Pentecostés (del griego πεντηκοστή, pentēkostḗ, que significa ‘quincuagésimo’) es el término con el que se define la fiesta cristiana del quincuagésimo día del tiempo pascual.[Nota 1] Se trata de una festividad que pone término a ese tiempo litúrgico y que configura la culminación solemne de la misma Pascua, su colofón y su coronamiento
Durante Pentecostés se celebra la venida del Espíritu Santo y el inicio de las actividades de la Iglesia. Por ello también se le conoce como la celebración del Espíritu Santo. En la liturgia católica es la fiesta más importante después de la Pascua y la Navidad. La liturgia incluye la secuencia medieval: Veni, Sancte Spiritus.
En las Iglesias ortodoxas existe además la celebración de las «Tres Divinas Personas» o de la Santísima Trinidad. Las Iglesias occidentales celebran para esta ocasión, desde el siglo XIV, su propia fiesta llamada «Trinitatis» —la fiesta de la Santísima Trinidad— una semana después de Pentecostés.
En las narraciones sobre Pentecostés de los Hechos de los Apóstoles,[a] se le adjudica al Espíritu Santo (en congruencia con el Antiguo Testamento) características milagrosas (carismas): él ofrece valentía y libertad, posibilita la comprensión (glosolalia) y fortifica una comunidad universal.
Pentecostés es considerada la tercera festividad más importante en la Iglesia católica, por detrás del Domingo de Resurrección y la Natividad.
Etimología
El término «Pentecostés» proviene de πεντηκοστή. Uno de los significados de «Pentecostés» en la Septuaginta, la traducción koiné de la Biblia hebrea, hace referencia a la festividad de Shavuot, una de las Tres fiestas de peregrinación, que se celebra el quincuagésimo día después de la Pascua según Deuteronomio 16:10,[4] y Éxodo 34:22, donde se le denomina «Fiesta de las Semanas» (ἑορτὴν ἑβδομάδων).
La Septuaginta utiliza el término Pentēkostē en este contexto en el Libro de Tobías y 2 Macabeos.
Antecedentes
En el judaísmo, Shavuot es una fiesta de la cosecha que se celebra siete semanas y un día después del primer día de la Pascua judía en Deuteronomio 16:9, o siete semanas y un día después del sábado según Levítico 23:16.
Se discute en la Mishná y el Talmud babilónico, quinto tratado de nombre Arakhin. La mención concreta de cincuenta días proviene de Levítico 23:16.
La Fiesta de las Semanas también se conoce como la Fiesta de la Cosecha en Éxodo 23:16 y el Día de las Primicias en Números 28:26.[12] En Éxodo 34:22, se le llama «las primicias de la cosecha de trigo».
En algún momento durante el periodo helenístico, la antigua fiesta de la cosecha también se convirtió en un día para renovar el pacto de Noé, descrito en Génesis 9:17, que se establece entre Dios y «toda carne que está sobre la tierra». Tras la destrucción del Templo en el año 70 d. C. , ya no se podían llevar ofrendas al Templo de Jerusalén y el foco de la festividad pasó de la agricultura a los israelitas que recibían la Torá.
Para entonces, algunos judíos ya vivían en la diáspora. Según Hechos 2:5–11 en Jerusalén había judíos de «todas las naciones bajo el cielo», posiblemente visitando la ciudad como peregrinos durante Pentecostés.
Pentecostés en el Antiguo Testamento
El fondo histórico de la celebración se basa en la fiesta semanal judía llamada Shavuot o fiesta de las semanas, durante la cual se celebra el quincuagésimo día de la aparición de Dios en el monte Sinaí. Por lo tanto, en el día de Pentecostés también se celebra la entrega de la Ley (mandamientos) al pueblo de Israel.
Pentecostés era una de las tres grandes fiestas judías, y para celebrarlo gran cantidad de ellos subían a Jerusalén para dar gracias a Dios y adorarle en el Templo. A los 50 días de la Pascua, los judíos celebraban la «Fiesta de las siete semanas» o «Fiesta de las semanas»,[b] que en sus orígenes tenía carácter agrícola. Se trataba de la festividad de la siega, día de regocijo y de acción de gracias,[c] en que se ofrecían las primicias de lo producido por la tierra. Estaba estipulado que la celebración debía festejarse siete semanas después de que se empezase la primera labor de la siega. Venía indicado de la siguiente manera:
«Contaréis siete semanas enteras a partir del día siguiente al sábado, desde el día en que habréis llevado la gavilla de la ofrenda mecida, hasta el día siguiente al séptimo sábado, contaréis cincuenta días...» (Levítico 23,
por lo que se trataba de una fiesta móvil en el calendario, ya que su fecha dependía del ritmo de la agricultura. Esta fijación tiene varias interpretaciones según el sentido que se dé a la palabra «sábado».
