En mi vida he pasado momentos muy difíciles, pero no he estado sóla. Ni aún cuando creo estarlo.
Esto me lleva a mis días en el internado. Por la edad y porque ya era parte de las guías (menores dentro de la Asociación Guías de México), dormiamos en el piso de abajo. En el piso de abajo esta el despacho de la directora, la habitación más grande, las escaleras, el hall con la biblioteca, el piano, la chimenea arriba de la cual estaba el Cuadro de honor, el comedor y otra haitación más pequeña donde dormían las guías mayores.
También estaban la cocina y la despensa.
Digo que por edad y por pertenecer a las guías dormía yo ahí, pero no por mi corazón. Nunca me he sentido parte de nada. Iba de aquí para allá. Mis compañeras de escuela eran dos que habían repetido año ( a pesar de que una de las condiciones para permanecer en el internado era no reprobar) y la otra era mi compañera desde que entré al internado. Sólo que ella tenía una hermana mayor, como muchas de las niñas.
Eramos pocas las que no teníamos hermanas en el internado o hermanos en el internado de niños. Ambos internados íbamos a la misma escuela, así que la mayoría veía a sus hermanos y hermanas diario.
De alguna manera, me convertí en la hermana mayor de aquellas que no tenían ni hermanos ni hermanas. Con ellas me sentía bien. La mayoría eran menores que yo y se acercaban a mí en sus dudas. Yo las ayudaba en sus tareas, las veía cuando jugaban.
Algunas veces jugaba con ellas más que con las niñas de mi edad. La señorita Delta había acondicionado un cuartito con mesitas, sillitas y trastes para que jugaran las niñas. Como en todos lados, nunca falta quien aproveche o bien que tiene a alguien o bien que es mayor para pretender los primeros lugares o los mejores juguetes.
Eso sucedió con el dichoso cuartito. Las niñas que no tenían hermanas eran retiradas de casi todos los lugares, excluidas de algunos juegos.
Eso no me parecía bien. así que casi inconscientemente me convertí en su protectora. Jugaba con ellas a ser la maestra, les enseñaba sobre animales de los cuales aprendía yo en la biblioteca. Por ejemplo, en el alero de un pasillo exterior donde muchas veces jugábamos, unas golondrinas habían hecho nido.
Descubrí el lugar porque una de ésas niñas pequeñas me llamó. Un pequeño pajarito sin plumas, yacía sin vida en el piso sobre los mosaicos del pasillo. Desde entonces, vigilábamos el lugar. Aveces encontrábamos también pequeños huevecillos rotos.
Un día encontramos a un gatito. Estaba entre los barrotes que separaban el pasillo de la calle lateral. Esa calle da a un río. Y entonces supimos cuál era la razón de encontrar huevitos rotos y pajaritos muertos. Una gata embarazada descubrió también los nidos y saltaba desde la barda con barrotes para atraparlos.
Ese día, cuando encontramos al gatito, éste intentaba saltar también a los nidos. Y cayó al pasillo lastimado.
Sentímos lástima por él. Unas niñas decían que debíamos aventarlo por los barrotes porque era malo ya que se comía a los pajaritos. Creo que fué la lección más difícil que me tocó darles: tratar de explicarles el porqué no era malo lo que los gatos hacían.
Explicarlo a unas niñas tan pequeñas, de 6 o 7 años no era fácil.
De alguna manera entendieron. Les dije que debíamos cuidar del gatito en lugar de aventarlo por los barrotes. Seguramente se alejó de su mamá y sus hermanitos.
Así que lo llevamos al cuartito de comer según nosotras, le acondicionamos una camita con una caja que pedimos a la cocinera. Unas llevaron de su propia ropa para hacerle una cobijita.
y entonces se le ocurrió a una niña una idea al ver que había pulgas en su pequeño cuerpo: bañarlo. Y trayendo shampoo y toalla, lo bañamos y lo secamos. Lo dejamos en su camita bien limpio de pulgas, cerramos el cuartito y nos fuimos a dormir. Nos sentíamos grandes salvadoras, muy satisfechas de nuestro proceder.
Al día siguiente, al ir a ver al gatito, lo encontramos muerto. Seguramente falleció por la bañada. Eso nos entristeció mucho. Lo metimos en la cajita y lo enterramos en el jardín. Me sentí muy culpable.
Ese día aprendí que no todas nuestras buenas intenciones, dan buenos frutos. Aprendí que se debe tener en cuenta las condiciones del otro, no sólo lo que uno considera bueno, que los animales tienen necesidades distintas de nosotros. No tenía yo las palabras necesarias para explicar ésto en ése entonces. Tenía yo 10 años.
