Los 7 pecados capitales

INTRODUCCION
En éste artículo podrás ver la evolución de los conceptos, podrás ver que no siempre los pecados estuvieron clasificados como 7 ni tampoco fueron conocidos siempre por los nombres actuales.
Vislumbraremos un poco del pensamiento filosófico de algunos personajes.
El artículo sólo pretende ser una introducción para analizar cada pecado por separado.

Los siete pecados capitales de la tradición cristiana son la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza.

Lista y Significado
• Soberbia: Creerse mejor que los demás, lo que lleva a la vanidad y a ignorar a Dios.
• Avaricia: Desear sin medida las riquezas y los bienes materiales.
• Lujuria: Buscar de forma excesiva el placer carnal y sexual.
• Ira: Sentir un enojo profundo con deseo de venganza.
• Gula: Comer o beber en exceso sin medida.
• Envidia: Tristeza o enojo por el bien ajeno.
• Pereza: Falta de esfuerzo o flojera para hacer el bien.

Origen y Contexto
• San Gregorio Magno estableció esta lista definitiva de siete vicios en el siglo VI.
• La Enciclopedia Britannica detalla cómo estos vicios fueron desarrollados teológicamente por Santo Tomás de Aquino en la Edad Media


Fuente: Wikipedia

Los siete pecados capitales, también conocidos como vicios capitales, son una agrupación y categorización de las faltas humanas que, además de ser contrarias a las enseñanzas cristianas en función del objeto elegido, del fin que se busca o la intención y de las circunstancias de la acción u omisión, se cometen de modo reiterado, repetitivo o habitual oscureciendo la conciencia y distorsionando la valoración concreta de los actos humanos.

Fue el papa Gregorio Magno quien, en el año 590 d. C., estableció la lista de los siete pecados tal y como los conocemos hoy en día: ira, gula, soberbia, lujuria, pereza, envidia y avaricia.

El término «capital» (de caput, capitis, «cabeza», en latín) no se refiere a la magnitud del pecado sino a que da origen a muchos otros pecados, según Tomás de Aquino.
 Un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable, de manera tal que en su deseo, un hombre comete muchos pecados, todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal. […] 
Los pecados o vicios capitales son aquellos a los que la naturaleza humana está principalmente inclinada.
Tomás de Aquino
Los vicios pueden ser catalogados según las virtudes a que se oponen, o también pueden ser referidos a los pecados capitales que la experiencia cristiana ha distinguido siguiendo a san Juan Casiano y a san Gregorio Magno (Mor. 31, 45). Son llamados capitales porque generan otros pecados, otros vicios. Son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza.
Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 1866, artículo 8, «El pecado» (V: La proliferación del pecado).
Al principio del cristianismo los escritores religiosos ―Cipriano de Cartago, Juan Casiano, Columbano de Luxeuil, Alcuino de York― enumeraban ocho pecados capitales. El número siete fue dado por el papa Gregorio Magno y se mantuvo por la mayoría de los teólogos de la Edad Media.

En el catolicismo, la clasificación de los pecados capitales en un grupo de siete se originó con Tertuliano y continuó con Evagrio Póntico. Los conceptos se basaban en parte en antecedentes grecorromanos y bíblicos.
Más tarde, el concepto de los siete pecados capitales evolucionó aún más, como lo demuestra el contexto histórico basado en la lengua latina de la Iglesia católica romana, aunque con una influencia significativa de la lengua griega y las tradiciones religiosas asociadas. El conocimiento de este concepto es evidente en diversos tratados; en pinturas y esculturas, por ejemplo, decoraciones arquitectónicas en iglesias de algunas parroquias católicas; y en algunos libros de texto antiguos. Se ha obtenido más conocimiento a partir de los patrones de la confesión.

Durante los siglos posteriores y en la época moderna, la idea de los pecados (especialmente siete en número) ha influido o inspirado diversas corrientes de pensamiento religioso y filosófico, la pintura artística y los medios de comunicación populares modernos, como la literatura, el cine y la televisión.