Si el día de sábado se entiende como festivo o día de la Pascua, entonces la cuenta empezaba el día siguiente; Filón y Flavio Josefo interpretaban la ley de dicha forma. La otra interpretación es que si la palabra «sábado» se entiende como el séptimo día de la semana, la cuenta empezaría el domingo siguiente a la Pascua; los fariseos y una tradición samaritana la interpretan de esta otra forma.
Más tarde, esta celebración se convirtió en recuerdo y conmemoración de la Alianza del Sinaí, realizada unos cincuenta días después de la salida de Egipto. Por designio divino, esta fiesta que los judíos celebraban con tanta alegría se convirtió en la fiesta de la «Nueva Alianza», la de la venida del Espíritu Santo con todos sus dones y frutos.
Pentecostés en el Nuevo Testamento
Se afirma que el Cenáculo de Jerusalén es el lugar donde tuvieron lugar la Última Cena y Pentecostés.
Las primeras alusiones a su celebración se encuentran en escritos de san Ireneo, Tertuliano y Orígenes, a fines del siglo II y principios del siglo III. Ya en el siglo IV hay testimonios de que en las grandes Iglesias de Constantinopla, Roma y Milán, así como en la península ibérica, se festejaba el último día de la cincuentena pascual por lo que esta cincuentena está íntimamente unida a la «memoria» de Pentecostés. La Iglesia Católica celebra su manifestación al mundo.
La narración de Hechos 2 sobre Pentecostés incluye numerosas referencias a narraciones bíblicas anteriores, como la Torre de Babel, y las narraciones del diluvio y la creación del Libro del Génesis. También incluye referencias a ciertas teofanías, con cierto énfasis en la aparición encarnada de Dios en el monte Sinaí cuando se presentaron los Diez Mandamientos a Moisés El teólogo Stephen Wilson ha descrito la narración como «excepcionalmente oscura» y persisten varios puntos de desacuerdo entre los estudiosos de la Biblia.
No hay pruebas literarias que confirmen la ubicación del οἶκος («casa»), que se da como lugar de los acontecimientos en Hechos 2:2. Algunos detalles semánticos sugieren que la «casa» podría ser el «cenáculo» (ὑπερῷον) mencionado en la Hechos: 1; 12-26, pero no hay pruebas textuales que confirmen la ubicación con certeza y sigue siendo objeto de debate entre los comentaristas bíblicos.
Este mapa de Jerusalén de 1472 señala el lugar de Pentecostés, «Ubi apostoli acceperunt spiritum sanctum», en la ubicación del Cenáculo. Los acontecimientos del capítulo 2 de los Hechos se desarrollan con el telón de fondo de la celebración de Pentecostés en Jerusalén. Hay varias características importantes en la narración de Pentecostés que se presenta en el segundo capítulo de los Hechos de los Apóstoles. El autor comienza señalando que los discípulos de Jesús «estaban todos juntos en un mismo lugar» el «día de Pentecostés» (ἡμέρα τῆς Πεντηκοστῆς). El verbo utilizado en Hechos 2:1 para indicar la llegada del día de Pentecostés tiene una connotación de cumplimiento.
Hay un «soplo de viento impetuoso» (el viento es un símbolo común del Espíritu Santo) y aparecen «lenguas como de fuego». Los discípulos reunidos «se llenaron del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba habilidad». Algunos eruditos han interpretado el pasaje como una referencia a la multitud de idiomas que hablaban los discípulos reunidos, mientras que otros han interpretado la referencia a las «lenguas» (γλῶσσαι) como discurso extático.
En la tradición cristiana, este acontecimiento representa el cumplimiento de la promesa de que Cristo bautizará a sus seguidores con el Espíritu Santo.
