Lengua larga

Por Laura Aguilar Ramírez



Largas, largas las lecturas de hoy, tan largas como las lenguas de las que salen mentiras. Iba a decir que la mía es muy chiquita, pero mejor no... no sea que se quieran hacer una bufanda con ella jeje

En la primera, se habla de una mujer acusada injustamente y defendida por un joven.
En la segunda, una mujer sorprendida en adulterio y defendida por Jesús.

Pero algo tienen en común, además de ser defendidas por alguien. Quienes las acusan son jueces designados por las autoridades o autoridades encargadas de la justicia y administración en ése tiempo.

En el primer caso, un joven, Dniel cuestiona al pueblo y le demuestra al pueblo la mentira de dos jueces que resguardándose en su poder, abusan de otros. En el segundo caso, Jesús es cuestionado ante el pueblo por autoridades que cumplen con la ley que Dios dió al pueblo através de Moisés. Pero no lo hacen porque crean que es Hijo de Dios y Dios mismo y por lo tanto, puedo cambiar la ley para perfeccionarla. Se sienten justos e intachables y cumplidores de lo establecido.

Y es ahí en donde uno puede verse reflejado. ¿Con quien se identifica uno? ¿Soy juez abusivo o soy juez justo que aplica la ley tal cual?

Es ahí donde Jesús me cuestiona a mí directamente.
Muchas veces he tenido actitudes fariséicas en mi vida. Creo que pocas veces he sido abusiva en mi vida sinceramente. Y por éso me he sentido muchas veces digna de juzgar a otros.

Alguna vez alguien me dijo que "robar es robar" no importa qué o no importa cuánto. Es robo. 
Me viene a la mente el libro de "Los miserables" de Victor Hugo. El pobre Jean Valjean juzgado y condenado a 5 años de cárcel por robar pan para su familia. 5 años que se convirtieron en 19 por intentar fugarse varias veces.
Enojado con la sociedad, quiere vengarse de ella. Roba a un Obispo que encubre su robo y le da muestras de cariño. Eso remueve su corazón. Se va a otro rumbo, se enriquece por medios lícitos y se convierte en benefactor de la ciudad que le dió refugio.
Otro hombre ha sido apresado en su lugar y condenado en su lugar por error. El lo rescata gracias a su posición. Javert, quien interpreta a la justicia, implacable y rígido, ha puesto todas sus energías en la ley y lo persigue.
Es difícil juzgar como bien entendieron los fariseos cuando Jesús les dijo "el que esté libre de culpa, que arroje la primer piedra".

5 años por robar un pan, parece injusto, pero para Javert es lo que debe ser. 
Son dos posturas opuestas la del que perdona y ayuda a rehacer la vida y la del que aplica la ley a rajatabla.

Jesús vino a salvar al mundo. ¿de qué? de las consecuencias del pecado original: la muerte.
Vino a mostrar al mundo el camino de regreso al Padre: la humildad.
Y nos dió un medio: el perdón.

Es cierto que Moisés dió unas leyes que le fueron dictadas por Dios, pero había que ver en qué tiempo y a quienes y en qué circunstancias.

Jesús fué enviado por el Padre siendo su Hijo, en su infinita Misericordia para perdonar, para salvar de la muerte que el pecado acarrea.

"Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden" 
El ojo por ojo crea un mundo de ciegos o tuertos.
Jesús no quiere sacrificios, sino misericordia. Porque El mismo es misericordioso.

Cuando alguien no es justo al juzgarme y me condena tomo dos posiciones: si es justo, reflexiono como Jean Valjean ante el Obispo. Pero si me encuentro con un Jalvert que es inflexible y cumplidor de su deber, me enoja. Porque normalmente se aplican a sí mismo misericordia ante la misma falta y la justicia al otro.

Recuerdo a una persona que se enojó cuando me operé para no tener más hijos. No me preguntó porqué lo hacía, simplemente me juzgó y condenó por hacerlo. Le contesté si él iba a mantener a mis hijos.

