Hoy estoy muy contenta.
Un pequeño milagro cumple años. Dios me dió la dicha de ser abuela. Algún día pensé que no lo sería, porque por errores nuestros (de mi esposo y mío), de decisiones mal tomadas ante una crisis que pasó nuestro país y que no supimos afrontar, terminamos perdiendo la casa que estábamos pagando y con ello, una fuente de ingresos ya que yo trabajaba en casa y cuidaba de mis hijos.
Total que terminamos saliendo de la CDMX, intentamos en una ciudad donde no se pudo o sentimos que no ibamos a poder hacer algo. Terminamos por aceptar la invitación de mi tía abuela y llegamos a Ensenada que por cierto, hoy también está de fiesta porque es su 144 Aniversario como ciudad.
Ensenada el lugar que me dió refugio junto con mi familia cumple años y mi pequeño milagro también.
Decía que creí no llegar a ser abuela, porque educamos a nuestros hijos para vivir en otro lugar, en otras circunstancias y no correspondía con lo que aquí hay.
Esa es una caraterística de muchas personas que emigramos hacia otros lugares, sobre todo cuando como nosotros llegamos no tan jóvenes, sin un quinto, con dos hijos y habiendo perdido todo. Uno desea recuperar lo perdido lo más rápido posible, se tienen sentimientos de culpabilidad, se pueden llegar a sentir coraje contra las personas que no me dejan avanzar al ritmo que yo deseo hacerlo ("traigo prisa y se me meten" es el sentimiento).
Y es que no es lo mismo emigrar cuando uno es jóven y se tiene todo el tiempo del mundo para ir poco a poco, que cuando se emigra a los 36 y 38 años como mi esposo y yo. Tampoco es igual cuando se emigra porque se desea hacer algo, que cuando como en nuestro caso, cuando se perdió todo.
Y menos es lo mismo emigrar llevando algo, porque se vendió lo que se poseía y llegar a otro lugar a continuar lo empezado que como nosotros, llegar sin un quinto.
Si uno hubiera seguido en la CDMX, con nuestra pequeña casa y nuestro pequeño trabajo y mi esposo en su trabajo, mis hijos seguramente hubieran estudiado (igual que aquí), se hubieran casado desde hace mucho tiempo con alguien como ellos. Aquí hubo que empezar de nuevo en todo. Desde aprender una nueva forma de vida, adaptándose a personas con costumbres distintas. Aveces éso nos hace intolerantes.
Yo veía cómo mis hijos sufrían porque no encontraban a alguien con quien compartir su vida. Las muchachas que les gustaban, tenían otras aspiraciones o tenía su familia más recursos que nosotros.
Asi llegó mi milagro:
Mi hijo menor fué a estudiar en un intercambio a una ciudad del interior y ahí conoció por chiripada a la que hoy es mi nuera. Andaba echándole ojo a una paisana, pero entonces la conoció y supo que era la mujer para él.
Estuvieron juntos 1 año, ella regresó a Francia, vino dos veces, pero finalmente se pusieron de acuerdo y mi hijo la siguió para allá.
No ha sido fácil, él tuvo que aprender a hablar francés, tuvo que actualizar sus estudios y por ello, no podía trabajar. Cuando pudo hacerlo mientras estudiaba, no lo hizo en su carrera sino como mesero. Mi nuera lo ayudó sobre todo emocionalmente, lo sostuvo si no económicamente porque él ganaba lo suficiente sí en sus tristezas al estar lejos de su país y sus padres y familiares, al no poder trabajar en lo que había estudiado.
Deseaban hijos, pero no podían tenerlos porque no eran las condiciones que esperaban brindarle. Finalmente pudieron tener a mi milagrito: un hermoso niño que es la luz de nuestras vidas, la alegría de ellas.
Y dentro de poco, un segundo bebé llegará a acompañarlo.
Mi hijo por fin trabaja en lo suyo, gracias a Dios y a la paciencia de mi nuera que ha sabido soportar junto a él lo bueno y lo malo. Hoy están pagando un departamento bonito, con lo necesario cerca para criar a sus hijos, con amigos que han ido conociendo, incluyendo a varios latinos con quien hablan en español. En fin. Es por ello que le llamo mi milagro, porque ya había perdido la esperanza de que mis hijos encontraran alguien que les gustara y que también compartiera con ellos sus ganas de hacer juntos las cosas, alguien que aceptara crecer a su lado, porque como digo, es poco lo que nosotros pudimos ofrecerles: estudios y poco más.
Hasta que ellos acabaron la escuela, pudimos ampliar la casa, ponerle cemento a los patios, poner barda y portón.
Nos agarró la etapa de secundaria, de prepa y universidad con sólo una pequeña casita, con piso de tierra, sin barda, sin portón, con techo de madera, dos cuartos de material y dos cuartos también de madera. Nada de éso combina con lo que queríamos para ellos o para lo que los habíamos preparado.
Me costó ver partir a mi hijo a tierras tan lejanas, pero vale la pena cuando lo veo abrazar a su mujer, besar a su hijo y esperar con mucho esperanza a su nuevo hijo. Ellos son su familia y sé cuánto los ama, tanto como nosotros lo amamos a él.
Es poco lo que nosotros podemos darle, sólo nuestras oraciones y nuestro amor.
Leyendo el Evangelio de hoy, me lleno de esperanza porque yo pido mucho al Padre en nombre de su Hijo Jesucristo. Mucho. No cosas materiales, porque ésas van y vienen (casi siempre van jeje) yo misma lo he visto. Sino amor a mis hijos, bendiciones para ellos, no que todos sus sueños se cumplan porque aveces soñamos algo que no es, sino que vivan buscando ser felices dando felicidad, dándose a otros.
Lo material no siempre da la dicha. Me consta.
Nada como ver la sonrisa de mi nietecito, verlo hacer sus shows (porque le gusta cantar y bailar), porque lo veo gozar de la vida con lo que es su tesoro: sus padres. Dios se los cuide mucho y se los deje mucho tiempo a su lado.
Felicidades, nietecito de mi alma.
Esperamos al otro pedacito para estar completos. Y que siga la fiesta.
Juan 16, 23-28 En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro: cuanto pidan al Padre en mi nombre, se lo concederá. Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa. Les he dicho estas cosas en parábolas; pero se acerca la hora en que ya no les hablaré en parábolas, sino que les hablaré del Padre abiertamente. En aquel día pedirán en mi nombre, y no les digo que rogaré por ustedes al Padre, pues el Padre mismo los ama, porque ustedes me han amado y han creído que salí del Padre. Yo salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre’’.

