El Evangelio de hoy, nos habla de los ricos y lo difícil que es para ellos entrar al Reino de los cielos. Pero no dice que no entran, sino que es difícil.
Tan difícil como es para un pobre entrar al Reino de los Cielos.
La entrada no está determinada por tener o no tener, sino por la generosidad del corazón. Recuerdo a la viuda pobre que puso sus dos monedas y Cristo la enalteció. Ella había puesto más que un rico que daba de lo que le sobraba.
Duele más el codo a un pobre que da una moneda que necesita para comer, que a un rico que da 100 monedas que pensaba usar para comprar un carro más lujoso.
Yo siempre estaré agradecida a personas que daban de lo que poseían para sostener los internados en los que estuve y en los que aprendí tanto.
Siempre estaré agradecida a personas que viniendo de familias con posibilidades, dedicaban unas horas a la semana de un tiempo que podían usar en divertirse para ir a leernos libros positivos, para ir a darnos clases de inglés, mecanografía o cocina.
Siempre estaré agradecida a personas que pudiendo dedicarse a barbear a ricos, dedicaban parte de su tiempo en darnos gratis acceso a una Asociación como los "Boy scouts" que cobran para poder tener acceso a las actividades. Ellos reservaban lugar para personas como yo, que no podíamos pagar. Gracias a ellos pude estar en campamentos, aprender actividades que a personas con posibilidades les costaban. Y convivíamos hijos de personas ricas, con personas de posibilidades y con personas pobres como yo.
Siempre estaré agradecida a personas que pusieron empresas o pequeños despachos donde trabajé. Pudieron como el de la parábola de los talentos, dedicarse a gastar la herencia de sus padres o a guardarla para sí y su familia. No. Ellos se arriesgaron a poner negocios donde se daba trabajo a personas como yo.
Pero... y éso si quiero dejarlo bien claro. Yo, como pobre, debí ganarme todo éso. No me lo dieron sólo por ser pobre... porque pobres hay muchos. No me lo dieron por ser guerita, porque gueritos hay muchos... no me lo dieron por ser bonita, porque bonitas hay un chorro y dos montones. Me lo gané a pulso.
No me lo dieron tampoco por ser inteligente, que lo soy... pero inteligentes hay un montón. Me lo gané con mi esfuerzo.
Cada mes debía sacar buenas calificaciones en la escuela. Y buenas calificaciones no significaba simplemente pasar de a panzaso... sino en ése internado la que menor calificación sacaba era 8.
También debíamos convivir entre nosotras, sin pleitos, sin chismes. Debíamos cumplir con nuestras obligaciones de limpieza. Debíamos cumplir con un horario.
Y debíamos tener buena conducta en todos los lugares: escuela, paseos, hasta en la calle.
O sea, los ricos cumplían lo que Dios espera de ellos y lo hacían no sólo con dinero, sino también con su presencia, con su estima. Y nosotras, pobres, también cumplíamos con lo que Dios espera de nosotros.
En éste pasaje del Evangelio les jala las orejas a los ricos.. Y yo como pobre, podría carcajearme: "jejeje.. éso, Padre... diles lo que se merecen". Pero debo recordar que otro día me va a recordar lo mala que soy: floja, malgastada, orejona cuando quieren enseñarme algo bueno. Y todo con el pretexto de que soy pobre.
Dice un dicho: "cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar". Y si a los ricos aveces se les olvida o les duele dar algo, los pobres podríamos recordar que no lo roban, lo heredan, que muchas de las personas que tienen dinero, lo tienen porque no lo malgastaron como yo, que Dios me bendijo con trabajo y yo malgastaba el dinero en paseos y comilonas. Como dice la canción "ay, como me gusta el gusto y todas las parrandas y todo se me va en beber".
A muchos pobres nos encanta el gusto y le damos gusto al gusto y cuando ya estamos con los bolsillos vacíos, entonces nos da por ir a recordarles a los ricos las "obligaciones" que según nosotros, Dios tiene para ellos, en lugar de aceptar que estamos como estamos por no saber controlar nuestros apetitos.
Yo he dicho que llegué a Ensenada sin un quinto, después de haber tenido trabajo, una casita de condominio horizontal, la oportunidad de trabajar en mi casa como costurera y poder cuidar de mis hijos. Y por malgastar, terminamos mi esposo y yo por perder todo.
