Esta tarde ví llover....
Cuántas tardes ví llover y no estabas tú.
Esa podría ser la frase que diría a casi todas las personas que han pasado por mi vida. A todas, menos a una: mi abuelita. Ella siempre estaba
Estuvo cuando una noche lluviosa, mi madre estaba en una banqueta, sentada con sus dos hijas abrazandolas porque no tenían sueter. No sé cuándo ni cómo escuché la historia, pero sí la he imaginado muchas veces. Puedo imaginar a mi abuelita aparecer como un ángel, llevando una bolsa de mandado a cada lado, entre la bruma de las lágrimas de mi mamá, de mi hermana de 2 años y medio y las mías de 9 meses.
También estuvo cuando tanto mi hermana y yo estuvimos a punto de morir de neumonía, cuatro años después. Ella nos levantaba a las 5 de la mañana, para ir a caminar bajo los árboles de eucalipto que bordeaban el río Churubusco (río que en la actualidad está entubado) como el doctor le recomendó. Nos llevaba bien tapadas, con gorra y tapada la boca. Nos llevaba tan temprano porque después se iba a trabajar a la fábrica.
Nos colgaba pastillas de eucalipto en nuestro pañuelito (ya sabes, se acostumbraba ponerles a los niños su pañuelito con un alfiler en el pecho para ir a la escuela)
Estuvo cuando enfermé de sarampión a los 8 años. Recuerdo que estaba muy débil. Pasé días acostada en la cama, sóla porque ella tenía que trabajar. Me dejaba suero con sidral hmmm Recuerdo que me caí al intentar levantarme para ir al baño. Me había dejado una bacinica para que no me molestara, pero estaba tan débil que al levantarme para usarla, se me doblaron las piernas y me desmayé. Sólo su recuerdo, saber que ella llegaría, me ayudó cuando desperté.
Me daba mi desayuno antes de irse, regresaba a mediodía, renunciando a su hora de comida para ir a darme la mía. Lo hacía corriendo desde la fábrica hasta la casa y no eran pocas las calles que debía caminar, mejor dicho, correr.
Y en la tarde, regresaba también corriendo. Recorría en 10 minutos un camino que a mí después me tomaba casi una hora cuando llevaba a mis hijos a caminar al jardín de Coyoacán.
Estuvo cuando a los 18 años enfermé de un oído. Trabajaba entonces en una fábrica de quesos como auxiliar contable (éso decía mi hoja del seguro, pero más bien me dediqué a arreglar el archivo que era todo un desastre de cajas y cajas jejeje)
Participaba en el inventario de los quesos, dentro de la cámara frigorífica en que se conservaban. Y el frío me provocó una infección en el oído. Creo que es el mayor dolor que he tenido. Regresé a casa. Estaba fría, sucia, sin tender las camas, porque tanto ella, Don Pedrito y yo, trabajábamos.
Me acosté y empecé a llorar. Creí que lloraba, pero debí gritar porque Doña Rosita, la vecina de la casa de al lado, me oyó. Entró a la casa que no tenía llave (se la había quitado alguno de los hijos de mi abuelita al intentar abrir sin llave y así se quedó desde entonces) Al verme se espantó y llamó a mi abuelita que se salió del trabajo, llegó corriendo como acostumbraba y me llevó a un doctor que estaba cerca.
Ella siempre estuvo. Excepto el día de mi boda civil porque tenía que trabajar. Y en la religiosa se quedó en su casa, cuidando de mi tía y sus hijos, porque ése día llegó el esposo de mi tía borracho. Ya estaban todos arreglados para asistir, pero se quedaron vestidos y alborotados.
Estuvo cuando acudí a ella porque no teníamos mi esposo y yo adonde ir, cuando mi papá nos avisó que tenía que dejar el terreno en donde viviamos tanto él con sus dos hijos y nosotros. Tenía a mi hijo de casi un año, y estaba embarazada del segundo. Nos dejó vivir en su casa. En ése entonces, ella vivía en otra casa. En la de Don Pedrito se quedaron las hijas de mi tía que se había ido a Estados unidos. No quisieron irse con mi abuelita.
Ahí vivimos hasta los 3 años de mi hijo menor. Ella esperó hasta que conseguimos nuestra casa (le dieron crédito a mi esposo de Infonavit) para venderla. Mis sobrinas ya se habían ido con su mamá y mi abuelita vendió la casa, pero esperó hasta que yo estuviera bien. Así era ella.
Estuvo cuando acudí a ella, al decidir venirnos a Ensenada. Habíamos intentado sacar la visa para mí y para mis hijos (mi esposo no podía sacarla porque no había hecho el servicio militar, decidimos que se iría después cuando ya estuviéramos en Estados unidos, cosa que no sucedió porque no nos dieron la visa jeje)
Al vernos sin nada, porque habíamos vendido todo para sacar la visa y hacer el viaje a EU, decidimos aceptar la invitación que me había hecho mi tía hermana de mi abuelita de venirme para acá. Mi hermana tenía visa para ella y sus hijos y su marido. Ella deseaba tener casa propia y tanto ella como su esposo, decidieron irse a trabajar para conseguirlo, cosa que tampoco sucedió, porque terminaron separados.