Y es que aún no sabía que a los gatos pequeñitos no se les baña. La razón por la que bañamos al gatito fué sencilla: no queríamos volver a sufrir una epidemia. Habíamos pasado recientemente por una. tuvimos invasión de piojos.
Hubo un momento en que se veía en el internado niñas expulgando a otras niñas, como los changos hacen con sus crías, según había yo visto en un libro una estampa.
No sabemos de dónde vinieron, el chiste es que llegaron y nos invadieron. A muchas nos cortaron el pelo casi a rape, sobre todo a las que tenían "humor" como se dice.
A otras sus papás les compraron peines para piojos, shampoos y demás menjurges.
Yo era de las pocas que me había salvado de la epidemias. Ayudaba a las pequeñas a limpiar sus cabezas. un día, estando en el estudio, sentí comezón en la cabeza. Al rascarme, sentí una bolita, la agarré rápidamente y al abrir los dedos, ví a un piojote negro y enorme. Sentí un sudor frío. Apreté de nuevo los dedos para no dejarlo escapar.
No quería que se dieran cuenta las pequeñas que a mí también se me habían pegado
Cuando el estudio quedó vacío, abrí los dedos que estaban blancos de tanto apretar. Estaban vacíos.
Eso me dió pavor. Un piojo andaba suelto.
Cuando mi hermana vió en la casa que mi abuelita me cortaba el cabello y supo la razón, me jaló un pelo y enseñándome la raíz, me dijo que eran liendres, los huevitos de los piojos, que de ahí nacían.
Así que empecé a jalarme cabellos y todos tenían liendres. En realidad eran las raíces, pero yo creía firmemente lo que mi hermana me decía.
Empecé mi lucha contra las liendres. Muchas veces me bañé metiendo la cabeza en agua casi hirviendo y después en agua helada, como una de las compañeras nos dijo. Gracias a Dios no pasó a mayores nuestros salvajes métodos de acabar con los piojos.
Hasta que un día, la cocinera me explicó que no eran liendres, sino la raíz de cada cabello. Si no hubiera sido por ella, me dejo casi calva la cabeza, jeje.
Y como siempre que descubría algo, me encargué de comunicárselo a las pequeñas para que estuvieran más tranquilas.
Ahora, muchos años más tarde, descubro que no era yo quien protegía a las pequeñas, sino la señorita Delta através mío.
Pocas niñas se metían conmigo. Mi nombre estaba siempre en el Cuadro de Honor: tanto por las calificaciones de la escuela, como por las calificaciones dentro de cada actividad dentro del internado: clases de inglés, 10; clases de mecanografía: 10; actividades de Guías de México: 10. Era de las pocas que siempre iba a las actividades extra fuera del internado: excursiones, paseos, idas al cine cuando la señorita Delta consideraba que pasaban una película que debíamos ver, me eligieron en un concurso de ortografía para un viaje a Disneyworld en Miami.
Esto hacía que la señorita Delta me diera un lugar que si bien yo merecía por mis calificaciones, me lo daba más por mi ayuda a mis compañeras tanto pequeñas como mayores.
A las pequeñas las ayudaba, pero a las mayores también.
Sólo con mis compañeras de la misma edad, no tenía la misma aceptación. La niña con la que estuve en el mismo grado, me ignoraba por completo. Y la otras dos, con mayor razón: eran mayores que yo, incluso tenían novio en sus casas, me veía como niña a su lado.
Decía que nunca estuve sóla, pero las noches eran muy difíciles. Mis compañeras se encargaban de hacerlo así. Sabían que me daba miedo y casi intenciondamente, contaban historias de terror cada noche. Intenté muchas cosas para tratar de ignorar sus voces: me llevaba un libro para leer, pero apagaban la luz. Empezaba a rememorar las historias y cuentos bellos en mi cabeza, pero sus voces continuaban entrando en mis oídos.
Terminaba levantándome y me iba con las guías mayores al cuarto de máquinas a ayudarles con sus tareas. Casi siempre estaba ahí alguna haciendo tarea de mecanografía o de taquigrafía o de la secundaria o de la escuela secretarial.
Cuando regresaba al dormitorio, mis compañeras ya se habían dormido.
El siguiente año, no volví a dormir en ése dormitorio. La señorita Delta me puso en una cama del dormitorio mayor del segundo piso. En una cama apartada de las demás, a la entrada del dormitorio, a un lado de la puerta como portera, jajaja.
