Rosa, compañera inolvidable

Por Laura Aguilar Ramírez



Hoy recordaba a una compañera del internado. Mis miradas la seguían a todos lados. Era de las compañeras mayores y yo veía que todo lo hacía bien. Era amable con todos, obtenía muy buenas calificaciones.

Un día, nos hizo una demostración. En la escuela debía presentar algún acto para un Concurso de talentos.
En el internado teníamos un piano, pero nadie lo tocábamos. No sabíamos hacerlo. Así que no podía ser el piano el que utilizara.

No sé quién ni cómo aprendió a tocar el saxofón. Pero ése día se disfrazó de Louis Armstrong, un gran saxofonista. Ella era más morena que la mayoría, así que no le costó mucho trabajo pintarse de negro. Fué hermoso escucharla y verla. Yo no conocía ni había oído de ése músico, pero al verla ella moverse como él con tanta gracia, me pareció que debía ser bueno.

Por supuesto que nos encantó. Todos la queríamos. Ella estaba nerviosa porque estudiaba en una escuela diferente a todas nosotras. En el internado se estudiaba la primaria, la secundaria y secretariado. Se trataba de prepararnos para el ámbito laboral. Todas las internas, veníamos de familias pobres o hijas de viudas o hijas de madres solteras. Muy pocas eran hijas de un matrimonio. Así que se nos preparaba para auxiliar a nuestras familias.

Pero Rosa estudiaba secretariado bilingue en una escuela privada. De hecho, unas compañeras suyas eran las que nos enseñaban inglés. De ése modo, hacían su servicio. Rosa era el orgullo del internado.
Y yo la admiraba. Procuraba fijarme en lo que hacía y cómo lo hacía.
Terminé acercándome a ella. Terminé ofreciéndome para ayudarla en sus tareas. Casi siempre, era la última en irse a dormir. En el cuarto de máquinas sólo había 8 máquinas de escribir. Y tanto en la secundaria como las muchachas que estudiaban secretariado, teníamos que hacer la tarea en ése cuarto. Así que salía una y entraba otra. De algún modo, nos entendíamos para que todas pudiéramos usar las máquinas de escribir.

Después de un tiempo, se empezó a enseñar también a las niñas de sexto año, para que no fueran tan cerradas de ojos a la secundaria. Fuimos más. Porque los lunes y miércoles se les daba clase. Los martes y jueves teníamos las juntas de Guías de México. Además de ésas actividades, debíamos hacer nuestras tareas.

Rosa tenía mucha tarea. Ella estaba casi todo el tiempo en el cuarto de máquinas. Participaba por supuesto, en todas las actividades propias del internado. El último año que estuvimos ahí, ella, porque terminaba su preparación y yo, porque decidí volver a mi casa, estuvimos llendo a clases de natación. Ibamos sólo algunas. Tres, porque debíamos saber nadar para poder ir a un viaje a Disney World, se iba a pasar a Miami y ahí ibamos a subir a un transbordador y era requisito, que supiéramos nadar. Tan sólo para poder subir a ésa embarcación, estuvimos llendo a clases durante varios meses.
Rosa no fué al viaje, pero sí a las clases. Ibamos todos los días, terminando de comer, así que se nos cargaron las actividades. Tomaba yo mis clases de inglés, de mecanografía, participaba en las juntas de Guías de México e iba a clases de natación. Igual las otras 3 chicas con las que fuí a USA y Rosa.

En la noche, haciamos la tarea de la escuela. Rosa tenía más que nosotras y yo empecé a ayudarla. Me permitió ayudarla, jeje. Eso fué para mí un orgullo. La mejor compañera del internado, la más aplicada, la más entregada, me permitió ayudarla en sus tareas. Era muy cuidadosa en ello. No le gustaba cometer errores porque éso se reflejaba en sus calificaciones. Ella estaba becada, su mamá viuda no podía pagar la escuela a la que iba, convivía con muchachas de otra clase. Debía esforzarse. Así que el que me permitiera ayudarla, era un orgullo.

Sólo en ésos momentos, podía estar con ella. Nuestras actividades eran distintas, por supuesto. Ella era guía mayor y yo apenas empezaba como guía. Estaba en primero de secundaria y tenía 11 años. Ella tenía 18.
Disfrutaba ésos momentos en que quedábamos sólas en el cuarto de máquinas. Por supuesto no era su confidente, pero me trataba muy bien. Me encantaba su letra, trataba yo de imitarla. Escribía con una letra muy parejita y con algunas letras distintas como la "r". Nadie la hacía como ella. Las letras mayúsculas las hacía también adornadas.