Historia
En referencia a los siete pecados capitales, los «malos pensamientos» se pueden clasificar de la siguiente manera:
  • físicos (pensamientos producidos por los apetitos nutritivos, sexuales y adquisitivos)
  • emocionales (pensamientos producidos por estados de ánimo depresivos, irascibles o desdeñosos)
  • mentales (pensamientos producidos por estados mentales celosos, jactanciosos o arrogantes)
El monje del siglo IV Evagrio Pontico redujo los logismoi (o formas de tentación) de nueve a ocho, de la siguiente manera:
  • Γαστριμαργία (gastrimargia) gula
  • Πορνεία (porneia) prostitución, fornicación
  • Φιλαργυρία (philargyria) codicia
  • Λύπη (lypē) tristeza, traducida en la Filocalia como envidia, tristeza por la buena fortuna ajena
  • Ὀργή (orgē) ira
  • Ἀκηδία (akēdia) acedia (apatía, negligencia o indiferencia), traducido en la Filocalia como depresión
  • Κενοδοξία (kenodoxia) jactancia
  • Ὑπερηφανία (hyperēphania) orgullo, a veces traducido como «sobreestimación de uno mismo», «arrogancia» o «grandiosidad»
La lista de Evagrio fue traducida al latín del cristianismo occidental en muchos escritos de Juan Casiano, uno de los alumnos de Evagrio; la lista pasó a formar parte de la tradición espiritual occidental pietas o Devociones católicas de la siguiente manera:
  • Gula (gula)
  • Luxuria/Fornicatio (lujuria, fornicación)
  • Avaritia (avidez)
  • Tristitia (tristeza, desesperación, abatimiento)
  • Ira (ira)
  • Acedia (pereza)
  • Vanagloria (vanidad, vanagloria)
  • Superbia (orgullo)
En el año 590 d. C., el papa Gregorio I revisó esta lista y le dio la forma que hoy conocemos.
Combinó tristitia con acedia; combinó vanagloria con superbia; y añadió «envidia», que en latín es invidia.
La lista del papa Gregorio se corresponde con los rasgos descritos en Pirkei Avot como «apartar a alguien del mundo».
Tomás de Aquino utiliza y defiende la lista de Gregorio en su Summa Theologica, aunque los denomina «pecados capitales», porque son la cabeza y la forma de todos los demás pecados.
Denominaciones cristianas, como la Comunión Anglicana, Iglesia Luterana, y la Iglesia Metodista, aún conservan esta lista; evangelistas modernos como Billy Graham la han explicado.

Orígenes y evolución
La Iglesia Católica usó el marco de los pecados capitales para ayudar a las personas a frenar sus inclinaciones malvadas antes de que pudieran enconarse e involucra -en general- estos caracteres especiales:
  • La interacción entre la carne, la pasión en los placeres mundanos y el demonio
  • La concupiscencia
  • El pecado
  • El vicio
El ideal cristiano del celibato y de la virginidad que aparecen en el capítulo VI y VII de la Primera epístola a los corintios.
 A partir de la definición de carne, mundo y demonio como enemigos del alma, se habla de la «pasión mundana» o «excitación del apetito sensible concupiscible» que se caracteriza por un goce placentero de los sentidos sin un fin espiritual, puramente físico (como el beber en exceso), psíquico (como la fantasía sexual) o social (como el vulgarismo).

Los Padres de la Iglesia se centraron especialmente en el orgullo, considerado el pecado que separa el alma de la «gracia santificante» y que es la esencia misma del mal, así como la codicia, con estos dos pecados subyacentes a todos los demás pecados. Los siete pecados capitales fueron discutidos en tratados y representados en pinturas y decoraciones de esculturas en iglesias católicas, así como en innumerables rollos y códices manuscritos dados como enseñanza.

Antecedentes grecorromanos
Los siete pecados capitales, como los conocemos, tenían precedentes griegos y romanos precristianos. La Ética a Nicómaco define las virtudes como el término medio entre dos extremos, cada uno de los cuales es un vicio. El valor, por ejemplo, es la virtud ante una situación de miedo y peligro; el exceso de valor es temeridad, mientras que la ausencia de valor es cobardía. Aparte del valor, Aristóteles distingue virtudes como la templanza (dominio propio), la generosidad, la grandeza del alma (magnanimidad), la ira mesurada, la amistad y el ingenio o el encanto.