Mi abuelita aceptó acompañarnos para que mi tía no nos viera con malos ojos al llegar mi hermana con sus dos hijas ya adolescentes y yo con mis dos hijos.
Mi tía me había invitado a mí y a mis hijos, pero no contaba que le llegara marabunta jaja.
Se tranquilizó cuando mi abuelita le dijo que sólo nos quedaríamos yo y mis hijos.
Y también estuvo para ayudarme a instalar aquí. Mi esposo se había quedado a trabajar. Así lo decidimos para no quedarnos como el perro de las dos tortas. El se quedaría trabajando mientras yo encontraba la manera de pasar al otro lado y entre mi hermana y yo, le enviaríamos para que él se pasara también.
Sueños guajiros, jejeje. No es tan fácil hacer ésas cosas. Debía dejar a mis hijos con una vecinita de mi tía que se ofreció. O arriesgarlos a que nos sucediera algo en el intento de pasar. No quise arriesgarlos.
Decidí quedarme en Ensenada. Conseguí que los aceptaran en la escuela en el turno de la tarde, conseguí trabajo. Mi abuelita me ayudó a pagar el entre y la primer renta de una vivienda que conseguí con una compañera, compró una minita de gas, me trajo ropa de cama, toallas y más del otro lado.
Estuvo cuando acudí a ella, al decidir venirnos a Ensenada. Habíamos intentado sacar la visa para mí y para mis hijos (mi esposo no podía sacarla porque no había hecho el servicio militar, decidimos que se iría después cuando ya estuviéramos en Estados unidos, cosa que no sucedió porque no nos dieron la visa jeje)
Al vernos sin nada, porque habíamos vendido todo para sacar la visa y hacer el viaje a EU, decidimos aceptar la invitación que me había hecho mi tía hermana de mi abuelita de venirme para acá. Mi hermana tenía visa para ella y sus hijos y su marido. Ella deseaba tener casa propia y tanto ella como su esposo, decidieron irse a trabajar para conseguirlo, cosa que tampoco sucedió, porque terminaron separados.
Mi abuelita aceptó acompañarnos para que mi tía no nos viera con malos ojos al llegar mi hermana con sus dos hijas ya adolescentes y yo con mis dos hijos.
Mi tía me había invitado a mí y a mis hijos, pero no contaba que le llegara marabunta jaja.
Se tranquilizó cuando mi abuelita le dijo que sólo nos quedaríamos yo y mis hijos.
Y también estuvo para ayudarme a instalar aquí. Mi esposo se había quedado a trabajar. Así lo decidimos para no quedarnos como el perro de las dos tortas. El se quedaría trabajando mientras yo encontraba la manera de pasar al otro lado y entre mi hermana y yo, le enviaríamos para que él se pasara también.
Sueños guajiros, jejeje. No es tan fácil hacer ésas cosas. Debía dejar a mis hijos con una vecinita de mi tía que se ofreció. O arriesgarlos a que nos sucediera algo en el intento de pasar. No quise arriesgarlos.
Decidí quedarme en Ensenada. Conseguí que los aceptaran en la escuela en el turno de la tarde, conseguí trabajo. Mi abuelita me ayudó a pagar el entre y la primer renta de una vivienda que conseguí con una compañera, compró una minita de gas, me trajo ropa de cama, toallas y más del otro lado.
Estuvo conmigo y cuidaba de mis hijos cuando me iba a trabajar, no importándole tener que hacer del baño en una bolsa colocada en una cubeta porque le costaba trabajo bajar como treinta escalones para ir a la letrina.
Tenía cerca de 80 años para entonces, pero estuvo para apoyarme con mis hijos. Se bajaba del cerro donde vivíamos en el camión que nos dejaba frente a la casa, al mercado que se ponía los martes a ver que compraba.
Venía cargando sus bolsas de mandado, con sopas maruchan, ropa para nosotros, hasta para mi esposo. Todo lo que podía cargar nos traía cuando iba a Estados unidos, pasaba de regreso a vernos. No día subir el cerro porque era muy empinado, se quedaba en casa de su hermana a donde íbamos a verla. Sólo cuando vino en carro porque la trajo un sobrino, pudo subir a donde vivíamos, un cuarto de 4 por 5.
Tenía cerca de 80 años para entonces, pero estuvo para apoyarme con mis hijos. Se bajaba del cerro donde vivíamos en el camión que nos dejaba frente a la casa, al mercado que se ponía los martes a ver que compraba.