Desde hace 30 años, tuve una segunda oportunidad de rehacer nuestras vidas. Y no la hemos desaprovechado.
Pero no por mis méritos, sino por misericordia de Dios. Yo nunca fuí buena católica, tal vez porque no me enseñaron a acudir a misa, ni a vivir de la Eucaristía. No tanto porque fuera floja o tragona o grosera o ladrona o mal hablada. Nada de éso, gracias a Dios fuí bien educada. Pero no vivía la fé como debe vivirse.
Yo oraba todas las noches antes de acostarme, bendecía a mis hijos antes de salir de casa. Es decir, vivía como me enseñaron. Aquí aprendí a vivir como Dios manda: yendo a misa, comulgando y confesándome regularmente.
Y lo aprendí porque Dios quiso. Así que sé por experiencia propia que entrar al Reino de los Cielos no es cuestión de dinero. Es cuestión de atender al llamado de Dios. Y yo siempre fué orejona. No pensaba que fuera necesario éso de ir a la Iglesia, a pesar de que se me enseñó en el Catecismo cuando pequeña.
Gracias a Dios no terminé en la calle, como muchas personas pobres que crecieron en ranchos o en pueblos como yo.
Es cierto que nací en la CDMX antes DF, en un barrio bien, de una familia bien. Pero por cuestiones de la vida, crecí desde pequeña en rancho y pueblos entre gente pobre.
Si alguien de mi familia tenía dinero, era suyo, no mío.
Pero fuí bien educada, es decir, me educaron con valores. Pero no me enseñaron a vivir en una comunidad eclesial, es decir a llevar una vida donde la misa, la comunión y la confesión fueran importantes. Y en el internado, aunque se oraba por las noches, tampoco se nos enseñó, porque estaba prohibido por ley.
Esa es finalmente la razón de haber tomada tan malas decisiones, entiendo ahora. Porque no tenía yo la guía de Dios en su palabra y en sus sacramentos.
Así que prácticamente fuí educada como se educa a los protestantes, entiendo yo ahora: sin sacramentos y sin Iglesia.
Y no me fué bien. Esos que opinan que Dios le habla a uno sólo leyendo la Biblia o que basta con orar en la casa creo yo, no están bien.
Se salva uno por Gracia por supuesto, pero no basta sólo la Gracia, debe uno querer recibirla y hacer lo que Dios dice, en donde El dice y como El dice.
Y El dice que hay unas personas encargadas de dar los Sacramentos, en un lugar llamado Iglesia.
Así que yo puedo equiparar la vida de iglesia como la vida del internado al que fuí: no fuí porque yo quisiera, sino porque me llevó mi abuelita (que estaba encargada de mí desde los nueve meses en que mis padres se separaron y me dejaron con ella). Y me llevó porque me enviaron de la escuela primaria a la que asistía. Detectaron que a pesar de ser inteligente y sacar buenas calificaciones, no me adaptaba tan bien al grupo.
Así que ni siquiera fué porque mi abuelita quisiera, sino porque fuí llamada como muchos niños en mi caso. Pero no todos entraron a ése y otros internados, porque sus papás no acudieron al llamado que se les hizo en las primarias, o porque no consideraron que sus hijos necesitaran ser internados, o porque no necesitaron hacerlo.
Pero como digo, para estar ahí, se debía cumplir con lo que se pedía. Ví cómo cada año, algunas compañeras no regresaban. Hasta hubo alguna a la que se le pidió cordialmente abandonara el lugar por su mala conducta.
Asi que yo no era una buena católica, pero tampoco quise ser una buena protestante y perderme de los sacramentos que son los medios que Dios puso para salvarme, junto con la escucha de Su Palabra dentro del lugar donde El quiso se hiciera.
Desde hace 30 años, empecé a aprender de Dios y de su Iglesia. Porque le pedí a El su ayuda. Y sigo en su Iglesia porque "adónde voy que más valga?. Tú tienes palabra de vida"
san Mateo 19, 23-30
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos».
Al oírlo, los discípulos dijeron espantados: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo».
Entonces dijo Pedro a Jesús: «Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?».
Jesús les dijo: «En verdad os digo: cuando llegue la renovación y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.
Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros».