Ya en el mundo romano, el poeta latino Horacio en sus Odas acuñó el término «Aurea mediocritas» para aludir al deseo de comportarse de acuerdo con un punto medio entre los extremos (Oda I, 28; Oda II, 10); o un estado ideal alejado de cualquier exceso (hybris) mediante la justa medida de los términos opuestos (concordia oppositorum). Sus primeras epístolas dicen que «huir del vicio es el comienzo de la virtud, y deshacerse de la necedad es el comienzo de la sabiduría». También escribe sobre el paso del tiempo y del otium (ocio): «El ocio es una perversa sirena de la que debemos huir».

La Apatheia y los pensamientos malvados de que hablaban los padres del desierto
La identificación y definición de los pecados capitales a través de su historia ha sido un proceso fluido y ―como es común con algunos aspectos de la religión― con el tiempo ha evolucionado la idea de lo que envuelve cada uno de estos pecados. Ha contribuido a estas variaciones el hecho de que no se hace referencia a ellos de una manera coherente o codificada en la Biblia y por tanto se han consultado otros trabajos tradicionales (literarios o eclesiásticos) para conseguir definiciones precisas de los pecados capitales.
Se sabe que el obispo africano Cipriano de Cartago (f. 258) ―en libro IV de su obra De Mortalitate («Sobre la mortalidad»)― escribió acerca de ocho pecados principales, en el contexto del desorden social causado por una pandemia que afligió al Imperio romano en el tercer cuarto del siglo III.

No obstante, la primera elaboración teórica proviene de uno de los denominados Padres del desierto en el siglo IV: Evagrius Ponticus. Este anacoreta, inspirándose en el exégeta Orígenes, escribió en koiné Sobre los ocho vicios malvados, una lista de ocho vicios o pensamientos malvados («logismoi») fuentes de toda palabra, pensamiento o acto impropio, contra los que sus compañeros monjes debían guardarse en especial y en contraposición al «logion» que es un dicho sabio y edificante.

Evagrio postula la necesidad del «praktiké» (cuya significación más cercana sería «vida activa») como actividad inicial necesaria para purificar las pasiones del alma por medio de la «ascesis» (dominar el cuerpo para iluminar el alma), buscar el silenciamiento interior («hesyquia») a través del «sunesis» (confluir en Dios para lograr entendimiento) y encontrar la «epignosis» (tener una relación íntima con la fuente de ese conocimiento preciso y correcto) con el propósito de alcanzar la «apatheia» (el estado de plenitud espiritual). Para ello resalta una virtud primigenia: la «enkrateia», cuya significación griega («dominio propio, control sobre uno mismo») es más amplia que las voces latinas «temperantia» (templanza) y «continentia» (continencia). Por eso, su escrito sobre los vicios se inicia diciendo: «El origen del fruto es la flor y el origen de la vida activa es el control sobre uno mismo».

En cuanto a los vicios que distraen el pensamiento, el motor de las reflexiones de Evagrio es la noción cristiana de la concupiscencia. Esta es caracterizada como la inclinación a cometer pecado, cuyo fuente bíblica es la Carta de Santiago, capítulo 1, del versículo 13 al 15, y que predomina en el mundo natural (II Pedro,1:4). Agrupó los ocho vicios en dos categorías:

Tres vicios hacia el deseo de posesión:

  • Gastrimargia (Γαστριμαργία, refiere a los efectos de la gula y ebriedad en el vientre).
  • Porneia (Πορνεία, «amor a la carne»)
  • Filarguria (Φιλαργυρία, philarguria, «amor hacia el dinero»).
Cinco vicios irascibles, que ―al contrario que los concupiscibles―, no son deseos sino carencias, privaciones o frustraciones:
  • Oorgè (Ὀργή, cólera irreflexiva, crueldad, violencia).
  • Lúpê (Λύπη, tristeza, abatimiento del alma). En Philokalia es traducida como envidia, tristeza por la buena fortuna de otro.
    Acedia (Ἀκηδία, falta de interés, descuido, desesperanza). En Philokalia es traducida como abatimiento.
    Kenodoxia (Κενοδοξία, vanagloria, jactancia).
    Uperèphania (Ὑπερηφανία, soberbia, orgullo). A veces traducido como autoestimación exagerada, arrogancia o grandiosidad.
Para el anacoreta, el exceso en el consumo de bebidas y alimentos es el origen de las pasiones o del deseo extralimitado hacia un bien sensible: «la mucha leña alienta una gran llama y la abundancia de comida nutre la concupiscencia». 