Y es que tuve a mis hijos por cesárea. Según lo que decían los doctores en ése tiempo, sólo se podían tener 3 cesáreas sin riezgo de muerte. Eso me dijeron y lo creí. Así que no deseaba que mis hijos se quedaran sin madre si me moría en la cuarta. Al salir de la anestesia, el doctor me dijo: "que buena matriz tiene. Hubiera podido aguantar otros embarazos". "Uchales""- me dije. Deberían ponerse de acuerdo.
Y sin embargo, ésa misma persona se alegró con su hija cuando hizo lo mismo que yo y ella sin sufrir cesáreas.

O cuando me cuestionó porque trabajaba y se alegraba de que su hija lo hiciera. "El lugar de la mujer es su casa" me dijo. Y su hija trabajaba.

Cuando uno ve todo negro o todo blanco, sin tonalidades, y sin sombras, se ve todo plano. Y nada es así. Nada. En todo existen sombras y matices.

"El buen juez por su casa empieza" y si es así, me caen ladrillazos de lo destartalada que está.
Pero tampoco me voy a poner en el plan de creer que es la peorcita, hay otras peores. Y tampoco que es la mejorcita, porque la mía es una cueva junto a la del vecino.

¿Entonces cómo ser justo? Eso es difícil.
"Lo que no quieras para tí, no se lo hagas a otro"
¿Cómo no andar difundiendo mentiras o chismes aunque sean verdad?
Pasándolo por Los Tres Filtros que decía Sócrates
El Filtro de la Verdad: "¿Estás absolutamente seguro de que lo que me vas a decir es cierto?". Si no se tiene la certeza de que la información sea real (si es solo un rumor), no debería pasarse.
El Filtro de la Bondad: "¿Es bueno lo que me vas a decir sobre mi amigo?". La intención debe ser positiva; si no es algo bueno, el filtro sugiere descartarlo.
El Filtro de la Necesidad (o Utilidad): "¿Es necesario que me cuentes eso?". Si la información no es necesaria, ni útil, y solo genera chismes o perjuicios, se debe evitar.

Ayer escribía sobre "la ley del chitón" que se aplica mucho cuando se es jovencito. Taparse unos a otros es la consigna. Es tan injusto como la ley de Javert en los miserables. Porque es cerrarse a que el bien entre en uno como cuando todo mi salón nos fuimos de pinta sin pensar en nuestros padres que trabajan para darnos mejor educación o en los maestros que se esfuerzan por brindar lo mejor de ellos. O en nosotros mismos si nos sucede algo fuera de la escuela sin que sepan dónde andamos.

Y lo peor de la anécdota y que ya no escribi, es que el papá de una de las compañeras le había dado "carta blanca" para irse de pinta, sólo había una condición: que le avisara a dónde y con quién.

Sopas, perico- diría mi abuelita si se hubiera enterado. De hecho, pasamos a la oficina del señor tan buena onda, le dió dinero a su hija y con ése dinero nos fuimos a Chapultepec.

En aras de ser "papá buena onda" o "buen amigo de sus hijos" o "de los males, el menor" le dió chance de irse de pinta. Y como tenía permiso, pues había que usarlo. Y nos jaló a todos. Así que en vez de hacer el mal menor, hizo el mayor.

"Mi papá es buena onda" nos dijo. Y todos "woooow así debería ser mi papá- o en mi caso- mi abuelita" No que la vez que me cachó cuando me fuí de pinta por mi cuenta y riezgo (si mi compañera lo hace, yo porqué no?) me dió unos cintarazos que todavía me duelen.

Ahora con 45 años de casada, puedo voltear y ver a mi amiga con dos divorcios y a sus hijos por el mismo camino o peor.

Y ésto sin ánimo de juzgar, sino que al volver la vista atrás como dice la canción, puedo ver el camino andado, pero también el camino que muy posiblemente, mis hijos seguirán.