Ahí, les contaba cuentos a las niñas hasta que se dormían.
Sólo hubo una noche en que dormí tranquila en el dormitorio de niñas granes: sucede que un viernes mi tío que siempre iba por mí, no fué. Lo esperé, pero no llegó. No nos dejaban salir a las chicas si no iba alguien mayor por nosotras.
Así que me quedé a dormir. Fué bien bonito.
Ese día conocí a la mamá de la señorita Delta que vivía con nosotras, en los cuartos destinados a ellas. No la veíamos nunca.
Sólo cuando nos íbamos a la escuela, bajaba a la cocina. Seguramente ayudaba a la cocinera, porque ésa noche, entre las dos prepararon la cena. También sacaron pastel de fresas y cerezas hmmmmm.
Y por primera vez, entré a los lockers y no sentí miedo al estar sóla mientras me ponía mi pijama, como no lo sentí al estar sóla en el gran dormitorio. Mi cama estaba junto a la ventana al fondo del dormitorio. Se veía el pasillo de las golondrinas, se veía el río y la noche oscura, con la luna redonda brillando. Era bello.
Como bello fué el amanecer. El sol entró por el gran ventanal del dormitorio y yo me estiré como si fuera una princesa al despertar. Así lo había visto también en los libros que leía, jeje.
En muchos años no dormía tan bien.
En mi casa, dormíamos amontonados en dos literas cada una a un lado del dormitorio. En una, mi tía, su esposo y sus hijos. En la otra, mi abuelita con la que dormía y en la parte de arriba, mi tío. No había ventanas, sólo un pequeño vidrio enmedio del techo que alumbraba en el día y en la noche permitía ver la luna.
En la mañana, desayuné huevos con jamón, leche con chocolate, pastel, un desayuno digno de una princesa, jeje.
Desde ése viernes, nadie volvió a ir por mí al internado. Me iba yo sóla a mi casa, a veces en camión, la mayoria de las veces, caminando las muchas calles que separaban el internado de mi casa. Me encantaba la calle Francisco Sosa, pasar por la plaza Santa Catarina de la escuela e ir viendo las grandes casonas, caminar sobre las banquetas de adoquin, llegar a la plaza de la Iglesia. Y lo que más me gustaba, era detenerme a comer una nieve en "La Siberia". Para éso guardaba lo del camión.
Me sentaba en la fuente de los coyotes a disfrutar mi nieve y seguía mi camino. La plaza de Coyoacán era la mitad de él. Veía pasar camiones que podía tomar, pero prefería caminar por tan bonitas calles.
Aveces, en lugar de la nieve, gastaba lo de mi camión en unos tacos dorados que me encantaba comer en una famosa tortería de la plaza Centenario. Después me sorprendí cuando la ví en una película, jajaja.
Caminaba por las calles, con mi bolsa de ropa al hombro. Era una bolsa grande azul con una jareta blanca.
Cuando era hadita tenía cosido un honguito y una hadita encima de él. Ese era el símbolo de las haditas. Cuando fuí guía, estaba cosido un trebol de tres hojas con un tallo enmedio y las letras GM (Guías de México) Desde entonces, me volví andariega. Me encantaba caminar. Caminé por San Angel, primero vendiendo galletas a las personas. Galletas que cada año se vendían en Guías de México. Después por mi cuenta cuando en la secundaria teníamos exámenes parciales. Ibamos sólo al exámen y nos regresábamos a la casa para estudiar para el del día siguiente.
Casi siempre exentaba, así que me presentaba sólo para escuchar: "exenta". Salía y caminaba, por el Parque hundido, por Av. División del norte.
A veces me gustaba tomar un camión, llegar a la terminal y regresarme caminando a mi casa siguiendo el camino que el camión había hecho. Cuando tenía dudas, esperaba otro.
Conocí así desde Politénico, pasando por la Alameda, el Palacio de bellas Artes hasta llegar a mi casa. Era el rumbo que tenía una de las rutas.
Otra llevaba a la col. del Valle: la glorieta del SCOP, el Parque España, el Parque México eran mis preferidos.
Otra llevaba a Iztapalapa.
Caminaba mucho. Es una actividad que me encanta.
Muchas veces me regresé de la secundaria caminando para poder gastar lo del pasaje en algo que me gustara: unas enchiladas de la cooperativa, una paleta "mentada" de menta con cereza untada con chilito "Miguelito". Era camión o dulce.
Bueno... con el sabor de mi dulce preferido, dejo éste recuerdo.