De los cuatro evangelios del Nuevo Testamento, la distinción entre el bautismo con agua y el bautismo de Cristo con «Espíritu Santo y fuego» solo se encuentra en Mateo y Lucas.
La narración de los Hechos evoca el simbolismo del bautismo de Jesús en el río Jordán y el comienzo de su ministerio, al conectar explícitamente la profecía anterior de Juan el Bautista con el bautismo de los discípulos con el Espíritu Santo en el día de Pentecostés.
Más tarde, esta celebración se convirtió en recuerdo y conmemoración de la Alianza del Sinaí, realizada unos cincuenta días después de la salida de Egipto. Por designio divino, esta fiesta que los judíos celebraban con tanta alegría se convirtió en la fiesta de la «Nueva Alianza», la de la venida del Espíritu Santo con todos sus dones y frutos.
Pentecostés en el Nuevo Testamento
Se afirma que el Cenáculo de Jerusalén es el lugar donde tuvieron lugar la Última Cena y Pentecostés.
Las primeras alusiones a su celebración se encuentran en escritos de san Ireneo, Tertuliano y Orígenes, a fines del siglo II y principios del siglo III. Ya en el siglo IV hay testimonios de que en las grandes Iglesias de Constantinopla, Roma y Milán, así como en la península ibérica, se festejaba el último día de la cincuentena pascual por lo que esta cincuentena está íntimamente unida a la «memoria» de Pentecostés. La Iglesia Católica celebra su manifestación al mundo.
La narración de Hechos 2 sobre Pentecostés incluye numerosas referencias a narraciones bíblicas anteriores, como la Torre de Babel, y las narraciones del diluvio y la creación del Libro del Génesis. También incluye referencias a ciertas teofanías, con cierto énfasis en la aparición encarnada de Dios en el monte Sinaí cuando se presentaron los Diez Mandamientos a Moisés El teólogo Stephen Wilson ha descrito la narración como «excepcionalmente oscura» y persisten varios puntos de desacuerdo entre los estudiosos de la Biblia.
No hay pruebas literarias que confirmen la ubicación del οἶκος («casa»), que se da como lugar de los acontecimientos en Hechos 2:2. Algunos detalles semánticos sugieren que la «casa» podría ser el «cenáculo» (ὑπερῷον) mencionado en la Hechos: 1; 12-26, pero no hay pruebas textuales que confirmen la ubicación con certeza y sigue siendo objeto de debate entre los comentaristas bíblicos.
Este mapa de Jerusalén de 1472 señala el lugar de Pentecostés, «Ubi apostoli acceperunt spiritum sanctum», en la ubicación del Cenáculo. Los acontecimientos del capítulo 2 de los Hechos se desarrollan con el telón de fondo de la celebración de Pentecostés en Jerusalén. Hay varias características importantes en la narración de Pentecostés que se presenta en el segundo capítulo de los Hechos de los Apóstoles. El autor comienza señalando que los discípulos de Jesús «estaban todos juntos en un mismo lugar» el «día de Pentecostés» (ἡμέρα τῆς Πεντηκοστῆς). El verbo utilizado en Hechos 2:1 para indicar la llegada del día de Pentecostés tiene una connotación de cumplimiento.
Hay un «soplo de viento impetuoso» (el viento es un símbolo común del Espíritu Santo) y aparecen «lenguas como de fuego». Los discípulos reunidos «se llenaron del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba habilidad». Algunos eruditos han interpretado el pasaje como una referencia a la multitud de idiomas que hablaban los discípulos reunidos, mientras que otros han interpretado la referencia a las «lenguas» (γλῶσσαι) como discurso extático.
En la tradición cristiana, este acontecimiento representa el cumplimiento de la promesa de que Cristo bautizará a sus seguidores con el Espíritu Santo.
De los cuatro evangelios del Nuevo Testamento, la distinción entre el bautismo con agua y el bautismo de Cristo con «Espíritu Santo y fuego» solo se encuentra en Mateo y Lucas.
La narración de los Hechos evoca el simbolismo del bautismo de Jesús en el río Jordán y el comienzo de su ministerio, al conectar explícitamente la profecía anterior de Juan el Bautista con el bautismo de los discípulos con el Espíritu Santo en el día de Pentecostés.
