bebecito estaba en el cunero junto a mi nena, pero su mamá no la podía atender.

Y mientras, yo estaba como si nada, sin dolores, muy tranquila. Me inyectaron para provocar dolores que aceleraran el parto, pero nada. En el cambio de guardia, decidieron hacerme cesárea. Yo recuerdo que acariciaba mi barriga diciéndole a mi bebé que todo iba a estar bien, que nacería bien, que yo no desobedecería como la muchachita.

Nació bien, yo ni sentía la cesárea. Me levanté como si nada, hasta las enfermeras se sorprendían de que anduviera camiando con mi tripié, me metiera a bañar sin ayuda. Muchas que habían tenido parto normal, no querían ni moverse, menos las de cesárea. Y yo, como si nada.

Cada mañana iba a ver a mi nena. Era tan tranquilita ella. Llevaban en ése entonces a los niños con sus mamás para que los alimentaran, excepto a las de cesárea. Así que solo veía a las mamás con sus bebés y yo sin nada.

A los quince días de nacida, cuando apenas me habían quitado los puntos, me consiguieron trabajo. Lo necesitábamos. Así que conseguimos que se quedara en casa de la abuelita de mi esposo, ya que me quedaba camino del trabajo.

Sandy era muy tranquila. Sólo lloraba cuando era su hora de comer. Y eso porque como no pude amamantarla por falta de leche, se le tenía que preparar el biberón. Mientras yo la cargaba, mi esposo se lo preparaba. O al revés.

Cada tres hora comia como la mayoría de los bebés. Y mi esposo y yo nos turnábamos para atenderla en la noche, ya que después de comer, le gustaba que le cantáramos o que la paseáramos un ratito antes de dormirse. Era agotador, pero hermoso.

A las cinco de la mañana me levantaba a bañarme y arreglarme. Hacía el desayuno y preparaba lo necesario para la niña. Y entonces la cambiaba. Yo salía antes que mi esposo. Caminaba hasta la estación de metro, cargando la pañalera y el bambinete en que dormía y la transportábamos. Ahí iba cómoda.

Mi suegra la cuidaba junto con su mamá. Ya que todos los días llevaba a sus hijos a la escuela cercana, aunque ellos vivían hasta Netza. Después de recoger a sus hijos, se iba a su casa normalmente, pero en el tiempo que cuidó a Sandy, se quedaba hasta que yo pasaba por ella.

Yo salia corriendo del trabajo para recogerla y que mi suegra se regresara a su casa. Tanto la abuelita de mi marido como yo, le decíamos que no era necesario que se quedara tanto tiempo. Sandy era tan tranquila y la abuelita de mi esposo podia cuidarla muy bien, pero mi suegra insistía en hacerlo ella porque según su opinión, Memita era muy vieja.

Eso hizo que tuviera problemas con mi suegro, porque llegaban muy tarde a su casa, junto con sus dos hijos y su nietecita a la que cuidaba. El trayecto era largo, llegaba corriendo a cocinar y comían muy tarde.

En ése tiempo, cocinó con su mamá para darle a mis cuñados que iban aún a la primaria. Pero éso también era causa de problemas, porque cocinaban juntas y la comida se quedaba ahí. Llegando a su casa debía preparar más comida. Nosotros estábamos empezando y no podiamos aún darle dinero por cuidar a la niña. La abuelita lo entendía, mi suegra lo entendía, pero mi suegro, no.

Económicamente cuidar de la niña no era gasto, porque no se usaban pañales desechables y nosotros comprábamos su leche.

En fin. Eso hizo tal vez que mi suegro no me viera con tan buenos ojos, de por sí, no le gustaba mucho que su hijo mayor se casara con alguien de otra colonia tan retirada, porque prácticamente éramos de polos opuestos. La casa de la abuelita era un punto medio.

Como sea, Sandy no vivió mucho. En Año nuevo en una celebración en casa de unos vecinos de mis suegros, se enfermó. Se enfermó porque le entraba aire de dos lados en el cuarto que me prestaron para estar mientras se divertían. Ahí traté de cuidarla. Fuímos a la fiesta, yo forzada por mi suegro, porque como era muy miedosa, no quise quedarme sóla en su casa mientras ellas se iban. Y mi esposo no queria ir si yo no iba.

Total, que ésa noche acabamos en el hospital. La niña se recuperó, pero sufrió una recaida más tarde en un domingo en casa de mis suegros, cuando tanto mi esposo como mi suegro se empecinaron en que nos quedáramos hasta tarde. Al fin que llevábamos carro, me decían cuando les insistía que la niña mecesitaba estar en su casa. No quisieron escucharme, porque estaban brindando para curarse la cruda del viernes y del sábado.

Esa noche, mi hija murió. De neumonía dijo el doctor, yo siempre he sentido que fué por mi cobardía y por la tontería de mi esposo que en ese entonces le hacía mucho caso a su papá. El señor pensaba que el hombre debía imponerse a su mujer y que su mujer debía hacer lo que él decía, porque él decía y cuando él decía.

Mi hija no era de éste mundo, como dijo mi suegra. Era muy dulce y muy tranquila.

Su muerte tan dolorosa para mí, fué también el principio de una forma distinta de tratarme por parte de mis suegros. Mi suegra se acercó más a mí y mi suegro dejó de malmirarme. Tal vez se sintiera culpable. No lo sé, pero sí cambió en su trato hacia mí.

Desde su muerte, yo también cambié. Me volví más valiente para defender mis ideas. Mejor dicho, volví a ser la que era antes de mi matrimonio. Había pasado a ser alguien dependiente de lo que mi esposo dijera, de lo que mi suegro dijera.  Porque deseaba entrar a su familia. Deseaba ser parte de ellos. Deseaba ser aceptada por ellos. Porque deseaba ser como ellos: un matrimonio con hijos, donde papá y mamá estuvieran presentes, donde los hijos crecieran al lado de sus padres. Deseaba que is hijos tuvieran lo que yo no tuve: familia con la cual convivir, no lejana como la mía.

Pagué in precio muy caro por ser aceptada en su familia. Eso es lo que sentí.

Hasta el cielo un beso a mi nena. Un día volveremos a estar juntas.

Hasta la próxima.