Al terminar cada año, se acostumbraba tener un cuadernito para autógrafos. Nos veías por todos lados, pidiéndole a nuestras compañeras un autógrafo en la escuela y en el internado. El autógrafo que más me gustó fué el de Rosa.
Mi cuadernito de autógrafos terminó en la basura. Un día, mi abuelita tiró todos los libros del año como hacía siempre. Y entre ellos, iba mi cuadenito de autógrafos. Me dolió mucho, porque ella no volvería a firmarme otro.

A mis compañeras que continuaron en la secundaria conmigo, las volví a ver. A ella no.

He dicho que era yo una niña aplicada y de cuadro de honor, pero no era la mejor del internado. La mejor era Rosa. Ella era mi modelo y traté de seguirla.
Tampoco he platicado porqué dejé el internado si estaba tan bien ahí.
Me sentí defraudada por la directora. Ella me había prometido ayudarme para estudiar en la Universidad Filosofía y Letras. Para empezar, yo ni deseaba ser universitaria. Anhelaba ser como Rosa, una secretaria. Para seguir, ni sabía qué era éso de Filosofía y Letras. Y para terminar, me sentí defraudada.
Sucede que mis otras compañeras que fueron al viaje conmigo, lo hicieron sin méritos o por lo menos, así lo pensé yo. Una había reprobado y le dieron el premio, no sólo de ir a Disneyworld sino también de ir a Yucatán en un viaje que se iba a realizar al mismo tiempo.
El segundo lugar del concurso que se hizo para elegir a qué viaje íríamos cada una, iría a Yucatán, el primero a USA. Yo gané el primer lugar y el segundo fué a Yucatán.
Y después fué también a USA. Y la otra chica, ni siquiera había concursado, había reprobado y repetido año, cosa que según el reglamento que me leyeron al entrar, no debía hacerse. Una compañera con la que estudié el cuarto grado, reprobó y ya no la admitieron al siguiente año, al igual que a otras compañeras.
Me pareció injusto. ¿porqué no me llevaron también a Yucatán como a ellas?

Sucede que por una u otra razón, el viaje a Disney world se suspendió y se pospuso para Diciembre. Así que podía ir también a Yucatán, pero no me mandaron.
Dicen que "a caballo regalado no se le ve colmillo" y es cierto. Pero si en éso no se fué justa, ¿cómo iba la directora a cumplir lo que me prometía?. Así como no fué justa en ése trato, tampoco lo sería si me embarco en lo que me propuso.
Era dejar a mi familia para irme al terminar el internado y la Preparatoria, a una casa para señoritas donde seguiría estudiando la Universidad. ¿Y si me dejaba a medio camino?

Ese año decidí dejar el internado y continuar con mi familia, aunque no fuera a la universidad. Por lo menos, mi abuelita no me prometía tanto, pero me cumplía en todo lo que me prometía. Bueno y malo. Decidí seguir a mi abuelita, aunque el camino con ella no fuera tan bonito como el que me prometían.

La directora era la encargada de cómo se manejaba el internado, las reglas las puso ella y ella las trasgredió.
Las otras compañeras fueron, porque tenían sus papás contacto con personas de la Asociación que sostenía el internado y ellos las apoyaron. A mí me hizo las promesas la misma directora. Ella iba a pagar mis estudios. Y sentí que no cumplía lo que prometía.

A Rosa le pagaba los estudios una persona de la Asociación como hacían con alguien que creían especial y les cumplían.
Hubo otra compañera que vivía en una casa para señoritas, que nos visitó de vez en cuando y que se hacía alguien cargo de sus estudios. Ese sería mi caso.

Pero ella era huérfana, sus padres habían fallecido en un accidente. No era mi caso.

En la Primera lectura, puedo ver que Abram siguió al Señor, que dejó país, parentela, a sus padres para ir adonde el Señor le decía. Yo hubiera hecho lo mismo si hubiera creido en la persona que me lo decía.

Entonces puedo ver que Abram se fiaba de Dios. Seguramente lo conocía de alguna manera. Dios había hecho prodigios en su vida. Dios llama primero.
Debemos creer en Dios, pero también creerle a Dios. Dios no miente, no lo deja uno a medio camino.
Como Abram yo me fiaba de mi abuelita. Fué la persona en quien más confié, la que no me falló nunca. Aunque me tocaron algunos cinturonazos, jeje.

Ayer, me tocó ir al doctor. Tengo neuropatía desde hace 4 años, además de ser prediabética. Así que me checan de vez en vez, tengo dieta que me puso un nutriólogo.

Ahora se acostumbra que lo meten a uno en cualquier consultorio, así que me toca cualquier doctor.
En la consulta pasada, el doctor que me tocó, me mandó hacer análisis.