El momento en que se sitúa la narración, durante la fiesta de Pentecostés en la que se entregó la ley, simboliza tanto la continuidad con la entrega de la ley como el papel central del Espíritu Santo para la iglesia primitiva. El papel central de Cristo en la fe cristiana significaba una separación teológica fundamental de la fe judía tradicional, que se basaba en la Torá y la Ley mosaica.
Significado teológico del Pentecostés cristiano
En el cristianismo, Pentecostés es el fruto de la obra realizada por Cristo, el resultado de sus merecimientos. En el Nuevo Testamento se dice a veces que fue el mismo Cristo simplemente quien envió al Paráclito, también traducido como Consolador, en referencia al Espíritu Santo. Otras veces que fue el Padre pero, bien a ruegos de Cristo, o bien en nombre de Cristo. En una ocasión se afirma que lo envió Cristo de parte del Padre. Según Cabodevilla, todas estas expresiones denotan lo mismo: la emisión del Espíritu por parte del Padre y del Hijo. El Apocalipsis lo puso de manifiesto en la siguiente frase: Un río de agua viva, resplandeciente como el cristal, saliendo del trono de Dios y del Cordero.
Según los escritos neotestamentarios, el Espíritu Santo es el «Espíritu de Cristo». Otras veces se lo llama el «Espíritu de Jesús» o «Espíritu de Jesucristo». También se lo llama «Espíritu del Señor», o «Espíritu de su Hijo».
Fue Simón Pedro el primero en explicitar el significado del acontecimiento de Pentecostés en su discurso pronunciado ese mismo día.
Era el comienzo de la efusión del Espíritu Santo que Dios había prometido para la «plenitud de los tiempos». Esos últimos tiempos, de los que se hablaba en el Libro de Joel, en el Libro de Ezequiel, y, por último, en los Hechos de los Apóstoles, empezaron con la muerte y resurrección de Jesucristo, cuya señal fue la de hacer hablar a los apóstoles como verdaderos profetas mediante la efusión del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo en Jesús
En la iglesia parroquial de San Juan Bautista en Wuchzenhofen, Leutkirch (Alemania), existen dos medallones en la pared del fondo que representan dos momentos bíblicos en la acción del Espíritu Santo: la Anunciación y Pentecostés.
En el Nuevo Testamento, el Espíritu Santo aparece moviendo a Jesús durante toda su vida. Fue el Espíritu Santo quien cubrió el seno materno de María antes de que Jesús naciera. Más tarde, descendió de forma visible en el momento del bautismo de Jesús, y posteriormente lo condujo al desierto para devolverlo luego a Galilea
El primer sermón de Cristo comienza así: «El Espíritu del Señor está sobre mí». De allí que el Espíritu Santo aparezca en la Biblia operando en la misma línea que Jesús. Ireneo de Lyon lo resumió en la siguiente frase: «El Padre se complace y ordena, el Hijo obra y forma, el Espíritu nutre e incrementa».
La frase de Jesús: «Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os enseñará toda la verdad» (Juan 16:13) no se refiere tanto a noticias nuevas cuanto a una mayor profundización de la doctrina dictada ya por el Maestro. La función magisterial del Espíritu Santo se reducirá a la mayor iluminación de lo ya revelado, a la manifestación de elementos parciales, al descubrimiento de nuevos aspectos en las verdades ya poseídas, a la deducción de consecuencias, al asesoramiento en la aplicación de ciertas verdades a determinados sucesos. [...] He aquí el oficio del Espíritu de Cristo: dar testimonio de Cristo.
Hasta la muerte de Jesús, el Espíritu Santo parecía estar circunscrito a los límites normales de su individualidad humana y de su radio de acción. Pero cuando murió, entregó su espíritu a Dios:
Jesús [...] dijo: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Juan 19, 30
Los escrituristas suelen interpretar que esa entrega se derrama de inmediato sobre la Iglesia, por lo cual en el Evangelio de Juan aparece Jesús dándoles el Espíritu Santo a sus discípulos en el mismo día de su resurrección:
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana [...] Jesús les dijo otra vez: «La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, yo también los envío a vosotros.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo.»