Primera Lectura
Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62

En aquel tiempo vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín, casado con Susana, hija de Quelcías, mujer muy bella y temerosa de Dios. Sus padres eran virtuosos y habían educado a su hija según la ley de Moisés. Joaquín era muy rico y tenía una huerta contigua a su casa, donde solían reunirse los judíos, porque era estimado por todos. Aquel año habían sido designados jueces dos ancianos del pueblo; eran de aquellos de quienes había dicho el Señor: “En Babilonia, la iniquidad salió de ancianos elegidos como jueces, que pasaban por guías del pueblo”. Éstos frecuentaban la casa de Joaquín y los que tenían litigios que resolver acudían ahí a ellos. Hacia el mediodía, cuando toda la gente se había retirado ya, Susana entraba a pasear en la huerta de su marido. Los dos viejos la veían entrar y pasearse diariamente, y se encendieron de pasión por ella, pervirtieron su corazón y cerraron sus ojos para no ver al cielo ni acordarse de lo que es justo.

Un día, mientras acechaban el momento oportuno, salió ella, como de ordinario, con dos muchachas de su servicio, y como hacía calor, quiso bañarse en la huerta. No había nadie allí, fuera de los viejos, que la espiaban escondidos. Susana dijo a las doncellas: “Tráiganme jabón y perfumes, y cierren las puertas de la huerta mientras me baño”. Apenas salieron las muchachas, se levantaron los dos viejos, corrieron hacia donde estaba Susana y le dijeron: “Mira: las puertas de la huerta están cerradas y nadie nos ve. Nosotros ardemos en deseos de ti. Consiente y entrégate a nosotros. Si no, te vamos a acusar de que un joven estaba contigo y que por eso despachaste a las doncellas”. Susana lanzó un gemido y dijo: “No tengo ninguna salida; si me entrego a ustedes, será la muerte para mí; si resisto, no escaparé de sus manos. Pero es mejor para mí ser víctima de sus calumnias, que pecar contra el Señor”. Y dicho esto, Susana comenzó a gritar. Los dos viejos se pusieron a gritar también y uno de ellos corrió a abrir la puerta del jardín. Al oír los gritos en el jardín, los criados se precipitaron por la puerta lateral para ver qué sucedía. Cuando oyeron el relato de los viejos, quedaron consternados, porque jamás se había dicho de Susana cosa semejante.

Al día siguiente, todo el pueblo se reunió en la casa de Joaquín, esposo de Susana, y también fueron los dos viejos, llenos de malvadas intenciones contra ella, para hacer que la condenaran a morir. En presencia del pueblo dijeron: “Vayan a buscar a Susana, hija de Quelcías y mujer de Joaquín”. Fueron por Susana, quien acudió con sus padres, sus hijos y todos sus parientes. Todos los suyos y cuantos la conocían, estaban llorando.

Se levantaron entonces los dos viejos en medio de la asamblea y pusieron sus manos sobre la cabeza de Susana. Ella, llorando, levantó los ojos al cielo, porque su corazón confiaba en el Señor. Los viejos dijeron: “Mientras nosotros nos paseábamos solos por la huerta, entró ésta con dos criadas, luego les dijo que salieran y cerró la puerta. Entonces se acercó un joven que estaba escondido y se acostó con ella. Nosotros estábamos en un extremo de la huerta, y al ver aquella infamia, corrimos hacia ellos y los sorprendimos abrazados. Pero no pudimos sujetar al joven, porque era más fuerte que nosotros; abrió la puerta y se nos escapó. Entonces detuvimos a ésta y le preguntamos quién era el joven, pero se negó a decirlo. Nosotros somos testigos de todo esto”. La asamblea creyó a los ancianos, que habían calumniado a Susana, y la condenaron a muerte.