Hasta la próxima.
Esto me lleva a mis días en el internado. Por la edad y porque ya era parte de las guías (menores dentro de la Asociación Guías de México), dormiamos en el piso de abajo. En el piso de abajo esta el despacho de la directora, la habitación más grande, las escaleras, el hall con la biblioteca, el piano, la chimenea arriba de la cual estaba el Cuadro de honor, el comedor y otra haitación más pequeña donde dormían las guías mayores.
También estaban la cocina y la despensa.
Digo que por edad y por pertenecer a las guías dormía yo ahí, pero no por mi corazón. Nunca me he sentido parte de nada. Iba de aquí para allá. Mis compañeras de escuela eran dos que habían repetido año ( a pesar de que una de las condiciones para permanecer en el internado era no reprobar) y la otra era mi compañera desde que entré al internado. Sólo que ella tenía una hermana mayor, como muchas de las niñas.
Eramos pocas las que no teníamos hermanas en el internado o hermanos en el internado de niños. Ambos internados íbamos a la misma escuela, así que la mayoría veía a sus hermanos y hermanas diario.
De alguna manera, me convertí en la hermana mayor de aquellas que no tenían ni hermanos ni hermanas. Con ellas me sentía bien. La mayoría eran menores que yo y se acercaban a mí en sus dudas. Yo las ayudaba en sus tareas, las veía cuando jugaban.
Algunas veces jugaba con ellas más que con las niñas de mi edad. La señorita Delta había acondicionado un cuartito con mesitas, sillitas y trastes para que jugaran las niñas. Como en todos lados, nunca falta quien aproveche o bien que tiene a alguien o bien que es mayor para pretender los primeros lugares o los mejores juguetes.
Eso sucedió con el dichoso cuartito. Las niñas que no tenían hermanas eran retiradas de casi todos los lugares, excluidas de algunos juegos.
Eso no me parecía bien. así que casi inconscientemente me convertí en su protectora. Jugaba con ellas a ser la maestra, les enseñaba sobre animales de los cuales aprendía yo en la biblioteca. Por ejemplo, en el alero de un pasillo exterior donde muchas veces jugábamos, unas golondrinas habían hecho nido.
Descubrí el lugar porque una de ésas niñas pequeñas me llamó. Un pequeño pajarito sin plumas, yacía sin vida en el piso sobre los mosaicos del pasillo. Desde entonces, vigilábamos el lugar. Aveces encontrábamos también pequeños huevecillos rotos.
Un día encontramos a un gatito. Estaba entre los barrotes que separaban el pasillo de la calle lateral. Esa calle da a un río. Y entonces supimos cuál era la razón de encontrar huevitos rotos y pajaritos muertos. Una gata embarazada descubrió también los nidos y saltaba desde la barda con barrotes para atraparlos.
Ese día, cuando encontramos al gatito, éste intentaba saltar también a los nidos. Y cayó al pasillo lastimado.
Sentímos lástima por él. Unas niñas decían que debíamos aventarlo por los barrotes porque era malo ya que se comía a los pajaritos. Creo que fué la lección más difícil que me tocó darles: tratar de explicarles el porqué no era malo lo que los gatos hacían.
Explicarlo a unas niñas tan pequeñas, de 6 o 7 años no era fácil.
De alguna manera entendieron. Les dije que debíamos cuidar del gatito en lugar de aventarlo por los barrotes. Seguramente se alejó de su mamá y sus hermanitos.
Así que lo llevamos al cuartito de comer según nosotras, le acondicionamos una camita con una caja que pedimos a la cocinera. Unas llevaron de su propia ropa para hacerle una cobijita.
y entonces se le ocurrió a una niña una idea al ver que había pulgas en su pequeño cuerpo: bañarlo. Y trayendo shampoo y toalla, lo bañamos y lo secamos. Lo dejamos en su camita bien limpio de pulgas, cerramos el cuartito y nos fuimos a dormir. Nos sentíamos grandes salvadoras, muy satisfechas de nuestro proceder.
Al día siguiente, al ir a ver al gatito, lo encontramos muerto. Seguramente falleció por la bañada. Eso nos entristeció mucho. Lo metimos en la cajita y lo enterramos en el jardín. Me sentí muy culpable.
Ese día aprendí que no todas nuestras buenas intenciones, dan buenos frutos. Aprendí que se debe tener en cuenta las condiciones del otro, no sólo lo que uno considera bueno, que los animales tienen necesidades distintas de nosotros. No tenía yo las palabras necesarias para explicar ésto en ése entonces. Tenía yo 10 años.