Evagrio no utilizaba la noción latina de «gula», sino la voz griega «gastrimargia», que se traduce literalmente como «locura del vientre». La indigestión que causa el exceso de comidas es el simiente de los malos pensamientos que derivan en el pecado, y así postula una idea sobre lo que hoy podría denominarse una mala higiene del sueño: «Un vientre indigente prepara para una oración vigilante, al contrario un vientre bien lleno invita a un sueño largo. Una mente sobria se alcanza con una dieta muy magra, mientras que una vida llena de delicadezas arroja la mente al abismo».
En cuanto al tratamiento que se da a la lujuria («porneia»), los anacoretas estaban obsesionados con el cuerpo («la carne»), el sexo y la demonología. Ciertamente, el monacato se basaba en disciplinar el cuerpo contra el sexo y contra el diablo. El desierto fue identificado como un lugar en el que no había mujeres y así nacieron los «padres del desierto». Sin embargo, la tentación demoníaca se suplió con la fantasía basada en mitos y leyendas egipcias. En efecto, «el egipcio» es el nombre que los padres del desierto daban a un demonio cruel y despiadado en las formas de la tentación y al que refiere Evagrio en un pasaje de su tratado («Si matas a un egipcio, escóndelo bajo la arena»).

La tristeza es descripta como una sensación de decaimiento o infelicidad en respuesta a una aflicción, desánimo o desilusión. Dice Evagrio: «El monje afectado por la tristeza no conoce el placer espiritual: la tristeza es un abatimiento del alma y se forma de los pensamientos de la ira. El deseo de venganza, en efecto, es propio de la ira, el fracaso de la venganza genera la tristeza (...)».

La acedia describe al monje sin motivación para hacer las cosas y es un punto de ruptura en la relación espiritual del hombre con Dios. A veces es descripta como descuido, desapego espiritual o falta de compromiso con las tareas, otras veces es ansiedad o falta de concentración en el obrar. Dice Evagrio:
«El monje giróvago, como seca brizna de la soledad, está poco tranquilo, y sin quererlo, es suspendido acá y allá cada cierto tiempo.
Un árbol transplantado no fructifica y el monje vagabundo no da fruto de virtud.
El enfermo no se satisface con un solo alimento y el monje acedioso no lo es de una sola ocupación […]
El ojo del acedioso se fija en las ventanas continuamente y su mente imagina que llegan visitas: la puerta gira y éste salta fuera, escucha una voz y se asoma por la ventana y no se aleja de allí hasta que, sentado, se entumece.

Cuando lee, el acedioso bosteza mucho, se deja llevar fácilmente por el sueño, se refriega los ojos, se estira y, quitando la mirada del libro, la fija en la pared y, vuelto de nuevo a leer un poco, repitiendo el final de la palabra se fatiga inútilmente, cuenta las páginas, calcula los párrafos, desprecia las letras y los ornamentos y finalmente, cerrando el libro, lo pone debajo de la cabeza y cae en un sueño no muy profundo, y luego, poco después, el hambre le despierta el alma con sus preocupaciones.

El monje acedioso es flojo para la oración y ciertamente jamás pronunciará las palabras de la oración; como efectivamente el enfermo jamás llega a cargar un peso excesivo así también el acedioso seguramente no se ocupará con diligencia de los deberes hacia Dios: a uno le falta, efectivamente, la fuerza física, el otro extraña el vigor del alma.

La paciencia, el hacer todo con mucha constancia y el temor de Dios curan la acedia.