Entonces Susana, dando fuertes voces, exclamó: “Dios eterno, que conoces los secretos y lo sabes todo antes de que suceda, tú sabes que éstos me han levantado un falso testimonio. Y voy a morir sin haber hecho nada de lo que su maldad ha tramado contra mí”. El Señor escuchó su voz. Cuando llevaban a Susana al sitio de la ejecución, el Señor hizo sentir a un muchacho, llamado Daniel, el santo impulso de ponerse a gritar: “Yo no soy responsable de la sangre de esta mujer”.

Todo el pueblo se volvió a mirarlo y le preguntaron: “¿Qué es lo que estás diciendo?” Entonces Daniel, de pie en medio de ellos, les respondió: “Israelitas, ¿cómo pueden ser tan ciegos? Han condenado a muerte a una hija de Israel, sin haber investigado y puesto en claro la verdad. Vuelvan al tribunal, porque ésos le han levantado un falso testimonio”.

Todo el pueblo regresó de prisa y los ancianos dijeron a Daniel: “Ven a sentarte en medio de nosotros y dinos lo que piensas, puesto que Dios mismo te ha dado la madurez de un anciano”. Daniel les dijo entonces: “Separen a los acusadores, lejos el uno del otro, y yo los voy a interrogar”.

Una vez separados, Daniel mandó llamar a uno de ellos y le dijo: “Viejo en años y en crímenes, ahora van a quedar al descubierto tus pecados anteriores, cuando injustamente condenabas a los inocentes y absolvías a los culpables, contra el mandamiento del Señor: No matarás al que es justo e inocente. Ahora bien, si es cierto que los viste, dime debajo de qué árbol estaban juntos”. Él respondió: “Debajo de una acacia”. Daniel le dijo: “Muy bien. Tu mentira te va a costar la vida, pues ya el ángel ha recibido de Dios tu sentencia y te va a partir por la mitad”. Daniel les dijo que se lo llevaran, mandó traer al otro y le dijo: “Raza de Canaán y no de Judá, la belleza te sedujo y la pasión te pervirtió el corazón. Lo mismo hacían ustedes con las mujeres de Israel, y ellas, por miedo, se entregaban a ustedes. Pero una mujer de Judá no ha podido soportar la maldad de ustedes. Ahora dime, ¿bajo qué árbol los sorprendiste abrazados?” Él contestó: “Debajo de una encina”. Replicó Daniel: “También a ti tu mentira te costará la vida. El ángel del Señor aguarda ya con la espada en la mano, para partirte por la mitad. Así acabará con ustedes”.

Entonces toda la asamblea levantó la voz y bendijo a Dios, que salva a los que esperan en él. Se alzaron contra los dos viejos, a quienes, con palabras de ellos mismos, Daniel había convencido de falso testimonio, y les aplicaron la pena que ellos mismos habían maquinado contra su prójimo. Para cumplir con la ley de Moisés, los mataron, y aquel día se salvó una vida inocente.

Salmo Responsorial
Salmo 22, 1-3a. 3b-4. 5-6
R. (4a) Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace reposar
y hacia fuentes tranquilas me conduce
para reparar mis fuerzas.
R. Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.

Por ser un Dios fiel a sus promesas,
me guía por el sendero recto;
así, aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú estás conmigo.
Tu vara y tu cayado me dan seguridad.
R. Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.

Tú mismo me preparas la mesa,
a despecho de mis adversarios;
me unges la cabeza con perfume
y llenas mi copa hasta los bordes.
R. Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.

Tu bondad y tu misericordia me acompañarán
todos los días de mi vida;
y viviré en la casa del Señor
por años sin término.
R. Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.

Aclamación antes del Evangelio
Ezequiel 33, 11

R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
No quiero la muerte del pecador,
sino que se arrepienta y viva, dice el Señor.
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.

Evangelio del día
Juan 8, 1-11
En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.

Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?”

Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.

Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.

Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie, Señor”. Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”.