Juan 20, 19-22
El Espíritu Santo en la Iglesia
En la Iglesia, la venida del Espíritu Santo en Pentecostés no fue un hecho aislado, sino que la está santificando continuamente, también a cada alma a través de sus innumerables inspiraciones que, según san Francisco de Sales son:
(...) todos los atractivos, movimientos, reproches y remordimientos interiores, luces y conocimientos que Dios obra en nosotros, previniendo nuestro corazón con sus bendiciones, por su cuidado y amor paternal, a fin de despertarnos, movernos, empujarnos y atraernos a las santas virtudes, al amor celestial, a las buenas resoluciones; en una palabra, a todo cuanto nos encamina a la vida eterna.
Pentecostés es la confirmación de la promesa de Jesús: «Dentro de pocos días seréis bautizados en el Espíritu Santo». Esto pone de manifiesto varios aspectos, entre los que se destacan:
La unidad espiritual de todos los que recibieron el Espíritu de Jesús.
Un solo Cuerpo y un solo Espíritu [...]. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos.
Efesios 4, 4-6
La constitución de una comunidad abierta a todos los pueblos. Esto se ve simbolizado por el llamado milagro de Pentecostés: todos oían hablar a los apóstoles en su propio idioma. Mientras que en la soberbia de la construcción de la torre de Babel terminaron por confundirse todas las lenguas, de forma que nadie podía comprender al otro a punto tal de quedar esa construcción inconclusa, Pentecostés se visualiza como la restauración de la unidad perdida en Babel.
Si alguien tiene el Espíritu de Jesús, realiza los mismos gestos de Jesús: anuncia la palabra de Jesús; repite la oración de Jesús; perpetúa en la fracción del pan la acción de gracias de Jesús; y vive unido con los demás creyentes, compartiendo con ellos.
Mariología
Una iconografía secular tanto en las Iglesias occidentales como en las orientales refleja la creencia de la presencia de la Santísima Virgen María en el día de Pentecostés y su papel central en la concesión divina del don del Espíritu Santo a los apóstoles. Hechos 1.14 confirma la presencia de la Madre de Jesús con los Doce en una comunión espiritual de oración diaria. Es la única referencia a la Madre de Dios después de que Jesús la confiara a Juan el Apóstol durante la Crucifixión.
De acuerdo con esa tradición iconográfica, la encíclica latina Mystici Corporis Christi declaró oficialmente:
Fue ella quien, con sus poderosas oraciones, obtuvo que el espíritu de nuestro Divino Redentor, ya entregado en la Cruz, fuera concedido, acompañado de dones milagrosos, a la Iglesia recién fundada en Pentecostés; y finalmente, soportando con valentía y confianza la tremenda carga de sus dolores y desolación, ella, verdaderamente la Reina de los Mártires, más que todos los fieles, «completó lo que faltaba de los sufrimientos de Cristo... ...por su Cuerpo, que es la Iglesia»; y sigue teniendo por el Cuerpo Místico de Cristo, nacido del Corazón traspasado del Salvador, el mismo cuidado maternal y el mismo amor ardiente con que acunó y alimentó al Niño Jesús en el pesebre.
Las Iglesias católica y ortodoxa otorgan a la Madre de Dios una forma especial de veneración llamada «hiperdulia». Esto se corresponde con el poder especial de las oraciones intercesoras dedicadas a la Santísima Virgen María sobre las de todos los santos. Los papas han afirmado que María rezó a Dios y que su intercesión fue capaz de persuadir a Dios para que enviara al Espíritu Santo como un don permanente a los Doce y a sus sucesores, formando así la Iglesia Apostólica.
De manera similar, el papa Juan Pablo II, en la audiencia general celebrada en el Vaticano el 28 de mayo de 1997, afirmó:
Al repasar la vida de la Virgen María, el Concilio Vaticano II recuerda su presencia en la comunidad que esperaba Pentecostés. Pero, dado que Dios había decidido no manifestar solemnemente el misterio de la salvación del género humano antes de derramar el Espíritu prometido por Cristo, vemos a los apóstoles, antes del día de Pentecostés, «perseverando unánimes en la oración, junto con las mujeres, María, la madre de Jesús, y sus hermanos» (Hch 1, 14), y vemos también a María implorando con sus oraciones el don del Espíritu, que ya la había cubierto con su sombra en la Anunciación» (Lumen gentium, n. 59).
La primera comunidad es el preludio del nacimiento de la Iglesia; la presencia de la Santísima Virgen contribuye a esbozar sus rasgos definitivos, fruto del don de Pentecostés. [...]
