El mundo y sus placeres

Por Laura Aguilar Ramírez

En éstos días en que se habla de guerra... bueno... siempre se habla de guerra desgraciadamente. Por lo menos desde que tengo uso de razón, escucho de ella.
Recuerdo cuando fuí más consciente de ello. Estaba embarazada de mi primer hija. Se hablaba entonces de una guerra entre USA y un país árabe. Hasta entonces había escuchado de guerra en la historia, pero no como algo real, presente en mi vida o que afectara mi vida.
Y es que tenía y tengo conciencia de la relaciones entre éstos dos países tanto política y económicamente.

Nunca como entonces fuí consciente de aquello "Cuando a Estados unidos le da tos, a nosotros nos da gripa" o "Tan cerca de Estados unidos y tan lejos de Dios".

Escuchaba de bombas atómicas, en la facilidad de enviar de un país a otro con sólo apretar un botón. En ése entonces sólo pocos países tenían ése tipo de armamento... ahora está peor la cosa.

Decía entonces que en éstos días en que se habla de guerra, no puede uno dejar de hablar de paz. No puede uno dejar de pedir por la paz. No puede uno dejar de orar por la paz.

Se nos dice que pidamos con insistencia, que lo que pidamos en nombre de Cristo al Padre se nos dará.
Pedir, agradeciendo como si ya lo hubiéramos recibido. Pedir, no porque lo merezcamos, sino porque El lo ha prometido.
Pero ésta promesa lleva por supuesto un deber. No es sólo desearlo o decretarlo. Exige dar de nosotros algo: hacer lo que Cristo nos dice.

Y ésto no siempre es fácil, por lo menos no para mí.
Es cierto que Cristo es el único mediador entre Dios y nosotros. Es por ello que le pedimos a El nos enseñe, nos guíe y nos ayude a lograrlo. Perdonar no es fácil ciertamente. Y es uno de los "requisitos". Nos dice también "santificado sea tu nombre". Yo ésto lo entendía como santificar yo a Dios y éso es imposible jeje. Sino que cuando pronunciemos su nombre, sea con la santidad de nuestra vida.
"Hágase tu voluntad" éso tampoco es fácil, estando acostumbrados como estamos, a consentirnos más de lo que nos conviene, acostumbrados a hacer nuestra voluntad. Esto creo yo, por desconocimiento de la voluntad de Dios que nace de su inmenso Amor.

Y ése amor podemos verlo leyendo la Primera lectura, porque comparamos lo que era el Antiguo testamento, o sea antes de Jesús. Se habla del profeta Elías "el profeta de fuego" que En el nombre del Señor cerró las compuertas del cielo e hizo que descendiera tres veces fuego de lo alto.
Elías que hizo grandes prodigios: resucitó un muerto, y se prometió que volvería.

Viendo a Elías, profeta que hacía lo que Dios decía con el poder que Dios le daba, podemos preguntarnos porqué hizo descender fuego del cielo. ¿Porqué Dios hizo éso con su pueblo?. Y podemos entender que fué por sus acciones, porque antes de Elías había enviado a muchos profetas y no los escuchaban.

El Padre envió al nuevo Elías en Juan el Bautista, que anunció a Cristo diciendo "no soy digno ni de atarle las sandalías" y lo mataron. Dios envió a su propio Hijo para salvar al mundo, pero también para llevar a la perfección al hombre. Jesús dijo que "quien lo ve a El, ve al Padre" porque viene de El. Entonces Dios no volvió a enviar a ningún profeta. Si alguien regresará, será Jesucristo mismo, tal y como regresó Elías.

Pero Jesucristo es por supuesto, infinitamente más grande que Elías quien había resucitado a un muerto, Jesús resucitó a muertos, hizo andar a paralíticos, oir a los sordos, ver a ciegos. Caminó sobre las aguas, calló a la tempestad, El mismo y ascendió al cielo a la vista de los apóstoles y no en un carro de fuego como Elías. "Quien es éste que hasta los vientos obedecen?" se preguntaban. "Verdaderamente éste es el Hijo de Dios" dijo el soldado que le había enterrado la lanza en la costilla para llegar a su corazón.

Así que hasta que Jesús regrese, lo que dijo es lo que hacemos. Y si dice que perdonando, encontraremos perdón de Dios, pues debemos hacerlo. Si dice que no por mucho hablar seremos escuchados, debemos creerle.
Pedir a Dios no nos deje caer en tentación y que nos libre del mal, es aceptar nuestra debilidad ante la tentación y nuestra debilidad ante el mal. Por nosotros mismos no podemos hacerlo.

Tendemos a hacer el mal por nuestra naturaleza humana, porque somos hechos a imitación de Dios, pero no somos Dios. Entonces debemos conocernos a nosotros mismos para saber nuestras debilidades para no caer en la tentación. A veces ni nosotros mismos nos conocemos, a veces nos consideramos más de lo que somos y aveces nos consideramos menos de lo que somos.
Es por éso que debemos pedir a Dios que nos conoce mejor que nosotros mismos, nos dé lo que nos falte o que nos quite lo que nos sobre.

Y cuando finalmente acabemos de conocernos, debemos conocer el mal. Y aveces consideramos bien lo que es mal y consideramos mal lo que es bien.

Me gustan las series históricas, me gusta saber de los antiguos. Recuerdo haber visto una película del gran Alejando Magno, el conquistador.
Y recuerdo haber sentido tristeza al verlo caer no ante las espadas, sino ante los placeres que encontró cuando se aventuró a lugares remotos. Ahora sabemos que en ésos lugares se practicaba desde tiempos del padre Abraham, la sodomía y muchos vicios.
Pensé en Abraham y su sobrino Lot que salieron de ésos lugares donde el fuego arrazó Sodoma y Gomorra. Ellos se negaron a lo que se acostumbraba. En ésos lugares no era malo y trataron de sodomizar a la familia de Lot, aunque él les ofreció a sus propias hijas para que no cayeran en lo que no agrada a Dios. Se burlaron y no los escucharon. Un ángel les avisó que salieran y no voltearan atrás porque se volverían estatuas de piedra. Su esposa volteó y quedó de piedra.

La fé de Abraham venció lo que a Alejandro Magno derrumbó. El mundo y los placeres.
Cuando veo en la acualidad series, películas y demás que nos tratan de vender placeres no importa cómo ni cuáles, entiendo porqué estamos como estamos. La ociosidad es la madre de todos los vicios.
Ella ha llevado a grandes imperios a la ruina. Todos podemos recordar a Luis XVI y María Antonieta que cayeron en el lujo y libertinaje; podemos recordar al último zar ruso que deseando tener un hijo varón, cayó en manos de Rasputín que era un pervertido disfrazado de religioso.

De ésto nos habla en Evangelio de hoy:
Evangelio Mateo 6, 7-15
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando ustedes hagan oración, no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar serán escuchados. No los imiten, porque el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes pues, oren así:
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga tu Reino,
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en tentación
y líbranos del mal.

Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas”.