Venía cargando sus bolsas de mandado, con sopas maruchan, ropa para nosotros, hasta para mi esposo. Todo lo que podía cargar nos traía cuando iba a Estados unidos, pasaba de regreso a vernos. No día subir el cerro porque era muy empinado, se quedaba en casa de su hermana a donde íbamos a verla. Sólo cuando vino en carro porque la trajo un sobrino, pudo subir a donde vivíamos, un cuarto de 4 por 5.
Intenté traerla para acá cuando supe que había perdido su pierna. Quería cuidarla, pero aún no tenía casa y en el cuartito no cabía. Empecé a construir un cuarto con las maderas que le habían regalado a mi esposo para ella, pero mi prima que nos había prestado el terreno, pensó que quería construir para instalarme ahí. No me creyó que era provisional, para traerme a mi abuelita. Estábamos construyendo nuestra casa en el terreno que habíamos comprado, pero aún no estaba terminada.
Mi abuelita conocía el terreno que compramos, me acompañó a verlo. Hicimos planes para que se viniera con nosotros. No pude cumplirle. Como no le cumplí cuando niña de 6 años, le dije una vez que le iba a comprar una casa. Era lo que ella más deseaba. Había batallado mucho de aquí para allá. Sólo sonrió cuando se lo dije. Pero gracias a Dios, tuvo su casa. Si bien no le ayudé a comprarla, sí le ayudé a soportar a Don Pedrito que le ofreció la suya, a cambio de acompañarlo.
Ella siempre estuvo. Pero no sólo para mí. Yo escribo ésto con todo mi agradecimiento y mi amor, pero estuvo también para sus hijos. Siempre. Cada uno de ellos sabrá seguramente que ésto es verdad. Yo soy testigo de ello. La ví orar por ellos, pedir a Dios por ellos. La ví yendo a Estados unidos a ver a dos de sus hijos y nietos por allá.
La ví yendo a ver a mi tío y sus hijos, ayudarle cuando se le atoraba el pago de la renta, que era seguido. La ví ayudarle a poner un puestecito de dulces y refresos.
La ví llevar bolsas de mandado a las mujeres de mi papá y a las de sus otros hijos.
La ví ayudar a uno de ellos a pagar lo que adeudaba de su departamento de infonavit para que terminara de pagarlo y conseguir su escritura.
La ví yendo a Michoacán a llevarle dinero a otra nuera y sus hijos cuando mi tío se fué a Estados unidos.
Pero no sólo a sus hijos. La ví ayudando a sus vecinos. Desde llevarles taco cuando preparaba mole o algún dulce, como darle salsa a Doña Rosita porque a ella le gustaba. La ví darles medicamentos a sus vecinos de la colonia a donde se había ido, donde no había ni luz ni agua corriente aún, menos doctor cerca.
La ví llevar ayuda a una vecinita cuyo marido se había ido a Estados unidos y ella cuidaba de sus dos hijos. En fin. Ella siempre estuvo para muchos.
Hoy, día de muertos, quise recordarla para ustedes, porque yo la recuerdo todos los días.
Recuerdo el día en que supe que le habían amputado su pierna. Me esperó en Tijuana, en el aeropuerto porque deseaba que la acompañara de regreso a México. Me pagó el boleto mi tía porque ella no podía acompañarla.
Estuve una semana con ella, ayudándola a instalarse en su casa donde vivía con otro de sus hijos, su esposa y sus hijas. Tratamos de adaptar la casa a sus necesidades. Me dormía con ella, oraba con ella.
Pero tuve que regresar a Ensenada. Fué la última vez que la ví. Regresé llorando. Regresé con el alma rota.
Hasta el clima me acompañaba en mi dolor. Al llegar a Tijuana y hacer el viaje en camión a Ensenada, atravesamos entre fuego literalmente.
Por acá, aveces hay incendios. Esa vez fué mayor. El fuego estaba a ambos lados de la carretera, se extendía hasta los cerros que se veían a lo lejos, rojos por las llamas.
Así también ardía mi corazón. Fué muy doloroso.
Ella me escribió una carta de su puño y letra un año después, cuando estaba en el hospital. Iban a cortarle otra parte de su piernita. Tenía miedo. No deseaba que la cortaran más.
No salió del quirófano. Su corazón no resistió. Ella había sufrido un infarto aquí en Ensenada unos años antes y le habían puesto un marcapasos.
No tuve la dicha de ver y acompañar en el hospital a quien me acompañó siempre. No estuve cuando necesitaba de mí para cuidarla en ése trance tan doloroso para ella. No tuve dinero para ir. Como no tuve dinero para asistir a su funeral.
Pude ir a su tumba cinco años después. Y no la encontré. Me dieron las señas, pero no me acompañó nadie, todos trabajaban.
Gracias a Dios no estaba sóla, mi sobrina estuvo en el hospital con ella.
Descanse en paz la que siempre está, porque sé que vive en Cristo.
Hasta la próxima.