Al contemplar la poderosa intercesión de María mientras espera al Espíritu Santo, los cristianos de todas las épocas han recurrido con frecuencia a su intercesión en el largo y fatigoso camino hacia la salvación, para recibir con mayor abundancia los dones del Paráclito. [...]
En la Iglesia y para la Iglesia, consciente de la promesa de Jesús, ella espera Pentecostés e implora una multiplicidad de dones para todos, de acuerdo con la personalidad y la misión de cada uno.
Papa Juan Pablo II, «Audiencia general», 28 de mayo de 1997, Roma
La oración de intercesión mariana se remonta al día anterior a Pentecostés; aunque no se afirma explícitamente que ella estuviera con los apóstoles, se tiene en cuenta el hecho de que el arcángel Gabriel la llamó «llena de gracia» en la Anunciación.
La relación especial de María con el Espíritu Santo y su presencia en Pentecostés dieron lugar a que uno de sus títulos devocionales fuera «Madre de la Iglesia». En 2018, el papa Francisco designó el lunes después de Pentecostés de cada año como la fiesta de María, Madre de la Iglesia.
Fuente: Wikipedia
La solemnidad de Pentecostés se celebra 50 días después de la Pascua: una fiesta en la que se conmemora el don del Espíritu Santo, que colma la confusión de Babel (cfr. Gn 11): en Jesús, muerto, resucitado y ascendido al cielo, los pueblos vuelven a entenderse en una única lengua, la del amor.
En la primera mitad del siglo III, Tertuliano y Orígenes ya hablaban de Pentecostés como una fiesta que seguía a la de la Ascensión. En el siglo IV, Pentecostés se celebraba comúnmente en Jerusalén, como recuerda la peregrina Egeria, y proponía el tema de la renovación que la venida del Espíritu había provocado en los corazones de los hombres.
Pentecostés tiene sus raíces en el pueblo judío, con la Fiesta de las Semanas, una fiesta de origen agrícola en la que se celebraba la cosecha del año. Más tarde, los judíos recordaron la revelación de Dios a Moisés en el Monte Sinaí con el regalo de las Tablas de la Ley, los diez mandamientos. Por eso, para los cristianos se convierte en el momento en que Cristo, vuelto a la gloria del Padre, se hace presente en el corazón humano a través del Espíritu, una ley dada por Dios y escrita en los corazones: "La Alianza nueva y definitiva ya no se funda en una ley escrita en tablas de piedra, sino en la acción del Espíritu de Dios que hace nuevas todas las cosas y se graba en los corazones de carne" (Papa Francisco, Audiencia General del 19 de junio de 2019). A partir de Pentecostés, la Iglesia comienza y se lanza en su misión evangelizadora.
Del Evangelio según San Juan
El evangelista Juan no teme mencionar las "puertas cerradas" tras las cuales los discípulos estaban presos del miedo. Estando encerrados, los enemigos no podían entrar, pero ellos tampoco podían salir. A primera vista, parece una situación que les hace sentirse seguros y en paz; pero a la larga muestra sus limitaciones, porque esas puertas cerradas revelan la ansiedad de los discípulos, su inseguridad, su cobardía. En una palabra, muestran su poca fe en Jesús, con quien compartieron tres años de su vida.
Desde el principio de su pontificado, el Papa Francisco nos ha invitado a ser una "Iglesia en salida": una Iglesia capaz de dar testimonio, incluso con sus miedos y dudas.
Lo inesperado
El miedo de los discípulos muestra que no entendieron que lo que sucedió era parte del plan de salvación de Dios. Sin embargo, Jesús "entra" por esas puertas, rompe el miedo con su amor, llega con su paz a los que son prisioneros de sus temores. No reprocha ni pide explicaciones.
De todos modos, ya lo sabe todo. Lo que hace es mostrarles sus manos y su costado. El Resucitado se presenta a los discípulos con los signos de la Pasión y de la Cruz, indicando que ha vencido a la muerte.