Y es que aún no sabía que a los gatos pequeñitos no se les baña. La razón por la que bañamos al gatito fué sencilla: no queríamos volver a sufrir una epidemia. Habíamos pasado recientemente por una. tuvimos invasión de piojos.
Hubo un momento en que se veía en el internado niñas expulgando a otras niñas, como los changos hacen con sus crías, según había yo visto en un libro una estampa.
No sabemos de dónde vinieron, el chiste es que llegaron y nos invadieron. A muchas nos cortaron el pelo casi a rape, sobre todo a las que tenían "humor" como se dice.
A otras sus papás les compraron peines para piojos, shampoos y demás menjurges.
Yo era de las pocas que me había salvado de la epidemias. Ayudaba a las pequeñas a limpiar sus cabezas. un día, estando en el estudio, sentí comezón en la cabeza. Al rascarme, sentí una bolita, la agarré rápidamente y al abrir los dedos, ví a un piojote negro y enorme. Sentí un sudor frío. Apreté de nuevo los dedos para no dejarlo escapar.
No quería que se dieran cuenta las pequeñas que a mí también se me habían pegado
Cuando el estudio quedó vacío, abrí los dedos que estaban blancos de tanto apretar. Estaban vacíos.
Eso me dió pavor. Un piojo andaba suelto.
Cuando mi hermana vió en la casa que mi abuelita me cortaba el cabello y supo la razón, me jaló un pelo y enseñándome la raíz, me dijo que eran liendres, los huevitos de los piojos, que de ahí nacían.
Así que empecé a jalarme cabellos y todos tenían liendres. En realidad eran las raíces, pero yo creía firmemente lo que mi hermana me decía.
Empecé mi lucha contra las liendres. Muchas veces me bañé metiendo la cabeza en agua casi hirviendo y después en agua helada, como una de las compañeras nos dijo. Gracias a Dios no pasó a mayores nuestros salvajes métodos de acabar con los piojos.
Hasta que un día, la cocinera me explicó que no eran liendres, sino la raíz de cada cabello. Si no hubiera sido por ella, me dejo casi calva la cabeza, jeje.
Y como siempre que descubría algo, me encargué de comunicárselo a las pequeñas para que estuvieran más tranquilas.
Ahora, muchos años más tarde, descubro que no era yo quien protegía a las pequeñas, sino la señorita Delta através mío.
Pocas niñas se metían conmigo. Mi nombre estaba siempre en el Cuadro de Honor: tanto por las calificaciones de la escuela, como por las calificaciones dentro de cada actividad dentro del internado: clases de inglés, 10; clases de mecanografía: 10; actividades de Guías de México: 10. Era de las pocas que siempre iba a las actividades extra fuera del internado: excursiones, paseos, idas al cine cuando la señorita Delta consideraba que pasaban una película que debíamos ver, me eligieron en un concurso de ortografía para un viaje a Disneyworld en Miami.
Esto hacía que la señorita Delta me diera un lugar que si bien yo merecía por mis calificaciones, me lo daba más por mi ayuda a mis compañeras tanto pequeñas como mayores.
A las pequeñas las ayudaba, pero a las mayores también.
Sólo con mis compañeras de la misma edad, no tenía la misma aceptación. La niña con la que estuve en el mismo grado, me ignoraba por completo. Y la otras dos, con mayor razón: eran mayores que yo, incluso tenían novio en sus casas, me veía como niña a su lado.
Decía que nunca estuve sóla, pero las noches eran muy difíciles. Mis compañeras se encargaban de hacerlo así. Sabían que me daba miedo y casi intenciondamente, contaban historias de terror cada noche. Intenté muchas cosas para tratar de ignorar sus voces: me llevaba un libro para leer, pero apagaban la luz. Empezaba a rememorar las historias y cuentos bellos en mi cabeza, pero sus voces continuaban entrando en mis oídos.
Terminaba levantándome y me iba con las guías mayores al cuarto de máquinas a ayudarles con sus tareas. Casi siempre estaba ahí alguna haciendo tarea de mecanografía o de taquigrafía o de la secundaria o de la escuela secretarial.
Cuando regresaba al dormitorio, mis compañeras ya se habían dormido.
El siguiente año, no volví a dormir en ése dormitorio. La señorita Delta me puso en una cama del dormitorio mayor del segundo piso. En una cama apartada de las demás, a la entrada del dormitorio, a un lado de la puerta como portera, jajaja.