Dispón para ti mismo una justa medida en cada actividad y no desistas antes de haberla concluido, y reza prudentemente y con fuerza y el espíritu de la acedia huirá de ti».
Cap. XIII a XIV
La jactancia o vanagloria («kenodoxia», en griego) es hablar con excesivo orgullo y autosatisfacción acerca de los logros, las posesiones o las habilidades de uno. Kenodoxos o kenodoxia es un término paulino compuesto por kenos («vacío, vano») y doxa («opinión»). 
La mejor compresión de su significado es por el contraste entre la humildad o sumisión con deseo de alabanza -el deseo de fama en la modernidad- que aparece en Gálatas 5:26 y en Filipenses 2:3. Así lo entiende Evagrio cuando dice: «(...) serán inútiles el ayuno, la vigilia o la oración, porque es la aprobación pública la que excita el celo. No pongas en venta tus fatigas a cambio de la fama, ni renuncies a la gloria futura por ser aclamado. En efecto, la gloria humana habita en la tierra y en la tierra se extingue su fama, mientras que la gloria de las virtudes permanecen para siempre».

La soberbia («hiperēphania» en griego) se refiere a un sentido tonto e irracionalmente corrupto del valor personal, la posición o los logros de uno. Dice Evagrio:
Se enferma de soberbia el apóstata de Dios cuando adjudica a sus propias capacidades las cosas bien logradas.
Como aquel que trepa en una telaraña se precipita, así cae aquel que se apoya en sus propias capacidades [...]
Contempla tu naturaleza porque eres tierra y ceniza y dentro de poco volverás al polvo, ahora soberbio y dentro de poco gusano.
¿Para qué elevas la cabeza que dentro de poco se marchitará?

Cap. XVII a XVIII
Los ocho pecados capitales
En el siglo V, el sacerdote y anacoreta Juan Casiano (probablemente discípulo de Evagrius en Nitria) con su obra De institutis coenobiorum (V, coll. 5, «de octo principalibus vitiis»)― introdujo las enseñanzas de Ponticus en Europa, traducidas al latín, y expuso las obligaciones del monje y los vicios contra los que ha de estar prevenido. Su trabajo resultó fundamental para las prácticas confesionales católicas como se documenta en los manuales penitenciales y las historias recogidas en la literatura medieval, tal cual surge de la lectura del «Cuento del Párroco» relatado por Geoffrey Chaucer en Los cuentos de Canterbury de finales del siglo XIV.

A diferencia de Evagrio, Casiano expone sus Instituciones para la vida monacal en comunidad (los cenobítas) y considera que la anacoresis solamente es posible en aquellas almas ya purificadas de los vicios.
  • Gastrimargía: que Casiano dejó en griego porque no encontró una palabra acomodada en latín que significara simultáneamente gula y ebriedad.
  • Porneia: utiliza la voz latina «fornicatio» (fornicación).
  • Philargyría: «philarguria»
  • Lúpê: utiliza la voz latina «tristitia» (tristeza).
  • Orgế: Utiliza la voz latina ira
  • Akêdía: utiliza la voz latinizada Acedia
  • Kenodoxía: cenodoxia
  • Huperêphanía: utiliza la voz latina «superbia» (soberbia).
Los «malos pensamientos» se clasificaron en tres tipos:
  • apetito lujurioso (glotonería, fornicación y avaricia)
  • irascibilidad (ira)
  • corrupción de la mente (vanagloria, tristeza, soberbia y acedia)

Columbano de Lexehuil (540-615) ―en su Instructio de octo vitiis principalibus en Bibl. max. vet. patr. (XII, 23)― y Alcuino de York (735-804) ―en su De virtut. et vitiis, (XXVII y siguientes)― continuaron la idea de ocho pecados capitales.




Siete pecados capitales

El 7 de febrero de 590, la plaga de Justiniano acabó con la vida de Pelagio II, y Gregorio I se convirtió en el primer monje en llegar al papado. Desde esa posición concluye sus comentarios pastorales sobre el Libro de Job en su Moralia, sive Expositio in Job. En la misma, revisó los trabajos de Evagrio y Casiano acerca de los pecados capitales (Moralia, XXXI, XVII) y reelaboró esa categoría, reduciendo a siete el número de vicios del comportamiento.
  • lujuria
  • ira
  • soberbia
  • envidia
  • avaricia
  • pereza
  • gula
San Buenaventura de Fidanza (1218-1274) enumero los mismos.
Santo Tomás de Aquino (1225-1274) respetó esa misma lista, con otro orden:
  • vanagloria (soberbia).
  • avaricia
  • glotonería
  • lujuria
  • pereza
  • envidia
  • ira
El poeta Dante Alighieri (1265-1321) utilizó el mismo orden del papa Gregorio Magno en «El Purgatorio», la segunda parte del poema La Divina Comedia (c. 1308-1321). La teología de La Divina Comedia casi ha sido la mejor fuente conocida desde el Renacimiento (siglos XV y XVI).