Y ayer que fuí, me tocó otra doctora. Era jóven. Así que a cada doctor le digo que tengo neuropatía, que me la están tratando, que voy al nutriólogo y llevo una dieta, que soy prediabética y me están controlando los niveles de azúcar para que no se me declare la diabétes.

Me empezó un dolorcito en una rodilla. Yo lo atribuyo a que en todo Diciembre y Enero no hice ejercicio porque hacía muchísimo frío y no por hacer ejercicio, me fuera a dar neumonía, jeje.
Pero se lo comenté porque es cuestión de salud. Me dijo que era por la edad, que era desgaste de mis articulaciones. Me dijo que me iba a recetar un medicamento para fortalecer mis articulaciones.

Total. Que me dió la receta. Me dió un medicamento que el médico anterior me había recetado para ayudarme con el colesterol que estaba un poco alto anteriormente y me dijo que era sólo para controlarlo, que cuando estuviera controlado ya no necesitaría ése medicamento.
Le dije ésto a la doctora. Ella me dijo que ya me lo habían mandado y que ella debía mandarmelo también. No quise alegar.

Me dió otro medicamento que al llegar a casa y ver de qué se trataba, ví que estaba contraindicado en personas diabéticas y en personas con neuropatía, porque aumenta éstas enfermedades. Sopas, perico.

Si no me pongo atenta, me pasa lo que al perico. Creo que se confundió.
Según ella, tengo una pequeña infección en las vías urinarias, cosa que yo ni siento. Cuando he tenido alguna infección, me sale una secreción entre blanca o amarillenta. Desde hace mucho no la tengo. Pero bueno... no quise alegar.
El medicamento que me recetó era para ésa pequeña infección.

Yo pienso que se confundió, que no oyó lo que yo le decía, que no vió lo que los otros doctores me han diagnosticado. Lo atribuyo a que es despistada y no a una mala intención, porque siendo doctora no puede recetar algo así. Capaz que me muero si le hago caso. Y yo acabo en la tumba y ella seguramente por despistada, acaba en un accidente.

Estamos viviendo tiempos en que debe uno cuidarse de los doctores. Yo no soy doctor, pero tengo 4 años con neuropatía y algo he aprendido de ésta enfermedad y su cuidado.

Trato de ser cuidadosa con lo que me recetan y con lo que tomo.
No voy a seguir las indicaciones de alguien, nadamás porque se ostente doctor. Yo he creido en doctores y en doctoras, jóvenes y mayores. Pero en éstos tiempos, no se puede creer en cualquiera.

"Cuídense de la levadura de los fariseos y escribas"

No por curarme una ligera infección en las vias urinarias, tan ligera que yo ni la siento, me puede mandar un medicamento que me puede matar.

Por éso no hice ejercicio en Diciembre ni en Enero, porque en mi casa hacía tanto frío que capaz me da neumonía.
No por hacer ejercicio, me vaya a ir a la tumba. "Sale más caro el caldo, que las albóndigas"

Primera lectura Génesis 12, 1-4a En aquellos días, dijo el Señor a Abram: “Deja tu país, a tu parentela y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré. Haré nacer de ti un gran pueblo y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre y tú mismo serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. En ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra”. Abram partió, como se lo había ordenado el Señor. Salmo Responsorial Salmo 32, 4-5. 18-19. 20 y 22 R. (22) Señor, ten misericordia de nosotros. Sincera es la palabra del Señor y todas sus acciones son leales. El ama la justicia y el derecho, la tierra llena está de sus bondades. R. Señor, ten misericordia de nosotros. Cuida el Señor de aquellos que lo temen y en su bondad confían; los salva de la muerte y en épocas de hambre da la vida. R. Señor, ten misericordia de nosotros. En el Señor está nuestra esperanza, pues él es nuestra ayuda y nuestro amparo. Muéstrate bondadoso con nosotros, puesto que en ti, Señor, hemos confiado. R. Señor, ten misericordia de nosotros. Segunda lectura 2 Timoteo 1, 8b-10 Querido hermano: Comparte conmigo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios. Pues Dios es quien nos ha salvado y nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida, no porque lo merecieran nuestras buenas obras, sino porque así lo dispuso él gratuitamente. Este don, que Dios nos ha concedido por medio de Cristo Jesús desde toda la eternidad, ahora se ha manifestado con la venida del mismo Cristo Jesús, nuestro Salvador, que destruyó la muerte y ha hecho brillar la luz de la vida y de la inmortalidad, por medio del Evangelio. Aclamación antes del Evangelio Cf Marcos 9, 7 R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús. En el esplendor de la nube se oyó la voz del Padre, que decía: “Éste es mi Hijo amado; escúchenlo”. R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús. Evangelio Mateo 17, 1-9 En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús. Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.