Ahí, les contaba cuentos a las niñas hasta que se dormían.
Sólo hubo una noche en que dormí tranquila en el dormitorio de niñas granes: sucede que un viernes mi tío que siempre iba por mí, no fué. Lo esperé, pero no llegó. No nos dejaban salir a las chicas si no iba alguien mayor por nosotras.
Así que me quedé a dormir. Fué bien bonito.
Ese día conocí a la mamá de la señorita Delta que vivía con nosotras, en los cuartos destinados a ellas. No la veíamos nunca.
Sólo cuando nos íbamos a la escuela, bajaba a la cocina. Seguramente ayudaba a la cocinera, porque ésa noche, entre las dos prepararon la cena. También sacaron pastel de fresas y cerezas hmmmmm.
Y por primera vez, entré a los lockers y no sentí miedo al estar sóla mientras me ponía mi pijama, como no lo sentí al estar sóla en el gran dormitorio. Mi cama estaba junto a la ventana al fondo del dormitorio. Se veía el pasillo de las golondrinas, se veía el río y la noche oscura, con la luna redonda brillando. Era bello.
Como bello fué el amanecer. El sol entró por el gran ventanal del dormitorio y yo me estiré como si fuera una princesa al despertar. Así lo había visto también en los libros que leía, jeje.
En muchos años no dormía tan bien.
En mi casa, dormíamos amontonados en dos literas cada una a un lado del dormitorio. En una, mi tía, su esposo y sus hijos. En la otra, mi abuelita con la que dormía y en la parte de arriba, mi tío. No había ventanas, sólo un pequeño vidrio enmedio del techo que alumbraba en el día y en la noche permitía ver la luna.
En la mañana, desayuné huevos con jamón, leche con chocolate, pastel, un desayuno digno de una princesa, jeje.
Desde ése viernes, nadie volvió a ir por mí al internado. Me iba yo sóla a mi casa, a veces en camión, la mayoria de las veces, caminando las muchas calles que separaban el internado de mi casa. Me encantaba la calle Francisco Sosa, pasar por la plaza Santa Catarina de la escuela e ir viendo las grandes casonas, caminar sobre las banquetas de adoquin, llegar a la plaza de la Iglesia. Y lo que más me gustaba, era detenerme a comer una nieve en "La Siberia". Para éso guardaba lo del camión.
Me sentaba en la fuente de los coyotes a disfrutar mi nieve y seguía mi camino. La plaza de Coyoacán era la mitad de él. Veía pasar camiones que podía tomar, pero prefería caminar por tan bonitas calles.
Aveces, en lugar de la nieve, gastaba lo de mi camión en unos tacos dorados que me encantaba comer en una famosa tortería de la plaza Centenario. Después me sorprendí cuando la ví en una película, jajaja.
Caminaba por las calles, con mi bolsa de ropa al hombro. Era una bolsa grande azul con una jareta blanca.
Cuando era hadita tenía cosido un honguito y una hadita encima de él. Ese era el símbolo de las haditas. Cuando fuí guía, estaba cosido un trebol de tres hojas con un tallo enmedio y las letras GM (Guías de México) Desde entonces, me volví andariega. Me encantaba caminar. Caminé por San Angel, primero vendiendo galletas a las personas. Galletas que cada año se vendían en Guías de México. Después por mi cuenta cuando en la secundaria teníamos exámenes parciales. Ibamos sólo al exámen y nos regresábamos a la casa para estudiar para el del día siguiente.
Casi siempre exentaba, así que me presentaba sólo para escuchar: "exenta". Salía y caminaba, por el Parque hundido, por Av. División del norte.
A veces me gustaba tomar un camión, llegar a la terminal y regresarme caminando a mi casa siguiendo el camino que el camión había hecho. Cuando tenía dudas, esperaba otro.
Conocí así desde Politénico, pasando por la Alameda, el Palacio de bellas Artes hasta llegar a mi casa. Era el rumbo que tenía una de las rutas.
Otra llevaba a la col. del Valle: la glorieta del SCOP, el Parque España, el Parque México eran mis preferidos.
Otra llevaba a Iztapalapa.
Caminaba mucho. Es una actividad que me encanta.
Muchas veces me regresé de la secundaria caminando para poder gastar lo del pasaje en algo que me gustara: unas enchiladas de la cooperativa, una paleta "mentada" de menta con cereza untada con chilito "Miguelito". Era camión o dulce.
Bueno... con el sabor de mi dulce preferido, dejo éste recuerdo.
Hasta la próxima.

