La vida la elegimos y hacemos nosotros

Por Laura Aguilar Ramírez

Hay veces que Dios nos quiere decir algo... y nos volteamos, nos hacemos de oídos sordos, nos tapamos los ojos y nos empeñamos en no ver.

Muchas veces por miedo, otras por orgullo, en fin...

Recordaba yo la historia de una persona. Una historia que me contaron hace mucho tiempo.
Una muchacha conoció a un muchacho, se enamoraron. Ella vivía lejos y él trabajaba lejos. En una de las muchas veces que ella se iba a su casa, a él se le atravezó una piedrecita... y dió el azotón. Se casó con la "piedrecita", tuvo 2 hijos con ella. Pero un tropezón no es amor.

De ése tropezón, volvió a darse otro y tuvo 3 hijos más. Finalmente se arriezgó y fué a buscar a la muchacha. Ella no se había casado. Lo aceptó, se casaron. Pero en el fondo de ella, quedó la semilla de la duda. Esa semilla fué creciendo y fué enredándose en su corazón hasta que creció tanto que terminó por inundarlo todo. Después de 16 años, ella se regresó a su casa.

Durante ésos 16 años, las escenas de desconfianza fueron creciendo tanto que no podía pasar una mujer a su lado, sin pensar que su marido tenía intenciones con ella. De nada valieron los 16 años en que él se esmeró por darle pruebas de su cariño. De nada sirvió que le pusiera casa, que le pusiera el negocio que ella quiso, que vendieran todo y compraran en otro lugar y pusieran otro negocio. La duda dentro de ella fué lo que acabó con su historia de amor.

Muchas veces sufrimos decepciones. Hasta nuestros propios padres nos llegan a decepcionar... pero Dios nunca nos falla, de El podemos fiarnos. A veces sólo basta dar un paso al vacío para darnos cuenta que sus manos nos sostienen siempre.

Claro que como nos dice la palabra de Dios: "Amar a Dios sobre todo y al prójimo como a uno mismo".
La primer persona que me decepciona soy yo misma. Con mayor razón, me decepcionan los demás.
Porque soy perfectible, no perfecta.
Y si yo no soy perfecta, tampoco los demás. Siendo seres humanos no somos perfectos. Sólo Dios es capaz de unir lo imperfecto y hacerlo perfecto como es El.

La muchacha de la historia se creía perfecta porque había sido una buena hija, una buena hermana y no podía soportar defectos en otras personas. Se sentía tan buena... y lo era realmente con los demás. Tanto como para ayudar a los hijos de su esposo, tanto como para ayudarlo a él... pero nunca para verlo igual a ella.

Terminó por irse a solucionar la vida de sus hermanos, dejando a la familia que ella ayudó a formar, o que ayudó a recrear. Familia a la que dejó porque nunca iba a ser tan perfecta como ella había querido o como ella veía a su propia familia.

Y terminó por darse cuenta que su familia no era tan perfecta como ella creía y que la de su esposo no era tan imperfecta como se imaginaba.

Para cuando se dió cuenta, él después de esperarla por tanto tiempo, había terminado por buscar a alguien que lo acompañara en su soledad, alguien que lo aceptara tal como era, sin juzgarlo, sin esperar de él lo que no podía darle: perfección.

Y la muchacha de la historia, terminó sola, sin el amor que su esposo, sus hijos y sus nietos podían darle.
El, vivió siempre amparado por el amor de sus hijos y de sus nietos. Conservando en su corazón todo aquello que ella le había enseñado, pero sin querer perder "lo más por lo menos".

Estos días me ha revoloteado en la cabeza el porqué mi abuelita me dijo un día "cásate, mi hijita". Le hice caso, aunque en mis tiempos no se le daba tanta importancia al matrimonio, menos al religioso. Era el tiempo del "amor libre", sin ataduras. El tiempo de "estamos juntos mientras nos querramos y cuando no nos querramos, cada quien para su casa"

Eran tiempos en que se escuchaba "¿para qué queremos un papel? El papel no ata"
Ahora veo cuánta razón tuvo mi abuelita. Uno se casa por amor, pero como bien dice la Palabra de Dios "la carne es débil" y si bien el papelito no ata, bien que protege.
Porque cuando uno se casa, pone en manos del otro su esfuerzo, une su trabajo al suyo, lo que se hace, se hace juntos. Y cuando cada uno para su casa, por lo menos cada uno se lleva lo que puso y las ganancias que haya habido.

Claro que en lo conscerniente a Dios, no es cosa de bienes. Al corazón herido no lo curan los bienes materiales, pero por lo menos en lo que Dios cura, uno no pasa hambre.
Tal vez suene cínica a los ojos de la gente que resuelve sus asuntos sóla, pero yo creo que Dios que me conoce mejor que yo misma, sabe que no soy fuerte, que la carne es débil, que no soy perfecta y que tengo necesidades.

Por supuesto que yo también como la muchacha de la historia, hubiera podido salir sóla, porque se me enseñó a trabajar, pero... ¿ y la soledad del corazón, y las heridas que deja un rompimiento, y el odio, el rencor por el tiempo perdido... y tantas y tantas cosas que no cura más que el amor de Dios?

Cuando he sentido que la carga es pesada, recuerdo ésa historia. Y recuerdo las palabras de alguien sabio, con la sabiduría que da el sufrimiento: "el orgullo es tonto", "con orgullo no se come".

Y agradezco tanto ésas palabras como agradezco las de mi abuelita, que también tenía la sabiduría de alguien a quien la vida revolcó muchas veces.

Esas dos personas tan fundamentales en mi vida, son la roca en la que he construido, como dice el Evanagelio de hoy.
"Por sus frutos los conocereís"

Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 43-49
En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos:
«No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca.
¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo? Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, os voy a decir a quién se parece: se parece a uno que edificó una casa: cayó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida.
El que escucha y no pone en práctica se parece a uno que edificó una casa sobre tierra, sin cimiento; arremetió contra ella el río, y enseguida se derrumbó desplomándose, y fue grande la ruina de aquella casa».