Muchas interpretaciones y versiones posteriores, especialmente derivaciones conservadoras del protestantismo y del movimiento cristiano pentecostal han postulado temibles consecuencias para aquellos que cometan estos pecados como un tormento eterno en el infierno, en vez de la posible absolución a través de la penitencia en el purgatorio.

Arte y literatura
El poeta hispanolatino Aurelio Prudencio (348-410) ya utilizó personificaciones alegóricas de los vicios y virtudes en combate en su poema Psychomachia. 
Muchos sermones se inspiraron en los pecados capitales durante la Edad Media, así como no pocos poemas alegóricos. 
En el siglo XIV pueden encontrarse en el Libro de Buen Amor de Juan Ruiz, el arcipreste de Hita (1284-1351) y, también, dentro del Rimado de Palacio del canciller de Castilla Pero López de Ayala, en forma de exposición previa o examen de conciencia de la confesión católica de los mismos.

Ya en el siglo XV, la Mesa de los pecados capitales (1485, pintura al óleo sobre tabla), del pintor Hieronymus Bosch, refleja una consolidada iconografía de los mismos.

Los siete pecados capitales se representan con originalidad, con un realismo impecable
En el centro del cuadro se ve una imagen tradicional de Cristo como varón de dolores, saliendo de su tumba. Se dice que representa el ojo de Dios, y la imagen de Cristo es su pupila. Bajo esta imagen hay una inscripción en latín: Cave, cave, Deus vídet? (‘cuidado, cuidado, Dios lo ve’). Es una referencia clara a la idea de que Dios lo ve todo.

Alrededor, hay un círculo más grande dividido en siete partes, mostrando cada uno de los siete pecados capitales, que pueden ser identificados por sus inscripciones en latín.

Posteriormente, el género literario teatral del auto sacramental (siglos XVI, XVII y primera mitad del siglo XVIII) llevado a su perfección por Pedro Calderón de la Barca, testimonia la popularidad de estas alegorías hasta pasada la mitad del siglo XVIII, cuando se prohibió en España representar este tipo de piezas teatrales (1765).

Virtudes que contempla la Iglesia católica


Una lista de siete virtudes que se oponen a los siete pecados mortales apareció más adelante en un poema épico titulado Psychomachia, escrito por Aurelio Clemente Prudencio, un gobernador cristiano que murió alrededor del año 410 d. C., conlleva la batalla entre las buenas virtudes y los vicios del mal. La enorme popularidad de este trabajo en la Edad Media ayudó a difundir el concepto de la santa virtud en toda Europa. Después de que el papa Gregorio I publicó su lista de siete pecados capitales en el 590 d. C., las siete virtudes se identificaron como castidad, templanza, caridad, diligencia, paciencia, bondad y humildad. Se dice que practicarlos protege a uno contra la tentación de los siete pecados mortales.

Pecados capitales y demonología


En 1589, Peter Binsfeld, basándose libremente en fuentes anteriores, asoció cada pecado con un demonio que tentaba a la gente por medios asociados al pecado. Su clasificación de los demonios es la siguiente:
  • Lujuria: Asmodeus
  • Gula: Belcebú
  • Avaricia: Mammón
  • Pereza: Belfegor
  • Ira: Satanás
  • Envidia: Leviatán
  • Soberbia: Lucifer
Según Binsfeld, también existían otros demonios que incitaban a pecar, como los íncubos (demonios masculinos que tenían relaciones sexuales con mujeres durmientes) y los súcubos (demonios femeninos que tenían relaciones sexuales con hombres durmientes), que incitaban a la lujuria.