El envío
Hay otro pasaje que merece ser destacado. Después de haberse mostrado, Jesús envía a los discípulos. Esos mismos discípulos asustados, encerrados tras las puertas de su aparente seguridad, son ahora enviados a dar testimonio de lo que han visto y tocado. Porque el miedo, la sospecha y el temor se superan yendo hacia los demás, acercándose a ellos. Y en el centro de este testimonio está la Misericordia: esta es la experiencia que los discípulos acaban de vivir con Jesús, y es esta experiencia la que ahora están llamados a narrar a los demás, fortalecidos por el don del Espíritu.
Oración
Ven Santo Espíritu
Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.
Fuente: vatican news
La relación especial de María con el Espíritu Santo y su presencia en Pentecostés dieron lugar a que uno de sus títulos devocionales fuera «Madre de la Iglesia». En 2018, el papa Francisco designó el lunes después de Pentecostés de cada año como la fiesta de María, Madre de la Iglesia.
Fuente: Wikipedia
La solemnidad de Pentecostés se celebra 50 días después de la Pascua: una fiesta en la que se conmemora el don del Espíritu Santo, que colma la confusión de Babel (cfr. Gn 11): en Jesús, muerto, resucitado y ascendido al cielo, los pueblos vuelven a entenderse en una única lengua, la del amor.
En la primera mitad del siglo III, Tertuliano y Orígenes ya hablaban de Pentecostés como una fiesta que seguía a la de la Ascensión. En el siglo IV, Pentecostés se celebraba comúnmente en Jerusalén, como recuerda la peregrina Egeria, y proponía el tema de la renovación que la venida del Espíritu había provocado en los corazones de los hombres.
Pentecostés tiene sus raíces en el pueblo judío, con la Fiesta de las Semanas, una fiesta de origen agrícola en la que se celebraba la cosecha del año. Más tarde, los judíos recordaron la revelación de Dios a Moisés en el Monte Sinaí con el regalo de las Tablas de la Ley, los diez mandamientos. Por eso, para los cristianos se convierte en el momento en que Cristo, vuelto a la gloria del Padre, se hace presente en el corazón humano a través del Espíritu, una ley dada por Dios y escrita en los corazones: "La Alianza nueva y definitiva ya no se funda en una ley escrita en tablas de piedra, sino en la acción del Espíritu de Dios que hace nuevas todas las cosas y se graba en los corazones de carne" (Papa Francisco, Audiencia General del 19 de junio de 2019). A partir de Pentecostés, la Iglesia comienza y se lanza en su misión evangelizadora.
Del Evangelio según San Juan
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús, y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!».Las puertas cerradas
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes».
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan». (Jn 20,19-23).
El evangelista Juan no teme mencionar las "puertas cerradas" tras las cuales los discípulos estaban presos del miedo. Estando encerrados, los enemigos no podían entrar, pero ellos tampoco podían salir. A primera vista, parece una situación que les hace sentirse seguros y en paz; pero a la larga muestra sus limitaciones, porque esas puertas cerradas revelan la ansiedad de los discípulos, su inseguridad, su cobardía. En una palabra, muestran su poca fe en Jesús, con quien compartieron tres años de su vida.
Desde el principio de su pontificado, el Papa Francisco nos ha invitado a ser una "Iglesia en salida": una Iglesia capaz de dar testimonio, incluso con sus miedos y dudas.
Lo inesperado
El miedo de los discípulos muestra que no entendieron que lo que sucedió era parte del plan de salvación de Dios. Sin embargo, Jesús "entra" por esas puertas, rompe el miedo con su amor, llega con su paz a los que son prisioneros de sus temores. No reprocha ni pide explicaciones.
De todos modos, ya lo sabe todo. Lo que hace es mostrarles sus manos y su costado. El Resucitado se presenta a los discípulos con los signos de la Pasión y de la Cruz, indicando que ha vencido a la muerte.
El envío
Hay otro pasaje que merece ser destacado. Después de haberse mostrado, Jesús envía a los discípulos. Esos mismos discípulos asustados, encerrados tras las puertas de su aparente seguridad, son ahora enviados a dar testimonio de lo que han visto y tocado. Porque el miedo, la sospecha y el temor se superan yendo hacia los demás, acercándose a ellos. Y en el centro de este testimonio está la Misericordia: esta es la experiencia que los discípulos acaban de vivir con Jesús, y es esta experiencia la que ahora están llamados a narrar a los demás, fortalecidos por el don del Espíritu.
OraciónVen Santo Espíritu
Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.
Fuente: vatican news

